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Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net ¿Quiénes son los sacerdotes?
Los sacerdotes son hombres que colaboran directamente con el obispo en la tarea de ser mediadores entre Dios y los hombres.
¿Quiénes son los sacerdotes?
Los sacerdotes son hombres que colaboran directamente con el obispo
en la tarea de cuidar el rebaño que Cristo les
ha asignado. Cuando Cristo es elevado a la derecha del
Padre, no abandona a su rebaño, sino que lo guarda
por medio de los apóstoles bajo su constante protección y
lo dirige también mediante estos mismos pastores que continúan hoy
su obra. Estos pastores en nuestros días son los obispos
y los sacerdotes o presbíteros.
El sacerdocio es un sacramento, instituido,
es decir fundado por Cristo en la noche la Última
Cena. Cuando estaba reunido con sus apóstoles tomó el pan
y el vino para bendecirlos, dar gracias y después consagrarlos
en su cuerpo y sangre, al decir las palabras “haced
esto en memoria mía”, Cristo quiere prolongar su sacerdocio a
través de todos los tiempos mediante unos hombres que Él
elige.
Durante la Antigua Alianza, existieron “prefiguraciones” de lo que sería
el único sacerdocio de Jesucristo. Recordemos que los sacerdotes estaban
puestos “para intervenir a favor de los hombres en lo
que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios
por los pecados”, según nos dice san Pablo en su
carta a los Hebreos, capítulo 5, versículo 1. YA también
el Antiguo Testamento consigna esta misión de los sacerdotes y
así leemos en el libro del Éxodo capítulo 19, versículo
6; en Isaías capítulo 61, versículo 6; en Números 1,
del versículo 48 al 53 que Dios escogió una de
las doce tribus de Israel, la tribu de Leví, para
el servicio del altar. Estaban estos hombres instituidos para anunciar
la Palabra de Dios, para restablecer la comunión con Dios
mediante los sacrificios y la oración. Sin embargo este sacerdocio
no era capaz de realizar la salvación, razón por la
cual tenía necesidad de repetir sin cesar los sacrificios y
no podía alcanzar una santificación definitiva, pues esta santificación sólo
podría ser lograda por el sacrificio de Cristo.
Sin embargo, en
la institución de este sacerdocio la Iglesia ve una prefiguración
del sacerdocio de la Nueva Alianza. Ya en la nueva
Alianza, todas las prefiguraciones del sacerdocio llegan a su cumplimiento
con el sacerdocio de Cristo Jesús, pues Él es el
“único mediador entre Dios y los hombres”. (1 Tm 2,
5) Y Cristo es el único mediador entre Dios y
los hombres porque “mediante una sola oblación ha llevado a
la perfección para siempre a los santificados” (Hb. 10,14). Es
decir, mediante el único sacrificio de la Cruz, Cristo ha
conseguido servir de puente entre Dios y los hombres. El
hombre, después del pecado de Adán y Eva, no podía
volver a entablar la amistad con Dios. Con el sacrificio
de Jesucristo en la Cruz se renueva para siempre y
en forma definitiva esta amistad. Este sacrificio salvador, Cristo lo
hace presente todos los días con el sacrificio eucarístico de
la Iglesia. Y este sacrificio está al servicio de todos
los hombres, para que puedan desarrollar la gracia bautismal. Por
lo tanto, Cristo, al querer que unos hombres, los sacerdotes,
participen de esta misión, que es la misión sacerdotal de
ser mediadores entre Dios y los hombres, a través del
sacrificio de la Eucaristía, nos asegura siempre su ayuda a
través de todos los tiempos.
En este servicio eclesial, el sacerdote
se convierte en otro Cristo, pues la presencia de Cristo
como cabeza de la Iglesia se hace presente en medio
de la comunidad de los creyentes. San Ignacio de Antioquia
lo expresa en unas palabras sencillas, pero de una belleza
y profundidad extraordinaria: “typos tou Patros” : es imagen viva
de Dios Padre.
