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| La Cristiada y los mártires de México 1o. Parte |
PRIMERA PARTE
Es indudable que el siglo XX ha sido
el más acentuadamente martirial de toda la historia de la
Iglesia. Y conviene recordar en esto que el testimonio impresionante
de los mártires de México fue el modelo inmediato para
todos los católicos que más tarde habrían de verter su
sangre por Cristo. Y en primer lugar, poco después, los
mártires españoles, tan numerosos. Antonio Montero, en La historia de
la persecución religiosa en España (1936-1939), obra de 1961 recientemente
reeditada (BAC 204,19982, p. XIII-XIV) dice que «en toda la
historia de la universal Iglesia no hay un solo precedente,
ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en
poco más de un semestre, de doce obispos, cuatro mil
sacerdotes y más de dos mil religiosos».
Pero unos años antes
(1926-1929), también los mártires mexicanos fueron modelo para tantos otros
cientos de miles, millones de cristianos aplastados en nuestro siglo
por la Revolución en cualquiera de sus formas, liberal o
nazi, socialista o comunista. Nos interesa, pues, mucho conocer la
persecución religiosa en México, y entender bien la respuesta de
aquellos católicos admirables, que con su sangre siguieron escribiendo los
Hechos de los apóstoles en América.
Hallamos información sobre la Cristiada
en obras como la de Aquiles P. Moctezuma, El conflicto
religioso de 1926; sus orígenes, su desarrollo, su solución; Antonio
Ríus Facius, Méjico cristero; historia de la Asociación Católica de
la Juventud Mejicana, 1925-1931; Miguel Palomar y Vizcarra, El caso
ejemplar mexicano. Poseemos relatos impresionantes de los mismos cristeros, como
el de Luis Rivero del Val, Entre las patas de
los caballos, que viene a ser el diario del estudiante
cristero Manuel Bonilla, o el del campesino Ezequiel Mendoza Barragán,
Testimonio cristero; memorias del autor, a cual más admirable. Y
disponemos también de excelentes estudios modernos, como el de Jean
Meyer, La cristiada, I-III, y Lauro López Beltrán, La persecución
religiosa en México.
Convendrá, en todo caso, que comencemos nuestra crónica
por el principio: la persecución liberal que ocasionó la Cristiada
en el siglo XX no era sino la continuación de
la que se inició ya largamente en el siglo XIX.
Las
persecuciones religiosas de México en el siglo XIX
En 1810,
con el grito del cura Miguel Hidalgo: «¡Viva Fernando VII
y muera el mal gobierno!», se inicia el proceso que
culminaría con la independencia de México. Todavía en 1821 el
Plan de Iguala decide la independencia completa de México como
monarquía constitucional que, al ser ofrecida sin éxito a Fernando
VII, queda a la designación de las Cortes mexicanas. Tras
el breve gobierno del emperador Agustín de Itúrbide (1821-24), rechazado
por la masonería y fusilado en Padilla, se proclama la
República (1824), que camina vacilante hasta mediados de siglo, y
que pierde, en provecho de los Estados Unidos, la mitad
del territorio mexicano (1848).
Muy poco después de la independencia,
ya en 1855, se desata la revolución liberal con toda
su virulencia anticristiana, cuando se hace con el poder Benito
Juárez (1855-72), indio zapoteca, de Oaxaca, que a los 11
años, con ayuda del lego carmelita Salanueva, aprende castellano y
a leer y escribir, lo que le permite ingresar en
el Seminario. Abogado más tarde y político, impone, obligado por
la logia norteamericana de Nueva Orleans, la Constitución de 1857,
de orientación liberal, y las Leyes de Reforma de 1859,
una y otras abiertamente hostiles a la Iglesia.
Por ellas, contra
todo derecho natural, se establecía la nacionalización de los bienes
eclesiásticos, la supresión de las órdenes religiosas, la secularización de
cementerios, hospitales y centros benéficos, etc. Su gobierno dio también
apoyo a una Iglesia mexicana, precario intento de crear, en
torno a un pobre cura, una Iglesia cismática.
