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La Iglesia y el Periodismo | tema
Autor: Jorge Hidalgo
El Evangelio y el Periodismo
Ponencia de Mons. Silvio Báez, Obispo Auxiliar de Managua
 
El Evangelio y el Periodismo
El Evangelio y el Periodismo
(Managua) - El 1 de marzo, día nacional del periodista, Mons. Silvio José Báez fue invitado por la Asociación de Periodistas de Nicaragua (APN), a dictar una conferencia sobre "Evangelio y Periodismo" en el aula magna de la Universidad Centroamericana (UCA) de Managua. Estuvieron presentes numerosos periodistas y distinguidas personalidades del mundo académico y cultural del país, a continuación les compartimos la Conferencia magistral completa:

EL EVANGELIO Y EL PERIODISMO


Mons. Silvio José Báez, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

Secretario General de la Conferencia Episcopal de Nicaragua

Distinguidos miembros de la Junta Directiva de la Asociación de Periodistas de Nicaragua. Queridos sacerdotes. Invitados especiales. Apreciados amigos y amigas periodistas:


INTRODUCCIÓN

Deseo ante todo agradecer la gentil invitación que me ha hecho la Junta Directiva de la Asociación de Periodistas de Nicaragua, en ocasión del día nacional del periodista, para vivir con ustedes un momento de reflexión en común. Mi presencia hoy aquí, como Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Managua y Secretario General de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, desea ser un gesto de reconocimiento de parte de la Iglesia Católica a la noble labor que ustedes, hombres y mujeres de prensa, realizan día a día a favor de la construcción de una sociedad mejor informada, condición para que sea al mismo tiempo más democrática y más justa. Mi intervención, lo digo desde el inicio, tendrá un carácter eminentemente teológico; es decir, trataré de razonar con ustedes a partir del fundamento de la fe cristiana, intentando dialogar respetuosamente con la profesión que ustedes tan dignamente desempeñan en la sociedad.

Voy a dividir mi exposición en dos grandes partes. En la primera presentaré la profunda relación existente entre dos fenómenos comunicativos: el periodismo y el evangelio, ambos al servicio de la verdad y de la dignidad del ser humano en la sociedad; en la segunda parte, deseo compartirles una reflexión a partir del evento que constituye el corazón del Evangelio como comunicación de Dios: la crucifixión de Jesús. A partir de este evento de comunicación, deseo proponerles algunas reflexiones sobre la labor periodística en la sociedad.

EVANGELIO Y PERIODISMO

El tema que se me ha pedido desarrollar esta tarde lleva por título «Evangelio y Periodismo». A primera vista pudieran parecer dos realidades que pertenecen a ámbitos absolutamente diferentes, incluso excluyentes. El Evangelio haría referencia a la religión, a la experiencia subjetiva, a la fe; el periodismo, en cambio, a la comunicación, a la objetividad, a la realidad en la que vivimos. Sin embargo esta distinción no es tan tajante. Por de pronto digamos que «Evangelio» y «periodismo» coinciden en que ambos son, llamémosles así, «fenómenos comunicativos».

Podemos estar de acuerdo que el periodismo es una actividad que se basa en la recopilación y análisis de la información, en cualquiera de sus formas, presentaciones y variedades. Una labor profesional que se basa en la recolección, síntesis, procesamiento y publicación de datos de carácter actual. Para cumplir con su misión, el periodista o comunicador debe apelar a fuentes que resulten creíbles o aprovecha sus propios saberes. Aunque la base del plano periodístico es la noticia, también contempla géneros literarios, tales como la crónica, la entrevista, la opinión y el reportaje. Todo esto se enmarca en el contexto más amplio de la estructura social. De más está recordar el rol fundamental que juegan los periodistas al servicio de la democracia y de la justicia en una sociedad. Por una parte sirviendo de conciencia crítica a las estructuras sociales. Con razón el escritor y filósofo español Fernando Savater ha definido al periodista como «un espía al servicio del ciudadano». Pero también siendo un verdadero espejo en el que la sociedad misma se examine y se autoevalúe. Con razón el dramaturgo estadounidense Arthur Miller (1915-2005) ha afirmado que «un buen periódico es una nación hablándose a sí misma».

