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Introducción
Proposición 1
Documentos que se presentan al Sumo Pontífice
Se quiere presentar a la consideración del Sumo Pontífice, además
de los documentos sobre la Eucaristía, fuente y cumbre de
la vida y de la misión de la Iglesia, relativos
a este Sínodo, o sea los «Lineamenta», el «Instrumentum laboris»,
las ponencias «ante y post disceptationem» y los textos de
las intervenciones, tanto los presentados en el aula por escrito,
como las ponencias de los círculos menores y sus discusiones,
sobre todo algunas propuestas específicas que los padres han considerado
de especial relieve.
Los padres sinodales piden humildemente al Santo
Padre que valore la oportunidad de publicar un documento sobre
el sublime misterio de la Eucaristía en la vida y
en la misión de la Iglesia.
Proposición 2
La reforma
litúrgica del Vaticano II
La Asamblea Sinodal recordó con gratitud
el influjo benéfico que la reforma litúrgica realizada a partir
del Concilio Vaticano II ha tenido para la vida de
la Iglesia. Ésta ha puesto de relieve la belleza de
la acción eucarística que resplandece en el rito litúrgico. En
el pasado se verificaron abusos, no faltan ni siquiera hoy,
aunque han disminuido mucho. Sin embargo, tales episodios no pueden
oscurecer la bondad y la validez de la reforma, que
contiene todavía riquezas que no están totalmente exploradas; más bien
interpelan a una mayor atención respecto al «ars celebrandi», el
cual favorece la «actuosa participatio».
PRIMERA PARTE
El pueblo de
Dios educado en la fe en la Eucaristía
La fe
en la Eucaristía
Proposición 3
La novedad del misterio pascual
Al instituir la Eucaristía, Jesús creó una novedad radical: cumplió
en sí mismo la nueva y eterna alianza. Jesús inscribe,
en el contexto de la cena ritual judía, que concentra
en el memorial el acontecimiento pasado de la liberación de
Egipto, su importancia presente y la promesa futura, su entrega
total. El verdadero Cordero inmolado se sacrificó de una vez
por todas en el misterio pascual y es capaz de
liberar para siempre al hombre del pecado y de las
tinieblas de la muerte. El Señor mismo nos ofreció los
elementos esenciales del «culto nuevo». La Iglesia, en cuanto esposa
y guiada por el Espíritu Santo, está llamada a celebrar
el convite eucarístico, día tras día, «en su memoria». Inscribe
el sacrificio redentor de su Esposo en la historia y
lo hace presente sacramentalmente en todas las culturas. Este «gran
misterio» se celebra en las formas litúrgicas que la Iglesia,
iluminada por el Espíritu Santo, desarrolla en el tiempo y
en el espacio.
En la celebración de la Eucaristía, Jesús,
sustancialmente presente, nos introduce mediante su Espíritu en la pascua:
pasamos de la muerte a la vida, de la esclavitud
a la libertad, de la tristeza a la alegría. La
celebración de la Eucaristía refuerza en nosotros este dinamismo pascual
y consolida nuestra identidad. Con Cristo, podemos vencer el odio
con el amor, la violencia con la paz, la soberbia
con la humildad, el egoísmo con la generosidad, la discordia
con la reconciliación, la desesperación con la esperanza. Unidos a
Jesucristo, muerto y resucitado, podemos llevar cada día su cruz
y seguirlo, con vistas a la resurrección de la carne,
siguiendo el ejemplo de los mártires de la antigüedad y
de nuestros días. La Eucaristía, como misterio pascual es prenda
de la gloria futura y de ella nace ya la
transformación escatológica del mundo. Celebrando la Eucaristía, anticipamos esta alegría
en la gran comunión de los santos.
Proposición 4
La
Eucaristía es un don que brota del amor del Padre,
de la obediencia filial de Jesús llevada hasta el sacrificio
de la cruz, hecho presente para nosotros en el sacramento,
de la potencia del Espíritu Santo que, llamado sobre los
dones por la oración de la Iglesia, los transforma en
el Cuerpo y en la Sangre de Jesús. En ella
se desvela plenamente el misterio del amor de Dios por
la humanidad y se cumple Su designio de salvación marcado
por una gratuidad absoluta, que responde sólo a Sus promesas,
cumplidas más allá de toda medida.
La Iglesia acoge, adora,
celebra este don con trémula y fiel obediencia, sin arrogarse
ningún poder de disponibilidad que no sean los que Jesús
le ha confiado para que el rito sacramental se realice
en la historia.
Bajo la cruz, la Santísima Virgen se
une plenamente al don sacrificial del Salvador. Por su inmaculada
concepción y plenitud de gracia, María inaugura la participación de
la Iglesia en el sacrificio del Redentor.
