Ponencia de Mons. Silvio Báez, Obispo Auxiliar de Managua
El Evangelio y el Periodismo
(Managua) - El 1 de marzo, día nacional del periodista,
Mons. Silvio José Báez fue invitado por la Asociación de
Periodistas de Nicaragua (APN), a dictar una conferencia sobre "Evangelio
y Periodismo" en el aula magna de la Universidad Centroamericana
(UCA) de Managua. Estuvieron presentes numerosos periodistas y distinguidas personalidades
del mundo académico y cultural del país, a continuación les
compartimos la Conferencia magistral completa: EL EVANGELIO Y EL
PERIODISMO
Mons. Silvio José Báez, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua
Secretario General de
la Conferencia Episcopal de Nicaragua
Distinguidos miembros de la Junta Directiva
de la Asociación de Periodistas de Nicaragua. Queridos sacerdotes. Invitados
especiales. Apreciados amigos y amigas periodistas:
INTRODUCCIÓN
Deseo ante todo agradecer la
gentil invitación que me ha hecho la Junta Directiva de
la Asociación de Periodistas de Nicaragua, en ocasión del día
nacional del periodista, para vivir con ustedes un momento de
reflexión en común. Mi presencia hoy aquí, como Obispo Auxiliar
de la Arquidiócesis de Managua y Secretario General de la
Conferencia Episcopal de Nicaragua, desea ser un gesto de reconocimiento
de parte de la Iglesia Católica a la noble labor
que ustedes, hombres y mujeres de prensa, realizan día a
día a favor de la construcción de una sociedad mejor
informada, condición para que sea al mismo tiempo más democrática
y más justa. Mi intervención, lo digo desde el inicio,
tendrá un carácter eminentemente teológico; es decir, trataré de razonar
con ustedes a partir del fundamento de la fe cristiana,
intentando dialogar respetuosamente con la profesión que ustedes tan dignamente
desempeñan en la sociedad.
Voy a dividir mi exposición en dos
grandes partes. En la primera presentaré la profunda relación existente
entre dos fenómenos comunicativos: el periodismo y el evangelio, ambos
al servicio de la verdad y de la dignidad del
ser humano en la sociedad; en la segunda parte, deseo
compartirles una reflexión a partir del evento que constituye el
corazón del Evangelio como comunicación de Dios: la crucifixión de
Jesús. A partir de este evento de comunicación, deseo proponerles
algunas reflexiones sobre la labor periodística en la sociedad. EVANGELIO Y
PERIODISMO
El tema que se me ha pedido desarrollar esta tarde
lleva por título «Evangelio y Periodismo». A primera vista pudieran
parecer dos realidades que pertenecen a ámbitos absolutamente diferentes, incluso
excluyentes. El Evangelio haría referencia a la religión, a la
experiencia subjetiva, a la fe; el periodismo, en cambio, a
la comunicación, a la objetividad, a la realidad en la
que vivimos. Sin embargo esta distinción no es tan tajante.
Por de pronto digamos que «Evangelio» y «periodismo» coinciden en
que ambos son, llamémosles así, «fenómenos comunicativos».
Podemos estar de acuerdo
que el periodismo es una actividad que se basa en
la recopilación y análisis de la información, en cualquiera de
sus formas, presentaciones y variedades. Una labor profesional que se
basa en la recolección, síntesis, procesamiento y publicación de datos
de carácter actual. Para cumplir con su misión, el periodista
o comunicador debe apelar a fuentes que resulten creíbles o
aprovecha sus propios saberes. Aunque la base del plano periodístico
es la noticia, también contempla géneros literarios, tales como la
crónica, la entrevista, la opinión y el reportaje. Todo esto
se enmarca en el contexto más amplio de la estructura
social. De más está recordar el rol fundamental que juegan
los periodistas al servicio de la democracia y de la
justicia en una sociedad. Por una parte sirviendo de conciencia
crítica a las estructuras sociales. Con razón el escritor y
filósofo español Fernando Savater ha definido al periodista como «un
espía al servicio del ciudadano». Pero también siendo un verdadero
espejo en el que la sociedad misma se examine y
se autoevalúe. Con razón el dramaturgo estadounidense Arthur Miller (1915-2005)
ha afirmado que «un buen periódico es una nación hablándose
a sí misma».