Todos estos atropellos
provocaron un alzamiento popular católico, semejante, como señala Jean Dumont,
al que habría de producirse en nuestro siglo. En efecto,
«la Cristiada [1926-1931] tuvo un precedente muy parecido en los
años 1858-1861. También entonces la catolicidad mejicana sostuvo una lucha
de tres años contra los Sin-Dios de la época, aquellos
laicistas de la Reforma, también jacobinos, que habían impuesto la
libertad para todos los cultos, excepto el culto católico, sometido
al control restrictivo del Estado, la puesta a la venta
de los bienes de la Iglesia, la prohibición de los
votos religiosos, la supresión de la Compañía de Jesús y,
por tanto, de sus colegios, el juramento de todos los
empleados del Estado a favor de estas medidas, la deportación
y el encarcelamiento de los obispos o sacerdotes que protestaran.
Pío IX condenó estas medidas, como Pío XI expresó su
admiración por los cristeros».
En aquella guerra civil, en la que
hubo «deportación y condena a muerte de sacerdotes, deportación y
encarcelamiento de obispos y de otros religiosos, represión sangrienta de
las manifestaciones de protesta, particularmente numerosas en los estados de
Jalisco, Michoacán, Puebla, Tlaxcala» (Hora de Dios en el Nuevo
Mundo 246), el gobierno liberal prevaleció gracias a la ayuda
de los Estados Unidos.
La Reforma liberal de Juárez no se
caracterizó sólamente por su sectarismo antirreligioso, sino también porque junto
a la desamortización de los bienes de la Iglesia, eliminó
los ejidos comunales de los indígenas. Estas medidas no evitaron
al Estado un grave colapso financiero, pero enriquecieron a la
clase privilegiada, aumentando el latifundismo. Con todo eso, según el
historiador mexicano Vasconcelos, también filósofo y político, «Juárez y su
Reforma, están condenados por nuestra historia», y él ha pasado,
como otros, «a la categoría de agentes del Imperialismo anglosajón»
(Breve hª 11).
Sobre esto último bastaría recordar las ofertas increíbles,
vergonzosas, del gobierno de Juárez a los Estados Unidos en
los tratados Mac Lane-Ocampo y Corwin-Doblado, o en los convenios
con los norteamericanos gestionados por el agente juarista José María
Carvajal...
El período de Juárez se vió interrumpido por un breve
período en el que, por imposición de Napoleón III, ocupó
el poder Maximiliano de Austria (1864-67), fusilado en Querétaro poco
más tarde. También en estos años la Iglesia fue sujeta
a leyes vejatorias, y los masones «le ofrecieron al Emperador
la presidencia del Supremo Consejo de las logias, que él
declinó, pero aceptó el título de protector de la Orden,
y nombró representantes suyos a dos individuos que inmediatamente recibieron
el grado 33» (Acevedo, Hª de México 292).
A Juárez le
sucedió en el poder Sebastián Lerdo de Tejada (1872-76). Éste,
que había estudiado en el Seminario de Puebla, acentuó la
persecución religiosa, llegando a expulsar hasta «las Hermanas de la
Caridad -a quienes el mismo Juárez respetó-, no obstante que
de las 410 que había, 355 eran mexicanas, que atendían
a cerca de 15 mil personas en sus hospitales, asilos
y escuelas. En cambio, se favoreció oficialmente la difusión del
protestantismo, con apoyo norteamericano. En el mismo año de 1873
se prohibió que hubiera fuera de los templos cualquier manifestación
o acto religioso» (Alvear Acevedo 310). Todo esto provocó la
guerra llamada de los Religioneros (1873-1876), un alzamiento armado católico,
precedente también de los cristeros (Meyer II,31-43).
La perduración de Juárez
en el poder ocasionó entre los mismos liberales una oposición
cada vez más fuerte. El general Porfirio Díaz -que era,
como Juárez, de Oaxaca y antiguo seminarista-, propugnando como ley
suprema la no-reelección del Presidente de la República (Plan de
la Noria 1871; Plan de Tuxtepec 1876), desencadenó una revolución
que le llevó al gobierno de México durante casi 30
años: fue reelegido ocho veces, en una farsa de elecciones,
entre 1877 y 1910.
En ese largo tiempo ejerció una dictadura
de orden y progreso, muy favorable para los inversores extranjeros
-petróleo, redes ferroviarias-, sobre todo norteamericanos, y para los estratos
nacionales más privilegiados. También en su tiempo aumentó el latifundismo,
y se mantuvieron injusticias sociales muy graves (+Kenneth Turner, México
bárbaro). Por lo demás, el liberalismo del Porfiriato fue más
tolerante con la Iglesia. Aunque dejó vigentes las leyes persecutorias
de la Reforma, normalmente no las aplicaba; pero mantuvo en
su gobierno, especialmente en la educación preparatoria y universitaria, el
espíritu laicista antirreligioso.