Los fieles «tienen
derecho a recibir abundantemente de los sagrados pastores los bienes
espirituales de la Iglesia, sobre todo las ayudas de la
Palabra de Dios y los sacramentos» (LG 37; cf. CIC
can. 213; CCEO can. 16), cuando el derecho no lo
prohíba.
A tal derecho, corresponde el deber de los pastores
de hacer todo lo posible para que el acceso a
la Eucaristía no sea impedido en la práctica, mostrando a
este respecto solicitud inteligente y gran generosidad. El Sínodo aprecia
y agradece a los sacerdotes que, incluso a costa de
sacrificios a veces grandes y arriesgados, aseguran a las comunidades
cristianas este don de vida y las educan a celebrarlo
en verdad y plenitud.
Proposición 5
Eucaristía e Iglesia
La
relación entre la Eucaristía y la Iglesia se entiende en
la gran tradición cristiana como constitutiva del ser y del
actuar de la misma Iglesia, hasta el punto de que
la antigüedad cristiana designaba con las mismas palabras, «Corpus Christi»,
el cuerpo nacido de la Virgen María, el cuerpo eucarístico
y el cuerpo eclesial de Cristo.
Esta unidad del cuerpo
se manifiesta en las comunidades cristianas y se renueva en
el acto eucarístico que las une y las diferencia en
Iglesias particulares, «in quibus et ex quibus una et unica
Ecclesia catholica existit» (LG 23). El término «católico» expresa la
universalidad proveniente de la unidad que la Eucaristía, celebrada en
cada Iglesia, favorece y edifica.
Las Iglesias particulares en la
Iglesia universal tienen así, en la Eucaristía, la tarea de
hacer visible su propia unidad y su diversidad. Este lazo
de amor fraterno transparenta la comunión trinitaria. Los concilios y
los sínodos expresan en la historia este aspecto fraterno de
la Iglesia. Por esta propia dimensión eclesial, la Eucaristía establece
un fuerte lazo de unidad de la Iglesia católica con
las Iglesias ortodoxas, que han conservado la genuina e íntegra
naturaleza del misterio de la Eucaristía. El carácter eclesial de
la Eucaristía podría ser también un punto privilegiado en el
diálogo con las comunidades nacidas con la Reforma.
Proposición 6
La adoración eucarística
El Sínodo de los Obispos, reconociendo los
múltiples frutos de la adoración eucarística en la vida del
pueblo de Dios, en gran parte del mundo, anima con
fuerza a que esta forma de oración --tan frecuentemente recomendada
por el venerable siervo de Dios Juan Pablo II--, sea
mantenida y promovida, según las tradiciones, tanto de la Iglesia
latina como de las Iglesias orientales. Reconoce que esta práctica
brota de la acción eucarística la cual, en sí misma,
es el mayor acto de adoración de la Iglesia, que
habilita a los fieles a participar plena, consciente, activa y
fructíferamente, en el sacrificio de Cristo, según el deseo del
Concilio Vaticano II, y a la misma remite. Concebida así,
la adoración eucarística mantiene a los fieles en su amor
y servicio cristiano hacia los demás, y promueve una mayor
santidad personal y de las comunidades cristianas. En este sentido,
el reflorecimiento de la adoración eucarística, incluso entre los jóvenes,
se manifiesta hoy como característica prometedora de muchas comunidades. Por
esta razón, con el fin de favorecer la visita al
Santísimo Sacramento, hay que tener cuidado, siempre que sea posible,
de que las iglesias en las que está presente el
Santísimo Sacramento permanezcan abiertas.
Que la pastoral ayude a las
comunidades y movimientos a conocer el puesto adecuado de la
adoración eucarística con el fin de cultivar la actitud de
maravilla ante el gran don de la presencia real de
Cristo. En este sentido, se anima a la adoración eucarística
incluso en el itinerario de preparación a la Primera Comunión.
Para promover la adoración, es conveniente hacer un reconocimiento especial
de los institutos de vida consagrada y a las asociaciones
de fieles que se dedican de modo esencial a ella
de varias formas, y ayudarles para que la devoción eucarística
sea más bíblica, litúrgica y misionera.
Eucaristía y sacramentos
Proposición
7
Eucaristía y Sacramento de la Reconciliación
El amor a
la Eucaristía lleva a apreciar cada vez más el sacramento
de la Reconciliación, en el que la bondad misericordiosa de
Dios hace posible un nuevo inicio de la vida cristiana
y muestra una relación intrínseca entre Bautismo, pecado y sacramento
de la Reconciliación. La digna recepción de la Eucaristía pide
el estado de gracia.
Es tarea de gran importancia pastoral
que el obispo promueva en la diócesis una decidida recuperación
de la pedagogía de la conversión que nace de la
Eucaristía y favorezca por esto la confesión individual frecuente. Los
sacerdotes, por su parte, han de dedicarse generosamente a la
administración del sacramento de la Penitencia.