El «evangelio» es también comunicación. Para comprender la connotación comunicativa del término «evangelio» recordemos que es una palabra que viene del griego euanguélion, un adjetivo sustantivado, que significa «buena noticia» o «anuncio gozoso». El término está compuesto por el prefijo eu, «bien-bueno», y por ánguelos, «mensajero, anunciador», o por el verbo ánguellein, «anunciar». En el ambiente greco-helenístico de la antigüedad su significado fundamental de «buena noticia» o «anuncio gozoso» tenía carácter prevalentemente público, como cuando designaba el anuncio de una victoria militar o deportiva, pero también en un ámbito más privado podía indicar el anuncio alegre de una curación o el éxito alcanzado por alguien. El uso religioso del término se explica a partir de la concepción global de la existencia en el mundo antiguo, en donde el curso de los acontecimientos se ponía en relación directa con las divinidades. De ahí que el término «evangelio» se aplicara espontáneamente, con sentido religoso-político en el culto imperial, para indicar las distintas etapas de la vida y las grandes gestas del emperador, como verdadero salvador dado por los dioses a la humanidad.

Las primeras comunidades cristianas tomaron prestado de la cultura greco-helenística circundante el término para designar el evento central de la fe cristiana, es decir, la comunicación o intervención de Dios en la historia a través de la vida y enseñanza, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, en quien se ha manifestado el poder de Dios venciendo el reino de la muerte y ofreciendo así a la humanidad el don de la salvación a través de la liberación de todo mal que oprime al ser humano, el perdón de los pecados y la promesa de una vida futura de plenitud más allá de la muerte. Este es el sentido fundamental del término «evangelio» en la fe cristiana: un evento de comunicación de vida, de gracia y de salvación de parte de Dios por medio de Jesucristo.

El «evangelio» no se reduce, pues, a un simple mensaje, no se limita a ser una palabra informativa o comunicativa de determinados contenidos objetivos. Precisamente porque es palabra y gozoso anuncio de parte de Dios. San Pablo lo define al inicio de la Carta a los Romanos como «evangelio de Dios» (Rom 1,1). Por eso mismo el evangelio posee una fuerza creativa única, realiza lo que dice y hace existir lo que afirma. Con terminología de la lingüística moderna se podría decir que es una palabra performativa. San Pablo, en efecto, define el evangelio en Rom 1,16 como «fuerza de salvación para todo el que cree». De este sentido dinámico fundamental del término, luego se deriva el término en plural «evangelios», que son los cuatro escritos normativos de la fe cristiana que contienen por inspiración del Espíritu Santo desde distintas perspectivas el evento salvador del «evangelio.

En síntesis, tanto el periodismo como el evangelio son fenómenos comunicativos. A niveles distintos, con sujetos y destinatarios diferentes, con dinámica informativa diversa. Pero, al fin y al cabo, son comunicación. Y esto permite que podamos acercar y relacionar ambas realidades. Evidentemente que la comunicación que es fruto de la labor periodística, no alcanza el sentido de profundidad y ultimidad de la comunicación de Dios al hombre a través del evangelio. Sin embargo, es posible que la comunicación periodística sea, a imagen de la comunicación evangélica y precisamente a causa de ella, auténtico vehículo al servicio de la dignidad del hombre y, ¿por qué no decirlo?, puede incluso alcanzar una connotación verdaderamente salvífica para el hombre.

El evangelio enseña que Dios ha hablado con palabras humanas y se ha revelado con gestos y eventos que forman parte de la historia de este mundo. Ya este dato muestra que el Señor no ha despreciado las formas de comunicación humana, es más, asumiéndolas las elevó a una dignidad infinita. Se podría decir que, desde que Dios habló en palabras humanas y hechos humanos, podemos estar seguros que las palabras y hechos de este mundo y todos los medios de comunicación interhumana son aptos para servir de medios para su comunicación, capaces de decir su amor, su verdad y su vida en los pobres términos y en los gestos limitados de nuestra experiencia.

