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Los Sacramentos, lo que la Iglesia celebra | categoría
El Sacramento de la Reconciliación | tema
Autor: P Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
Fundamento Escriturístico y Magisterio de la Iglesia
¿La confesión es invención de la Iglesia o es un sacramento instituido por Cristo?
 
FUNDAMENTO ESCRITURÍSTICO DE LA CONFESIÓN

¿La confesión es invención de la Iglesia o es un sacramento instituido por Cristo?

Tenemos que abrir los Evangelios y escritos de la Biblia para fundamentar este sacramento. Está claro que no lo inventó la Iglesia, sino el mismo Cristo.

Si abrimos la Biblia y consultamos Mt 16,19; 18,18; Jn 20. 19-23, veremos que estos textos son claves para probar que este sacramento lo quiso Cristo, fue invención del Corazón misericordioso de Cristo.

Cristo otorga al apóstol Pedro el poder de atar y desatar en la tierra, para que quede eso mismo atado y desatado en el cielo.

Pero este poder no está reservado sólo a Pedro, sino que lo trasmite a los demás apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo a quienes perdonéis…”

Les está concediendo el ministerio de la misericordia. Lo ejercerán en nombre de Cristo y con la autoridad de Cristo.

Es verdad que sólo Cristo es el autor del perdón. Podemos consultar Mt 9,1-8; Lc 7,36-50; 15,11-32; 19,1-10; Jn 8,3-11. Nada ni nadie escapa a su misericordia. El pone en el pecador el deseo de pedir perdón, y al mismo tiempo mueve a los corazones a aceptar ese perdón ofrecido misericordiosamente.

Tanto la mujer pecadora con sus lágrimas, como la adúltera que iba a ser apedreada, como Zaqueo que de ladrón se convierte en justo, como el hijo pródigo… todos fueron perdonados por Cristo.

Es más, si abrimos las cartas de San Pablo veremos cómo los apóstoles ejercieron el poder que Cristo les había dado de “atar o retener” los pecados. Podemos consultar Rm 6, 8-10; 2Cor 5,17-21; Ef 4, 22-23; Rm 5,20.

Los apóstoles saben que el ministerio de la reconciliación proviene de Dios y que han recibido la palabra de la reconciliación para exhortar a los hombres a la conversión y a cambiar de vida, revistiéndose del hombre nuevo, que es Cristo.

La constante suplica de los apóstoles a nosotros, sus discípulos, es que debemos morir al pecado para vivir la Vida que Cristo Jesús nos ha legado como herencia.

Pedro, en su primer discurso después de Pentecostés, nos dijo: “Convertíos… para que se os perdonen los pecados” (Hechos 2,38) y Pablo a los gentiles de Listra les dijo: “Convertíos al Dios vivo” (Hechos 14,14).


MAGISTERIO DE LA IGLESIA

Hasta aquí visto la autoridad de la Biblia, que es Palabra de Dios. Pero también el Magisterio de la Iglesia, a través de los Papas, ha hablado sobre este sacramento de la confesión o reconciliación.

Estos son los documentos más importantes:

  • Constitución apostólica, “Poenitemini” (Convertíos) del 17 de febrero de 1966, sobre doctrina y moral de la Penitencia del Papa Pablo VI.

  • También de Pablo VI está la constitución “Indulgentiarum doctrina” sobre la doctrina de las indulgencias, del 1 de enero de 1967

  • De Juan Pablo II, tenemos la exhortación apostólica “Reconciliatio et Poenitentia” del 2 de diciembre de 1984.

  • Están, por supuesto, otros documentos, por ejemplo el ritual de la Penitencia del 2 de diciembre de 1973; el Código de Derecho Canónico del 25 de enero de 1983; en los cánones 959-997.


    VALORANDO EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN


    Un autor contemporáneo ha definido los sacramentos como “las caricias de Dios”, porque son realidades que expresan el amor de Dios. Un amor fuerte y firme, pero no menos delicado y tierno.

    Una caricia no puede nacer sino de la ternura de Dios. Los sacramentos expresan esa ternura de Dios. Como las caricias nacen del amor y fomentan el amor, así los sacramentos brotan del amor de Dios y hacen crecer el amor a Dios.