Las persecuciones de Carranza y Obregón (1916-20, 1920-24)
Los
últimos años del Porfiriato y los siguientes, en medio de
continuas ingerencias de los Estados Unidos, registran innumerables conspiraciones y
sublevaciones, movimientos indígenas de reivindicación agraria, y guerras marcadas por
crueldades atroces. La revolución liberal, que tan duramente perseguía a
los católicos, iba devorando también uno tras otro a sus
propios hijos: es el horror del «proceso histórico del liberalismo
capitalista, que durante el siglo XIX y la mitad del
XX, logró apoderarse de las conciencias de nuestros pueblos y
no sólo de sus riquezas» (Vasconcelos, Hª de México 10).
Surgen en ese período nombres como los del presidente Madero
(+1913, asesinado), Emiliano Zapata (+1919, asesinado), presidente Carranza (+1920, asesinado),
Pancho Villa (+1923, asesinado), ex presidente Alvaro de Obregón (+1928,
asesinado)...
La revolución del general Venustiano Carranza, que le llevó a
la presidencia (1916-20), se caracterizó por la dureza de su
persecución contra la Iglesia. En el camino hacia el poder,
sus tropas multiplicaban los incendios de templos, robos y violaciones,
atropellos a sacerdotes y religiosas. Todavía hoy en México carrancear
significa robar, y un atropellador es un carrancista.
Y ya en
el poder, cuando los jefes militares quedaban como gobernadores de
los Estados liberados, dictaban contra la Iglesia leyes tiránicas y
absurdas: que no hubiera Misa más que los domingos y
con determinadas condiciones; que no se celebraran Misas de difuntos;
que no se conservara el agua para los bautismos en
las pilas bautismales, sino que se diera el bautismo con
el agua que corre de las llaves; que no se
administrara el sacramento de la penitencia sino a los moribundos,
y «entonces en voz alta y delante de un empleado
del Gobierno» (López Beltrán 35).
La orientación anticristiana del Estado cristalizó
finalmente en la Constitución de 1917, realizada en Querétaro por
un Congreso constituyente formado únicamente por representantes carrancistas. En efecto,
en aquella Constitución esperpéntica el Estado liberal moderno, agravando las
persecuciones ya iniciadas con Juárez en las Leyes de Reforma,
establecía la educación laica obligatoria (art.3), prohibía los votos y
el establecimiento de órdenes religiosas (5), así como todo acto
de culto fuera de los templos o de las casas
particulares (24). Y no sólo perpetuaba la confiscación de los
bienes de la Iglesia, sino que prohibía la existencia de
colegios de inspiración religiosa, conventos, seminarios, obispados y casas curales
(27). Todas estas y otras muchas barbaridades semejantes se imponían
en México sin que pestañease ningún liberal ortodoxo de Occidente.
El gobierno del general Obregón (1920-24), nuevo presidente, llevó adelante
el impulso perseguidor de la Constitución mexicana: se puso una
bomba frente al arzobispado de México; se izaron banderas de
la revolución bolchevique -lo más progresista, en aquellos años- sobre
las catedrales de México y Morelia; un empleado de la
secretaría del Presidente hizo estallar una bomba al pie del
altar de la Virgen de Guadalupe, cuya imagen quedó ilesa;
fue expulsado Mons. Philippi, Delegado Apostólico, por haber bendecido la
primera piedra puesta en el Cerro del Cubilete para el
monumento a Cristo Rey...
La persecución de Calles (1924-29)
Después de la
presidencia de Juárez (1855-72), México fue gobernado casi siempre, como
hemos visto, por generales: general Porfirio Díaz (1877-1910), general Huerta
(13-14), general Carranza (16-20), general Obregón (20-24). Y ahora, en
forma aún más brutal, va a ser gobernado por el
general Plutarco Elías Calles (1924-29).
