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Autor: Antonio Orozco Jesucristo concedió a su Iglesia la infalibilidad
Se expresa en declaraciones del Romano Pontífice cuando habla ex cathedra.
Jesucristo concedió a su Iglesia la infalibilidad
Jesucristo concedió a su Iglesia el carisma de la
infalibilidad; y en ciertas ocasiones, la infalibilidad de la Iglesia
se expresa en declaraciones del Romano Pontífice cuando habla ex
cathedra, es decir, cuando cumpliendo su cargo de pastor y
doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad
apostólica que una doctrina sobre fe y costumbres debe ser
sostenida por la Iglesia universal (1). Esta es la definición
dogmática del Concilio Vaticano I, incuestionable para cualquier católico.
Ahora
bien, hay bastantes católicos que sólo se sienten vinculados en
conciencia a las declaraciones del Papa cuando éstas revisten especial
solemnidad. Sin embargo, la definición dogmática del Concilio Vaticano I
no menciona la solemnidad como condición necesaria para que una
declaración del Romano Pontífice pueda llamarse ex cathedra. Basta que
un lunes cualquiera, en cualquier lugar, el Papa como tal,
se dirija a toda la Iglesia y diga con claridad:
"esto" (una doctrina sobre fe o moral) debe ser sostenido
por todos.
Puede arrojar luz sobre el asunto lo que
el Concilio Vaticano II enseña acerca del Magisterio de los
obispos. Dice que «aunque cada uno de los prelados por
sí solo no posea la prerrogativa de la infalibilidad, sin
embargo, si todos ellos, aun estando dispersos por el mundo,
pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con
el sucesor de San Pedro, convienen en un mismo parecer
como maestros auténticos que exponen como definitiva una doctrina en
las cosas de fe y costumbres, en ese caso anuncian
infaliblemente la doctrina de Cristo» (2). Hay por tanto un
magisterio episcopal no solemne, no extraordinario, sino ordinario pero infalible,
que se da cuando los obispos enseñan: 1°, en materia
de fe y costumbres; 2°, sujetos a la autoridad del
Romano Pontífice; 3°, en plena concordia entre sí; y 4°,
queriendo actuar usando el grado supremo de su autoridad.
No
siempre aparecen claras en la práctica las condiciones requeridas para
que nos conste la infalibilidad de ese magisterio ordinario episcopal.
Por ello a veces recurren al Magisterio extraordinario para evitar
toda posible tergiversación y para mayor claridad (Cfr. Vat. II,
LG, 25). Pero el hecho es que ese Magisterio existe
como posibilidad que, sin duda, se ha realizado muchas veces
en la historia de la lglesia.
EL MAGISTERIO DEL ROMANO
PONTIFICE ORDINARIO E INFALIBLE
Pues bien, si el colegio episcopal
es infalible no sólo cuando ejerce su Magisterio de modo
extraordinario en concilio ecuménico, sino también como recuerda el Vaticano
II, cuando lo ejercita de manera ordinaria disperso por el
orbe católico, ¿cabe pensar que el Papa sea también infalible
cuando ejerce su Magisterio ordinario, si éste es universal y
supremo?.
Dos cosas hay que decir sobre este tema:
1.
De la definición dogmática del Concilio Vaticano I resulta indudable
la infalibilidad del Papa cuando habla ex cathedra, pero no
se puede deducir de ella la infalibilidad del Romano Pontífice
en su Magisterio ordinario.
2. La analogía con el magisterio
episcopal de una parte, y de otra, la expresión utilizada
por el propio concilio Vaticano I al afirmar que el
Papa tiene la misma infalibilidad que Cristo quiso para su
Iglesia, induce lógicamente a mantener que existe un Magisterio ordinario
infalible del Papa.
Es esta una conclusión teológica muy de
tener en cuenta y que manifiesta como altamente sospechosa la
actitud de quienes se profesan "católicos" porque admiten la infalibilidad
del Papa cuando habla ex cathedra, y están dispuestos -
en teoría, al menos- a obedecerle en tales ocasiones, pero
menosprecian su Magisterio ordinario, o no se consideran vinculados a
él en conciencia. Esta actitud comporta riesgos evidentes de herejía,
y siempre supone al menos ignorancia teológica.