El Sínodo recomienda vivamente
a los obispos que no permitan en sus diócesis el
recurso a absoluciones colectivas si no es en situaciones objetivamente
excepcionales, establecidas en el «motu proprio» «Misericordia Dei», de 7
de abril de 2002, del Papa Juan Pablo II. Los
obispos deben procurar, además, que en cada iglesia haya lugares
idóneos para las confesiones (cf. CIC 964 § 2). Se
recomienda que el obispo nombre al penitenciario.
En esta perspectiva,
sería necesario también profundizar en la dimensión de reconciliación ya
presente en la celebración eucarística (cf. CCC 1436), en concreto
en el rito penitencial, para que se puedan vivir verdaderos
momentos de reconciliación en la misma. Las celebraciones penitenciales no
sacramentales, mencionadas en el ritual del sacramento de la Penitencia
y de la Reconciliación, pueden despertar el sentido de pecado
y formar un espíritu de penitencia y de comunión en
las comunidades cristianas, preparando así los corazones a la celebración
del sacramento.
La renovación de la espiritualidad eucarística puede ser
ocasión para profundizar la comprensión y la práctica de las
indulgencias. Este Sínodo recuerda que los obispos y los párrocos
pueden pedir a la Penitenciaría Apostólica la indulgencia plenaria para
diversas celebraciones y aniversarios. El Sínodo anima a una catequesis
renovada sobre las indulgencias.
Proposición 8
Eucaristía y Sacramento del
Matrimonio
En la Eucaristía, se expresa el amor de Jesucristo
que ama a la Iglesia como su esposa hasta dar
su vida por ella. La Eucaristía corrobora de modo inagotable
la unidad y el amor indisoluble de cada matrimonio cristiano.
Queremos expresar una especial cercanía espiritual a todos aquellos que
han basado sus familias en el sacramento del matrimonio. El
Sínodo reconoce la misión singular de la mujer en la
familia y en la sociedad y anima a los cónyuges
a que, integrados en sus parroquias, o en pequeñas comunidades,
movimientos, asociaciones eclesiales, recorran caminos de espiritualidad matrimonial, nutrida por
la Eucaristía.
La santificación del domingo se pone en práctica
también en la vida familiar. Por esto, la familia, como
«Iglesia doméstica», debe ser considerada un ámbito primario por parte
de la comunidad cristiana. La familia inicia a los niños
en la fe eclesial y en la liturgia, sobre todo
en la santa Misa.
Proposición 9
Eucaristía y poligamia
La
naturaleza del matrimonio exige que el hombre se una definitivamente
a una sola mujer y viceversa. En esta perspectiva, hay
que ayudar a los polígamos que se abren a la
fe cristiana a integrar su proyecto humano en la novedad
y radicalidad del mensaje de Cristo. En cuanto catecúmenos, Cristo
llega hasta ellos en su situación concreta y los llama
a las renuncias y a las rupturas que exige la
comunión, que un día podrán celebrar mediante los sacramentos, sobre
todo la Eucaristía.
Mientras tanto, la Iglesia los acompañará con
una pastoral llena de dulzura y firmeza.
Proposición 10
Modalidad
de las Asambleas dominicales en espera del sacerdote
En los
países en los que la penuria de sacerdotes y las
grandes distancias hacen prácticamente imposible la participación en la Eucaristía
dominical, es importante que las comunidades cristianas se reúnan para
alabar al Señor y hacer memoria del Día dedicado a
É, en comunión con el obispo, con toda la Iglesia
particular y con la Iglesia universal. Tiene también mucha importancia
precisar la naturaleza del compromiso de los fieles en la
participación en estas asambleas dominicales. Hay que vigilar para la
que la liturgia de la Palabra, organizada bajo el seguimiento
de un diácono o de un responsable de la comunidad
al que la autoridad competente ha confiado este ministerio regularmente,
se cumpla según un ritual específico aprobado a este fin.
Para no privar a los fieles por mucho tiempo de
la Comunión eucarística, los sacerdotes deben esforzarse por visitar frecuentemente
a estas comunidades. Corresponde a los ordinarios y a las
conferencias episcopales regular la posibilidad de distribuir la Comunión.
Se
deberá evitar cualquier confusión entre celebración de la santa misa
y la asamblea dominical en espera de sacerdote. Por esto
no se deberá dejar de animar a los fieles a
que acudan, cuando sea posible, a donde se celebra la
santa Misa.
Las conferencias episcopales deben preparar materiales adecuados que
expliquen el significado de la celebración de la Palabra de
Dios con distribución de la Comunión, y las normas que
la regulan.
