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Autor: Pedro García, Misionero Claretiano La Iglesia es Madre
La riqueza de la Iglesia son sus hijos
La Iglesia es Madre
Cuando se habla de las riquezas de la Iglesia,
muchos piensan que la Iglesia es rica de bienes materiales,
lo cual es falso, y nunca hablan de la riqueza
verdadera de la cual la Iglesia está bien orgullosa.
Es
un lenguaje nuevo que, gracias a Dios, estamos aprendiendo a
usar. Los valores del espíritu, y que durarán después para
siempre, son los únicos que nos interesan y queremos defender
y acrecentar.
Al hablar del matrimonio decimos, con frase ya
muy hecha, que la gran riqueza de los padres son
los hijos. En comparación de los hijos, no significan nada
los otros bienes de fortuna.
Así también, cuando hablamos
de la Iglesia hemos de decir, sin restricción ninguna, que
la gran riqueza con que cuenta son sus hijos.
Todos
los bautizados somos el mayor tesoro de la Santa Madre
Iglesia. En ella nacimos a la vida de Dios. En
ella se desarrolla, se perfecciona y llega a su plenitud
nuestra vida espiritual. En ella alcanzamos la vida eterna. En la
Iglesia tenemos todos los bienes de Dios, y nosotros correspondemos
al amor de nuestra Madre la Iglesia siendo su honor
y su corona. Este modo de hablar no es expresión de
una admiración vana ni de un amor romántico. Por una
parte, la Iglesia es lo más grande que existe en
el mundo. Es la gran obra de Jesucristo, y no
hay institución humana que la pueda superar.
Por otra parte,
la Iglesia ha sido para nosotros una madre verdadera, al
habernos dado la vida divina que Jesucristo le comunicó y
le confió. Por lo grande que la hizo Jesucristo, y
por lo mucho que ha hecho y hace por nosotros,
la Iglesia es digna de toda nuestra admración, de todo
nuestro agradecimiento, de todo nuestro amor. Como mi Madre, la
Iglesia, no hay...
Y la Iglesia, al sentirse Madre, acrece cada
día más su felicidad. En ella se cumple, en orden
muy superior al de cualquier mujer, aquello del salmo: que
Dios la ha hecho madre gozosa de muchos hijos... Conocida
la riqueza de la Iglesia, hay ricos en el mundo
que saben renunciar a todo por hacerse de esos bienes
que la Iglesia les ofrece. Y la Iglesia, a su
vez, se siente orgullosa de tener hijos tan formidables dentro
de su casa.
Son casos que se hicieron famosos en
su tiempo, pero cuyo recuerdo perdura. Por ejemplo, el de la
joven que queda desheredada de varios millones de dólares por
haberse hecho católica, millones que, según el testamento del papá,
puede recobrar apenas abandone la Iglesia Católica en que se
metió. Ante esta cláusula del testamento, responde la joven:
"Mi Padre del Cielo es más rico y me
dará mejor herencia. Yo no abandono la Iglesia." ¿Cómo no va
a estar orgullosa la Iglesia de una hija así?...
A lo
mejor se trata de un hijo de la Iglesia que
se descarrió y avanzó muy lejos en el mal y
en el crimen. La Madre Iglesia lloraba al hijo extraviado.
Pero, gracias a la solicitud de la Iglesia su Madre,
ese hijo perdido se regeneró a tiempo. Como ocurrió con
aquellos dos condenados a muerte, que le hablan al santo
capellán. El uno: "Padre, entre esta multitud que me
sigue hacia la horca, ¿cómo es que el más tranquilo
soy yo?..." Y el otro: "¡Quién puede creer, que
entre todos los que me miran yo soy el más
feliz!..." ¿No va a estar orgullosa la Iglesia de estas
joyas que vuelve a recuperar?... No decimos nada de esos grandes
Santos y Santas, que forman una lista interminable, y que
son lo más excelso que en el orden moral ha
tenido el mundo. Son todos ellos una riqueza sin igual
de la Iglesia. Desde una Mónica y un
Francisco de Asís, hasta un Javier o una
Teresa de Jesús...
Además, no olvidamos la respuesta de
Lorenzo al Prefecto de Roma, que le condenaba a morir
quemado vivo sobre las parrillas por no haber querido entregar
los tesoros de la Iglesia. Mostrándole los pobres, enfermos e
imposibilitados a los cuales mantenía la Iglesia de Roma, le
dice: "Éstas son las riquezas de la Iglesia. No tengo
ni administro otras".
El Papa Pablo VI, que
con su doctrina ha sido modernamente el Papa que más
ha profundizado en el misterio de la Iglesia, nos dice:
"Es necesario que se esclarezca cada vez más en vosotros
la conciencia de lo que significa pertenecer a la Iglesia;
conciencia de dignidad, pues en la Iglesia somos hijos de
Dios y hermanos de Cristo; conciencia de riqueza, ¿pues hay
riqueza mayor que ser admitidos a esta sociedad de salvación?;
conciencia de compromiso, porque un miembro de la Iglesia es
un fiel que se apega, se compenetra y persevera". Esta
es la verdad. Nosotros somos ricos en la Iglesia y
por la Iglesia. Y si somos hijos dignos de la
Iglesia, nos convertimos en su riqueza mayor, en su corona
espléndida, en su orgullo más legítimo...
Le cantamos con el
salmo a la Iglesia: "Todas las fuentes de de mi
riqueza están en ti". Y ella nos contesta con otras
palabras bíblicas: "¡Estos son los hijos que el Señor
me ha dado!...." Sal.112 y 86. Gen. 48,9 - Grace Minford
(en Perardi) - Condenados, asistidos por San José Cafasso -
Pablo VI,1-6-1966.
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