El «evangelio» es también comunicación. Para comprender la
connotación comunicativa del término «evangelio» recordemos que es una palabra
que viene del griego euanguélion, un adjetivo sustantivado, que significa
«buena noticia» o «anuncio gozoso». El término está compuesto por
el prefijo eu, «bien-bueno», y por ánguelos, «mensajero, anunciador», o
por el verbo ánguellein, «anunciar». En el ambiente greco-helenístico de
la antigüedad su significado fundamental de «buena noticia» o «anuncio
gozoso» tenía carácter prevalentemente público, como cuando designaba el anuncio
de una victoria militar o deportiva, pero también en un
ámbito más privado podía indicar el anuncio alegre de una
curación o el éxito alcanzado por alguien. El uso religioso
del término se explica a partir de la concepción global
de la existencia en el mundo antiguo, en donde el
curso de los acontecimientos se ponía en relación directa con
las divinidades. De ahí que el término «evangelio» se aplicara
espontáneamente, con sentido religoso-político en el culto imperial, para indicar
las distintas etapas de la vida y las grandes gestas
del emperador, como verdadero salvador dado por los dioses a
la humanidad.
Las primeras comunidades cristianas tomaron prestado de la cultura
greco-helenística circundante el término para designar el evento central de
la fe cristiana, es decir, la comunicación o intervención de
Dios en la historia a través de la vida y
enseñanza, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, en quien
se ha manifestado el poder de Dios venciendo el reino
de la muerte y ofreciendo así a la humanidad el
don de la salvación a través de la liberación de
todo mal que oprime al ser humano, el perdón de
los pecados y la promesa de una vida futura de
plenitud más allá de la muerte. Este es el sentido
fundamental del término «evangelio» en la fe cristiana: un evento
de comunicación de vida, de gracia y de salvación de
parte de Dios por medio de Jesucristo.
El «evangelio» no se
reduce, pues, a un simple mensaje, no se limita a
ser una palabra informativa o comunicativa de determinados contenidos objetivos.
Precisamente porque es palabra y gozoso anuncio de parte de
Dios. San Pablo lo define al inicio de la Carta
a los Romanos como «evangelio de Dios» (Rom 1,1). Por
eso mismo el evangelio posee una fuerza creativa única, realiza
lo que dice y hace existir lo que afirma. Con
terminología de la lingüística moderna se podría decir que es
una palabra performativa. San Pablo, en efecto, define el evangelio
en Rom 1,16 como «fuerza de salvación para todo el
que cree». De este sentido dinámico fundamental del término, luego
se deriva el término en plural «evangelios», que son los
cuatro escritos normativos de la fe cristiana que contienen por
inspiración del Espíritu Santo desde distintas perspectivas el evento salvador
del «evangelio.
En síntesis, tanto el periodismo como el evangelio son
fenómenos comunicativos. A niveles distintos, con sujetos y destinatarios diferentes,
con dinámica informativa diversa. Pero, al fin y al cabo,
son comunicación. Y esto permite que podamos acercar y relacionar
ambas realidades. Evidentemente que la comunicación que es fruto de
la labor periodística, no alcanza el sentido de profundidad y
ultimidad de la comunicación de Dios al hombre a través
del evangelio. Sin embargo, es posible que la comunicación periodística
sea, a imagen de la comunicación evangélica y precisamente a
causa de ella, auténtico vehículo al servicio de la dignidad
del hombre y, ¿por qué no decirlo?, puede incluso alcanzar
una connotación verdaderamente salvífica para el hombre.
El evangelio enseña que
Dios ha hablado con palabras humanas y se ha revelado
con gestos y eventos que forman parte de la historia
de este mundo. Ya este dato muestra que el Señor
no ha despreciado las formas de comunicación humana, es más,
asumiéndolas las elevó a una dignidad infinita. Se podría decir
que, desde que Dios habló en palabras humanas y hechos
humanos, podemos estar seguros que las palabras y hechos de
este mundo y todos los medios de comunicación interhumana son
aptos para servir de medios para su comunicación, capaces de
decir su amor, su verdad y su vida en los
pobres términos y en los gestos limitados de nuestra experiencia.
