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Autor: Pedro García, Misionero Claretiano La Iglesia es visible
Cristo quiso que la conocieran, que estuviera patente a los ojos de todos y que la pudieran distinguir, por la Jerarquía que le puso al frente para darle seguridad, estabilidad y perpetuidad.
La Iglesia es visible
La Iglesia hoy, como siempre, es atacada por todos
cuantos se oponen al Reino de Dios. Y las peores
armas que se emplean contra ella no son las espadas
o las balas, sino la mentira y la calumnia, sobre
todo cuando provienen no de enemigos externos, sino cuando nacen
de enemigos internos, de hijos suyos que han fallado en
la fidelidad a Jesucristo.
Una de esas mentiras que hoy
están haciendo mucho mal es el decir de muchos: -
Yo estoy conforme con la Iglesia y la quiero; pero
no estoy conforme ni quiero a la Iglesia institución.
En
esta palabra institución está la clave del error moderno. Muchos
quisieran una Iglesia que no es la que soñó y
fundó Jesucristo. Ellos quieren una Iglesia invisible de corazones, una
sociedad puramente espiritual de fe y de amor, una sociedad
que no se manifiesta externamente. De este modo, sobran los
Sacramentos, sobran los templos, sobra el culto organizado, sobra, de
un modo especial, la jerarquía de la Iglesia, y sobran
por eso mismo las leyes con que se nos gobierna.
Para esa manera de pensar, habría bastante con unas comunidades
de base, formadas libremente, y con una conciencia que acepta
el Evangelio a la propia medida y al gusto de
cada uno.
¿Es ésta la Iglesia que quiso e instituyó
Jesucristo? Ciertamente que no. Jesucristo quiso una Iglesia compuesta de
hombres y para los hombres. Por eso la quiso visible,
que la conocieran todos, que estuviera patente a los ojos
de todos y que el mundo entero la pudiera distinguir,
en especial por la Jerarquía que le puso al frente
para darle seguridad, estabilidad y perpetuidad.
Un Papa del siglo
diecinueve recibió en audiencia a un sabio protestante, y le
preguntó cordialmente y con algo de ironía: - ¿Qué tal?
¿Qué le ha parecido la Basílica de San Pedro en
el Vaticano? El interrogado dio una respuesta que dan muchos
cuando la ven por primera vez: - Santidad, debo decirle la
verdad. Al mirarla desde la entrada miré un edificio colosal,
que me dejó abrumado, pero no me atrajo especialmente. Sin
embargo, al entrar, al recorrerlo y al someter a examen
todas sus partes, me quedé asombrado de tanta maravilla. El
Papa sonreía maliciosamente, y repuso: - Esto es lo que
pasa con la Iglesia. Si quiere conocer a la Iglesia
no se detenga en la entrada. Procure conocer la Iglesia
Católica por dentro.
Jesucristo es el fundamento de su propia
Iglesia, pero, al ausentarse de nosotros visiblemente para irse al
Cielo, la constituye sobre una roca visible: sobre Pedro --roca,
piedra-- y los Apóstoles. Le da una Jerarquía con autoridad:
Id, predicad. Enseñad a guardar todo lo que yo os
he mandado. Quien a vosotros escucha me escucha a mí,
y me rechaza a mí quien os rechaza a vosotros.
Jesucristo no pudo ser más claro: quiso Magisterio y Autoridad
en su Iglesia. Y el Espíritu Santo, guía de la Iglesia,
la ha llevado siempre por caminos visibles y bien conocidos.
La Doctrina de la Iglesia es clara, patente a todos,
enseñada con autoridad, refrendada siempre por un Magisterio que la
custodia sin permitir un error.
Los Sacramentos que Jesucristo dejó
como conductos ordinarios de la Gracia los ven todos y
todos los comprueban. No hay nada oculto, todo se hace
a la luz del sol.
El culto, que nace del
Espíritu y brota del corazón, se manifiesta en la Liturgia
oficial, en los templos, en las fiestas, en todo lo
que une a la Comunidad. Esta Comunidad eclesial es, con
la comparación del mismo Jesús, la ciudad colocada sobre el
monte, contemplada por todos y que no se puede ocultar...
Por
fortuna nuestra, Jesús se encargó de decirnos bien a las
claras lo que era su Iglesia: es algo que todos
los hombres pueden ver para que todos corran a ella
en busca de la salvación. Con la Iglesia, Cuerpo de
Cristo, pasa lo mismo que con Jesucristo cuando vivía entre
los hombres. Nadie veía en Él a Dios, pero Dios
estaba en Jesús y Jesús manifestaba a Dios. Quien veía
a Jesús corporalmente, veía al Padre invisiblemente. La Iglesia de Cristo
es así: el cuerpo visible del Cristo invisible. En la
Iglesia vemos a Jesucristo y sentimos su acción. Por eso,
alejarse de la Iglesia es alejarse de Jesucristo. Decir que
se está con la Iglesia de Jesucristo, pero no con
la Iglesia institución, es un error demasiado peligroso.
Habrá cosas
humanas en el elemento humano de la Iglesia que quizá
no nos gusten. Pero, a pesar de los fallos humanos,
Jesucristo está y actúa en su Iglesia, que sólo al
final de los tiempos llegará a su perfección definitiva.
Nosotros,
que creemos en la Iglesia y la amamos, queremos ser
el reflejo visible de ese Cristo invisible que es su
vida. Quien nos mira, ve en nosotros a la Iglesia,
ve por nosotros a Cristo, y por el Cristo ve
al Padre...
Gregorio XVI
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