Recordando una frase célebre del evangelio de Juan: «Y la Palabra (lógos) se hizo carne y puso su tienda entre nosotros» (Jn 1,14), podemos decir que los medios de comunicación, en la variedad de lenguajes que ellos adoptan (verbal, escrito, por imágenes, sonoros, gestuales, medios electrónicos, redes sociales, etc.) son «tiendas» potenciales que la Palabra (el lógos divino) no desdeña para habitar y a través de las cuales hacer pasar el poder salvador del Evangelio. Una visión pesimista, que de entrada juzgue negativamente los medios de comunicación, se opone a esta visión de la fe cristiana, que se expresa en una esperanza de fondo en relación con el mundo del periodismo y de la información.

Todo medio de comunicación, incluidos los más modernos y de alta tecnología utilizados en el mundo del periodismo, pueden ser usados por Dios para llegar al corazón de la humanidad y de cada ser humano. Al decir «pueden», considero la posibilidad de que no sea así. Todo cuando existe y es utilizado por el hombre, puede ser mal utilizado. ¡Cuánta responsabilidad hay en las mentes y en las manos de ustedes, queridos amigos y amigas periodistas! ¡Qué grandeza la del periodismo, al ser potencial mediación de la misma comunicación divina que no tiene otro objetivo que servir a la vida, a la verdad y a la plenitud del ser humano! Al periodismo podríamos aplicar una bella frase que San Juan de la Cruz refiere a Dios: «El fin de Dios es engrandecer al hombre». Por eso un auténtico periodismo no puede ignorar las exigencias éticas que supone tan digna profesión, no sólo en el esfuerzo de comunicar con veracidad, sino con libertad interior y honestidad, movido únicamente por el bien común de la colectividad.

EL MODELO SUPREMO DE LA COMUNICACIÓN

El Evangelio nos revela que el modelo supremo de toda comunicación está en aquel evento en el cual Dios se ha comunicado en modo perfecto a los hombres: la muerte de Jesús en la Cruz. Este es el corazón del evangelio: la presencia de la Trinidad en la Cruz, como icono perfecto que nos lleva a las profundidades de la comunicación interpersonal suscitada y hecha posible gracias a la comunicación de Dios a los hombres. A partir del maravilloso icono de la Trinidad Santísima en la Cruz intentemos descubrir los fundamentos y posibilidades de una real y auténtica comunicación.

El Padre

En la crucifixión de Jesús el Padre es el amor originario y eterno. El Padre ha entregado al Hijo a la muerte en un gesto de suprema gratuidad. Ha callado y no ha intervenido, pues una palabra suya habría sido una palabra de juicio y condena contra quienes condenaban injustamente a Jesús. Al callar el Padre ha mostrado la fuerza de un amor que es más fuerte que las intrigas y ambiciones, la maldad y la injusticia humana que llevaron a Jesús a la muerte. Nunca antes el silencio había sido tan comunicativo, para decir el amor y el perdón. Con su silencio en la cruz, el Padre expresa el sentido más profundo de su justicia, que es misericordia, perdón y salvación para los hombres: «A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Cor 5,21).

La comunicación silenciosa del Padre en la cruz de Jesús ilumina grandemente la labor comunicativa del periodismo. El silencio del Padre en la cruz enseña que la comunicación es verdadera, no necesariamente cuando abunda en palabras, datos e imágenes, sino cuando crea auténticas relaciones, cuando brota del deseo de llegar al otro por su bien y es movida por el sumo respeto a su dignidad. El silencio del Padre en la cruz enseña que comunicar también exige callar. No es verdad que todo se deba decir, gritar y publicar. La prensa amarillista que cultiva el sensacionalismo, las informaciones que irrespetan la vida privada no contribuyen a una comunicación digna del ser humano. Un auténtico comunicador debe poseer también la capacidad de saber aludir respetuosamente, de provocar la intuición y hacer comprender sin decir explícitamente. Por otra parte, el saber callar ayuda a crear espacios interiores para acoger y nutrir los auténticos valores humanos y religiosos, para discernir y pensar, como proceso interior necesario para engendrar una palabra auténticamente digna. Benedicto XVI nos recordó en su Mensaje para la Jornada de las Comunicaciones Sociales del 2012 que «el silencio es precioso para favorecer el necesario discernimiento entre los numerosos estímulos y respuestas que recibimos, para reconocer e identificar asimismo las preguntas verdaderamente importantes».

