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Autor: Tomás Baviera Puig | Fuente: Conoze.com A los 70 años de «Camino»
Tomás Baviera Puig reflexiona sobre la obra más conocida de San Josemaría Escrivá de Balaguer
A los 70 años de «Camino»
Valencia es la ciudad donde se publicó por primera vez
Camino, la obra más conocida de San Josemaría Escrivá de
Balaguer. Fue el 29 de septiembre de 1939 cuando este
libro vio la luz en Gráficas Turia, una imprenta situada
en la calle Salvador Abril, muy cerca de la Avenida
Reino de Valencia. A fecha de hoy se cuentan más
de 4 millones y medio de ejemplares difundidos por todo
el mundo, y prueba de ello es que ha sido
traducido a 43 idiomas.
Camino contiene 999 consideraciones de carácter espiritual.
Cada una había salido de la oración personal de San
Josemaría. Sus propias vivencias y su amplia experiencia pastoral entre
jóvenes universitarios pasaron por su meditación ante Dios. De ahí
extrajo orientaciones prácticas para su propia vida, que anotaba y
que posteriormente compartió en esta publicación.
El estilo de Camino resulta
muy apropiado para la gente joven. El libro interpela incisivamente
al lector. Así lo manifiesta el autor en el prólogo,
donde además nos revela la intención del escrito: «Lee despacio
estos consejos. Medita pausadamente estas consideraciones. Son cosas que te
digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de
padre. (...) Voy a remover en tus recuerdos, para que
se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores
tu vida y te metas por caminos de oración y
de Amor. Y acabes por ser alma de criterio».
En estas
últimas palabras se condensa la misión de Camino: ser alma
de criterio. Esto es muy diferente de ser un hombre
o una mujer «de criterios». No se trata de saber
lo que está permitido o no está permitido hacer en
cada momento. Los criterios pueden servir para algunas circunstancias concretas,
pero resultan insuficientes para la proyección de toda una vida.
Tener
criterio es otra cosa. Consiste en saber discernir por uno
mismo a partir de una referencia válida. Para ello, la
principal maestra que tenemos es la propia experiencia. Por eso
San Josemaría apela a los propios recuerdos, a una memoria
que esté dispuesta a aprender y a corregirse, aunque duela.
El
destino del itinerario que se delimita en Camino se señala
en el punto 2: la identificación con Jesucristo. Para alcanzar
esa meta, el camino que propone San Josemaría recorre en
primer lugar el sendero arduo de las virtudes. De ahí
que incluso el lector no católico puede aprender mucho de
las páginas de este libro.
Viene muy a propósito de la
actualidad educativa de este inicio de curso el punto 368
de Camino: «¿Te aburres? —Es que tienes los sentidos despiertos
y el alma dormida». Si esto fue escrito en el
año 1939, ¡qué no se podría decir ahora!
Nuestros jóvenes
se encuentran envueltos por un torbellino digital que continuamente reclama
la atención de sus sentidos. Quizá por ello se observa
que muchos de ellos confunden pensar con sentir. Esto resulta
crucial para saber tomar decisiones. Decidir implica pensar previamente para
valorar las posibilidades. Ahora bien, la gente joven suele buscar
la seguridad para decidirse en el hecho de si lo
sienten, de tal forma que, si dejan de sentir, dejarán
de hacerlo.
El problema es que las cosas no son buenas
simplemente si uno las siente. No todos los sentimientos son
buenos, y además los sentimientos suben y bajan. Este planteamiento
se revela como falso cuando nos damos cuenta de que
se ha invertido el orden de las cosas. Hoy se
funciona de acuerdo con esta pauta: sentir, saber, ser. Y
realmente debería ser al revés: ser, saber, sentir. Primero las
cosas son, yo las conozco, y fruto de ese conocimiento
daré forma a mis sentimientos.
En la novela de Dostoievski titulada
El idiota, el protagonista comenta el criterio que nos dignifica
como personas a propósito de Rogochin, un personaje pasional cuyo
corazón se va endureciendo progresivamente: «La piedad instruirá al mismo
Rogochin. La piedad es lo esencial y acaso la única
ley de la vida de todo el género humano».
Si hemos
sabido cultivar la compasión hacia el otro, tendremos un criterio
válido para nuestra actuación. La piedad supone tratar a los
demás como querríamos ser tratados. Para ello no sirven fórmulas
matemáticas ni criterios de conducta ni protocolos de actuación. Sólo
es posible si tenemos el alma despierta, porque hay que
juzgar la realidad con una visión profunda, algo que de
ningún modo pueden dar los sentidos. Cuando el alma está
despierta, la persona mira de un modo diferente: lo que
para unos puede ser una llamada a la piedad, para
otros no sería más que un incordio que les complica
la vida.
El primer punto de Camino invita a dar lo
mejor de uno mismo: «Que tu vida no sea una
vida estéril. Sé útil. Deja poso». El punto continúa, pero
estas tres frases interpelan para que el lector deje una
huella en este mundo, un poso que no sea inútil
ni estéril. Con jóvenes que sean de verdad almas de
criterio podremos revitalizar aquello que hace al hombre auténticamente humano:
un corazón piadoso, capaz de compadecerse del mal del otro
y de obrar para el bien del otro.
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