Recordando
una frase célebre del evangelio de Juan: «Y la Palabra
(lógos) se hizo carne y puso su tienda entre nosotros»
(Jn 1,14), podemos decir que los medios de comunicación, en
la variedad de lenguajes que ellos adoptan (verbal, escrito, por
imágenes, sonoros, gestuales, medios electrónicos, redes sociales, etc.) son «tiendas»
potenciales que la Palabra (el lógos divino) no desdeña para
habitar y a través de las cuales hacer pasar el
poder salvador del Evangelio. Una visión pesimista, que de entrada
juzgue negativamente los medios de comunicación, se opone a esta
visión de la fe cristiana, que se expresa en una
esperanza de fondo en relación con el mundo del periodismo
y de la información.
Todo medio de comunicación, incluidos los más
modernos y de alta tecnología utilizados en el mundo del
periodismo, pueden ser usados por Dios para llegar al corazón
de la humanidad y de cada ser humano. Al decir
«pueden», considero la posibilidad de que no sea así. Todo
cuando existe y es utilizado por el hombre, puede ser
mal utilizado. ¡Cuánta responsabilidad hay en las mentes y en
las manos de ustedes, queridos amigos y amigas periodistas! ¡Qué
grandeza la del periodismo, al ser potencial mediación de la
misma comunicación divina que no tiene otro objetivo que servir
a la vida, a la verdad y a la plenitud
del ser humano! Al periodismo podríamos aplicar una bella frase
que San Juan de la Cruz refiere a Dios: «El
fin de Dios es engrandecer al hombre». Por eso un
auténtico periodismo no puede ignorar las exigencias éticas que supone
tan digna profesión, no sólo en el esfuerzo de comunicar
con veracidad, sino con libertad interior y honestidad, movido únicamente
por el bien común de la colectividad. EL MODELO SUPREMO DE
LA COMUNICACIÓN
El Evangelio nos revela que el modelo supremo de
toda comunicación está en aquel evento en el cual Dios
se ha comunicado en modo perfecto a los hombres: la
muerte de Jesús en la Cruz. Este es el corazón
del evangelio: la presencia de la Trinidad en la Cruz,
como icono perfecto que nos lleva a las profundidades de
la comunicación interpersonal suscitada y hecha posible gracias a la
comunicación de Dios a los hombres. A partir del maravilloso
icono de la Trinidad Santísima en la Cruz intentemos descubrir
los fundamentos y posibilidades de una real y auténtica comunicación. El
Padre
En la crucifixión de Jesús el Padre es el amor
originario y eterno. El Padre ha entregado al Hijo a
la muerte en un gesto de suprema gratuidad. Ha callado
y no ha intervenido, pues una palabra suya habría sido
una palabra de juicio y condena contra quienes condenaban injustamente
a Jesús. Al callar el Padre ha mostrado la fuerza
de un amor que es más fuerte que las intrigas
y ambiciones, la maldad y la injusticia humana que llevaron
a Jesús a la muerte. Nunca antes el silencio había
sido tan comunicativo, para decir el amor y el perdón.
Con su silencio en la cruz, el Padre expresa el
sentido más profundo de su justicia, que es misericordia, perdón
y salvación para los hombres: «A quien no conoció pecado,
le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser
justicia de Dios en él» (2 Cor 5,21).
La comunicación silenciosa
del Padre en la cruz de Jesús ilumina grandemente la
labor comunicativa del periodismo. El silencio del Padre en la
cruz enseña que la comunicación es verdadera, no necesariamente cuando
abunda en palabras, datos e imágenes, sino cuando crea auténticas
relaciones, cuando brota del deseo de llegar al otro por
su bien y es movida por el sumo respeto a
su dignidad. El silencio del Padre en la cruz enseña
que comunicar también exige callar. No es verdad que todo
se deba decir, gritar y publicar. La prensa amarillista que
cultiva el sensacionalismo, las informaciones que irrespetan la vida privada
no contribuyen a una comunicación digna del ser humano. Un
auténtico comunicador debe poseer también la capacidad de saber aludir
respetuosamente, de provocar la intuición y hacer comprender sin decir
explícitamente. Por otra parte, el saber callar ayuda a crear
espacios interiores para acoger y nutrir los auténticos valores humanos
y religiosos, para discernir y pensar, como proceso interior necesario
para engendrar una palabra auténticamente digna. Benedicto XVI nos recordó
en su Mensaje para la Jornada de las Comunicaciones Sociales
del 2012 que «el silencio es precioso para favorecer el
necesario discernimiento entre los numerosos estímulos y respuestas que recibimos,
para reconocer e identificar asimismo las preguntas verdaderamente importantes». El Hijo
En
la crucifixión de Jesús, el Hijo se entrega en manos
de las autoridades religiosas y políticas, que deciden injustamente su
destino y lo condenan a muerte. Jesús no ha venido
a morir, ni desea morir, pero afronta su propia muerte
como la lógica consecuencia de una vida vivida para dar
vida a otros, una existencia totalmente dedicada al bien y
a la liberación de los demás, especialmente de los más
pobres y de los pecadores. Jesús está dispuesto incluso a
morir, con tal de no declarar culpable a nadie y
no ceder ante la tentación del odio y la venganza.