Proposición 11
Escasez de sacerdotes
La centralidad de
la Eucaristía en la vida de la Iglesia hace sentir,
con agudo dolor, el problema de la grave falta de
clero en algunas partes del mundo. Muchos fieles se ven
de esta manera privados del Pan de vida. Para salir
al encuentro del hambre eucarística del pueblo de Dios, que
frecuentemente y en periodos largos debe prescindir de la celebración
eucarística, es necesario recurrir a iniciativas pastorales eficaces. En este
contexto, los padres sinodales han afirmado la importancia del don
inestimable del celibato eclesiástico en la praxis de la Iglesia
Latina.
Refiriéndose al magisterio, en especial al Concilio Vaticano II
y al magisterio de los últimos pontífices, los padres han
pedido explicar adecuadamente a los fieles las razones de la
relación entre el celibato y la ordenación sacerdotal, en el
pleno respeto de la tradición de las Iglesias orientales. Algunos
han aludido a los «viri probati» [ordenación sacerdotal de varones
casados de probada virtud, ndt.], pero esta hipótesis ha sido
considerada como un camino que no se debe recorrer.
Además,
hay que tener en cuenta que la calidad cristiana de
la comunidad y su fuerza de atracción, tienen un peso
decisivo a la hora de ofrecer el don eucarístico a
todos los fieles. Se trata en concreto de:
Urgir
a los pastores a promover las vocaciones sacerdotales; a descubrirlas
y a convertirse en sus «heraldos», empezando por los adolescentes
y prestando atención a los acólitos;
No tener miedo
de proponer a los jóvenes la radicalidad del seguimiento de
Cristo;
Sensibilizar a las familias, que en algunos casos
son indiferentes o incluso contrarias;
Cultivar la oración por
las vocaciones en todas las comunidades y en todos los
ámbitos eclesiales;
Que los obispos procuren, implicando también a
las familias religiosas, respetando el carisma que les es propio,
una distribución más equitativa del clero y que urjan al
mismo clero a una gran disponibilidad para servir a la
Iglesia donde hay necesidad, incluso a costa de sacrificio.
Proposición
12
Pastoral vocacional
Como respuesta al deber urgente de la
Iglesia de ofrecer el don de la Eucaristía de manera
habitual a todos los fieles, y dada la escasez de
sacerdotes en diversos lugares, dirigimos la mirada al Señor y
le pedimos insistentemente que envíe obreros a su mies.
Por
nuestra parte, proponemos reforzar la pastoral vocacional y la dimensión
vocacional de toda la pastoral, especialmente la juvenil y familiar.
Pedimos por ello:
Constituir grupos de monaguillos y procurarles
el acompañamiento espiritual;
Difundir la adoración eucarística por las
vocaciones, en las parroquias, en los colegios y en los
movimientos eclesiales;
Estimular a los párrocos y a todos
los sacerdotes para que acompañen espiritualmente y formen a los
jóvenes, invitándoles a seguir a Cristo en el sacerdocio con
su testimonio;
Organizar, según las posibilidades, un centro vocacional
o un seminario menor en las Iglesias particulares.
Obispos y
sacerdotes queremos empeñarnos en primera persona en este género de
pastoral, dando ejemplo de entusiasmo y de piedad.
Proposición 13
Catequesis
y Mistagogía
La secuencia de los sacramentos de la iniciación
cristiana
No es percibida suficientemente la estrecha conexión entre Bautismo,
Confirmación y Eucaristía. Es oportuno, por tanto, explicar que somos
bautizados y confirmados en función de la Eucaristía. Se ha
de favorecer, por tanto, una mejor inserción de la relación
entre los tres sacramentos de la iniciación cristiana en la
celebración de cada uno de estos sacramentos, independientemente del orden
cronológico o de la edad de la celebración de la
Confirmación y de la Primera Comunión. En este sentido, una
profundización teológica y pastoral de la Confirmación podría ser muy
valiosa. Todo esto tendría además un valor positivo en el
diálogo ecuménico.
Se podría reflexionar de nuevo sobre la edad
adecuada para la Confirmación. Habría que considerar también si en
la Iglesia latina la secuencia Bautismo, Confirmación, Primera Comunión deba
ser observada sólo para los adultos y no para los
niños. La tradición latina, que se diferencia de la tradición
oriental por la separación de la celebración de la Confirmación
de la del Bautismo, tiene una razón de ser y
un peso. Por otra parte, las diferencias entre las dos
tradiciones no son de naturaleza dogmática. Ambas tradiciones, de hecho,
dan una respuesta práctica diferente a la idéntica situación del
gran número de bautismos de niños.
Proposición 14
Eucaristía, catequesis
y formación
La Eucaristía, «mysterium fidei», inscrito en la alianza
de Dios con su pueblo, es la fuente de inspiración
de toda propuesta de formación pastoral. Ésta debe presentar la
íntima relación de la Eucaristía con todos los demás sacramentos,
conduciendo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo hacia
una vida nueva en Cristo. Con este objetivo, habrá que
desarrollar itinerarios catecumenales bien inculturados, en los que se sitúe
la presentación del contenido doctrinal y la introducción en la
vida espiritual, moral, y en el compromiso social.
