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Autor: Cristina Cendoya de Danel La Unción: naturaleza, institución
Confiere una gracia especial al cristiano que tiene dificultades por enfermedad o vejez
La Unción: naturaleza, institución
Naturaleza
El sacramento de la Unción de los Enfermos “tiene
como fin conferir la gracia especial al cristiano que experimenta
las dificultades inherentes al estado de enfermedad y vejez”. (Catec.
n. 1527).
Es un hecho que la enfermedad y el sufrimiento
que ellos conllevan son inherentes al hombre, no se pueden
separar de él. Esto le causa graves problemas porque el
hombre se ve impotente ante ellos y se da cuenta
de sus límites y de que es finito. Además de
que la enfermedad puede hacer que se vislumbre la muerte.
Aunque parecería, que ante la enfermedad, el ser humano se
acercaría mucho más a Dios, muchas veces el resultado es
lo contrario. Ante la angustia que provoca la enfermedad, el
miedo, la fatiga, el dolor, el hombre puede desesperarse e
inclusive se puede revelar ante Dios. Muchas veces, el estado
físico en que se encuentra el enfermo, lo lleva a
no poder hacer la oración necesaria para mantenerse unido al
Señor. En otras ocasiones, la enfermedad, cuando se le ha
dado un sentido cristiano, lleva a un acercamiento a Dios.
Sabemos
que la muerte corporal es natural, pero a través de
los ojos de la fe sabemos que la muerte es
causada por el pecado. (Cfr. Rm. 6, 23; Gn. 2,
17). Para los que mueren en gracia de Dios, es
una participación en la muerte de Cristo, lo que trae
como consecuencia el poder participar en su resurrección. (Cfr. Rm.
6, 3-9; Flp. 3, 10-11).
No olvidemos que la muerte es
el final de nuestra vida terrena. El tiempo es parte
de ella, por lo tanto vamos envejeciendo y al final,
llega la muerte. El conocer lo definitivo de la muerte,
nos debe llevar a pensar que no contamos más que
con un tiempo limitado para llevar a cabo nuestra misión
en la vida en la tierra.
En el Antiguo Testamento podemos
apreciar como el hombre vive su enfermedad de cara a
Dios, le reclama, le pide la sanación de sus males.
(Cfr. Sal.6, 3; Is. 38; Sal. 38). Es un camino
para la salvación. (Cfr. Sal.32, 5; Sal.107, 20) El
pueblo de Israel llega a hacer un vínculo entre la
enfermedad y el pecado. El profeta Isaías vislumbra que el
sufrimiento puede tener un sentido de redención. (Cfr. Is.
53, 11)
Vemos como Cristo tenía gran compasión hacia aquellos que
estaban enfermos. Él fue médico de cuerpo y alma, pues
no sólo curaba a los enfermos, además perdonaba los pecados.
Se dejaba tocar por los enfermos, ya que de Él
salía una fuerza que los curaba (Cfr. Mc. 1, 41;
3, 10; 6; 56; Lc. 6, 19). Él vino a
curar al hombre entero, cuerpo y alma. Su amor por
los enfermos sigue presente, a pesar de los siglos transcurridos.
Con frecuencia Jesús le pedía a los enfermos que creyesen,
lo que nuevamente nos pone de relieve la necesidad de
la fe. Así mismo se servía de diferentes signos para
curar. (Cfr. Mc. 2, 17; Mc. 5, 34-.36; Mc. 9,
23; Mc. 7, 32-36). En los sacramentos Jesucristo sigue tocándonos
para sanarnos, ya sea el cuerpo o el espíritu. Es
médico de alma y cuerpo.
Jesucristo no sólo se dejaba tocar,
sino que toma como suyas las miserias de los
hombres. Tomó sobre sus hombros todos nuestros males hasta llevarlo
a la muerte de Cruz. Al morir por en la
Cruz, asumiendo sobre Él mismo todos nuestros pecados, nos libera
del pecado, del cual la enfermedad es una consecuencia. A
partir de ese momento, el sufrimiento y la enfermedad tienen
un nuevo sentido, nos asemejamos más a Él y nos
hace partícipes de su Pasión. Toma un sentido redentor.
Institución
Cuando Cristo
invita a sus discípulos a seguirle, implica tomar su cruz,
haciéndoles partícipes de su vida, llena de humildad y
de pobreza. Esto los lleva a tomar una nueva visión
sobre la enfermedad y el sufrimiento y los hace participar
en su misión de curación. En Marcos 6, 13 se
nos insinúa como los apóstoles, mientras predicaban, exhortando a hacer
penitencia y expulsaban demonios, ungían a muchos enfermos con óleo.
Una vez resucitado, Cristo les dice: “que en Su nombre
……. impondrán las manos sobre los enfermos….” (Mc. 16, 17-18).
Y queda confirmado con lo que la Iglesia realiza invocando
el nombre de Jesucristo. (Hech. 9, 34; 14, 3).
Sabemos que esta santa unción fue uno de los sacramentos
instituidos por Cristo. La Iglesia manifiesta que, entre los siete
sacramentos, hay uno especial para el auxilio de los enfermos,
que los ayuda ante las tribulaciones que la enfermedad trae
con ella. Ahora bien, sabemos que ni las oraciones más
fervorosas logran la curación de todas las enfermedades y que
los sufrimientos que hay que padecer, tienen un sentido especial,
como nos lo dice San Pablo: “completo en mi carne
lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor
de su Cuerpo, que es la Iglesia”. (Col.1, 24)
Ante el
mandato de: “¡Sanad a los enfermos!” (Mt. 10, 8),
la Iglesia cumple con esta tarea tanto por los cuidados
que le da a los enfermos, como por las oraciones
de intercesión.
El Concilio Vaticano II toma como la promulgación del
sacramento, el texto de Santiago 5, 14-15, el cual nos
dice que si alguien está gravemente enfermo, llamen al sacerdote
para que ore sobre él, lo unja con óleo en
nombre del Señor. Y el Señor los salvará. En este
texto nos queda claro, que debe ser una enfermedad importante,
que los debe de llevar a cabo un presbítero, y
encontramos el signo sensible compuesto de materia y forma.
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