El Nuevo Testamento ha interpretado su muerte por amor nuestro.
Pablo dirá: «me amó y se entregó por mí» (Gal
2,20). El cuarto evangelio por su parte afirma: «Habiendo amado
a los suyos que estaban en el mundo, los amó
hasta el extremo» (Jn 13,1). La entrega de sí del
Hijo es expresión de amor a los hombres como obediencia
al amor del Padre. Jesús da su vida como respuesta
libre al amor originario del que proviene y al que
revela: el amor del Padre.
En la cruz del calvario contemplamos
a un crucificado que aparece como alguien excluido por los
hombres y abandonado por Dios, indigno del cielo y de
la tierra, abandonado de sus discípulos y despreciado de cuantos
eran testigos de su suplicio ignominioso. Aquel hombre es Jesús,
el Justo, que muere a causa del mundo injusto en
que ha vivido; aquel hombre es el creyente fiel a
Dios que muere como pecador abandonado por Dios. San Pablo
le llama a este evento, «la palabra (lógos) de la
cruz (1Cor 1,18), y para él es el verdadero fundamento
del evangelio como buena noticia. La cruz no invita ni
a la exaltación del dolor, ni a la resignación pasiva.
Es el punto culminante de una vida crucificada, entregada al
servicio y al amor de los demás aún a costa
de enfrentar a los poderes políticos y religiosos dominantes de
la época.
¡Cuánta necesidad tenemos de incluir «la palabra de la
cruz» (1Cor 1,18), de la que habla san Pablo, en
nuestra labor de comunicadores! La cruz de Jesús non enseña
a asumir los conflictos y las dificultades de una manera
diferente, no dejándonos llevar por el abatimiento ni por la
tentación de la venganza, sino manteniéndonos fieles a la causa
del hombre, que es la causa de Dios. La cruz
es la frustración aparente de una promesa y de un
proyecto, pero paradójicamente es el momento de su triunfo y
de su plenitud.
La cruz también revela una nueva concepción del
poder, que en el Crucificado se manifiesta como debilidad por
amor. San Pablo afirma que «la debilidad divina es más
fuerte que la fuerza de los hombres» (1Cor 1,25). En
el Crucificado se revela la verdad del Dios Omnipotente, cuyo
poder es el amor infinito que salva y da vida.
Los
periodistas, como profesionales de la comunicación, poseen un gran poder
de cara a la sociedad, un poder que les viene
del saber y del informar. Quien sabe, tiene más poder
que quien no sabe. Por otra parte, el término «informar»
quiere decir literalmente, «dar forma», plasmar una realidad. Los periodistas
tienen poder social precisamente porque pueden plasmar las conciencias, condicionarlas
o deformarlas. Ustedes crean lo que se llama la «opinión
pública». Evangelizar desde la cruz el periodismo significa usar ese
poder para el bien de las personas y de la
sociedad, anteponiendo la honestidad y la objetividad de la información
a la búsqueda de beneficios económicos personales, reconocimientos o privilegios
del medio informativo en el que se trabaja o, peor
aún, caer en el servilismo frente a las ideologías o
a los poderes políticos. Precisamente la comunicación de Jesús en
la cruz es todo lo contrario. Jesús en la cruz
aparece vaciado de sí mismo en un acto de amor
infinito por los hombres.