Todo el
pueblo de Dios --obispos y párrocos, según su responsabilidad específica--
debe implicarse en esta formación permanente promovida en cada Iglesia
particular, especialmente los fieles que actúan en las parroquias y
en las comunidades, como los catequistas y los evangelizadores. A
los seminaristas especialmente se dará una sólida formación sobre los
fundamentos teológicos, litúrgicos y pastorales de una auténtica espiritualidad eucarística.
Éstos deben comprender lo mejor posible el sentido de cada
norma litúrgica.
Las parroquias y las pequeñas comunidades que forman
parte de ellas deben ser escuelas de mistagogía eucarística. En
este contexto, se buscará la cooperación de las comunidades de
vida consagrada, de los movimientos y de los grupos que
revalorizan, según sus propios carismas, la formación cristiana.
En el
marco de la nueva evangelización, reconocemos la necesidad de desarrollar
nuevas formas de catequesis adecuadas a las diversas situaciones y
culturas. En este contexto, el Catecismo de la Iglesia Católica
y las recientes enseñanzas del Magisterio deberán ser puntos de
referencia privilegiados.
Proposición 15
Familia e iniciación sacramental
Es necesario
asociar la familia cristiana con la iniciación sacramental de los
niños. No se debe limitar sin motivo el acceso de
los niños a la mesa eucarística. La Primera Comunión, sobre
todo, es un paso de gran importancia para una vida
empeñada en el camino de la santidad, llena de caridad,
de alegría y de paz. Cada familia, apoyada por la
parroquia, por los sacerdotes, por las personas consagradas, por colaboradores
laicos y, en especial, por la escuela católica, debe favorecer
un proceso de educación eucarística.
La Iglesia, familia de Dios,
crece y se nutre en la mesa de la Palabra
de Dios y del Cuerpo y Sangre de Cristo. La
celebración de la Eucaristía debe promover cada vez más a
todos los niveles la toma de conciencia y la realización
de una «Iglesia familia» a través de la solidaridad, las
relaciones familiares y la comunión entre todos los miembros de
la comunidad.
Proposición 16
Catequesis mistagógica
La tradición antigua de
la Iglesia recuerda que el camino cristiano, sin descuidar la
comprensión sistemática de los contenidos de la fe, es experiencia
que nace del anuncio, se profundiza en la catequesis, y
encuentra su fuente y su cumbre en la celebración litúrgica.
Fe y sacramentos son dos aspectos complementarios de la actividad
santificadora de la Iglesia. Suscitada por el anuncio de la
Palabra de Dios, la fe se nutre y crece en
el encuentro de gracia con el Señor resucitado en los
sacramentos. La fe se expresa en el rito, y el
rito refuerza y fortifica la fe. De aquí la exigencia
de un itinerario mistagógico vivido en la comunidad y con
su ayuda, y que se funda en tres elementos esenciales:
La interpretación de los ritos a la luz de
los eventos bíblicos, en conformidad con la tradición de la
Iglesia;
La valorización de los signos sacramentales;
El
significado de los ritos respecto al compromiso cristiano en la
vida.
Sería deseable desarrollar el método mistagógico sobre todo con
los niños de Primera Comunión y con los confirmandos.
Proposición
17
Compendio sobre la Eucaristía
Los departamentos competentes de la
Santa Sede y/o de las conferencias episcopales deberían considerar un
proyecto de Compendio Eucarístico o un instrumento de ayuda pastoral
que recoja a la vez elementos litúrgicos, doctrinales, catequísticos y
de devoción sobre la Eucaristía para ayudar a desarrollar la
fe y la piedad eucarística.
Este Compendio podría proponer lo
mejor de la enseñanza patrística, la experiencia de la Iglesia
latina y de las Iglesias orientales, y oraciones de devoción.
Debería incluir una catequesis apropiada sobre la naturaleza y la
estructura de las oraciones eucarísticas.
SEGUNDA PARTE
La participación del
Pueblo de Dios en la celebración eucarística
Proposición 18
La
estructura de la celebración eucarística
De los dos banquetes, el de
la Palabra de Dios y el del Cuerpo de Cristo,
la Iglesia recibe y ofrece a los fieles el Pan
de Vida, especialmente en la santa liturgia. La Palabra de
Dios, como todo el misterio eucarístico, no es accesible sino
en la fe. Conviene por tanto que las Lecturas sean
proclamadas con cuidado, si es posible por lectores instituidos.