El Hijo

En la crucifixión de Jesús, el Hijo se entrega en manos de las autoridades religiosas y políticas, que deciden injustamente su destino y lo condenan a muerte. Jesús no ha venido a morir, ni desea morir, pero afronta su propia muerte como la lógica consecuencia de una vida vivida para dar vida a otros, una existencia totalmente dedicada al bien y a la liberación de los demás, especialmente de los más pobres y de los pecadores. Jesús está dispuesto incluso a morir, con tal de no declarar culpable a nadie y no ceder ante la tentación del odio y la venganza. El Nuevo Testamento ha interpretado su muerte por amor nuestro. Pablo dirá: «me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20). El cuarto evangelio por su parte afirma: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). La entrega de sí del Hijo es expresión de amor a los hombres como obediencia al amor del Padre. Jesús da su vida como respuesta libre al amor originario del que proviene y al que revela: el amor del Padre.

En la cruz del calvario contemplamos a un crucificado que aparece como alguien excluido por los hombres y abandonado por Dios, indigno del cielo y de la tierra, abandonado de sus discípulos y despreciado de cuantos eran testigos de su suplicio ignominioso. Aquel hombre es Jesús, el Justo, que muere a causa del mundo injusto en que ha vivido; aquel hombre es el creyente fiel a Dios que muere como pecador abandonado por Dios. San Pablo le llama a este evento, «la palabra (lógos) de la cruz (1Cor 1,18), y para él es el verdadero fundamento del evangelio como buena noticia. La cruz no invita ni a la exaltación del dolor, ni a la resignación pasiva. Es el punto culminante de una vida crucificada, entregada al servicio y al amor de los demás aún a costa de enfrentar a los poderes políticos y religiosos dominantes de la época.

¡Cuánta necesidad tenemos de incluir «la palabra de la cruz» (1Cor 1,18), de la que habla san Pablo, en nuestra labor de comunicadores! La cruz de Jesús non enseña a asumir los conflictos y las dificultades de una manera diferente, no dejándonos llevar por el abatimiento ni por la tentación de la venganza, sino manteniéndonos fieles a la causa del hombre, que es la causa de Dios. La cruz es la frustración aparente de una promesa y de un proyecto, pero paradójicamente es el momento de su triunfo y de su plenitud.

La cruz también revela una nueva concepción del poder, que en el Crucificado se manifiesta como debilidad por amor. San Pablo afirma que «la debilidad divina es más fuerte que la fuerza de los hombres» (1Cor 1,25). En el Crucificado se revela la verdad del Dios Omnipotente, cuyo poder es el amor infinito que salva y da vida.

Los periodistas, como profesionales de la comunicación, poseen un gran poder de cara a la sociedad, un poder que les viene del saber y del informar. Quien sabe, tiene más poder que quien no sabe. Por otra parte, el término «informar» quiere decir literalmente, «dar forma», plasmar una realidad. Los periodistas tienen poder social precisamente porque pueden plasmar las conciencias, condicionarlas o deformarlas. Ustedes crean lo que se llama la «opinión pública». Evangelizar desde la cruz el periodismo significa usar ese poder para el bien de las personas y de la sociedad, anteponiendo la honestidad y la objetividad de la información a la búsqueda de beneficios económicos personales, reconocimientos o privilegios del medio informativo en el que se trabaja o, peor aún, caer en el servilismo frente a las ideologías o a los poderes políticos. Precisamente la comunicación de Jesús en la cruz es todo lo contrario. Jesús en la cruz aparece vaciado de sí mismo en un acto de amor infinito por los hombres.