    Además, hablar de los sacramentos como “caricias” de Dios significa situarlos en un contexto de cercanía mutua y de contacto sensible. Los sacramentos están gritando la cercanía de Dios y reclamando la cercanía del hombre. Por eso en los sacramentos hay contacto físico: acciones, palabras, gestos visibles, audibles…

  • En el Bautismo, unción con el óleo en el pecho, con el crisma en la cabeza; la imposición de la mano.
  • En la confirmación, la imposición de las manos del obispo sobre la cabeza, y la unción en la frente.
  • En la comunión viene Dios y toma contacto con nuestra boca y entra al corazón.
  • En el Orden Sagrado, unción en las manos e imposición en la cabeza, y el abrazo del ordenante.

    Y así en los demás sacramentos.

    San Bernardo decía que el Espíritu Santo es beso, caricia, ternura, tanto en la vida íntima de la Santísima Trinidad, como en su actividad exterior, es decir, en los sacramentos, pues es el Espíritu Santo el que está siempre presente en cada sacramento, dándonos la gracia de Dios que cura, fortalece, anima, perdona, santifica, purifica.

    Es el Espíritu Santo quién fecunda las aguas del bautismo, quien perfuma el crisma de la confirmación, quien trasforma el pan y el vino de la Eucaristía en el Cuerpo y Sangre del Señor; es el Espíritu Santo quien confiere fuerza al óleo de los enfermos y da al confesor la potestad de perdonar los pecados. Y es el Espíritu Santo el que santifica el matrimonio e imprime en las manos extendidas del obispo la fuerza transmisora del sacramento del Orden.

    El sacramento es la señal visible de una gracia invisible. Mejor todavía, una señal visible a través de la cual se comunica una gracia invisible.

    Dios para el cristiano pecador tiene sus caricias; caricias curativas y fortalecedoras.

    Para valorar este sacramento me serviré de dos documentos del Magisterio: “Poenitemini” del Papa Pablo VI y “Reconciliatio et poenitentia” del Papa Juan Pablo II.

    Comencemos con “Poenitemini”.

    Abramos el Antiguo Testamento para descubrir el valor de la culpa y la misericordia de Dios, y la necesidad de hacer penitencia.

    Se descubre cada vez con una riqueza mayor el sentido religioso de la penitencia. Aunque a ella recurre el hombre después del pecado para aplacar la ira divina (1Sam 7, 6; 1R 21, 20. 27; Jr 36, 9; Jon 3, 4-5), o con motivo de graves calamidades (1Sam 31, 13; 2Sam 1, 12; 3, 35; Ba 1, 3-5; Jdt 20, 26), o ante la inminencia de especiales peligros (Jdt 4, 8; Est 4, 15-16; Sal 34, 13; 2Cor 20, 3), o más frecuentemente para obtener beneficios del Señor (1Sam 14, 24; 2Sam 12, 16; Esd 8, 21)…, sin embargo, podemos advertir que el acto penitencial externo va acompañado de una actitud interior de “conversión”, es decir, de reprobación y alejamiento del pecado y de acercamiento hacia Dios (1Sam 7, 3; Jr. 36, 6-7; Ba 1, 17-18; Jdt 8, 16-17; Jon 3, 3; Za 8, 19-21).

    El penitente se priva del alimento y se despoja de sus propios bienes, aún después que el pecado ha sido perdonado; e independientemente de la petición de gracias y de ayuda, se emplean vestiduras penitenciales para someter a aflicción el alma (cfr. Lv 16, 31), para humillarse ante el rostro de Dios, o para prepararse al encuentro con Dios.

    Por tanto, la penitencia es ya en el Antiguo Testamento un acto religioso, personal que tiene como término al amor y el abandono en el Señor: ayunar para Dios, no para sí mismo.

    No falta también en el Antiguo Testamento el aspecto social de la penitencia: las liturgias penitenciales de la Antigua Alianza (cf Lv 23,29).

    También la penitencia en el Antiguo Testamento se presenta ya como medio y prueba de perfección y santidad: Judit, Daniel, la profetisa Ana y otros, servían a Dios noche y día con ayunos y oraciones, con gozo y alegría.

    Hay quienes se ofrecían a satisfacer, con su penitencia personal, por los pecados de la comunidad. Así lo hizo Moisés en los 40 días que ayunó para aplacar al Señor por las culpas del pueblo infiel. O la figura del Siervo de Yahvé.

    Sin embargo, todo esto no era más que sombra de lo que había de venir. En Cristo y en la Iglesia adquieren dimensiones nuevas, profundas, como veremos.

    La confesión debe ser una fiesta de reconciliación. En la confesión se encuentran la misericordia y la miseria. La misericordia de Dios y la miseria del hombre.

