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Autor: Germán Sánchez | Fuente: Catholic.net ¿Quiénes son los Diáconos Permanentes?
Origen, funciones y obligaciones dentro de la Iglesia.
¿Quiénes son los Diáconos Permanentes?
“Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de
los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas
en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de
los discípulos y dijeron: "No parece bien que nosotros abandonemos
la Palabra de Dios por servir las mesas. Por tanto,
hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena
fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los pondremos
al frente de este cargo, mientras que nosotros nos dedicaremos
a la oración y al ministerio de la Palabra".Pareció bien
la propuesta a toda la asamblea y escogieron a Esteban,
hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, A Nicanor,
a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquia;
los presentaron a los apóstoles y, habiendo hecho oración, les
impusieron las manos.” (Hch. 6, 1-6)
El ministerio eclesiástico, que
es el ministerio de los hombres dedicados al servicio de
Dios, comprende tres grados diversos del sacramento del orden sacerdotal:
los obispos, los sacerdotes y los diáconos.
Dos de estos grados participan ministerialmente del sacerdocio de Cristo:
el orden episcopal, correspondiente a los obispos y el orden
del presbiterado, correspondiente a los presbíteros o sacerdotes. El orden
del diaconado, según lo afirma el Catecismo de la iglesia
Católica en el número 1554 está destinado a ayudar y
a servir a los obispos y a los presbíteros. Por
eso, el término “sacerdote” designa en el uso de nuestros
días a los obispos y a los presbíteros, pero no
a los diáconos.
Sin embargo, la doctrina católica establece que el
grado de diaconado es un grado de servicio, que viene
establecido desde el tiempo de los apóstoles, como lo atestigua
el trozo del libro de los Hechos de los apóstoles,
apuntado al inicio de este resumen, así como en lo
expresado por el Apóstol San Pablo en su carta a
Timoteo: “También los diáconos deben ser dignos, sin doblez, no
dados a beber mucho vino ni a negocios sucios, que
guarden el Misterio de la fe con una conciencia pura.
Primero se les someterá a prueba y después, si fuesen
irreprensibles, serán diáconos.” (1 Tim. 3, 8-11)
Diakonía es la
palabra griega que fijará la función de
los diáconos Esta palabra significa servicio, y es de tanta
importancia para la Iglesia que se confiere por un acto
sacramental llamado “ordenación”, es decir, por el sacramento del orden.
San Ignacio de Antioquia fijó la importancia de
los diáconos, con estas bellas palabras: “ Que todos reverencien
a los diáconos como a Jesucristo, como también al obispo
que es imagen del Padre, y a los presbíteros como
al senado de Dios y como a la asamblea de
los apóstoles: sin ellos no se puede hablar de Iglesia
(San Ignacio de Antioquia, Trall. 3, 1)
Hemos hablado mucho hasta
ahora de servicio, ¿pero cuál es el servicio que prestan
los diáconos a la Iglesia? “Corresponde a los diáconos, entre
otras cosas, asistir al obispo y a los presbíteros en
la celebración de los divinos misterios sobre todo de la
Eucaristía y en la distribución de la misma, asistir a
la celebración del matrimonio y bendecirlo, proclamar el Evangelio y
predicar, presidir las exequias y entregarse a los diversos servicios
de la caridad (Catecismo de la Iglesia Católica, 1570).
Entendido de
esta manera, el diaconado no es solamente un paso intermedio
hacia el sacerdocio, sino que ofrece a la Iglesia la
posibilidad de contar con una persona de gran ayuda para
las labores pastorales y ministeriales. Un diácono puede bautizar, bendecir
matrimonios, asistir a los enfermos con el viático, celebrar la
liturgia de la Palabra, predicar, evangelizar y catequizar. No puede,
a diferencia del sacerdote, celebrar el sacramento de la Eucaristía
(misa), confesar o administrar el sacramento de la unción de
los enfermos. Con todo lo que puede hacer, su ayuda
es invaluable, especialmente en nuestros tiempos en que hacen falta
tantas personas que ayuden al sacerdote en todas las labores
encomendadas.
Como en el caso de los sacerdotes, sólo el varón
bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación para acceder al diaconado.
Y esto es así, porque Jesús eligió a hombre (“viri”
en latín) para formar el colegio de los doce apóstoles.
Sin embargo hay una diferencia muy importante entre los diáconos
y los sacerdotes. Mientras que los sacerdotes ordenados de la
Iglesia latina, son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven
como célibes, es decir que no se han casado,
y que tienen la voluntad de guardar el celibato por
el Reino de los Cielos, el diaconado puede ser conferido
a hombres casados. Este “diaconado permanente” constituye un enriquecimiento importante
para la misión de la Iglesia.
Desde el Concilio Vaticano
II, la Iglesia latina ha restablecido el diaconado como un
grado particular dentro de la jerarquía, mientras que las Iglesias
de Oriente lo habían mantenido siempre. De esta forma, los
hombres casados que se dedican a ayudar a la Iglesia
a través de la vida litúrgica, pastoral o en las
obras sociales y caritativas pueden fortalecerse recibiendo el orden del
diaconado y se unen más estrechamente al altar para cumplir
con mayor eficacia su ministerio por medio de la gracia
sacramental del diaconado.
De esta forma, la Iglesia Católica, a semejanza
de la parábola del hombre que de su tesoro saca
lo nuevo y lo viejo, siempre está ofreciendo formas nuevas
y atractivas en su labor de ayuda a todos los
hombres.
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