Evangelizar desde la cruz es también asumir desde la fe lo que Jesús predicó y vivió en plenitud en la cruz: «el que quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35). ¡Qué difícil resulta escuchar estas palabras en una cultura en la que predomina la ambición y el ansia de figurar y de dominar! Hay que saber anteponer el bien común de la sociedad, la dignidad de los receptores de la información a nuestro orgullo profesional y a nuestros privilegios e intereses. No basta con ser los primeros en dar la noticia, a veces sin examinarla y reelaborarla suficientemente. No es suficiente hablar o escribir, hay que tener presente a la gente común, al pueblo como principal interlocutor, que espera del periodista un verdadero mediador de la realidad, que ofrece no sólo datos fríos, sino criterios para comprender, y que sea al mismo tiempo auténtico portavoz de sus inquietudes y preocupaciones más importantes.

Evangelizar desde la cruz el periodismo es, finalmente, creer que la opacidad de la verdad y de la justicia en una determinada coyuntura histórica y social es sólo algo aparente. El evento de la cruz de Jesús, que es el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor sobre la maldad, nos aseguran que Dios está, como aseguró Jesús en el sermón de la montaña, con los que siempre tienen hambre y sed de justicia, con los que trabajan por la paz y, ¿por qué no decirlo?, está sobre todo por los que son perseguidos por causa de la justicia. Creer en «la palabra de la cruz» es creer que, no obstante todas las evidencias contrarias, no hay que perder la esperanza en el surgimiento de una sociedad nueva y mejor y hay que luchar denodadamente por conseguirlo.

El Espíritu

En la comunicación divina que se produce en la crucifixión de Jesús se revela la gratuidad del amor del Padre y del Hijo, la correspondencia recíproca entre el infinito amor de ambos y la libertad suprema de su entrega mutua. Precisamente de este ambiente de reciprocidad y de acogida en el amor y la libertad, presente entre las personas divinas en la comunicación de la cruz, da testimonio el Espíritu Santo. Es el Espíritu quien asegura la perfección de esta comunicación y el que en el mismo momento del evento la revierte sobre la humanidad, como el don más preciado del misterio de la Pascua. Por el Espíritu también nosotros podemos y debemos entrar en ese misterio de perfecta comunicación fundada en el amor y en la libertad. Este es el evangelio.

Evangelizar el periodismo desde la acción del Espíritu en la cruz es vivir abiertos a lo nuevo, aventurarse, sobre todo en un mundo tan cambiante y con una tecnología que avanza vertiginosamente.

Evangelizar el periodismo desde la acción del Espíritu es recordar también que, como afirma Pablo, «donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (1 Cor 3,17). La libertad que genera el Espíritu es fundamento de toda auténtica comunicación que quiera llamarse humana y debería estar a la raíz de toda labor periodística, sosteniendo el compromiso por denunciar y erradicar toda opresión humana. El Espíritu exorciza el miedo y confiere fuerza de resistencia y valentía para comprometernos en la lucha por una sociedad más democrática y más justa, liberada de estrategias y mecanismos oscuros que oprimen y atemorizan.

En la teología de san Pablo lo más contrario al Espíritu no es la realidad material, sino la falta de libertad. Es contrario a la acción del Espíritu en la comunicación todo aquello que coarta la libertad de expresión y de información: la censura de prensa, la monopolización de los medios de comunicación en pocas manos, la falta de acceso a la información pública, la limitación de cobertura periodística a determinados medios de comunicación, etc. Fernando Savater ha dicho con razón: "A lo largo de mi vida me fui convenciendo de la importancia de la libertad de expresión como expresión de la libertad".

El Espíritu también genera la verdad. El Evangelio de Juan le llama al Espíritu Santo, «Espíritu de la Verdad». Por eso es también contrario a la acción del Espíritu, la falsedad y la mentira. Un periodismo que ofrezca una versión distorsionada de la realidad, condicionado por intereses personales, por la propia ideología o por los centros de poder dominantes, o por los intereses económicos e ideológicos del medio de información para el que se trabaja, es ajeno a la acción del Espíritu. Ciertamente que no podemos negar el complejo proceso de selección al que son sometidas las noticias por las agencias internacionales o por el editor antes de llegar al público receptor. Construir un periodismo animado por el Espíritu implica someterse cada vez con más pasión y coherencia a la verdad y a la objetividad, permitiendo en la medida de lo posible que el receptor de la información pueda distinguir, a mi entender, tres cosas: lo que el periodista ha logrado obtener, las fuentes en las que se fundamenta, siempre que se puedan revelar sin perjuicio de otros, y el propio punto de vista del periodista o del medio de información. Hay que pasar de una cultura de presunta objetividad a una cultura del punto de vista. Si el punto de vista de partida que orienta determinada comunicación se pone de manifiesto y se justifica, estaremos contribuyendo a desarrollar una sociedad más tolerante y pluralista. Esto también es comunicación en el Espíritu.

