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Autor: Raúl Espinoza Aguilera | Fuente: Yoinfluyo.com El periodista que supo perdonar: Don Luka Brájnovic
Reflexiones sobre el ilustre periodista croata, Don Luka Brájnovic y la ética del comunicador.
El periodista que supo perdonar: Don Luka Brájnovic
Recientemente acudí al VIII Congreso de Comunicación de la Universidad
Panamericana, con el coloquio: “El profesional de la comunicación: actualidad
y tendencias”. Allí se dieron cita importantes personalidades del mundo
de los medios, como Joaquín López Dóriga, Leonardo Kourchenko, Ramón
Alberto Garza, Ignacio Catalán, Sergio Sarmiento, Martín Espinosa, Luis Hernández,
y muchos otros.
Se analizaron diversos temas como el impresionante avance
tecnológico de los medios de comunicación, el reto de los
comunicadores que, ante esta realidad, deben de ser más creativos
e innovadores, y otro asunto que me interesó particularmente,
la ética de los medios en la sociedad.
Mientras externaban estos
expositores y los alumnos de comunicación sus puntos de vista
e inquietudes, me venían a la memoria aquellas inolvidables clases
con un ilustre periodista croata, Don Luka Brájnovic, quien fue
maestro mío de Ética o Deontología Periodística para el PGLA
(Programa de Graduados para periodistas Latinoamericanos) de la Universidad de
Navarra, España.
Recuerdo que se sentaba en el escritorio, y con
voz pausada y serena nos iba exponiendo la materia, entremezclada
con recuerdos y vivencias personales. Su mirada era profunda y
expresiva detrás de sus lentes con marcos plateados. De cabello
entrecano y rostro afable, y siempre con una actitud amistosa
para con todos sus alumnos, nos hablaba de la ética
del comunicador, no como una especie de “Don Quijote” con
sueños quiméricos, sino como un verdadero experimentado guerrero de mil
batallas.
Había nacido en 1919 en Kotor, Croacia (antes de 1989
formaba parte de la antigua Yugoslavia). Desde muy joven ejerció
la actividad periodística escribiendo para La Vanguardia Croata de Zagreb.
Fue detenido por criticar la figura de Benito Mussolini como
“megalómano y dictador soberbio y mediocre”, y estuvo en un
campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Tiempo
después fue liberado.
En 1943, siendo director de un periódico, realizó
un viaje por la península de los Balcanes. El tren
en el que viajaba descarriló a causa de las bombas
que habían colocado guerrilleros comunistas de Tito. Fue detenido y
condenado a muerte, pero cuando estaba formado en el pelotón
de fusilamiento, lo sacaron de la fila en atención a
su condición de periodista y lo retuvieron en un campo
de concentración.
Para hacernos cargo de los sufrimientos por los que
pasó este periodista, recuerdo que un día –después clase y
mientras tomábamos un café– me relató que el ejército comunista
prácticamente se había quedado sin municiones y buscaba ahorrar al
máximo el número de balas. Por lo tanto, para aniquilar
a los detenidos no se les ocurrió otro medio que
atarlos de manos y pies, formar pilas humanas, y que
los tanques y vehículos pesados pasaran sobre las víctimas.
Decía Don
Luka: “Todavía me estremezco cuando camino por un bosque y
piso ramas secas y éstas se rompen. Ese sonido es
inolvidable para mi, porque recuerdo que era precisamente el sonido
del romper de huesos de aquellos pobres hombres, entre gritos
y llantos, mientras los tanques los aplastaban”.
Los demás detenidos no
podían hacer nada por impedir esa masacre. De forma casi
milagrosa logró huir, junto con otro compañero, de este infierno.
Regresó
de nuevo a la dirección de su publicación en Zagreb,
pero al poco tiempo, el Gobierno Croata –de orientación fascista–
le cerró el periódico por publicar un artículo de Pío
XII en el que el Papa condenaba esa ideología de
extrema derecha.
Terminada la guerra en 1945, huyó de la Yugoslavia
comunista, que todavía conservaba a su líder Tito en el
poder. Por increíble que parezca, pidió asilo en Austria e
Italia, y al llegar a estos países libres de nuevo
fue conducido a dos campos de concentración norteamericanos por considerarlo
sospechoso y cómplice del gobierno de Tito.
En estas huidas perdió
el contacto con su esposa y su hija Elica. Tras
muchas gestiones y años de búsquedas, las encontró, como narra
en su libro autobiográfico “Despedidas y Encuentros”. Finalmente, se fue
a radicar a España como profesor de la Universidad de
Navarra.