    Quién dude del amor misericordioso de Dios, que se acerque a la confesión y verá.

    ¿Qué añade el Nuevo Testamento en esta valoración de la confesión?

    Cristo comenzó su misión pública con este mensaje gozoso: “Está cerca el Reino de Dios”, al que sumó este mandato comprometedor: “Convertíos y creed en el Evangelio”. Estas palabras constituyen, en cierto modo, el compendio de toda la vida cristiana.

    “Convertios y creed en el Evangelio”

    Al cielo sólo se llega por la conversión, por la trasformación y renovación de todo el hombre –de todo su sentir, juzgar y disponer- y esto se lleva a cabo con la ayuda de Dios tres veces Santo. Y esta ayuda brota a través de los sacramentos, especialmente de la confesión y de la Eucaristía.

    Cristo no sólo pidió la conversión, sino que instituyó este maravilloso medio de la confesión, cuando en su Pascua les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados le serán perdonados, y a quienes se los retengáis les serán retenidos” (Jn 20, 23).

    Por eso, para un cristiano no hay otro medio ordinario para recibir el perdón de los pecados que a través del sacramento de la confesión, que ofrece la Iglesia con tanto amor y generosidad.


    El otro documento papal, esta vez de Juan Pablo II, es la exhortación apostólica “Reconciliatio et Poenitentia” de 2 de diciembre de 1984.

    ¿Cuáles son los puntos más importantes de este documento?

    Nadie se acercará a la confesión si primero no se reconoce pecador. Es la experiencia ejemplar de David, quién después de haber hecho lo que al Señor le parece mal, al ser reprendido por el profeta Natán, exclama: “Yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 50, 5ss).
    También fue así la experiencia del hijo pródigo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15, 21).
    Mientras el hombre no se reconozca pecador, no irá a la confesión. Somos pecadores. No perder nunca la conciencia del pecado. No deformar la conciencia, no anestesiarla, pues perdería la sensibilidad y el sentido del pecado. ¿Cómo se deforma y se anestesia? A través de trampejas, sofismas, dejarse llevar por vicios, por el ambiente, libertad relativista, relajado y ligero, abandonar la oración.

    Después de reconocerse pecador, el hombre debe acercarse al Dios de la misericordia, con humildad, sinceridad, arrepentimiento, que le perdonará a través del ministerio de la Iglesia. Acercarse confiado, consciente de que el “mysterium pietatis” (misterio de la piedad y amor misericordioso de Dios) es más grande que el “mysterium iniquitatis” (misterio de iniquidad o pecado). Este misterio del amor misericordioso de Dios se hace visible en Cristo, que suscita en el alma el movimiento de conversión, de vuelta a Dios en el sacramento de la confesión, que la Iglesia ofrece a manos llenas.

    Cristo ha confiado a la Iglesia el ministerio de la reconciliación. Es un servicio que debe hacer la Iglesia. La Iglesia, a través de los sacerdotes, debe darse tiempo para ofrecer este servicio: confesar, confesar, confesar. Todas las demás actividades que hace la Iglesia no valdrían nada, si no diera prioridad a este servicio de ofrecer a los hombres el perdón de Dios, siempre, a todas horas.

    El sacerdote confesor actúa “in persona Christi”, en la persona de Cristo. Cristo, a quien el sacerdote confesor hace presente, y que por su medio realiza el ministerio del perdón de lo pecados, es el que aparece como “hermano” del hombre, pontífice misericordioso, fiel y compasivo pastor, decidido a buscar la oveja perdida, médico que cura y conforta, maestro único que enseña la verdad e indica los caminos de Dios, juez de los vivos y de los muertos, que juzgan según la verdad y no según las apariencias.
    Este servicio y ministerio, dice Juan Pablo II es el más difícil y delicado, el más fatigoso y exigente, pero uno de los más hermosos y consoladores ministerios del sacerdote (n. 29).

    Con la confesión, el pecador se reconcilia con el Padre, se reintegra a la comunión eclesial con los hermanos que había roto con el pecado, recobra la paz consigo mismo, y escucha del confesor “firme, alentador y amigable”: “Anda, y en adelante no peques más”.

    El Papa Juan Pablo II en este documento “Reconciliación y Penitencia” nos dice: “Es necesario hacer a los fieles una catequesis lo más esmerada posible acerca del sacramento de la Penitencia”.





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