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Autor: Dianne Barry Wilkins | Fuente: Mujer Nueva Orgullo y Prejuicio
Dianne Barry Wilkins reflexiona sobre la novela de Jane Austen, Orgullo y prejuicio.
Orgullo y Prejuicio
Orgullo y prejuicio Jane Austen
Hoy como ayer
Orgullo y Prejuicio es el nombre de
una de las novelas más grandes que Hollywood ha llevado
a la pantalla grande en los últimos meses. Su estreno
ha sido un éxito en todos los países que se
ha presentado, y ha sido catalogada por los críticos como
una de las mejores películas del año 2005. Pero es
mucho más que eso.
Independientemente de la gran fascinación que, en lo personal,
me causó, tanto por su profundo contenido como por sus
virtudes cinematográficas que lograron pasmar a la perfección el mundo
que dibuja Jane Austen en las páginas de esta obra,
es un film que puede llevarnos a reflexionar en temas
muy profundos.
Con
sólo detenernos en el título de la obra, podemos notar
que la intención de la autora no fue solamente hacernos
disfrutar de una historia de amor al más puro estilo
Corín Tellado. Quería ir mucho más allá.
Orgullo y Prejuicio retrata una época,
una sociedad, unas costumbres y unas tradiciones características de la
Inglaterra de principios del siglo XIX. Una Inglaterra de grandes
castillos, de largas historias familiares, de bailes y todo tipo
de relaciones sociales. Relaciones que, las más de las veces
estaban regidas por dos elementos: precisamente el orgullo y el
prejuicio. Había excepciones, claro está, pero la realidad era así,
según nos lo muestra Jane Austen.
Lo que personalmente me pregunto es si
es estrictamente necesario trasladarnos doscientos años atrás para encontrar estas
características en la sociedad. Por mi parte creo que no.
Hoy en día, aunque con otros matices y claramente en
otro contexto, vemos algo parecido: orgullo y prejuicio tras tantas
relaciones sociales, políticas, amorosas, etc. Orgullo y prejuicio que están
presentes en una sociedad, pero una sociedad que, sin embargo,
clama por la autenticidad. Los valores falsos y los verdaderos valores
Tantas veces, antes
de entablar una relación de cualquier tipo con una persona,
averiguamos de qué familia es, qué estudia, dónde vive, cuál
es, más o menos, su situación económica, cómo es su
aspecto físico… cuando se busca trabajo, cuando se conoce a
alguien en una fiesta o en un bar… en tantas
situaciones. Muchas veces esos son nuestros criterios para “aceptar” o
no a una persona. Pero, ¿son verdaderamente relevantes estas “pautas
de aprobación”?
Personalmente,
y espero coincidir con quien esté leyendo esto, creo que
definitivamente no. Mucho más importantes son valores como la sinceridad,
la lealtad, la bondad… en fin, la calidad humana en
general. Pero pese a su importancia ¡Qué poco nos fijamos
en esto! Y vienen en seguida las desilusiones, los fracasos,
los quiebres… porque no buscamos en el otro lo que
realmente vale la pena.
Sin un afán proselitista, creo que es hora de
que las sociedades hoy en día den un giro y
dirijan la mirada a este tipo de valores. Tanta depresión,
relativismo, tanta gente que no encuentra el sentido de su
vida… tantos y tantos problemas que acaecen hoy a las
personas pueden deberse, en gran medida, a que han hecho
vista gorda de aquellas cosas que en realidad son importantes
en la vida y a que se han dejado guiar
por criterios que muchas veces pueden volverse en contra del
mismo ser humano: el afán de poder, de dinero, la
infructífera búsqueda de la felicidad en cosas tan fugaces como
el placer y la fama.
Si queremos encontrar la verdadera felicidad, hemos de
volver a mirar en el interior del hombre y juzgar
con la mayor sinceridad qué es lo que realmente vale
la pena. Después de eso, seremos capaces de tomar las
mejores decisiones en nuestra vida. Para quienes han tenido la
posibilidad de ver la película (los que no, les recomiendo
que se la den), piensen qué hubiera sido de Mr.
Darcy y Elizabeth si hubiesen permanecido cegados por el orgullo
y determinados por lo que cada uno pensaba del otro
sin descubrir la verdad, la realidad. Y ahora, cómo cambiaría
la vida de cada persona si fuera capaz de hacer
lo mismo y dirigir su vida al compás de lo
verdaderamente importante, que es, a fin de cuentas, lo único
que puede dirigir al hombre a la verdadera felicidad.
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