Antes de ir a Madrid pasó por Roma junto con
su amigo y paisano Vladimir. Después de muchos años de
dolor y sufrimientos físicos y morales, comenta que se encontró
en la Ciudad Eterna con las primeras personas que los
trataron con cariño y amabilidad: San Josemaría Escrivá de Balaguer,
fundador del Opus Dei, y varios miembros de la Obra,
conocidos y amigos suyos.
Monseñor Escrivá estaba muy enterado de lo
que ocurría detrás de la “Cortina de Hierro”, y pedía
oraciones por los muchos católicos que estaban sufriendo persecución en
la Europa del Este.
Tuvieron varios encuentros; cuando Don Luka le
relató todas las vicisitudes por las que había pasado, San
Josemaría le dijo unas palabras de ánimo, aliento y visión
sobrenatural. Me narró con emoción que le hizo ver cómo
Jesucristo, en ciertas ocasiones, selecciona a algunas personas para unirlas
más a su Cruz.
Después le regaló un libro de su
autoría –“Camino”–, y se lo dedicó, escribiéndole unas palabras
en latín: “Omnia in bonum!”: son unas palabras que escribe
San Pablo en una de sus Epístolas y que traduzco
libremente con esta idea: “Para los que aman a Dios,
todo lo que nos pueda suceder [sufrimientos, dolores, angustias], es
siempre para un bien mayor” (“Carta a los Romanos” 8,
28).
Don Luka no sólo era periodista, era poeta, escritor y
un profundo conocedor de la Literatura Universal. Además de ser
un comunicador, era un artista de gran sensibilidad; autor de
varios libros sobre periodismo y un experto conocedor de la
política internacional. Pero tenía la virtud de ser, dentro de
su enorme sabiduría y erudición, muy humilde y sencillo. Nunca
imponía su opinión, sino que externaba su parecer a modo
de amable sugerencia.
Volviendo al mensaje de aquellas clases sobre Ética
que nos daba en la universidad, nos insistía que la
información que publicaba un periodista o comunicador tenía que ser
veraz, completa, ajena a toda manipulación.
Nos hablaba de que cada
persona tenía una gran dignidad y, por lo tanto, debía
siempre ser respetada, especialmente en lo relativo a su intimidad
y vida privada.
Otra idea que manejaba mucho era la responsabilidad
de comunicador ante las personas y ante la sociedad. Afirmaba
que no se podía caer en el sensacionalismo con el
fin de obtener mayores recursos económicos en una publicación, o
por buscar un mayor “rating” en los medios audiovisuales.
Un planteamiento
que me pareció original es que los medios de comunicación
deben contribuir al bien común, mejorando –por ejemplo– su nivel
cultural, artístico, de calidad informativa, a la vez que fomentar
el interés por las humanidades (Historia, Filosofía, Literatura, Música, etc.),
porque proporcionan al ciudadano sabiduría y constituyen un rico legado,
y todo aquello queda como estrato firme para los
cimientos y raíces culturales de la civilización.
Don Luka ha sido
formador de muchas generaciones de periodistas. Se ganó la simpatía
y respeto de colegas, catedráticos, intelectuales, escritores, y un largo
etcétera. A su muerte, el 8 de febrero de 2001,
en la Universidad de Navarra se instituyó anualmente el “Premio
Luka Brájnovic” y se le ha entregado a personalidades de
la talla de Miguel Delibes (escritor y novelista); Violeta Chamorro
(Ex-Presidenta de Nicaragua); Antonio Fontán (periodista y formador de periodistas);
Joaquín Navarro-Valls (antiguo portavoz de la Santa Sede); K. Zanussi
(cineasta polaco)... El objeto de este Premio es reconocer a
personas del mundo de la comunicación comprometidas con la defensa
de los derechos humanos y la dignidad de la persona.
A
pesar de todos sus sufrimientos, Don Luka nunca guardó resentimientos
ni odios ni rencores. Siempre supo perdonar. En sus ojos
claros no se adivinaba tristeza, sino paz. Siempre dispuesto a
servir a los demás, a dar un consejo útil a
sus alumnos, a escuchar con atención una consulta.
Supo formar a
una familia ejemplar, con un amor entregado y fiel a
su esposa y sus hijos que lo llenaba de ilusión
y alegría. Estaba muy orgulloso de que su hija mayor,
Élica, fuera también una talentosa periodista. Murió como vivió: serenamente
y con paz, muy unido a Dios.
Para mi, tener a
Don Luka de profesor fue un privilegio. En él siempre
vi a un testimonio viviente de cómo se puede conciliar
la categoría profesional y humana con la ética y la
actividad periodística, en medio de circunstancias tremendamente difíciles. Sin duda,
un admirable ejemplo para todos los comunicadores.
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