Reformando el Código Penal, la Ley
Calles de 1926, expulsa a los sacerdotes extranjeros, sanciona con
multas y prisiones a quienes den enseñanza religiosa o establezcan
escuelas primarias, o vistan como clérigo o religioso, o se
reúnan de nuevo habiendo sido exclaustrados, o induzcan a la
vida religiosa, o realicen actos de culto fuera de los
templos... Repitiendo el truco de los tiempos de Juárez, también
ahora desde una Secretaría del gobierno callista se hace el
ridículo intento de crear una Iglesia cismática mexicana, esta vez
en torno a un precario Patriarca Pérez, que finalmente murió
en comunión con la Iglesia.
Los gobernadores de los diversos Estados
rivalizan en celo persecutorio, y así el de Tabasco, general
Garrido Canabal, un déspota corporativista, al estilo mussoliniano, y mujeriego,
exige a los sacerdotes casarse, si quieren ejercer su ministerio
(+Meyer I,356). En Chiapas una Ley de Prevención Social «contra
locos, degenerados, toxicómanos, ebrios y vagos» dispone: «Podrán ser considerados
malvivientes y sometidos a medidas de seguridad, tales como reclusión
en sanatorios, prisiones, trabajos forzados, etc., los mendigos profesionales, las
prostitutas, los sacerdotes que ejerzan sin autorización legal, las personas
que celebren actos religiosos en lugares públicos o enseñen dogmas
religiosos a la niñez, los homosexuales, los fabricantes y expendedores
de fetiches y estampas religiosos, así como los expendedores de
libros, folletos o cualquier impreso por los que se pretenda
inculcar prejuicios religiosos» (+Rivero del Val 27).
Cesación del culto (31-7-1926)
Los
Obispos mexicanos, en una enérgica Carta pastoral (25-7-1926), protestan unánimes,
manifestando su decisión de trabajar para que «ese Decreto y
los Artículos antirreligiosos de la Constitución sean reformados. Y no
cejaremos hasta verlo conseguido». El presidente Calles responde fríamente: «Nos
hemos limitado a hacer cumplir las [leyes] que existen, una
desde el tiempo de la Reforma, hace más de medio
siglo, y otra desde 1917... Naturalmente que mi Gobierno no
piensa siquiera suavizar las reformas y adiciones al código penal».
Era ésta la tolerancia de los liberales frente al fanatismo
de los católicos. Ellos pedían a los católicos sólamente que
obedecieran las leyes.
A los pocos días, el 31 de julio,
y previa consulta a la Santa Sede, el Episcopado ordena
la suspensión del culto público en toda la República. Inmediatamente,
una docena de Obispos, entre ellos el Arzobispo de México,
son sacados bruscamente de sus sedes, y sin juicio previo,
son expulsados del país.
Es de suponer que los callistas
habrían acogido la suspensión de los cultos religiosos con frialdad,
e incluso con una cierta satisfacción. Ellos no se esperaban,
como tampoco la mayoría de los Obispos, la reacción del
pueblo cristiano al quedar privado de la Eucaristía y de
los sacramentos, al ver los altares sin manteles y los
sagrarios vacíos, con la puertecita abierta...
El cristero Cecilio Valtierra cuenta
aquella experiencia con la elocuencia ingenua del pueblo: «Se cerró
el templo, el sagrario quedó desierto, quedó vacío, ya no
está Dios ahí, se fue a ser huésped de quien
gustaba darle posada ya temiendo ser perjudicado por el gobierno;
ya no se oyó el tañir de las campanas que
llaman al pecador a que vaya a hacer oración. Sólo
nos quedaba un consuelo: que estaba la puerta del templo
abierta y los fieles por la tarde iban a rezar
el Rosario y a llorar sus culpas. El pueblo estaba
de luto, se acabó la alegría, ya no había bienestar
ni tranquilidad, el corazón se sentía oprimido y, para completar
todo esto, prohibió el gobierno la reunión en la calle
como suele suceder que se para una persona con otra,
pues esto era un delito grave» (Meyer I,96).
Alzamiento de
los cristeros (agosto 1926)
Ya a mediados de agosto, con ocasión
del asesinato del cura de Chalchihuites y de tres seglares
católicos con él, se alza en Zacatecas el primer foco
de movimiento armado. Y en seguida en Jalisco, en Huejuquilla,
donde el 29 de agosto el pueblo alzado da el
grito de la fidelidad: ¡Viva Cristo Rey!... Entre agosto y
diciembre de 1926 se produjeron 64 levantamientos armados, espontáneos, aislados,
la mayor parte en Jalisco, Guanajuato, Guerrero, Michoacán y Zacatecas.