Debe
darse el justo peso a la Liturgia de la Palabra
en la celebración eucarística. Existe un lazo intrínseco entre Palabra
de Dios y Eucaristía. En la Eucaristía, el Verbo hecho
carne se nos entrega como alimento espiritual. Escuchando la Palabra
de Dios nace la fe (Cf. Romanos 10,17).
Para apreciar,
celebrar y vivir mejor la Eucaristía, hace falta un conocimiento
profundo de las Sagradas Escrituras proclamadas. «La ignorancia de la
Escritura es ignorancia de Cristo» (Cf. «Dei Verbum» 25). El
fiel debe ser ayudado a apreciar los tesoros de la
Escritura en el Leccionario, mediante el desarrollo del apostolado bíblico,
el impulso de grupos parroquiales que preparen la misa dominical
con el estudio orante de las mismas lecturas y prácticas
litúrgicas como el silencio o unas pocas palabras de introducción
que ayuden a una mejor comprensión. Además el pueblo de
Dios debe ser educado a través de una catequesis fundada
en la Palabra de Dios. Amar, leer, estudiar, meditar y
orar la Palabra de Dios es un fruto precioso de
la práctica de la «lectio divina», de los grupos de
estudio y de oración bíblicos en familia y en las
pequeñas comunidades eclesiales. A causa de la intrínseca relación entre
la liturgia de la Palabra y la eucarística, la Palabra
de Dios debe ser venerada y honrada (cf. «Dei Verbum»
21), en especial los Evangelios, como signo de la presencia
del Verbo encarnado en la asamblea de los fieles (Cf.
«Instrumentum Laboris» 46).
Ha de buscarse una expresión para la
oración de los fieles que se relacione mejor con la
Palabra de Dios, con las necesidades de la asamblea y
más ampliamente con las de toda la humanidad.
Proposición 19
La homilía
La mejor catequesis sobre la Eucaristía es la
misma Eucaristía bien celebrada. Por esto se pide a los
ministros ordenados que consideren la celebración como su principal deber.
En especial deben preparar con cuidado la homilía, basándose en
un conocimiento adecuado de la Sagrada Escritura.
Que la homilía
ponga la Palabra de Dios, proclama en la celebración, en
estrecha relación con la celebración sacramental (Cf. «Sacrosanctum Concilium» 52)
y con la vida de la comunidad, de modo que
la Palabra de Dios sea base y vida de la
Iglesia («Dei Verbum» 21) y se transforme en alimento por
la oración y la vida cotidiana.
La homilía conformada por
las enseñanzas de los Padres de la Iglesia es una
verdadera mistagogía, o sea una verdadera iniciación a los misterios
celebrados y vividos.
Ha sido además sugerida la posibilidad de
recurrir, partiendo del leccionario trienal, a homilías «temáticas» que, a
lo largo del año litúrgico, puedan tratar los grandes temas
de la fe cristiana: el Credo, el Padre Nuestro, las
partes de la Misa, los Diez Mandamientos y otros argumentos.
Estas homilías temáticas corresponderán a lo que ha sido de
nuevo autorizadamente propuesto por el Magisterio de la Iglesia en
los cuatro «pilares» del Catecismo de la Iglesia Católica y
en el reciente Compendio. Con este objetivo, se ha propuesto
también elaborar un material pastoral, basado en el leccionario trienal,
que ponga en relación la proclamación de las Escrituras con
las doctrinas de la fe que brotan de las mismas.
Proposición 20
El ofrecimiento del trabajo humano
El pan y
el vino, frutos de la tierra y del trabajo del
hombre, que ponemos sobre el altar como expresión de la
ofrenda de la vida de la familia humana, significan que
toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser
transformada en su amor recapitulador, y ser presentada al Padre.
Subráyese cada vez más que la dignidad del trabajo de
los hombres y de las mujeres de todo el mundo,
a través de la celebración eucarística, está estrechamente unida al
sacrificio redentor de Cristo Señor.
Proposición 21
Aclamaciones en la oración eucarística
Las
oraciones eucarísticas podrían enriquecerse con aclamaciones, no sólo después de
la consagración sino en otros momentos, como está previsto en
las oraciones eucarísticas para las celebraciones con los niños y
como se hace en varios países.
Proposición 22
Epíclesis
Ya que la «lex
orandi» expresa la «lex credendi», es esencial vivir y profundizar
la fe en la Eucaristía a partir de la oración
con la que la Iglesia desde siempre la celebra, es
decir la Oración Eucarística.
En especial, la espiritualidad eucarística cobra fuerza
reconociendo la importancia del Espíritu Santo, que transforma las obleas,
y hace que la comunidad entera se convierta cada vez
más en cuerpo de Cristo. El Sínodo auspicia que se
muestre con mayor claridad el lazo entre la epíclesis y
el relato de la institución. De este modo, resultaría más
evidente que toda la vida de los fieles es, en
el Espíritu Santo y en el sacrificio de Cristo, una
oferta espiritual agradable al Padre.
