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Autor: Rafael Navarro-Valls, catedrático de la Universidad Complutense | Fuente: Zenit.org «Deus caritas est», globalizar la justicia y el amor
Publicamos el comentario que desde las páginas del diario «El Mundo» ha escrito el profesor Rafael Navarro-Valls, catedrático de la Universidad Complutense, autor del libro «Estado y Religión».
«Deus caritas est», globalizar la justicia y el amor
Frente al abuso de la religión hasta llegar a la
«apoteosis del odio», la primera encíclica de Benedicto XVI («Deus
caritas est») contrapone un Dios que crea por amor al
ser humano y se inclina hacia él.
Esto explica que,
recién elegido Papa, Ratzinger planteara como primer desafío de la
humanidad la solidaridad entre las generaciones, la solidaridad entre los
países y entre los continentes, «para una distribución cada vez
más equitativa de las riquezas del planeta entre todos los
hombres». Lo cual no es simple filantropía, sino un «impulso
divino» que empuja a aliviar la miseria. Esta es la
clave de la encíclica «Deus caritas est». Pocos comentarios han
destacado que esta encíclica es claramente una encíclica «social». Un
documento que se mueve en la estela de las grandes
encíclicas sociales, iniciadas por la «Rerum Novarum» de León XIII.
Desde mediados del siglo XVIII, concretamente desde Benedicto XIV (1740),
las encíclicas son cartas circulares impresas, dirigidas por el Papa
a todo (o a parte) del episcopado, y a su
través, a los fieles e incluso a todos los hombres
de buena voluntad. Por lo común, suelen responder a cuestiones
particulares de una época, y es una de las fuentes
principales de la predicación de la Iglesia católica. La que
acaba de publicar el Papa Ratzinger será la número 294
desde Benedicto XIV.
En el siglo XX, el Papa que
más encíclicas publicó fue Pío XI (41) y el que
menos, Juan XXIII (7). Catorce publicó Juan Pablo II. No
parece que Benedicto XVI vaya a ser de los más
prolíficos. Y no sólo por su edad. Piensa que los
problemas de la Iglesia no se arreglan desde un escritorio.
Insiste en que la Iglesia «habla demasiado de sí misma.
No tenemos necesidad de una Iglesia más humana, sino de
una Iglesia más divina». La primera encíclica de los papas
del siglo XX tiende a ser programática. Marca el rumbo
de fondo por el que desean conducir a la Iglesia.
Así, Juan XXIII unió su primera encíclica («Ad Petri cathedram»)
a la finalidad que se había propuesto al anunciar la
celebración del Concilio Vaticano II: promover el conocimiento de la
verdad como camino para las restauración de la unidad y
de la paz. Pablo VI igualmente conectó su primera encíclica
(«Ecclesiam suam») con el mismo Concilio, ya que su publicación
coincidió con el final de su segunda sesión. En ella
planteaba los tres caminos por los que se proponía conducir
la Iglesia: conciencia, renovación y diálogo. En fin, Juan Pablo
II en la «Redemptor hominis», también su primera encíclica, entiende
que la cuestión del hombre no se puede separar de
la cuestión de Dios. Por eso su objetivo -evidente en
todo su largo pontificado- fue unir antropocentrismo con cristocentrismo. Es
decir, resaltar que sólo es posible la comprensión del hombre
mirando aquel de quien es imagen: Dios.
En sintonía con
el programa de su antecesor, esta primera encíclica de Benedicto
XVI comienza apuntando a la esencia de Dios: la caridad,
el amor. Y, contra lo que viene afirmándose en los
primeros comentarios que he leído, es también programática. Tan programática
que, contra toda praxis, el propio Papa quiso explicar, dos
días antes de su publicación, la finalidad que con ella
se proponía. Y lo hizo tomando como punto de partida
la «Divina Comedia». Al igual que Dante en su gira
cósmica lleva al lector ante el rostro de Dios, que
es «el amor que mueve a las estrellas», Ratzinger quiere
enfrentar al hombre con un Dios que «asumió un rostro
y un corazón humanos».
Cuando inició su pontificado, Benedicto XVI
insistió en que su verdadero programa de gobierno no se
centraría en seguir sus propias ideas, «sino en dejarme conducir
por el Señor, de modo que sea él mismo quien
guíe a la Iglesia en esta hora de nuestra historia».
