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Autor: Pedro Gandolfo | Fuente: El Mercurio/Viva Chile.org No da lo mismo
Pedro Gandolfo, reflexiona sobre la literatura y el valor de la sección; del optar buenos autores y buenos libros.
No da lo mismo
Hay una convicción irritante, dirigida, de modo algo condescendiente, particularmente
a los jóvenes y a las personas menos ilustradas (que,
como sabemos, coinciden, por desgracia, en general con las más
pobres) de que da lo mismo lo que se lea
con tal de que se lea algo. Así, daría lo
mismo leer a Balzac que a Coelho, a Stephanie Mayer
que a J. M. Coetzee, a Isabel Allende que a
J. Edwards Bello. El último premio Booker, el indio Aravind
Ariga, autor de “El Tigre Blanco”, percibe una intencionalidad casi
“de clase” en esta división. Pero, en verdad, así como
para el cuerpo no da lo mismo con qué nos
nutramos, para el espíritu tampoco: somos, en buena medida, lo
que vemos, escuchamos, leemos, las personas que frecuentamos, los paisajes
que contemplamos (por ello puede ser tan decisivo el entorno
social, económico y familiar en el cual crecemos y por
ello es esencial una educación que no replique las restricciones
de ese entorno): “En cuanto reconoces algo bello, dejas de
ser un esclavo”, sostiene Ariga. Es sorprendente, así, que en
una época en que abundan las dietéticas corporales y las
personas están dispuestas a hacer sacrificios económicos y de todo
tipo con el propósito de someter su cuerpo a una
selectividad estricta, en cambio, en el plano de nuestra mente
cunde una tolerancia de troglodita. Los libros y la lectura
gozan de una especial impunidad. He escuchado repetidas veces el
argumento de “la escalada”: bastaría sembrar la pequeña semilla de
la lectura (cualquiera sea su calidad) para que, como la
levadura, creciera el gran árbol y sus buenos frutos. Nunca
he conocido un ejemplo de ello. Al contrario, los lectores
parecen funcionar dentro de ciertos nichos, se habitúan a ellos,
entran a la lectura cuando aparece el libro de sus
autores predilectos y salen cuando no lo hay, pero no
se saltan a otro distinto, no progresan por sí solos:
no he conocido a alguien que comenzó leyendo a Robert
Ludlum y terminó en Friedrich Dürrenmatt o Joseph Roth, o
se fue, de escalón en escalón, desde Dawn Brown a
Fernando Pessoa, Hermann Broch o Isak Dinesen o se pasó
desde Barbara Wood a Marguerite Yourcenar y Joseph Conrad.
El tiempo
es escaso; seamos selectivos: hay que empezar con buenos autores
y buenos libros (no es difícil encontrarlos) y ellos se
encargarán de señalar la ruta hacia sus compañeros (a falta
de maestros). Si a una persona no le gusta leer,
mejor que no lea a que lea cosas malas o
mediocres: hace mal, como hace mal la comida indigesta. Mejor,
entonces, que escuche buena música, baile, viaje o, simplemente, duerma
siesta.
Notas: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio.
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