Hay que tener
en cuenta que, tal como lo definió el Concilio Vaticano
I, es doctrina de fe divina y católica (dogma de
fe) «Todas aquellas cosas que se contienen en la palabra
de Dios escrita o tradicional, y son propuestas por la
Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, ora por solemne
juicio, ora por su ordinario y universal magisterio» (3). Es
decir, es dogma de fe no sólo lo que ha
sido declarado como tal por el Magisterio de modo solemne.
Por otra parte y en toda hipótesis, conviene dejar bien
asentado que si el Papa, enseñando en materia de fe
y costumbres a los fieles en general, no hace constar
su intención de imponer la máxima obligatoriedad, es decir, si
no habla ex cathedra, su Magisterio no deja por ello
de ser auténtico y universal, al cual - recuerda el
Vaticano II- «se debe de modo particular una religiosa sumisión
de la voluntad y del entendimiento, de manera que se
reconozca y reverencie ese Magisterio supremo y con sinceridad se
le preste adhesión».
Es claro que no se podría imponer
una religiosa sumisión del entendimiento, si las doctrinas propuestas, aunque
no constituyan definiciones dogmáticas, no fueran ciertas, y aunque eventualmente
mejorables, no fueran estrictamente verdaderas. Pues en los documentos doctrinales
del Papa, que pueden emanar de él mismo (cartas encíclicas,
o cartas y escritos con destinatarios de diversa índole) o
emanar de las Congregaciones Romanas (interesando al caso sólo los
documentos que llevan una aprobación específica del Papa), hemos de
distinguir dos clases de aserciones:
Los principios permanentes, integrados por
verdades y valores absolutos, que conservarán siempre su valor de
verdad y su fuerza vinculante.
2. Las afirmaciones de connotación
histórica y de carácter prudencial, que, aunque no sean falsos,
pueden variar si cambian las circunstancias; de modo que si
consta con claridad que las circunstancias son distintas, pierden su
fuerza vinculante.
EL "ESCANDALO" DEL "CASO GALILEO"
Frente a estos
principios claros, se ha hecha ya clásica la objeción que
se basa en la "lamentable condena a Galileo" - propagador
del sistema llamado copernicano- en tiempos del Papa Urbano VIII.
Mucho habría que decir sobre el desarrollo de aquellos acontecimientos,
que Juan Pablo II ha mandado investigar a fondo. Pero
una cosa es cierta, que es lo más importante por
lo que aquí interesa: aun admitiendo el error de la
Congregación del Santo Oficio, Dios no permitió que el Papa
Urbano VIII condenase públicamente una teoría que él, personalmente, pudo
estimar entonces como errónea.
En rigor, "el caso Galileo" es
una manifestación más de cómo el Espíritu Santo, que es
en última instancia, quien gobierna la Iglesia, triunfa también sobre
las limitaciones personales de los papas, y los asiste siempre
eficazmente en la tarea que Cristo mismo les confió en
la persona de Pedro, cuando - cercana ya su muerte,
instituido el Sacrificio de la Nueva Alianza- el Señor renovó
la promesa del Primado: "Simón, Simón, he aquí que Satanás
os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo
he rogado por ti para que no desfallezca tu fe,
y tú cuando te conviertas (Jesús predice la negación y
la conversión de Pedro) confirma a tus hermanos" (Lc. 22,31).
El Señor ha rogado - con su infalible oración- no
para que Pedro no le niegue, sino para que su
fe no desfallezca y confirme en ella a los demás
Apóstoles, a todos los fieles. Pedro y sus sucesores serán
roca firme y luz certísima, sin sombras, para toda la
Iglesia. En cuestiones de fe y de moral, la autoridad
del Papa es singular. Y no la podrían alcanzar siquiera
diez mil millones de teólogos unánimes; menos aún diez mil
millones de sociólogos, psicólogos, médicos, biólogos, etc. Porque la autoridad
del Papa es de orden superior, y se sostiene no
sobre razonamientos humanos, siempre limitados y falibles, sino en su
misión divina, en la asistencia del Espíritu Santo, garantizada por
la oración de Jesucristo. Tal garantía no se encuentra en
nadie más; ni siquiera en los más competentes teólogos: sólo
en el Papa, y en los obispos con el Papa,
en las circunstancias ya señaladas.
