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Autor: Paul Johnson | Fuente: Conoze.com Felicidad en la redacción
Paul Johnson habla de la falta de códigos de conducta para los jefes de redacción.
Felicidad en la redacción
Una encuesta sobre los directores de periódicos nacionales en un
periódico dominical sostiene que "tienen más poder que nunca". No
es del todo cierto. Ninguno de los actuales tiene la
influencia que ejercía Delane del Times a mediados del siglo
pasado. Pero eso era porque el Times de esos tiempos
tenía tanta preponderancia sobre sus competidores que equivalía a un
monopolio, el mismo motivo por el cual el director del
Washington Post de hoy es tratado con respeto en ambas
márgenes del Potomac. Lo cierto es que, con gobierno y
oposición débiles, y con políticos despreciados por el público, los
periodistas parecen ejercer una mayor influencia, al menos de signo
negativo.
Pero no existe un código de conducta para los jefes
de redacción, formal o informal.
Habitualmente no saben en qué
se han equivocado hasta que reciben una reprimenda. Ese mal
trago se suele deber más a un fracaso comercial que
a un fallo profesional, y mucho menos moral. El último
jefe de redacción a quien despidieron fue Aylmer Vallance del
News Chronicle, sorprendido in flagrante delicio con su secretaria por
el airado propietario cuáquero; "en el propio edificio", como se
quejó el segundo. Pero eso fue en 1936. Hoy la
competencia es más dura que nunca, sobre todo en la
gama alta del mercado, y sospecho que la mayoría de
los jefes de redacción están demasiado preocupados mirando las cifras,
y produciendo trabajos que los lleven en la dirección correcta,
para filosofar profundamente sobre su función. Por ello, he aquí
algunas reflexiones que se me ocurren en este momento de
estrellato periodístico.
No es preciso que un jefe de redacción sea
un superhombre, ni una mujer maravilla. Pero debe ser capaz,
enérgico, ingenioso, rápido, pa ciente y muy perseverante. El coraje
es absolutamente esencial. Un jefe de redacción sin agallas fracasará
incluso antes de que lo descubran. Debe ser capaz de
decirle al dueño: "Despídame si quiere, pero hasta entonces déjeme
en paz". En una época de alta tecnología, el jefe
de redacción debe saber cómo se prepara su periódico y
ser capaz de hacerlo él mismo. Debe tener capacidad suficiente
para hacer el trabajo de todos los integrantes de su
personal, con excepción de un par de especialistas. Y los
redactores deben ser conscientes de ello. Un jefe de redacción
se las puede apañar inspirándoles temor, pero la admiración, o
al menos un respeto teñido de reverencia, produce mejor trabajo.
Detrás de su caparazón de cinismo, la mayoría de los
periodistas son románticos: quieren sentirse orgullosos de estar al servicio
de un gran jefe de redacción, cuyo menor reproche sea
humillante y cuyo raro elogio sea néctar. Es muy importante
el sentido del humor, pues las oficinas de redacción están
plagadas de crisis, y la risa disuelve la tensión, también
eleva la circulación. Pero un mínimo de sabiduría humana es
esencial. Los jefes de redacción deben tener las puertas abiertas,
pues los periodistas llevan vidas accidentadas y con frecuencia no
tienen a quien acudir en busca de consejo, aliento y
un poco de afecto. Un buen jefe de redacción es
una figura paterna. Más aún, materna.
Los jefes de redacción no
tienen todas las respuestas. Cierta capacidad de asombro, el afán
de descubrir, son mucho más útiles que la omnisciencia. No
se requiere que tenga ideas -salvo acerca de la gente-
ni que sea un intelectual; en realidad, mejor que no
lo sea, pues si es pretencioso inevitablemente encontrará ridículos a
muchos de sus lectores. Pero debe saber cómo reconocer las
ideas y explotarlas, cómo sorber el genio. Sus propias opiniones
deberían situarse en lo que yo llamaría medianía superior. No
puede pasar mucho tiempo en tabernas, clubes, bares y autobuses,
pero debe tener una idea de lo que se comenta
en esos lugares.
Un jefe de redacción ideal tiene muchos hijos,
y con el tiempo nietos y una buena provisión de
tías, primos, sobrinos, ahijadas. Una familia numerosa es la mejor
fuente de información espontánea. Pero un buen jefe de redacción
también escucha a los carteros, barrenderos, policías, cajeras, encargados de
mantenimiento y otros que saben lo que está pasando, no
su chófer, que se mueve en círculos demasiado altos.
Un
jefe de redacción puede volverse bueno impartiendo órdenes, pero permanece
bueno haciendo preguntas. En breve, es gregario de día, y
de noche está frenéticamente ocupado, pero la prueba de fuego
viene entre el momento en que se acuesta y apaga
la luz: ¿qué libros tiene en la mesilla? Un jefe
de redacción debe ser lector, sea cual sea el precio.
Northcliffe
sostenía, con razón, que los jefes de redacción y losdueños
de periódicos no debían estar demasiado cerca de los políticos,
y menos de los ministros. Lo que averiguan de ese
modo habitualmente se puede descubrir por otros medios y queda
más que superado por las obligaciones emocionales de la amistad.
Tiemblo cuando oigo hablar de periodistas que pasan el fin
de semana en Chequers o Dorneywood. Los políticos de hoy,
que suelen ser socialmente inseguros y carecen de medios independientes,
exigen más respaldo que antes a sus conocidos de los
medios y se pueden poner muy histéricos cuando en cambio
reciben críticas. Hace poco tiempo un ministro me aseguró airadamente
que "tenía un dato" sobre mí y que si yo
"no me andaba con cuidado" pronto "aparecería en Prívate Eye".
Le escribí una carta pidiéndole que no rebajara su digno
puesto. Es triste que los periodistas deban instruir a sus
gobernantes en la etiqueta de la vida pública. La única
guía segura es que el jefe de redacción debe mantener
una relación distante con los poderosos.
Ante todo, los jefes de
redacción activos no deben aceptar honores. (Tampoco deberían hacerlo los
periodistas en general, mientras puedan sostener una pluma.) En años
recientes esta regla se ha infringido, con resultados indeseables para
la política y el periodismo. Es posible que los jefes
de redacción cobren el doble que el primer ministro, tengan
más poder que los secretarios y sean mejores candidatos para
las fiestas. Pero no saben manejar estos honores. El dueño
de un periódico me contaba que, cuando nombraron caballero a
uno de sus jefes de redacción, "se pensó que era
otra clase de persona. Tuve que probarle lo contrario mostrándole
la punta de mi bota". El sistema honorífico es sin
duda el aspecto más corrupto y corruptor de nuestra vida
pública, pues está podrido de cabo a rabo, y los
jefes de redacción deben rechazarlo.
Mi último consejo para los jefes
de redacción es que no se tomen el trabajo -y
mucho menos a sí mismos- demasiado en serio. Lo que
importa es el periódico, que tiene una vida, un carácter
y un espíritu propio. Los jefes de redacción se pueden
sentir como pequeños dioses de hojalata, pero una vez que
son "ex" no tienen más importancia que la modelo que
es ex esposa de un multimillonario.
Creo que trabajé demasiado
cuando era jefe de redacción, que me consagré demasiado al
trabajo y me preocupé demasiado por él. Así que hoy
aconsejo así a los nuevos: "Compórtate como Alejandro VI, quien,
al llegar a papa comentó: "Ahora al menos tenemos el
papado, así que disfrutémoslo". El periódico no empeorará por ello.
Pues el mejor jefe de redacción es el que se
siente feliz.
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