Aquellos,
a quienes el Gobierno por burla llamaba cristeros, no tenían
armas a los comienzos, como no fuese un machete, o
en el mejor caso una escopeta; pero pronto las fueron
consiguiendo de los soldados federales, los juanes callistas, en las
guerrillas y ataques por sorpresa. Siempre fue problema para los
cristeros el aprovisionamiento de municiones; en realidad, «no tenían otra
fuente de municiones que el ejército, al cual se las
tomaban o se las compraban» (Meyer I,210)...
En Arandas, un pueblo
de Los Altos, según refiere J. J. Hernández, acudían de
todos los ranchos nuevos contingentes, «algunos armándose hasta con rosaderas,
hachas, y por los ranchos donde sabían que había armas
iban a pedirlas... Esta gente de verla daba lástima, unos
a más de traer malas armas, traían unas garras de
huaraches [sandalias], sus sombreros desgarrados, mochos, su vestido todos remendados,
otros iban en pelo de sus caballos, algunos no traían
ni freno, otros nomás a pie» (+Meyer I,133).
Al frente del
movimiento, para darle unidad de plan y de acción, se
puso la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, fundada
en marzo de 1925 con el fin que su nombre
expresa, y que se había extendido en poco tiempo por
toda la república.
El alzamiento viene expresado así en la carta
de un cristero campesino, como lo eran casi todos, Francisco
Campos, de Santiago Bayacora, en Durango:
«El 31 de julio de
1926, unos hombres hicieron por que Dios nuestro Señor se
ausentara de sus templos, de sus altares, de los hogares
de los católicos, pero otros hombres hicieron por que volviera
otra vez; esos hombres no vieron que el gobierno tenía
muchísimos soldados, muchísimo armamento, muchísimo dinero pa’hacerles la guerra; eso
no vieron ellos, lo que vieron fue defender a su
Dios, a su Religión, a su Madre que es la
Santa Iglesia; eso es lo que vieron ellos. A esos
hombres no les importó dejar sus casas, sus padres, sus
hijos, sus esposas y lo que tenían; se fueron a
los campos de batalla a buscar a Dios nuestro Señor.
Los arroyos, las montañas, los montes, las colinas, son testigos
de que aquellos hombres le hablaron a Dios Nuestro Señor
con el Santo Nombre de VIVA CRISTO REY, VIVA LA
SANTISIMA VIRGEN DE GUADALUPE, VIVA MÉXICO. Los mismos lugares son
testigos de que aquellos hombres regaron el suelo con su
sangre y, no contentos con eso, dieron sus mismas vidas
por que Dios Nuestro Señor volviera otra vez. Y viendo
Dios nuestro Señor que aquellos hombres de veras lo buscaban,
se dignó venir otra vez a sus templos, a sus
altares, a los hogares de los católicos, como lo estamos
viendo ahorita, y encargó a los jóvenes de ahora que
si en lo futuro se llega a ofrecer otra vez
que no olviden el ejemplo que nos dejaron nuestros antepasados»
(Meyer I,93).
Aprobaciones eclesiales de la lucha armada
Pero antes de hacer
la crónica de esta guerra martirial, hemos de detenernos a
analizar con cuidado, pues la cuestión es muy grave, la
actitud de la jerarquía eclesial contemporánea hacia los cristeros. Prestemos
atención a las fechas.
18 de octubre de 1926. -En Roma
Pío XI recibe una Comisión de Obispos mexicanos, que le
informa de la situación de persecución y de resistencia armada.
Pocos días después, habiéndose planteado al Cardenal Gasparri la cuestión
de si los prelados podían disponer de los bienes de
la Iglesia para la defensa armada, contesta que «él, el
secretario de Estado de Su Santidad, si fuera Obispo mexicano,
vendería sus alhajas para el caso» (Ríus 138).