Los teólogos también han de
ser confirmados en la fe. "En efecto - advertía Juan
Pablo II- , se puede conocer perfectamente la Sagrada Escritura,
se puede ser docto en filosofía y teología, y no
tener fe, naufragar en la fe" (5). Precisamente los artículos
de la fe son el principio de la teología, y
un pequeño error en el principio, al final llega a
ser enorme. Y así se explican las aberrantes conclusiones a
las que algunos teólogos - hoy como ayer- han llegado,
cuando han prescindido del Magisterio de la Iglesia. "El sagrado
Magisterio - aseveraba Pío XII en su encíclica Humani generis--
ha de ser para cualquier teólogo, en materia de fe
y costumbres, la norma próxima y universal d e la
verdad"; y también "todos los fieles deben guardar las constituciones
y decretos con que las opiniones erróneas han sido prohibidas
y proscritas por la Santa Sede".
EL MAGISTERIO DE LA
IGLESIA POTENCIA LA LIBERTAD
Si se entiende bien lo que
llevamos dicho, resulta obvio que el Magisterio del Romano Pontífice
y, en general, el Magisterio de la Iglesia tanto el
extraordinario como el ordinario, no es un inoportuno intermediario entre
Dios y los hombres, ni lastra el espíritu humano en
el libre progreso en el conocimiento de la palabra de
Dios. No nos movemos en un terreno de hipótesis, sino
de realidades divinas, claramente manifestadas en la misma Sagrada Escritura.
No somos los hombres quienes hemos de imponer nuestros criterios
a Dios, sino que es El quien manifiesta su verdad
y voluntad a los hombres. Es claro y patente que
Dios ha querido fundar la Iglesia como intermediaria de la
salvación y depositaria de su mensaje redentor. Lo cual, por
cierto, supone una paternal providencia al preservar la palabra divina
de toda interpretación subjetiva, interponiendo la garantía del Magisterio, cuya
finalidad no se cifra en manipular la palabra de Dios,
sino en conservarla y explicarla en toda su integridad y
pureza originales, sin menoscabo de la acción inmediata del Espíritu
Santo en las almas. Espíritu que es el mismo que
asiste a la Iglesia en su Magisterio y del que
éste recibe toda su autoridad. En otros términos: sujetarse al
Magisterio es sujetarse al mismo Espíritu de Dios.
Además, el
Magisterio de la Iglesia, lejos de coartar la libertad y
de frenar el legitimo progreso científico, facilita la libertad para
una legitima investigación, al fijar con precisión los limites de
la verdad, y fomenta el avance científico al advertir los
caminos ciertamente erróneos y señalar con pauta infalible nuevos e
insospechados horizontes.
SIEMPRE "ROCA"; SIEMPRE "LUZ"
En las cosas que
conciernen a la fe y a la moral, el Papa
ha sido y será siempre roca, siempre luz. Como decía
San Agustín, al instituir el primado del Romano Pontífice, Jesucristo
"quiso fortalecer de antemano nuestros oídos contra los que, según
El mismo advirtió, se habrían de levantar a lo largo
de los tiempos, diciendo ved aquí a Cristo, miradlo allá
(Mt. 24, 23). Y nos mandó que no les diésemos
crédito. No tendríamos excusa alguna si no hiciéramos caso a
la voz del Pastor, tan clara, tan abierta, tan palmaria,
que ni el más miope o torpe de inteligencia puede
decir: no he entendido" (6).
Palabras de asombrosa actualidad. El
Papa, hoy Juan Pablo II, no cesa de transmitirnos la
palabra de Dios en toda su pureza, con toda claridad.
Recorre el mundo jugándose la vida, llenándolo de luz, disipando
tinieblas, despertando esperanzas que parecían imposibles, encendiendo la fe de
los jóvenes y menos jóvenes. Es muy de agradecer. Y
es también una gran responsabilidad: Dios nos pedirá estrecha cuenta
de cómo hemos oído al Papa de cómo lo hemos
recibido, de cómo hemos dejado que penetre en nuestra mente
y en nuestro corazón su palabra inequívoca, fidelísima a la
enseñanza del Maestro.
El Papa es principio, fundamento y unidad
de todo el pueblo de Dios. Es lógico que sea
así; es de sentido común. El conocido profesor luterano W.
Pannenberg, en un coloquio celebrado en una Facultad teológica española,
contestaba así a una pregunta sobre el papado: "la necesidad
de un ministerio de unidad en la Iglesia es algo
tan evidente que las negativas protestantes no debían mantenerse por
más tiempo" (7).
