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Autor: Pedro García, Misionero Claretiano Sentir con la Iglesia
Es decir que creemos, aceptamos y defendemos todo lo que Dios nos ha revelado.
Nuestro Señor Jesucristo vino al mundo para instaurar el
Reino de Dios, Reino que crece y se va desarrollando
aquí en la tierra, hasta que, completado el número de
los elegidos, lo entregue al Padre, para ser Dios todo
en los ángeles y hombres y en todas las cosas...
El Reino lo instituía Jesucristo en su propia Persona, y
lo confiaba a su Iglesia para que lo llevara hasta
su consumación final. A esa Iglesia, que nacía de su
costado rasgado por la lanza mientras pendía del árbol de
la cruz, como Eva salía del costado de Adán dormido
en el paraíso. Desde entonces la Iglesia es la niña
de los ojos de Jesús. Es la Esposa adorada. Es
la Madre que con el Bautismo nos engendra a la
vida de Dios. Nosotros miramos a la Iglesia como una
Madre con la cual vamos siempre a sintonizar, porque en
ella nos quiere salvar Nuestro Señor Jesucristo.
San Ignacio de
Loyola tiene una expresión célebre, y que abre todo un
mundo delante de nuestros ojos de católicos, cuando nos dice
que hay que Sentir con la Iglesia. Si desentrañamos esta
expresión magnífica, pronto veremos que encierra todo lo que significa
la vida cristiana. Sentir con la Iglesia es decir que
la Iglesia es un verdadero ideal en nuestras mentes.
Sentir
con la Iglesia es decir que la Iglesia está metida
en lo más hondo del corazón.
Sentir con la Iglesia
es decir que creemos, aceptamos y defendemos todo lo que
Dios nos ha revelado.
Sentir con la Iglesia es decir que
estamos siempre con el Papa y los Obispos, Pastores puestos
por el Espíritu Santo al frente del Pueblo de Dios.
Sentir
con la Iglesia es decir que estamos con todo lo
que ella nos dicta, en una obediencia gozosa prestada al
mismo y único Señor Jesucristo.
Sentir con la Iglesia es
decir que oramos con las preces de la Liturgia en
la Misa y en las Horas, porque son las plegarias
de todo el Pueblo Santo y Sacerdotal. Sentir con la
Iglesia es decir que nos reunimos gozosos en torno al
Altar, donde la Iglesia se encuentra de modo especial con
Jesucristo su Esposo.
Sentir con la Iglesia es decir que
aceptamos y aprobamos todas esas prácticas sencillas de la religiosidad
popular, como procesiones y peregrinaciones que mantienen la fe de
nuestras gentes.
Sentir con la Iglesia es venerar y apoyar
todas las Instituciones donde se vive de modo especial la
perfección cristiana, como las Comunidades de Religiosos y Religiosas. Sentir
con la Iglesia es decir que nos amamos todos como
hermanos, entre los brazos de nuestra Madre la Santa Iglesia
Católica.
Sentir con la Iglesia es decir que ardemos en
celo apostólico y llevamos a todos la salvación de Jesucristo.
Sentir con la Iglesia es decir que nuestra fidelidad es
inquebrantable, y que antes nos arrancarán la piel que la
fe en que fuimos bautizados.
Sentir con la Iglesia es
decir que no tenemos más que un sueño dorado: llegar
a morir en el seno de la Iglesia, sabiendo que
de la Iglesia de la Tierra subimos sin más a
la Iglesia del Cielo, porque es la misma y única
Iglesia de Jesucristo. Va resultando muy larga esta letanía del
ignaciano Sentir con la Iglesia. Y pudiéramos extenderla todavía más,
porque el Sentir con la Iglesia, aparte de llenarnos de
un gran ideal, nos lleva a la fidelidad más absoluta
y hace de nosotros unos perfectos cristianos.
El Papa Pablo
VI, que vivió obsesionado con este ideal de la Iglesia,
hablaba en audiencia particular con un grupo de Sacerdotes y
Religiosos muy escogido. Había preparado su discurso en una lengua
que no era la suya, y, dejado el papel en
que leía, añade:
- Así, ahora así, en mi lengua
propia, para decir con más espontaneidad lo que me dicta
el corazón.
Y soltó emocionado estas palabras: - Cuando me
preguntan qué tenemos que hacer, cuál es hoy el deber
más urgente en estas circunstancias, mi respuesta es: ¡Fidelidad a
la Iglesia! Fidelidad a la Iglesia, que después quiere decir
otra fidelidad trascendente: ¡Fidelidad a Jesucristo! ¡Fidelidad al Evangelio! Fidelidad
a todo el patrimonio de fe, de esperanza y de
amor que nos da nuestra religión.
No podemos negar la
importancia que hoy adquiere este sentimiento de adhesión y de
fidelidad a la Iglesia.
La fidelidad total que Jesucristo exige
a su Persona no se puede dar sin fidelidad también
total a su Iglesia, que Él dejó en el mundo
para ser el signo de su presencia y la dispensadora
de su salvación. Estar con la Iglesia es estar plenamente
con Jesucristo, mientras que el apartarse de la Iglesia es
apartarse del Señor. Esto suscita un problema serio, porque si
Jesucristo ha dejado su salvación con-fiada a su Iglesia, dejar
conscientemente la Iglesia de Jesucristo --la suya, no otra-- es
poner en contingencia la propia salvación. Y sabemos que con
la salvación no se puede jugar...
Nosotros, con la gracia de
Dios, seguiremos cantando nuestra fe: En ti, Iglesia Santa, -
vivo la fe del Señor, - fe que ilumina mi
senda, - fe de gracia y salvación. - En ti,
Iglesia Santa, - tengo puesto el corazón, - en ti
vivo y en ti muero: - ¡tú me llevas
a mi Dios!.
Pablo VI, a los Capitulares Claretianos, 1973.
P.G. Cmf
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