En este marco, el Sínodo advierte
la necesidad de que se precise mejor el carácter diferente
de la causalidad que se da en la fórmula: «La
Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia».
Proposición
23
El signo de la paz
El saludo de paz en la
santa misa es un signo expresivo de gran valor y
profundidad (Cf. Juan 14,27). Sin embargo, en ciertos casos, asume
una dimensión que puede resultar problemática, cuando se prolonga demasiado
o incluso cuando suscita confusión, justo antes de recibir la
Comunión.
Quizá sería útil valorar si el signo de la paz
no debería situarse en otro momento de la celebración, teniendo
en cuenta costumbres antiguas y venerables.
Proposición 24
«Ite misa est»
Para hacer
más explícita la relación entre Eucaristía y misión, que pertenece
al corazón de este Sínodo, se sugiere preparar nuevas fórmulas
de despedida (bendiciones solemnes, oraciones sobre el pueblo u otras)
que subrayen la misión en el mundo de los fieles
que han participado en la Eucaristía.
«Ars celebrandi»
Proposición 25
La dignidad de
la celebración
Todos los participantes en la Eucaristía están llamados a
vivir la celebración con la certeza de ser pueblo de
Dios, sacerdocio real, nación santa (Cf. 1 Pedro 2,4-5.9). En
ella, cada uno expresa la propia vocación cristiana específica. Quienes
entre ellos han recibido un ministerio ordenado lo ejercen según
su grado: el obispo, los presbíteros y los diáconos. En
especial, el papel de los diáconos y el servicio de
lectores y de acólitos merece una mayor atención.
Los obispos
sobre todo, como moderadores de la vida litúrgica, deben promover
una digna celebración de los sacramentos en la propia diócesis,
corregir los abusos y proponer el culto de la iglesia
catedral como ejemplo.
Este Sínodo renueva su aprecio por la atención
que los presbíteros ponen en celebrar la liturgia de manera
dignas, «attente ac devote», para el mayor beneficio del pueblo
de Dios. De este modo ponen de relieve la importancia
de la fe, la santidad, el espíritu de sacrificio y
la oración personal para celebrar la Eucaristía. Ha de evitarse
el exceso de intervenciones, que puede conducir a una manipulación
de la santa misa, como por ejemplo cuando se sustituyen
los textos litúrgicos con textos ajenos o cuando se da
a la celebración una connotación que no es litúrgica.
Una auténtica
acción litúrgica expresa el carácter sagrado del misterio eucarístico. Ésta
debería reflejarse en las palabras y en las acciones del
sacerdote celebrante mientras intercede, con los fieles o por ellos,
ante Dios Padre.
Al igual que todas las expresiones artísticas, también
el canto deber estar en íntima armonía con la liturgia,
contribuir eficazmente a su fin, o sea debe expresar la
fe, la oración, la maravilla, el amor por Jesús presente
en la Eucaristía.
Se ha de subrayar el valor, la importancia
y la necesidad de la observancia de las normas litúrgicas.
Que la celebración eucarística respete la sobriedad y la fidelidad
al rito querido por la Iglesia, con un sentido de
lo sagrado que ayude a vivir el encuentro con Dios
y con formas incluso sensibles que lo favorezcan (armonía del
rito, de las vestimentas litúrgicas, de los adornos y del
lugar sagrado). Es importante que los sacerdotes y los responsables
de la pastoral litúrgica den a conocer los vigentes libros
litúrgicos (Misal, Leccionario) y la correspondiente normativa.
Para orientar a los
fieles sobre el misterio celebrado, es necesaria una previa catequesis
que favorezca su activa participación impregnada de auténtica piedad. Los
ministros deben ayudar a esta plena participación con la proclamación
de los textos y recomendando tiempos de silencio, gestos y
actitudes adecuadas.
Proposición 26
Inculturación y celebración
Para una más eficaz participación de
los fieles en la Eucaristía, este Sínodo auspicia la promoción
de una mayor inculturación en el ámbito de la celebración
eucarística, teniendo en cuenta las posibilidades de adaptación ofrecidas por
la «Institución General» del Misal romano, los criterios fijados por
la IV Instrucción de la Congregación para el Culto Divino
para una adecuada aplicación de las constituciones conciliares sobre la
liturgia, de 1994, y las directivas contenidas en las Exhortaciones
postsinodales «Ecclesia in Africa» , «Ecclesia in Asia», «Ecclesia in
Oceania» y «Ecclesia in America». Con este objetivo, las Conferencias
Episcopales asuman plena responsabilidad en aumentar los intentos de inculturación,
favoreciendo el adecuado equilibrio entre criterios y directivas ya emanadas
y las nuevas adaptaciones.