Evangelizar desde la cruz es también asumir
desde la fe lo que Jesús predicó y vivió en
plenitud en la cruz: «el que quiera ser el primero
que sea el último de todos y el servidor de
todos» (Mc 9,35). ¡Qué difícil resulta escuchar estas palabras en
una cultura en la que predomina la ambición y el
ansia de figurar y de dominar! Hay que saber anteponer
el bien común de la sociedad, la dignidad de los
receptores de la información a nuestro orgullo profesional y a
nuestros privilegios e intereses. No basta con ser los primeros
en dar la noticia, a veces sin examinarla y reelaborarla
suficientemente. No es suficiente hablar o escribir, hay que tener
presente a la gente común, al pueblo como principal interlocutor,
que espera del periodista un verdadero mediador de la realidad,
que ofrece no sólo datos fríos, sino criterios para comprender,
y que sea al mismo tiempo auténtico portavoz de sus
inquietudes y preocupaciones más importantes.
Evangelizar desde la cruz el periodismo
es, finalmente, creer que la opacidad de la verdad y
de la justicia en una determinada coyuntura histórica y social
es sólo algo aparente. El evento de la cruz de
Jesús, que es el triunfo de la vida sobre la
muerte, del amor sobre la maldad, nos aseguran que Dios
está, como aseguró Jesús en el sermón de la montaña,
con los que siempre tienen hambre y sed de justicia,
con los que trabajan por la paz y, ¿por qué
no decirlo?, está sobre todo por los que son perseguidos
por causa de la justicia. Creer en «la palabra de
la cruz» es creer que, no obstante todas las evidencias
contrarias, no hay que perder la esperanza en el surgimiento
de una sociedad nueva y mejor y hay que luchar
denodadamente por conseguirlo. El Espíritu
En la comunicación divina que se produce
en la crucifixión de Jesús se revela la gratuidad del
amor del Padre y del Hijo, la correspondencia recíproca entre
el infinito amor de ambos y la libertad suprema de
su entrega mutua. Precisamente de este ambiente de reciprocidad y
de acogida en el amor y la libertad, presente entre
las personas divinas en la comunicación de la cruz, da
testimonio el Espíritu Santo. Es el Espíritu quien asegura la
perfección de esta comunicación y el que en el mismo
momento del evento la revierte sobre la humanidad, como el
don más preciado del misterio de la Pascua. Por el
Espíritu también nosotros podemos y debemos entrar en ese misterio
de perfecta comunicación fundada en el amor y en la
libertad. Este es el evangelio.
Evangelizar el periodismo desde la acción
del Espíritu en la cruz es vivir abiertos a lo
nuevo, aventurarse, sobre todo en un mundo tan cambiante y
con una tecnología que avanza vertiginosamente.
Evangelizar el periodismo desde la
acción del Espíritu es recordar también que, como afirma Pablo,
«donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (1
Cor 3,17). La libertad que genera el Espíritu es fundamento
de toda auténtica comunicación que quiera llamarse humana y debería
estar a la raíz de toda labor periodística, sosteniendo el
compromiso por denunciar y erradicar toda opresión humana. El Espíritu
exorciza el miedo y confiere fuerza de resistencia y valentía
para comprometernos en la lucha por una sociedad más democrática
y más justa, liberada de estrategias y mecanismos oscuros que
oprimen y atemorizan.
En la teología de san Pablo lo más
contrario al Espíritu no es la realidad material, sino la
falta de libertad. Es contrario a la acción del Espíritu
en la comunicación todo aquello que coarta la libertad de
expresión y de información: la censura de prensa, la monopolización
de los medios de comunicación en pocas manos, la falta
de acceso a la información pública, la limitación de cobertura
periodística a determinados medios de comunicación, etc. Fernando Savater ha
dicho con razón: "A lo largo de mi vida me
fui convenciendo de la importancia de la libertad de expresión
como expresión de la libertad".
El Espíritu también genera la verdad.
