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Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net Los Laicos o Seglares de la Iglesia
Son los encargados de que el Reino de Dios se haga una realidad en los diversos campos que forman su vida, donde el sacerdote, el religioso, el obispo no puede llegar.
Los Laicos o Seglares de la Iglesia
¿Quiénes son los laicos, los seglares de la Iglesia?
Se oye
tanto hablar de esa palabra que muchas veces nos perdemos
en el vocabulario y no sabemos a quiénes se refieren
cuando oímos expresiones como “Ha llegado la hora de los
laicos”. “Los seglares deben colaborar con la Iglesia”.
La respuesta podría
ser muy fácil: Los laicos son todas las personas que
pertenecen a la Iglesia católica, a través del Bautismo pero
que no son obispos,
sacerdotes, o pertenecen a algún grupo de vida consagrada.De esta forma, los laicos son todos los
fieles que han sido bautizados dentro de la Iglesia.
Para ser
más precisos, escuchemos lo que dice el Concilio Vaticano II
en el documento Lumen Gentium, número 31 y que recoge
el Catecismo de la Iglesia católica en el número 897:
“Por laicos se entiende aquí a todos los cristianos, excepto
los miembros del orden sagrado y del estado religioso reconocido
en la Iglesia. Son, pues, los cristianos que están incorporados
por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y
que participan de las funciones de Cristo, Sacerdote, Profeta y
Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo
el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”.
Elemento
muy importante para distinguir a los laicos es el de
su bautismo. Por este sacramento, los laicos o fieles del
pueblo de Dios se hacen acreedores al derecho de llamarse
y de ser Hijos de Dios y participar de esa
filiación divina. Pero también comparten la obligación de trabajar para
que el mensaje de salvación sea conocido y recibido por
todos los hombres y en toda la tierra. Esta obligación
es más apremiante cuando sólo por medio de ellos los
demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo.
La
acción que realizan los laicos dentro de la Iglesia no
es indiferente. Su participación no es indiferente ni debe reducirse
a la recepción de los sacramentos, antes bien, debe ser
muy activa de forma que ayuden a que todas las
realidades en las que ellos trabajan sean invadidas por el
espíritu del evangelio. Por lo tanto, la familia, la profesión
y el trabajo que desempeñan, sus actividades sociales, deportivas y
de descanso, todo, absolutamente todo lo que conforma su vida,
debe quedar informado por el espíritu del evangelio. En pocas
palabras, los laicos son los encargados de que el Reino
de Dios se haga una realidad en los diversos campos
que forman su vida. Por lo tanto, ahí donde el
sacerdote, el religioso, el obispo no puede llegar, ahí es
donde el laico debe comprometerse para hacer llegar el mensaje
de Cristo.
Juan Pablo II ha dicho de los laicos: “El
Reino de Dios, presente en el mundo sin ser del
mundo, ilumina el orden de la sociedad humana, mientras que
las energías de la gracia lo penetran y vivifican. Así
se perciben mejor las exigencias de una sociedad digna del
hombre; se corrigen las desviaciones y se corrobora el ánimo
para obrar el bien. A esta labor de animación evangélica
están llamados, junto con todos los hombres de buena voluntad,
todos los cristianos y de manera especial los laicos”. (Cfr.
Centesimus annus, número 25).
El apostolado que deben llevar a
cabo los laicos no se reduce solamente al testimonio de
su vida, lo cual ya es una labor fundamental para
construir el Reino de Dios en la sociedad. Deben ser
“sanamente agresivos” con el fin de buscar todas aquellas oportunidades
para hacer real en todos los ámbitos dela sociedad, el
mensaje de Cristo. Esta iniciativa es un elemento normal de
la vida de la Iglesia, como apuntaba el Papa Pío
XII en su discurso del 20 de febrero de 1946
y que fue citado por Juan Pablo II en su
documento Christifideles laici, número 9: “Los fieles laicos se encuentran
en la línea más avanzada de la vida de la
Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de
la sociedad. Por tanto ellos, especialmente, deben tener conciencia, cada
vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia,
sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de
los fieles sobre la tierra bajo la guía del jefe
común, el Papa, y de los obispos en comunión con
él. Ellos son la Iglesia.”
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