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Autor: Pedro García, Misionero Claretiano ¡La Iglesia! ¡Mi Iglesia!...
Pertenecer a la Iglesia, vivir en ella y perseverar en la misma, es la garantía más fuerte que existe para asegurarse la salvación.
¡La Iglesia! ¡Mi Iglesia!...
Aquel Obispo llevaba una vida inexplicable y heroica. Trabajaba
sin cesar. No se daba reposo en recorrer su vasta
diócesis, lo mismo en las ciudades que en los campos.
Predicaba, sufría, se agotaba. Comía pobremente, dormía poco. Y se
le preguntó:
- Pero, Monseñor, ¿por qué se mata así?
No va a poder resistir, y nosotros le necesitamos. Piense
en la Iglesia. - ¡Precisamente! ¡La Iglesia es lo único
en que pienso! Porque quiero tener el corazón de Cristo,
quiero hacer lo que hizo Él. Si, como nos dice
San Pablo, “Cristo amó a su Iglesia y se entregó
a sí mismo por ella”, a mí no me queda
otro remedio que hacer lo que Jesucristo hizo. ¡La Iglesia!
¡Mi Iglesia! Por ella vivo y muero.
Este Obispo santo, gloria
de nuestra Iglesia Católica, no hace otra cosa, con sus
palabras y su vida, que señalarnos un ideal: ¡La Iglesia!
¡Conocer nuestra Iglesia! ¡Amar a la Iglesia! ¡Llenarnos de la
vida de la Iglesia! ¡Ser Iglesia! Hasta tener la dicha
de morir en la Iglesia como hijos suyos, cuando dejemos
la Iglesia de la tierra para pasar definitivamente a la
Iglesia del Cielo.
La Iglesia fue el gran designio de
Dios Padre, que dispuso convocar a los creyentes en Cristo
dentro de la Iglesia santa.
La Iglesia fue la ilusión
de Jesucristo, que la amó hasta morir por ella, ¡por
su Esposa!... La Iglesia fue la gran obra del Espíritu Santo,
que se derramó sobre ella en Pentecostés, y la lanzó
al mundo para extender por todas partes el Reino de
Dios.
La Iglesia, nacida del costado de Cristo dormido en
el árbol de la Cruz, y manifestada por el Espíritu,
es la congregación de todos los creyentes, que saben cantar
el misterio eterno escondido en Dios, y revelado por el
mismo Dios en los últimos tiempos.
Todos unidos, formando un solo
cuerpo, un pueblo que en la Pascua nació; miembros de
Cristo, en sangre redimidos, Iglesia peregrina de Dios.
La Iglesia
tiene la gran misión de vivir y de anunciar a
Cristo en el mundo, para que el mundo viva de
Cristo y se salve.
La Iglesia no se encierra en
sí misma. Dentro de sus entrañas lleva la vida que
Cristo le ha comunicado, para que la alumbre a todas
las naciones.
La Iglesia, Jerusalén celestial, ve cumplida en sí
la profecía bíblica de Isaías:
El monte del templo del
Señor será elevado sobre todas las montañas y colinas. Lo
verán las naciones, y dirán: ¡Venid, subamos al monte del
Señor! ¡Venid, caminemos a la luz del Señor!
Hoy el mundo
mira a la Iglesia como una esperanza. No hay institución
con la autoridad moral de que disfruta la Iglesia de
Cristo. Y esto, para nosotros, católicos, es una seguridad y
un compromiso. Una seguridad, porque vemos la firmeza de nuestra
vocación. Y un compromiso, porque nos impone el vivir acordes con
nuestra vocación cristiana, ya que de nuestra fidelidad depende la
salvación del mundo.
Lo sigue diciendo nuestra canción:
Somos en
la tierra semilla de otro Reino, somos testimonio de amor.
Paz para las guerras, y luz entre las sombras, ¡Iglesia
peregrina de Dios!. La Iglesia, conforme a una comparación tan
antigua como el Evangelio, es la barca en que se
salvan del naufragio los que navegan por el mar del
mundo. Los grandes Doctores de la Iglesia lo dijeron hace
ya muchos siglos.
Así, un San Ambrosio nos enseña:
Cuando las tempestades amenazan tragar a todos, la nave de
la Iglesia ofrece a todos un puerto seguro de salvación.
Y San Agustín decía de sí mismo:
La nave es
la Iglesia; el mar es el mundo; mi seguridad está
en no salirme jamás de la nave. Esta seguridad propia
se convierte en un deber: trabajar para que todos entren
en la nave, sin que nadie se salga de ella.
De tal manera nos han de ver seguros los que
se sienten tentados a abandonar la embarcación, que por nada
se les ocurra salirse de la barca de la Iglesia
Católica, para nadar por su cuenta, o montarse en
otros barquitos, tal vez bonitas y pintadas muy a la
moda, pero inseguras completamente.
Nos han de ver de tal
manera contentos los que están fuera de la Iglesia Católica,
que sientan verdaderas ganas de asaltar nuestra nave, porque la
ven segura del todo.
Es cierto que la salvación de
una persona puede venir por medios para nosotros desconocidos. Dios
es poderoso para hacer llegar la redención de Jesucristo por
caminos para nosotros totalmente ignorados. Pero siempre será cierto que
la Iglesia ha sido puesta por Dios en el mundo
como sacramento universal de salvación. Y que pertenecer a la
Iglesia, vivir en ella y perseverar en la misma, es
la garantía más fuerte que existe para asegurarse esa salvación
que es la meta de nuestra existencia.
Muchas veces vamos a
hablar de nuestra querida Iglesia en estos mensajes. Hoy, nos
quedamos con este consejo que el gran San Agustín prende
en nuestros pechos, como un dije de oro y piedras
preciosas: - ¡Amad a la Iglesia! ¡Sed fieles a
la Iglesia! ¡Sed Iglesia!.... Ef. 5, 25. Is. 2, 1-5.
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