18 de
noviembre de 1926. -Un mes más tarde publica el Papa
su encíclica Iniquis afflictisque, en la que denuncia los atropellos
sufridos por la Iglesia en México:
«Ya casi no queda
libertad ninguna a la Iglesia [en México], y el ejercicio
del ministerio sagrado se ve de tal manera impedido que
se castiga, como si fuera un delito capital, con penas
severísimas». El Papa alaba con entusiasmo la Liga Nacional Defensora
de la Libertad Religiosa, extendida «por toda la República, donde
sus socios trabajan concorde y asiduamente, con el fin de
ordenar e instruir a todos los católicos, para oponer a
los adversarios un frente único y solidísimo». Y se conmueve
ante el heroísmo de los católicos mexicanos: «Algunos de estos
adolescentes, de estos jóvenes -cómo contener las lágrimas al pensarlo-
se han lanzado a la muerte, con el rosario en
la mano, al grito de ¡Viva Cristo Rey! Inenarrable espectáculo
que se ofrece al mundo, a los ángeles y a
los hombres».
30 de noviembre de 1926. -Los dirigentes de la
Liga Nacional, antes de asumir a fondo la dirección del
movimiento cristero, quisieron asegurarse del apoyo del Episcopado, y para
ello dirigieron a los Obispos un Memorial en el que
solicitaban:
«1) Una acción negativa, que consista en no condenar el
movimiento. 2) Una acción positiva que consista en: a.-Sostener la
unidad de acción, por la conformidad de un mismo plan
y un mismo caudillo. b.-Formar la conciencia colectiva, en el
sentido de que se trata de una acción lícita, laudable,
meritoria, de legítima defensa armada. c.-Habilitar canónicamente vicarios castrenses. d.-Urgir
y patrocinar una cuestación desarrollada enérgicamente cerca de los ricos
católicos, para que suministren fondos que se destinen a la
lucha, y que, siquiera una vez en la vida, comprendan
la obligación en que están de contribuir».
El 30 de noviembre
los jefes de la Liga son recibidos por Mons. Ruiz
y Flores y por Mons. Díaz y Barreto. El primero
les comunica jovialmente que, «como de costumbre, se salieron con
la suya»; que estudiadas las propuestas por los Obispos reunidos
en la Comisión, «los diversos puntos del Memorial habían sido
aprobados por unanimidad», menos los dos últimos, el de los
vicarios castrenses y el de los ricos, no convenientes o
irrealizables.
15 de enero de 1927. -El Comité Episcopal, respondiendo a
unas declaraciones incriminatorias del Jefe del Estado Mayor callista, afirma
que el Episcopado es ajeno al alzamiento armado; pero declara
al mismo tiempo «que hay circunstancias en la vida de
los pueblos en que es lícito a los ciudadanos defender
por las armas los derechos legítimos que en vano han
procurado poner a salvo por medios pacíficos»; y hace recuerdo
de todos los medios pacíficos puestos por los Obispos y
por el pueblo, y despreciados por el Gobierno. «Fue así
como los prelados de la jerarquía católica dieron su plena
aprobación a los católicos mejicanos para que ejercitaran su derecho
a la defensa armada, que la Santa Sede pronosticó que
llegaría, como único camino que les quedaba para no tener
que sujetarse a la tiranía antirreligiosa» (Ríus 135).
16 de enero
de 1927. -A comienzos de 1927, sin embargo, llegan a
Roma noticias de prensa, en las que se comunica que
Monseñor Pascual Díaz y Barreto, jesuita, obispo de Tabasco, que
había sido desterrado de México, en diversas declaraciones hechas en
el exilio se muestra reservado sobre los cristeros: «Como Obispo
y como ciudadano reprueba Díaz la Revolución, cualquiera sea su
causa» (Lpz. Beltrán 108).
Inmediatamente, el 16 de enero, la Comisión
de Obispos mexicanos envía una dura carta a Mons. Díaz
y Barreto, entonces residente en Nueva York, lamentando con profunda
tristeza sus declaraciones públicas hechas «en contra de los generosos
defensores de la libertad religiosa y algunas favorables al perseguidor,
Calles».
Los combatientes «dan la sangre y la vida por
cumplir un santo deber, el de conquistar la libertad de
la Iglesia». Ante el abuso gravemente injusto del poder, «existe
el derecho de resistir y de defenderse, ya que habiendo
resultado vanos todos los medios pacíficos que se han puesto
en práctica, es justo y debido recurrir a la resistencia
y a la defensa armada». Le recuerdan también los Obispos
que éste «es el sentir de la mayoría de nuestros
Hermanos [Obispos] de México», y también el de «los Padres
de la Compañía, no sólo en México, sino en Europa
y especialmente aquí en Roma». A propósito le citan las
declaraciones hechas unos días antes (3-2-1927) por el famoso moralista
de la Gregoriana padre Vermeersch, jesuita: «Hacen muy mal aquellos
que, creyendo defender la doctrina cristiana, desaprueban los movimientos armados
de los católicos mexicanos. Para la defensa de la moral
cristiana no es necesario acudir a falsas doctrinas pacifistas. Los
católicos mexicanos están usando un derecho y cumpliendo un deber».