Pero el amor del cristiano al Papa
ha de estar inspirado por la fe y el amor
teologal. La recepción entusiasta, exultante - incluso clamorosa, multitudinaria- al
Papa no es culto a la personalidad de un hombre
excepcional, sino - como se ha dicho con acierto- "el
vehículo del amor a Cristo, el amor a lo esencial
o la esencialidad del amor".
De este modo no hay
que tener miedo a amar "demasiado" al Papa ni a
manifestarlo con entusiasmo. Lo haríamos aunque su aspecto no fuese
tan amable; aunque su mirada fuese menos tierna y no
tan recio, viril, el timbre de su voz. Porque el
Papa, sea quien sea - Juan o Pablo, o Juan
Pablo- , es Pedro, es "el dulce Cristo en la
tierra", como decía Santa Catalina de Siena y recordaba con
gratitud Juan Pablo II, en su Alocución del 14-lX-1980.
QUÉ
HACER POR EL PAPA Obras son amores. La primera obra
del amor es la oración. El Papa necesita la oración
de todos sus hijos. En cierta ocasión, Pablo VI abría
su alma en público, exclamando: "¡Qué pesadas son estas llaves
que vienen de manos de Pedro a nuestras débiles manos!
¡qué pesadas de llevar y cuanto más de manejar! "
(8). Muy dura debe de resultar la tarea, sobre todo
en un mundo en el que tantas veces se suelen
preferir las tinieblas del error a la luz de la
verdad (9). "Rogad por mí, mis muy queridos en el
Señor", suplicaba Juan Pablo II en la catedral de Brazzaville
(10).
Todos podemos facilitar la colosal tarea del Papa con
nuestra oración, que tiene múltiples manifestaciones: la Santa Misa, de
infinito valor; el Santo Rosario, arma poderosa contra las fuerzas
del mal y vigoroso imán de la gracia divina; ratos
más o menos largos de petición ante el Sagrario; horas
de trabajo bien hecho, esforzado, sacrificado y ofrecido por la
persona e intenciones del Romano Pontífice; etc. etc.
Todo ello
con una voluntad decidida de conversión profunda, de purificación interior,
para que la luz de su palabra penetre hasta el
fondo del alma y despierte el hambre de Dios que
todos llevamos dentro. Nada mejor para lograrlo que acudir al
Sacramento de la Penitencia, sin el cual "la conversión no
es plenamente auténtica" (11). Ha hablado tanto y de tal
modo del valor de la confesión individual que no parece
que se le pueda hacer mejor regalo al Papa que
una buena confesión.
¿Cómo se podría penetrar a fondo en
los misterios divinos de salvación, de gracia - de los
que el Papa ha nos habla- sin estar en gracia
de Dios? ¿Cómo entender el mensaje de Cristo sin la
sincera disposición de poner en coherencia conducta y fe? ¿Cómo
alcanzar la fortaleza necesaria sin la gracia que se dispensa
sobre todo por medio de los sacramentos?.
"Mediante el Sacramento
de la Penitencia - decía Juan Pablo II en su
homilía en el Quezon Circle, de Manila- Jesús nos ofrece
el perdón y la paz. Precisamente a causa de su
importancia como Sacramento de la reconciliación, subrayé en mi primera
Encíclica el derecho del hombre a un encuentro más personal
con Cristo crucificado que perdona (Redemptor hominis, 20), y recomendé
encarecidamente la fiel observancia de la secular costumbre de la
confesión individual. Hoy quiero presentar una vez más el Sacramento
de la Penitencia como un don de la paz y
del amor de Cristo, y os pido que os esforcéis
por beneficiaros de esta ocasión de gracia" (12).
ANTONIO OROZCO
(1) Vaticano 1. Pastor aeternus, 2; Cfr. Vaticano II, LG,
25; (2) Vat. II, LG, 25, (3) Vat. I, Dz
1792; (4) Vat. II, LG, n. 4; (5)Alocución, 24-III- 1979;
(6) S. AGUSTIN, De unitate Ecclesiae, II, 28; (7) P.
RODRIGUEZ, Iglesia y Ecumenismo, Madrid 1979 p. 221; (8) PABLO
V I, Aloc., 18-VII- 1965; (9) Jn (10) JUAN PABLO
II Hom., 5-V-1980; (11) JUAN PABLO II, Hom., 28-VIII-1980; (12)
JUAN PABLO II, Hom., 19-II-1981.
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