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Por los sacramentos de iniciación hemos recibido la vida nueva
de Cristo. Ahora bien, esta vida la llevaremos en “vasos
de barro” (2 Cor 4, 7). Y esta vida nueva
puede ser debilitada e incluso perdida por el pecado. Por eso,
Jesús, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, quiso
que su Iglesia continuase, con la fuerza del Espíritu Santo,
su obra de curación y de salvación. Y nos regaló
dos sacramentos de curación: la penitencia y la Unción de
enfermos. Lo que es la enfermedad al cuerpo, es el pecado
al alma y a la vida de amistad con Dios
y con los hermanos: una anomalía que hay que curar,
si es que queremos ser sanos y “normales” Sí, con el
bautismo Dios imprimió en nuestra alma su imagen y semejanza,
pero con cada pecado nosotros borroneamos esa imagen. Cada pecado
es un ir rompiendo pedazo a pedazo esa imagen de
Dios, esa amistad a la que Dios nos llama. Por eso,
Cristo “inventó” un nuevo signo de su amor: la penitencia
o confesión o reconciliación, para que pudiéramos ponernos de pie
después de las caídas y, así, retomar el camino que
nos lleva al Reino de Dios. “Llevamos un tesoro en vasijas
de barro”. El tesoro es Cristo y su gracia; la
vasija de barro somos cada uno de nosotros.
A lo
largo de la historia se le han dado diversos nombres
a este sacramento:
Sacramento de conversión: pues Cristo nos llama
a la conversión y vuelta al Padre.
Sacramento de la penitencia:
porque se sigue todo un proceso de conversión, arrepentimiento y
de reparación.
Sacramento de la confesión: porque declaramos y confesamos los
pecados ante el sacerdote.
Sacramento del perdón: porque quedamos absueltos.
Sacramento de
la reconciliación: porque hay una verdadera reconciliación con Dios, con
la Iglesia, con los hermanos y con nosotros mismos.
Lo importante
de este sacramento es lo siguiente: Cristo ofrece a todo
bautizado la oportunidad de volver a Dios de reconciliarse con
Dios, si se hubiera extraviado. Es como la segunda tabla
de salvación después del naufragio al perder la gracia. La
primera tabla fue el bautismo.
Evolución de este sacramento
Durante los primeros
siglos, la reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados
particularmente graves después del bautismo (por ejemplo: idolatría, homicidio, adulterio)
estaba vinculada a una disciplina muy rigurosa, según la cual
los penitentes debían hacer penitencia pública por sus pecados, a
menudo durante largos años, antes de recibir la reconciliación o
perdón de los pecados. Y se admitía raramente y, en
ciertas regiones, una sola vez en la vida. Durante el siglo
VII, los monjes irlandeses, inspirados en la tradición monástica de
Oriente, trajeron a Europa la práctica “privada” de la penitencia,
que no exigía la realización pública y prolongada de obras
de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia.
El sacramento desde entonces es de una manera más secreta
entre el penitente y el sacerdote. Esta nueva práctica preveía
la posibilidad de la reiteración del sacramento y abría así
el camino a una recepción regular del mismo. Permitía integrar
en una sola celebración sacramental el perdón de los pecados
graves y veniales. Hasta hoy sigue la Iglesia esta segunda forma:
en privado y en secreto. A pesar de este proceso, sin
embargo la estructura fundamental del sacramento sigue siendo la misma:
Primero: el penitente viene arrepentido, contrito y con el propósito
de cambiar.
Segundo: Dios le perdona, mediante el sacerdote, es
decir, mediante el ministerio de la Iglesia, en nombre de
Cristo, que concede el perdón de los pecados, determina la
satisfacción, ora por el pecador y hace penitencia con él. Así
el pecador es curado y restablecido en la comunión eclesial,
además de renovar la paz del alma.
En resumen:
Al inicio
era penitencia pública y tenía estos pasos: el pecador confesaba
sus pecados, el confesor le amonestaba y le imponía la
penitencia durante meses o años.
Más tarde vino la penitencia
tarifada, fines del siglo VI, cuyos pasos eran: el pecador
confesaba sus pecados, el confesor le corregía, le daba una
penitencia tarifada, es decir, “para tal pecado, tal penitencia”, y
al final le daba la absolución.
Finalmente, penitencia privada, desde
el siglo XI hasta nuestros días donde el pecador confiesa
sus pecados, el confesor le da los consejos, le impone
la penitencia, le da inmediatamente la absolución. Y el pecador
ya absuelto cumple la penitencia.
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