Poco después llega un cablegrama con la contestación de Mons.
Díaz y Barreto: «Autorizo honorable Comisión negar aquello que se
asegura dicho por mí, contrario lo determinado todos nosotros, aprobado,
Bendito Santa Sede. Autorizo honorable Comisión publicar este cable, si
conveniente» (Lpz. Beltrán 109-110).
22 de febrero de 1927. -En Roma,
el presidente de la Comisión de Obispos mexicanos declara a
la prensa: «¿Hacen bien o mal los católicos recurriendo a
las armas? Hasta ahora no habíamos querido hablar, por no
precipitar los acontecimientos. Mas una vez que Calles mismo empuja
a los ciudadanos a la defensa armada, debemos decir: que
los católicos de México, como todo ser humano, gozan en
toda su amplitud del derecho natural e inalienable de legítima
defensa» (107).
Pío XI bendice el grito: ¡Viva Cristo Rey!
17 de
mayo de 1927. -Unos años antes de los sucesos que
nos ocupan, en 1914, San Pío X, a petición de
los Obispos mexicanos, había autorizado, como «un proyecto para Nos
indeciblemente grato», consagrar a Cristo Rey la república de México,
y poner corona real en las imágenes del Sagrado Corazón
de Jesús, colocando también cetro en su mano, para significar
así su realeza.
La consagración de México a Cristo Rey, cosa
al parecer imposible -a semejanza de la realizada por García
Moreno en el Ecuador en 1873-, pudo sin embargo realizarse,
aprovechando la venia del general Victoriano Huerta, presidente (1913-14), indio
puro de Jalisco, que, por rara circunstancia, era católico y
no masón, sino odiado y calumniado por las logias. Fue
entonces, el 6 de enero de 1914, durante el solemnísimo
acto realizado en la Catedral, en presencia de todas las
primeras autoridades religiosas y civiles de la nación, cuando por
primera vez en México el pueblo cristiano alzó el grito
de ¡Viva Cristo Rey!
Pues bien, a los comienzos de la
Cristiada, con fecha 17 de mayo de 1927 se da
traslado a los Obispos mexicanos de algunas respuestas y licencias
llegadas de Roma. Y en el documento se lee: «Otro
rescripto que hemos recibido concede a los que están en
México, indulgencia plenaria in articulo mortis, si confesados y comulgados,
o por lo menos contritos, pronuncien con los labios, o
cuando menos con el corazón, la jaculatoria ¡Viva Cristo Rey!,
aceptando la muerte como enviada por el Señor en castigo
de nuestras culpas». Jean Meyer niega la existencia de este
insólito documento (II,344-345), pero posteriormente López Beltrán ha reproducido su
fotografía en la obra ya citada (73).
2 de octubre de
1927. -El Cardenal Gasparri, secretario de Estado, en unas declaraciones
al The New York Times (2-10-1927), cuenta los horrores de
la persecución sufrida en México por la Iglesia, y denuncia
el silencio de las naciones, al «tolerar tan salvaje persecución
en pleno siglo XX».
Reservas sobre el movimiento armado
A medida que
pasaban los meses, las reticencias de la Iglesia para apoyar
a los cristeros iban creciendo, también en Roma. Recordemos que
la doctrina tradicional de la Iglesia reconoce la licitud de
la rebelión armada contra las autoridades civiles con ciertas condiciones:
1, causa muy grave; 2, agotamiento de los medios pacíficos;
3, que la violencia empleada no produzca mayores males que
los que pretende remediar; 4, que haya probabilidad de éxito
(+Pío XI, Firmissimam constantiam 1937: Dz 3775-76).