Los sacerdotes reciben, en el día de su
ordenación sacerdotal, el poder para perdonar los pecados y para
ofrecer, en nombre de toda la Iglesia el sacrificio eucarístico.
En el rito del sacramento del Orden, el obispo impone
las manos sobre la cabeza del que se va a
ordenar, además de que reza una oración consacratoria específica en
la que pide a Dios la efusión del Espíritu Santo
y de sus dones apropiados al ministerio para el cual
el candidato se va a ordenar. Los ritos complementarios ponen
de relieve que la elección del candidato se realiza conforme
al uso de la Iglesia y preparan el acto solemne
de la consagración. Después de esta consagración se le
entrega al nuevo sacerdote la patena y el cáliz como
signo de la ofrenda del pueblo santo que es llamado
a presentar a Dios.
¿Quién puede ser sacerdote?
Nos dice el Catecismo
de la Iglesia católica en el número 1577 que “sólo
el varón bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación”. Esto es así
porque Cristo eligió a hombres para formar el colegio de
los doce apóstoles (Mc 3, 14 – 19; Lc 6,
12-16), y los apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a
sus colaboradores que les sucederían en su tarea(1Tm 3, 1-13;
2Tm 1, 6; Tt 1, 5-9). El colegio de los
obispos, con quienes los presbíteros están unidos en el sacerdocio,
hace presente y actualiza hasta el retorno de Cristo el
colegio de los Doce apóstoles. La Iglesia se reconoce vinculada
por esta decisión del Señor. Esta es la razón por
la que las mujeres no reciben la ordenación. (Juan Pablo
II, MD 26-27).
Debe quedar bien claro que nadie tiene derecho
a recibir el sacramento del Orden. En efecto, nadie se
arroga para sí mismo este oficio. Es un sacramento que
se recibe por invitación, por un llamado que hace Dios
al hombre, en forma muy específica. Lo que hace la
persona que cree haber recibido este llamado de Dios, es
someter su deseo de ser sacerdote a la autoridad de
la Iglesia, a la que le corresponde la responsabilidad y
el derecho de llamar a recibir este sacramento. Como toda
gracia, este sacramento sólo puede ser recibido como un don
inmerecido.
Existe la tradición en la Iglesia latina que todos los
sacerdotes son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como
célibes, es decir, que no están casados, y que tienen
la voluntad de vivir como tales, es decir como célibes
por el Reino de los cielos, de acuerdo a la
invitación de Cristo (Mt 19, 12). El celibato es un
signo de una vida nueva al servicio de la cual
se consagra el ministro de la Iglesia para entregarse enteramente
a Dios y a los hombres.
Sin embargo, hay que hacer
notar que en las Iglesias orientales, desde hace siglos está
en uso una costumbre distinta: mientras los obispos son elegidos
únicamente entre los célibes, hay hombres casados que pueden ser
ordenados diáconos y presbíteros. Esta práctica es considerada como legítima
desde tiempos remotos. Existe también el hecho de que, tanto
en Oriente como en Occidente, quien recibe el sacramento del
Orden, siendo célibe, ya no puede contraer matrimonio.
Mediante esta poesía
en forma de salmo un sacerdote contemporáneo describe lo que
es el don del sacerdocio.
“Te amo, Señor, por el
gran don del sacerdocio. Por ese misterio de poder que has
depositado En mis manos temblorosas. El don de tu perdón Que abre
el océano de tu gracia Al océano de nuestra miseria. Tiemblo ante
la grandeza de este misterio Porque llevo tu tesoro en vaso
de barro.
Te amo, Señor, Porque me has elegido entre todos, Para ser
la atadura y la hoz De esta mies amarilla. Porque me has
elegido con un amor triple Como el de Pedro, Para conducir tu
rebaño de hombres Por tus altos caminos.
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el sacerdocio es un tema muy interesante, y muy importante es la labor del sacerdote, ya que El es el elegido para seguir conduciendo por el buen camino ala iglesia de la cual formamos parte cada uno de nosotros.
Gracias por escribir estos documentos que como catolicos es muy importante conocer.
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