El Evangelio de Juan le llama al Espíritu Santo, «Espíritu
de la Verdad». Por eso es también contrario a la
acción del Espíritu, la falsedad y la mentira. Un periodismo
que ofrezca una versión distorsionada de la realidad, condicionado por
intereses personales, por la propia ideología o por los centros
de poder dominantes, o por los intereses económicos e ideológicos
del medio de información para el que se trabaja, es
ajeno a la acción del Espíritu. Ciertamente que no podemos
negar el complejo proceso de selección al que son sometidas
las noticias por las agencias internacionales o por el editor
antes de llegar al público receptor. Construir un periodismo animado
por el Espíritu implica someterse cada vez con más pasión
y coherencia a la verdad y a la objetividad, permitiendo
en la medida de lo posible que el receptor de
la información pueda distinguir, a mi entender, tres cosas: lo
que el periodista ha logrado obtener, las fuentes en las
que se fundamenta, siempre que se puedan revelar sin perjuicio
de otros, y el propio punto de vista del periodista
o del medio de información. Hay que pasar de una
cultura de presunta objetividad a una cultura del punto de
vista. Si el punto de vista de partida que orienta
determinada comunicación se pone de manifiesto y se justifica, estaremos
contribuyendo a desarrollar una sociedad más tolerante y pluralista. Esto
también es comunicación en el Espíritu.
El Espíritu en la crucifixión
de Jesús, como acto supremo de comunicación divina, crea y
revela la profundidad de la relación, hace posible la armonía
y la belleza en el caos y la fealdad de
la cruz. El Espíritu crea la ética y la estética
en la comunicación. Un periodismo animado por el Espíritu no
se limita a la transmisión de datos ni queda encerrado
por intereses mercantilistas, sino que suscita un intercambio simbólico entre
el informador y el receptor de la información, en donde
prevalecen no tanto las cosas y los eventos, sino su
sentido creador de relaciones interpersonales y promotor de conciencias críticas
y lúcidas. Un auténtico periodismo comunica creando capacidad de comunicación
en sus destinatarios, liberándolos del miedo a expresarse y hablar.
El periodismo no sólo exige libertad de expresión sino debe
suscitar libertad de expresión en la sociedad.
Además el Espíritu, que
es la fantasía divina en la historia, es el creador
de la auténtica belleza, a la cual le es esencial
la verdad y la bondad. Las parcelas de verdad que
descubrimos, a veces arduamente, nos producen un gozo interior, espiritual,
difícilmente descriptible. Es como contemplar una luz –el resplandor de
lo verdadero- que es belleza. Esta experiencia es particularmente hermosa
y gozosa cuando se trata del descubrimiento y acceso a
la fe, la más bella y gozosa de todas las
verdades. Y aquí entramos en un último aspecto importante. Un
periodismo animado por el Espíritu no puede limitarse a lo
visible y verificable, a las razones históricas, económicas y políticas
que explican la realidad. A veces es la única perspectiva
con la que abordamos, presentamos y explicamos la historia, incluso
lo que se refiere a la experiencia religiosa o a
la vida de la Iglesia. ¿Es quizás pedirle demasiado a
los periodistas y a los medios de comunicación comprometidos en
describir y explicar la realidad que dieran espacio también a
la razón religiosa, a la experiencia interior de la fe
que anima a los creyentes, al misterio trascendente de la
Verdad y el Bien que es Dios, sin reducir excesivamente
la vida y misión de la Iglesia a una sola
dimensión: cuantitativa, inmanente, en un palabra, horizontal? Ernst Bloch decía
que «Sin los caminos interiores del espíritu, no se puede
caminar derechos y con dignidad por los caminos exteriores del
mundo» CONCLUSIÓN
Espero haber al menos abierto el panorama hacia una relación
más completa entre la «buena noticia», el Evangelio, y las
«tantas noticias» cotidianas, que se descubren y difunden a través
de la noble labor del periodismo. No hay contradicción entre
el lenguaje objetivo y veraz del periodismo y el lenguaje
que está más allá de todo lenguaje, la palabra de
la cruz, la palabra de la gratuidad absoluta, del perdón
sin límites, del respeto gozoso por la dignidad humana, la
palabra de la verdad y de la libertad.
La Trinidad aparece
implicada totalmente en el acto de la comunicación de la
vida divina al mundo y fundamenta toda auténtica comunicación interhumana.
Esta implicación del Dios trinitario en su comunicación al hombre
revela ya de por sí el valor intrínsecamente bueno de
todo acto comunicativo y, por consiguiente, de todo instrumento e
institución de comunicación. Y si al comunicarse Dios se revela
como ágape, como amor fiel y gratuito que no permanece
cerrado en sí mismo, sino que se da sin condiciones
ni reserva, la bondad última de todo acto comunicativo entre
los hombres depende de su participación en la caridad divina.
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