El Espíritu en la crucifixión de Jesús, como acto supremo de comunicación divina, crea y revela la profundidad de la relación, hace posible la armonía y la belleza en el caos y la fealdad de la cruz. El Espíritu crea la ética y la estética en la comunicación. Un periodismo animado por el Espíritu no se limita a la transmisión de datos ni queda encerrado por intereses mercantilistas, sino que suscita un intercambio simbólico entre el informador y el receptor de la información, en donde prevalecen no tanto las cosas y los eventos, sino su sentido creador de relaciones interpersonales y promotor de conciencias críticas y lúcidas. Un auténtico periodismo comunica creando capacidad de comunicación en sus destinatarios, liberándolos del miedo a expresarse y hablar. El periodismo no sólo exige libertad de expresión sino debe suscitar libertad de expresión en la sociedad.

Además el Espíritu, que es la fantasía divina en la historia, es el creador de la auténtica belleza, a la cual le es esencial la verdad y la bondad. Las parcelas de verdad que descubrimos, a veces arduamente, nos producen un gozo interior, espiritual, difícilmente descriptible. Es como contemplar una luz –el resplandor de lo verdadero- que es belleza. Esta experiencia es particularmente hermosa y gozosa cuando se trata del descubrimiento y acceso a la fe, la más bella y gozosa de todas las verdades. Y aquí entramos en un último aspecto importante. Un periodismo animado por el Espíritu no puede limitarse a lo visible y verificable, a las razones históricas, económicas y políticas que explican la realidad. A veces es la única perspectiva con la que abordamos, presentamos y explicamos la historia, incluso lo que se refiere a la experiencia religiosa o a la vida de la Iglesia. ¿Es quizás pedirle demasiado a los periodistas y a los medios de comunicación comprometidos en describir y explicar la realidad que dieran espacio también a la razón religiosa, a la experiencia interior de la fe que anima a los creyentes, al misterio trascendente de la Verdad y el Bien que es Dios, sin reducir excesivamente la vida y misión de la Iglesia a una sola dimensión: cuantitativa, inmanente, en un palabra, horizontal? Ernst Bloch decía que «Sin los caminos interiores del espíritu, no se puede caminar derechos y con dignidad por los caminos exteriores del mundo»

CONCLUSIÓN

Espero haber al menos abierto el panorama hacia una relación más completa entre la «buena noticia», el Evangelio, y las «tantas noticias» cotidianas, que se descubren y difunden a través de la noble labor del periodismo. No hay contradicción entre el lenguaje objetivo y veraz del periodismo y el lenguaje que está más allá de todo lenguaje, la palabra de la cruz, la palabra de la gratuidad absoluta, del perdón sin límites, del respeto gozoso por la dignidad humana, la palabra de la verdad y de la libertad.

La Trinidad aparece implicada totalmente en el acto de la comunicación de la vida divina al mundo y fundamenta toda auténtica comunicación interhumana. Esta implicación del Dios trinitario en su comunicación al hombre revela ya de por sí el valor intrínsecamente bueno de todo acto comunicativo y, por consiguiente, de todo instrumento e institución de comunicación. Y si al comunicarse Dios se revela como ágape, como amor fiel y gratuito que no permanece cerrado en sí mismo, sino que se da sin condiciones ni reserva, la bondad última de todo acto comunicativo entre los hombres depende de su participación en la caridad divina.

+Mons. Silvio José Báez

Managua, 1 de marzo de 2013
 
 

 
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