Pues bien, la persecución
de Calles daba claramente las dos primeras condiciones. Pero algunos
Obispos tenían dudas sobre si se daba la tercera, pues
pasaba largo tiempo en que el pueblo se veía sin
sacramentos ni sacerdotes, y la guerra producía más y más
muertes y violencias. Y aún eran más numerosos los que
creían muy improbable la victoria de los cristeros. No faltaron
incluso algunos pocos Obispos que llegaron a amenazar con la
excomunión a quienes se fueran con los cristeros o los
ayudaran.
Aprobaron la rebelión armada los Obispos Manríquez y Zárate, González
y Valencia, Lara y Torres, Mora y del Río, y
estuvieron muy cerca de los cristeros el Obispo de Colima,
Velasco, y el arzobispo de Guadalajara, Orozco y Jiménez, quienes,
con grave riesgo, permanecieron ocultos en sus diócesis, asistiendo a
su pueblo.
La reprobaron en mayor o menor medida otros tantos,
entre los cuales Ruiz y Flores y Pascual Díaz, que
siempre vió la Cristiada como «un sacrificio estéril», condenado al
fracaso. Y los más permanecieron indecisos. Pues bien, siendo discutibles
las condiciones tercera y cuarta, ha de evitarse todo juicio
histórico cruel, que reparta entre aquellos Obispos los calificativos de
fieles o infieles, valientes o cobardes. En todo caso, es
evidente que la falta de un apoyo más claro de
sus Obispos fue siempre para los cristeros el mayor sufrimiento...
18
enero 1928. -Por fin, a mediados de diciembre de 1927
el arzobispo Pietro Fumasoni Biondi, Delegado Apostólico en los Estados
Unidos, y encargado de negocios de la Delegación Apostólica en
México, transmite a Mons. Díaz y Barreto, Secretario del Comité
Episcopal, a quien el mismo Mons. Fumasoni había nombrado Intermediario
Oficial entre él y los Obispos mexicanos, la disposición del
Papa, según la cual «deben los Obispos no sólo abstenerse
de apoyar la acción armada, sino también deben permanecer fuera
y sobre todo partido político». Norma que Mons. Díaz comunicó
a todos los prelados (18-1-1928) (Meyer I,18; Lpz. Beltrán 111,
150-52)...
Se echaron al campo, «para buscar a Dios»
Agosto de 1926.
Muchos campesinos, de la zona central de México sobre todo,
se echan al monte, como Francisco Campos, «a buscar a
Dios Nuestro Señor».
«En Cocula (Jalisco), desde el 1º de
agosto la iglesia estaba custodiada permanentemente por 100 mujeres en
el interior y 150 hombres en el atrio y en
el campanario, de noche y de día. Los cinco barrios
se relevaban por turno y a cada alarma se tocaba
el bordón. Entonces, todo el mundo acudía al instante, como
refiere Porfiria Morales. El 5 de agosto tocó la campana
cuando ella estaba en su cocina; su criada María, exclamó:
"¡Ave María Purísima!". Se quitó el delantal, tomo su rebozo
y un garrote, y cuando aquélla le preguntó a dónde
iba, le contestó: "¡Qué pregunta de mi ama! ¿Qué no
oye la campana que nos llama a los católicos de
la Unión Popular? ¡Primero son las cosas de Dios!" Y
salió dejando las cacerolas en el fuego» (Meyer I,103).
No podrá
encarecerse suficientemente el valor de las mujeres católicas mexicanas en
la Cristiada, repartiendo propaganda, llevando avisos, acogiendo prófugos o cuidando
heridos, ayudando clandestinamente al aprovisionamiento de alimentos y armas. Las
Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco, las Brigadas Bonitas,
escribieron historias de leyenda... Pero, en fin, la guerra es
cosa de hombres, y a ella se fueron campesinos recios.
Ezequiel Mendoza Barragán, un ranchero de Coalcomán, en Michoacán, cuya
voz patriarcal hemos de escuchar en otras ocasiones, lo cuenta
así:
«Centenares de personas firmamos los papeles, se enviaron a Calles
y a sus secuaces, pero todo fue inútil... Los Calles
se creyeron muy grandotes y más nos apretaron, matando gente
y confiscando bienes particulares de los católicos. Yo, ignorante, pero
con brío, al saber los nuevos procedimientos de tal gobierno,
me exalté y quise tapar el sol con un dedo,
así eran mis sentimientos, me fui a conquistar gente armada
y dispuesta a la guerra en defensa de la libertad
de Dios y de los prójimos»
La Cristiada y
los mártires de México 2o. Parte
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