Proposición 27
El arte al servicio de la
celebración Eucarística
En la historia de la celebración de la santa
misa y de la adoración eucarística, reviste una función de
gran importancia el arte sagrado en sus diferentes expresiones, empezando
por la arquitectura. Ésta traduce el significado espiritual de los
ritos de la Iglesia en formas comprensibles y concretas, que
iluminan la mente, tocan el corazón y forman la voluntad.
Además, el estudio de la historia de la arquitectura litúrgica
y del arte sagrado en general por parte de los
laicos, seminaristas y sobre todo los sacerdotes, puede iluminar la
reflexión teológica, enriquecer la catequesis y despertar ese gusto por
el lenguaje simbólico que facilita la mistagogía sacramental.
Por último, un
conocimiento profundo de las formas que el arte sagrado ha
sabido producir a través de los siglos, puede ayudar a
quienes están llamados a colaborar con los arquitectos y los
artistas a diseñar adecuadamente, al servicio de la vida eucarística
y de las comunidades actuales, tanto los espacios de celebración
como la iconografía.
En el caso de conflicto entre aspecto artístico
y celebrativo, ha de darse prioridad a las necesidades litúrgicas
de la celebración, según la reforma aprobada por la Iglesia.
Proposición
28
El tabernáculo y su colocación
En conformidad con la Introducción General
del Misal Romano (cf n. 314), el Sínodo recuerda que
el tabernáculo para la custodia del Santísimo Sacramento debe tener
en la iglesia una colocación noble, de consideración, bien visible,
cuidada bajo el aspecto artístico, y adecuada a la oración.
Con este objetivo, consúltese al Obispo.
Proposición 29
Eucaristía y medios de
comunicación social
Los medios de comunicación, incluido Internet, prestan un buen
servicio a quienes no pueden participar en la misa, por
ejemplo por motivos de edad o salud. Pueden además llegar
a bautizados que se han alejado e incluso a no
creyentes. Cuando se usan los medios de comunicación, es importante
celebrar la Eucaristía en lugares dignos, apropiados y bien preparados.
Recuérdese que, en condiciones normales, para cumplir el precepto es
necesaria la presencia física en la celebración de la Eucaristía,
y que no basta seguir el rito a través de
los medios de comunicación. El lenguaje de la imagen es
representación y no la realidad en sí misma.
La liturgia debe
ser devota e invitar a la oración porque celebra el
misterio pascual. Obsérvense siempre las normas litúrgicas de la Iglesia,
otórguese valor a los signos sagrados, préstese atención a la
expresión artística del espacio, de los objetos y de las
vestiduras litúrgicas. Es necesario velar para que el canto y
la música correspondan al misterio celebrado y al tiempo litúrgico.
«Actuosa
participatio»
Proposición 30
«Dies Domini»
Como fruto del año de la Eucaristía, el
Sínodo recomienda vivamente que se hagan esfuerzos significativos para dar
valor y vivir el «Dies Domini» en toda la Iglesia.
Es necesario volver a afirmar el carácter central del domingo
y de la celebración de la Eucaristía dominical en las
diferentes comunidades de la diócesis, en especial en las parroquias
(cf. «Sacrosanctum Concilium» 42). El domingo es verdaderamente el día
en el que se celebra con los demás a Cristo
resucitado, día santificado y consagrado al Creador, día de reposo
y de disponibilidad. La celebración eucarística dominical es una gracia
humanizante para el individuo y la familia, porque nutre la
identidad cristiana con el contacto con el Resucitado. Por ello
el deber de participar es triple: con Dios, consigo mismo
y con la comunidad.
Se propone ayudar a los fieles a
considerar como paradigmática la experiencia de la comunidad primitiva y
la de las generaciones de los primeros siglos. Ofrézcase a
los cristianos la oportunidad, a través de la catequesis y
la predicación, de meditar sobre el «Dies Christi» como día
de la resurrección del Señor y, por ello, como fiesta
de liberación, día regalado para gustar los bienes del Reino
de Dios, día de la alegría por el encuentro con
el Viviente, presente entre nosotros.
Auguramos por tanto que el Día
del Señor se convierta también en el día de los
cristianos, respetado por toda la sociedad con el descanso del
trabajo. Que en torno a la celebración eucarística del domingo
se organicen manifestaciones propias de la comunidad cristiana, como encuentros
amistosos, formación de la fe de los niños, jóvenes y
adultos, peregrinaciones, obras de caridad y diversos momentos de oración.
Aunque
el sábado por la tarde pertenece ya al domingo (primeras
vísperas), y está permitido cumplir el precepto dominical con la
misa prefestiva, es necesario recordar que es el día del
domingo en sí mismo el que merece ser santificado para
que no haya «vacío de Dios».
(Traducción de la versión
italiana no oficial distribuida por la Secretaría General del Sínodo
de los Obispos )
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