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Autor: Cristina Cendoya de Danel Naturaleza, virtud, sacramento, institución
Información detallada de este sacramento.
Naturaleza, virtud, sacramento, institución
Naturaleza
Penitencia en su sentido etimológico, viene del latín “poenitere”
que significa: tener pena, arrepentirse.
Cuando hablamos teológicamente, este término se
utiliza tanto para hablar de una virtud, como de un
sacramento.
Como virtud moral:
Esta virtud moral, hace que el pecador
se sienta arrepentido de los pecados cometidos, tener el propósito
de no volver a caer y hacer algo en satisfacción
por haberlos cometidos.
Cristo nos llama a la conversión y
a la penitencia, pero no con obras exteriores, sino a
la conversión del corazón, a la penitencia interior. De otro
modo, sin esta disposición interior todo sería inútil. (Cfr. Is.
1, 16-17; Mt. 6, 1-6; 16-18)
Cuando hablamos teológicamente de esta
virtud, no nos referimos únicamente a la penitencia exterior, sino
que esta reparación tiene que ir acompañada del dolor de
corazón por haber ofendido a Dios. No sería válido pedirle
perdón por una ofensa a un jefe por miedo de
perder el trabajo, sino que hay que hacerlo porque al
faltar a la caridad, hemos ofendido a Dios. (Cfr.
Catec. no. 1430 –1432)
Todos debemos de cultivar esta virtud, que
nos lleva a la conversión. Los medios para cultivar esta
virtud son: la oración, confesarse con frecuencia, asistir a la
Eucaristía – fuente de las mayores gracias -, la práctica
del sacrificio voluntario, dándole un sentido de unión con Cristo
y acercándose a María.
Como sacramento:
La virtud nos lleva a la
conversión, como sacramento es uno de los siete sacramentos instituidos
por Cristo, que perdona los pecados cometidos contra Dios -
después de haberse bautizado -, obtiene la reconciliación con la
Iglesia, a quien también se ha ofendido con el pecado,
al pedir perdón por los pecados ante un sacerdote. Esto
fue definido por el Concilio de Trento como verdad de
fe. (Cfr. L.G. 11).
A este sacramento se le llama sacramento
de “conversión”, porque responde a la llamada de Cristo a
convertirse, de volver al Padre y la lleva a cabo
sacramentalmente. Se llama de “penitencia” por el proceso de conversión
personal y de arrepentimiento y de reparación que tiene el
cristiano. También es una “confesión”, porque la persona confiesa sus
pecados ante el sacerdote, requisito indispensable para recibir la absolución
y el perdón de los pecados graves.
El nombre de “Reconciliación”
se debe a que reconcilia al pecador con el amor
del Padre. Él mismo nos habla de la necesidad de
la reconciliación. “Ve primero a reconciliarte con tu hermano”. (Mt.
5,24) (Cfr. Catec. nos. 1423 –1424).
El sacramento de la Reconciliación
o Penitencia y la virtud de la penitencia están estrechamente
ligados, para acudir al sacramento es necesaria la virtud de
la penitencia que nos lleva a tener ese sincero dolor
de corazón.
La Reconciliación es un verdadero sacramento porque en él
están presente los elementos esenciales de todo sacramento, es decir
el signo sensible, el haber sido instituido por Cristo y
porque confiere la gracia.
Este sacramento es uno de los dos
sacramentos llamados de “curación” porque sana el espíritu. Cuando el
alma está enferma debido al pecado grave, se necesita
el sacramento que le devuelva la salud, para que la
cure. Jesús perdonó los pecados del paralítico y le devolvió
la salud del cuerpo. (Cfr. Mc. 2, 1-12).
Cristo instituyó
los sacramentos y se los confió a la Iglesia –
fundada por Él – por lo tanto la Iglesia
es la depositaria de este poder, ningún hombre por sí
mismo, puede perdonar los pecados. Como en todos los sacramentos,
la gracia de Dios se recibe en la Reconciliación "ex
opere operato" – obran por la obra realizada – siendo
el ministro el intermediario. La Iglesia tiene el poder
de perdonar todos los pecados.
En los primeros tiempos del
cristianismo, se suscitaron muchas herejías respecto a los pecados. Algunos
decían que ciertos pecados no podían perdonarse, otros que cualquier
cristiano bueno y piadoso lo podía perdonar, etc. Los protestantes
fueron unos de los que más atacaron la doctrina de
la Iglesia sobre este sacramento. Por ello, El Concilio de
Trento declaró que Cristo comunicó a los apóstoles y sus
legítimos sucesores la potestad de perdonar realmente todos los pecados.
(Dz. 894 y 913)
La Iglesia, por este motivo, ha tenido
la necesidad, a través de los siglos, de manifestar su
doctrina sobre la institución de este sacramento por Cristo, basándose
en Sus obras. Preparando a los apóstoles y discípulos durante
su vida terrena, perdonando los pecados al paralítico en Cafarnaúm
(Lc. 5, 18-26), a la mujer pecadora (Lc. 7, 37-50)….
Cristo perdonaba los pecados, y además los volvía a incorporar
a la comunidad del pueblo de Dios.
El poder que
Cristo le otorgó a los apóstoles de perdonar los pecados,
implica un acto judicial (Concilio de Trento), pues el sacerdote
actúa como juez, imponiendo una sentencia y un castigo.
Sólo que en este caso, la sentencia es siempre el
perdón, sí es que el penitente ha cumplido con todos
los requisitos y tiene las debidas disposiciones. Todo lo que
ahí se lleva a cabo es en nombre y con
la autoridad de Cristo.
Solamente si alguien se niega –
deliberadamente - a acogerse la misericordia de Dios mediante el
arrepentimiento estará rechazando el perdón de los pecados y la
salvación ofrecida por el Espíritu Santo y no será perdonado.
“El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón
nunca, antes bien será reo de pecado eterno” (Mc. 3,
29. Esto es lo que llamamos el pecado contra el
Espíritu Santo. Esta actitud tan dura nos puede llevar a
la condenación eterna. (Cfr. Catec no. 1864)
Institución
Después de la Resurrección
estaban reunidos los apóstoles – con las puertas cerradas por
miedo a los judíos – se les aparece Jesús y
les dice: “La paz con vosotros. Como el Padre me
envío, también yo los envío. Dicho esto, sopló sobre ellos
y les dijo: Recibid al Espíritu Santo. A quienes perdonéis
los pecados, les quedaran perdonados; a quienes se los retengáis,
les quedan retenidos”. (Jn. 20, 21-23) Este es el momento
exacto en que Cristo instituye este sacramento. Cristo -
que nos ama inmensamente - en su infinita misericordia le
otorga a los apóstoles el poder de perdonar los pecados.
Jesús les da el mandato - a los apóstoles
- de continuar la misión para la que fue enviado;
el perdonar los pecados. No pudo hacernos un mejor regalo
que darnos la posibilidad de liberarnos del mal del pecado.
Dios
le tiene a los hombres un amor infinito, Él siempre
está dispuesto a perdonar nuestras faltas. Vemos a través de
diferentes pasajes del Evangelio como se manifiesta la misericordia de
Dios con los pecadores. (Cfr. Lc. 15, 4-7; Lc.15, 11-31).
Cristo, conociendo la debilidad humana, sabía que muchas veces nos
alejaríamos de Él por causa del pecado. Por ello, nos
dejó un sacramento muy especial que nos permite la reconciliación
con Dios. Este regalo maravilloso que nos deja Jesús, es
otra prueba más de su infinito amor.
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