Leyendo su primera encíclica se confirma ese propósito.No es una
exposición de alguno de los temas favoritos del cardenal Ratzinger,
por ejemplo el relativismo. Es, más bien, un texto en
que el autor pasa a segundo plano concentrando su atención
en la primera palabra con la que empieza la encíclica
: «Dios».Su programa parece como si viniera impuesto por una
fuerza externa al propio Benedicto XVI, una fuerza que le
impulsa a gravitar sobre los grandes temas de la justicia
y la caridad.
Ratzinger en sus escritos intenta, de uno
u otro modo, reivindicar la razón en el cristianismo. Lo
que él mismo ha llamado «la victoria de la inteligencia»
en el mundo de las religiones. En esta encíclica parece
dejarse llevar por un impulso diferente: la reivindicación de la
justicia y el amor como signo distintivo de su programa
de acción. No se olvide que desde que Ratzinger publicara
en 1954 su primer libro, su producción científica ha sido
abrumadora: miles de trabajos y más de 50 libros. La
inteligencia y claridad de lo que escribe le hace ser
uno de los autores más leídos del siglo XX. «Me
siento menos sola cuando leo los libros de Ratzinger», decía
Oriana Fallaci a «The Wall Street Journal». «Soy una atea,
añadía, y si una atea y un Papa creen las
mismas cosas, hay mucho de verdad allí». Efectivamente, nadie -creyente
o no- puede discutir el mensaje de Benedicto XVI en
«Deus caritas est».
Resumiendo, yo diría que su encíclica pretender
«globalizar la justicia y el amor». De modo que en
la gran familia humana -y también en esa familia que
es la Iglesia- no haya ningún miembro «que sufra por
falta de lo necesario». Naturalmente, antes de hablar de amor
hay que reivindicar la justicia en las relaciones humanas. Por
eso Benedicto XVI utiliza una dura frase de San Agustín
para calificar «de gran banda de ladrones» a un Estado
que no se rigiera por la justicia. Con ello está
diciendo que la justicia es el objeto y la medida
de toda política. La política no es simplemente «una técnica»
es, antes, una forma de ética. Naturalmente, eso es misión
del Estado, pero no sólo de él. Es, ante todo,
una gran tarea humana. Por eso Benedicto XVI reivindica para
la Iglesia el deber de ofrecer, «mediante la purificación de
la razón y de la ética», una contribución específica que
haga a la justicia comprensible y políticamente realizable. De ahí,
por ejemplo, la absoluta necesidad de la libertad religiosa.
Pero
si la justicia es imprescindible, Benedicto XVI reivindica para la
caridad (el amor) un puesto importante. El sufrimiento no sólo
reclama justicia. Reclama, además, la amorosa atención personal. Y aquí,
las fuerzas sociales -incluida la Iglesia- son insustituibles en su
cercanía a la indigencia, material o espiritual. Sorprende el vigoroso
aliento que de toda la encíclica se desprende hacia las
nuevas formas de voluntariado social, que unen la espontaneidad con
la cercanía a los hombres y mujeres necesitados de auxilio.
La contraposición que el Papa hace del deterioro que entre
los jóvenes produce la «anticultura de la muerte» (por ejemplo
la droga) y, por contraste, la dignidad que en ellos
mismos se trasluce en la «cultura de la vida», que
se entrega a los demás en el voluntariado, es ciertamente
uno de los pasajes más entrañables de la encíclica. No
se crea, sin embargo, que el mensaje de Benedicto XVI
es una simple exhortación «al activismo social». Es mucho más
que eso, pues al fijarse en Teresa de Calcuta (probablemente
la activista social más destacada de todo el siglo XX)
hace notar que su fecundidad fue debida a su vida
interior, a su unión con Dios en la atención a
los más abandonados de todos. De ahí que el Papa
Ratzinger siente como conclusión: «Ha llegado el momento de reafirmar
la importancia de la oración ante el activismo y el
secularismo de muchos cristianos comprometidos en el servicio caritativo».
El
centro de gravedad de la Iglesia pasó durante el siglo
XX y XXI de Europa al Tercer Mundo, con un
62% de los católicos viviendo actualmente en Iberoamérica, África y
Asia. Es en estas zonas donde la miseria tiende sus
tentáculos con más fuerza. Benedicto XVI parece querer apuntar hacia
esos lugares como uno de los desafíos de su pontificado.
Por eso he dicho que «Deus caritas est» es ,
primordialmente, una encíclica social.
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