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Autor: Cristina Cendoya de Danel | Fuente: Catholic.net Efectos , frutos y necesidad del Sacramento
Se vuelve a la amistad con Dios y aumenta la gracia santificante.
Efectos
El efecto principal de este sacramento es la reconciliación
con Dios. Este volver a la amistad con Él es
una “resurrección espiritual”, alcanzando, nuevamente, la dignidad de Hijos de
Dios. Esto se logra porque se recupera la gracia santificante
perdida por el pecado grave.
Aumenta la gracia santificante cuando
los pecados son veniales.
Reconcilia al pecador con la Iglesia. Por
medio del pecado se rompe la unión entre todos los
miembros del Cuerpo Místico de Cristo y el sacramento repara
o robustece la comunión entre todos. Cada vez que se
comete un pecado, la Iglesia sufre, por lo tanto, cuando
alguien acude al sacramento, se produce un efecto vivificador en
la Iglesia. (Cfr. CIC nos. 1468 – 1469).
Se recuperan las
virtudes y los méritos perdidos por el pecado grave.
Otorga la
gracia sacramental específica, que es curativa porque le devuelve la
salud al alma y además la fortalece para combatir las
tentaciones.
Necesidad
En la actualidad hay una tendencia a negar que la
Reconciliación sea el único medio para el perdón de los
pecados. Muchos piensan y afirman que se puede pedir perdón
y recibirlo sin acudir al confesionario. Esto es fruto de
una mentalidad individualista y del secularismo. La enseñanza de
la Iglesia es muy clara: Todas las personas que hayan
cometido algún pecado grave después de haber sido bautizados, necesitan
de este sacramento, pues es la única manera de recibir
el perdón de Dios. (Concilio de Trento, cfr. Dz.895).
Debido
a esto, la Iglesia dentro de sus Mandamientos establece la
obligación de confesarse cuando menos una vez al año con
el fin de facilitar el acercamiento a Dios. (Cfr. CIC
989).
Los pecados graves cometidos después del Bautismo, como se ha
dicho, hay necesidad de confesarlos. Esta necesidad fue impuesta por
Dios mismo (Jn. 20, 23). Por lo tanto, no es
posible acercarse a la Eucaristía estando en pecado grave. (Cfr.
Juan Pablo II, Reconciliatio e Paenitentia, n. 27).
Estrictamente no hay
necesidad de confesar los pecados veniales, pero es muy útil
hacerlo, por las tantas gracias que se reciben. El
acudir a la confesión con frecuencia es recomendada por la
Iglesia, con el fin de ganar mayores gracias que ayuden
a no reincidir en ellos. No debemos reducir la Reconciliación
a los pecados graves únicamente.
Frutos
Los frutos de este sacramento son
muchos:
Por este medio se perdonan todos los pecados mortales y
veniales. De esta manera a los que tenían pecados graves,
se puede decir que se les abren las puertas del
cielo.
Se recuperan todos los méritos adquiridos por las buenas obras,
perdidos al cometer un pecado grave o se aumentan si
los pecados eran veniales.
Robustece la vida espiritual, por medio de
la gracia sacramental, fortaleciendo el alma para la lucha interior
contra el pecado, así evitando el volver a caer en
lo mismo. Por ello, es tan importante la confesión
frecuente.
Se obtiene la remisión parcial de las penas temporales como
consecuencias del pecado. La Reconciliación perdona la culpa, pero queda
la pena. En caso de los pecados mortales esta pena
se convierte en temporal, en lugar de eterna y en
el caso de los pecados veniales, según las disposiciones
que se tengan se disminuyen.
Se logra paz y serenidad de
la conciencia que se encontraba inquieta por el dolor de
los pecados. Se obtiene un consuelo espiritual.
Obligaciones
Una vez confesados los
pecados hay que cumplir la penitencia. Dado que hay
que tener un propósito de enmienda, se deben hacer
los esfuerzos necesarios para no reincidir en los pecados.
Las
Indulgencias
Sabemos que todo pecado lleva una culpa y una pena.
Dijimos que la confesión perdona la culpa, pero queda
la pena que hay que expiarla de alguna manera, ya
sea en esta vida o en la otra. Las indulgencias
son un medio para la remisión de la pena temporal
debida por los pecados y que la Iglesia otorga,
siempre y cuando se cumplan unas condiciones.
Todo pecado necesita
de una purificación, ya sea aquí o después de la
muerte, en cuyo caso la purificación se lleva a cabo
en el Purgatorio.
Hay dos tipos de indulgencias: parcial o plenaria.
La primera perdona toda la pena y la segunda solo
una parte de la pena debida por los pecados.
Para poder
adquirir las indulgencias es necesario estar en estado de
gracia y cumplir con ciertos requisitos. En el caso de
la plenaria, se necesita confesar y comulgar un tiempo antes
o un tiempo después de haber realizado la acción prescrita,
y orar por las intenciones del Papa. Para lograr la
indulgencia parcial se necesita el estado de gracia y el
arrepentimiento y el realizar la obra prescrita. Si no
se cumplen con los requisitos de la plenaria o no
hay las debidas disposiciones, la indulgencia plenaria se convierte en
indulgencia parcial.
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