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Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net La Vida Consagrada
Vida eremítica, virgenes consagradas, vida religiosa, institutos seculares y sociedades de vida apostólica.
La Vida Consagrada
Todos los católicos estamos llamados al seguimiento de Cristo. Por
el bautismo nos hacemos Hijos de Dios, Hermanos de Jesucristo
y Templos vivos del Espíritu Santo. Por lo tanto, la
vida de los católicos, si quieren ser fieles y coherentes
con su bautismo no puede ser la misma que la
de una persona no bautizada. La imitación de Cristo será
la tarea fundamental en su vida.
Sin embargo, hay personas que
por una invitación especial de Dios, bajo una moción del
Espíritu Santo, se proponen seguir más de cerca a Cristo,
entregarse a Dios amado por encima de todo y procurar
que toda su vida esté al servicio del Reino. Esto
es lo que se llama en la Iglesia católica, la
vida consagrada.
Las personas que asumen libremente el llamamiento a
la vida consagrada viven los así llamados consejos evangélicos por
amor al Reino de los cielos. Los consejos evangélicos son
la pobreza, la castidad y la obediencia. Se les llama
consejos evangélicos porque fueron predicados por Cristo en el evangelio
y aparecen como una invitación para seguir más de cerca
el camino que Él recorrió en su vida. Si bien
todos los católicos estamos llamados a vivir estos tres consejos,
la persona consagrada lo hace como una manera de vivir
una consagración “más íntima” a Dios, motivado siempre por dar
mayor gloria a Dios. La pobreza es el desprendimiento de
todo lo creado para utilizarlo de forma que pueda dar
mayor gloria a Dios. La castidad es lograr que toda
nuestra persona: inteligencia, voluntad, afectos y cuerpo estén dominados por
nosotros mismos. Y por último, la obediencia, es el sometimiento
de la voluntad propia a la voluntad de Dios, a
través de los superiores legítimos, representantes de Cristo para el
alma consagrada.
Las personas consagradas a Dios pueden vivir su consagración
de muy diversas formas y así vemos como a lo
largo de la historia de la Iglesia, desde las primeras
comunidades cristianas en el Asia Menor hasta los florecientes centros
urbanos de nuestros días, la vida consagrada asume diversidad de
formas. Las hay de aquellos que se dedican a la
oración y a la contemplación en un lugar apartado de
toda civilización. Hay quienes inmersos en el mundo, viven su
consagración entre las más diversas actividades de la vida diaria.
Todas estas formas de consagración las podemos agrupar en las
siguientes divisiones:
Podemos decir junto con el Catecismo de la
Iglesia Católica, que “el resultado ha sido una especie de
árbol en el campo de Dios, maravilloso y lleno de
ramas, a partir de una semilla puesta por Dios. Han
crecido, en efecto, diversas formas de vida, solitaria o comunitaria,
y diversas familias religiosas que se desarrollan para el progreso
de sus miembros y para el bien de todo el
Cuerpo de Cristo” (Catecismo de la Iglesia Católica, 917).
Cabe aquí
hacer una aclaración: las órdenes religiosas masculinas y femeninas como
las conocemos forman lo que se llaman
Vida religiosa. Es una forma de vida consagrada, pero no
quiere decir que sea la única. Quizás es la más
extendida y la más floreciente hoy día y por
ello se tiende a confundirla como la forma exclusiva dela
consagración a Dios.
La división que ha establecido el Catecismo de
la Iglesia Católica de las distintas formas de vida consagrada
(vida eremítica, vírgenes consagradas vida religiosa, instituto seculares y sociedades
de vida apostólica) no implica que no puedan darse nuevas
formas de consagración en un futuro. Desde los comienzos de
la Iglesia han existido hombres y mujeres que han intentado
con la práctica de los consejos evangélicos, seguir con mayor
libertad a Cristo e imitarlo más de cerca. Cada uno
a su manera vivió entregado a Dios. Muchos, por inspiración
del Espíritu Santo, vivieron en la soledad o fundaron familias
religiosas que la Iglesia reconoció y aprobó. Pero este mismo
Espíritu puede suscitar en un futuro formas nuevas de consagración.
La Iglesia lo sabe y está abierta a estos nuevos
carismas. Así lo establece en el canon 605 del Código
de Derecho Canónico: “Los obispos se esforzarán siempre en discernir
los nuevos dones de vida consagrada confiados por el Espíritu
Santo a su Iglesia; la aprobación de nuevas formas de
vida consagrada está reservada a la Sede Apostólica.”
Por último debemos
apuntar que si bien la vida consagrada no pertenece a
la estructura jerárquica de la Iglesia, sin embargo forma parte
de la vida y de la santidad de la Iglesia.
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