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Autor: Lucrecia Rego de Planas | Fuente: Centro de Actualización Pedagógica El aire que respiras: la Iglesia
Breve y sencilla historia de la Iglesia.
El aire que respiras: la Iglesia
1. El club de Cristo
Cristo fundó un club. Lo llamo
club porque no lo puedo llamar Sociedad Anónima, ya que
no tiene como fin ganar dinero; ni democracia o dictadura,
porque no tiene fines políticos; tampoco es un sindicato, ni
una cooperativa, ni una banda de música. Por lo tanto,
vamos a llamarle club, aunque sea provisionalmente.
Los cuatro evangelistas nos
dan la lista de los doce miembros fundadores del club
—que al final quedaron en once, pues Judas fue expulsado
por juego sucio y por venderse al adversario.
Ahora bien, decir
que alguien funda un club con once miembros o socios
puede sugerirnos que se trata de un club de fútbol.
Pero en el siglo I no lo pensaban así, pues
antes el deporte organizado no era tan importante para las
personas como lo es el día de hoy.
Indudablemente no se
trataba de un equipo de fútbol. Y no lo digo
porque ser futbolista sea malo. En realidad, hoy ser un
gran futbolista es ser una de las personas más célebres
y admiradas del mundo.
Ser futbolista de primera división es francamente
difícil y tampoco es fácil ser apóstol de primera división.
Hay que tener capacidad, coraje, clase, cerebro y corazón… y
todo eso se dice en la Sagrada Escritura y en
la página de deportes.
A los once fundadores del club Cristo
los sometió a un entrenamiento durísimo. Así es como salen
las grandes figuras.
Lo digo porque después hemos llegado muchos a
inscribirnos al club con pretensiones de ser titulares del equipo,
pero sin coraje para aguantar los entrenamientos. Y luego nos
lamentamos de que no pasemos de reservas… la culpa es
nuestra.
Dice Cristo: el que quiera ser de primera división, “que
se niegue a sí mismo, que tome su cruz y
me siga” (Mt. 16, 24). Duro. Ése es un entrenamiento muy
duro. Pero Pedro, Santiago, Juan, Andrés y los otros fundadores
aceptan y se entregan a ese entrenamiento. Claro, salen todos
titulares del equipo de primera división y mueren con la
camiseta puesta.
Más adelante Pablo se inscribe en el equipo y
acepta también el entrenamiento. Llega a primera división y hace
estas interesantes declaraciones:
“Todos juegan en el estadio, pero no
todos reciben el premio. Jugad de forma que lo ganéis…
No será coronado vencedor sino el que jugare con todas
las de la ley” (cfr. 1 Cor. 9, 24; 2
Tim. 2, 5).
Poco antes de morir, el mismo Pablo dice:
“He jugado buen juego, he sido fiel al club; ya
no me queda sino recibir el trofeo que en justicia
me dará el Señor, árbitro justo” (2 Tim. 4, 7-8).
Tanto
Pablo como los otros once tuvieron mucho entrenamiento y mucho
amor al club.
Tú también estás inscrito en este club, con
la credencial y la camiseta que te dieron en el
bautismo. De ti depende llegar a primera división, quedarte en
la reserva o tal vez en las gradas como simple
espectador.
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