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1. Cómo habla Dios en nuestro interior
Gregorpaolo Stano: Diósecesis de
Oria, Italia del I año (1° Filosofía)
Santidad, durante el
primero de los dos años que dedicamos al discernimiento nos
esforzamos por escrutar a fondo nuestra persona. Es un ejercicio
arduo para nosotros, porque el lenguaje de Dios es especial
y sólo quien está atento puede captarlo entre las mil
voces que resuenan dentro de nosotros. Por eso, le pedimos
que nos ayude a comprender cómo habla Dios en concreto
y cuáles son las huellas que deja al hablarnos en
nuestro interior.
Benedicto XVI:
¿Cómo podemos discernir la voz de
Dios entre las mil voces que escuchamos cada día en
nuestro mundo? Yo diría que Dios habla con nosotros de
muchísimas maneras. Habla por medio de otras personas, por medio
de los amigos, de los padres, del párroco, de los
sacerdotes —aquí, os habla a través de los sacerdotes que
se encargan de vuestra formación, que os orientan—. Habla por
medio de los acontecimientos de nuestra vida, en los que
podemos descubrir un gesto de Dios. Habla también a través
de la naturaleza, de la creación; y, naturalmente, habla sobre
todo en su Palabra, en la sagrada Escritura, leída en
la comunión de la Iglesia y leída personalmente en conversación
con Dios.
Es importante leer la sagrada Escritura, por una
parte, de modo muy personal, y realmente, como dice san
Pablo, no como palabra de un hombre o como un
documento del pasado, como leemos a Homero o Virgilio, sino
como una palabra de Dios siempre actual, que habla conmigo.
Aprender a escuchar en un texto, que históricamente pertenece al
pasado, la palabra viva de Dios, es decir, entrar en
oración, convirtiendo así la lectura de la sagrada Escritura en
una conversación con Dios.
San Agustín dice a menudo en
sus homilías: llamé muchas veces a la puerta de esta
Palabra, hasta que pude percibir lo que Dios mismo me
decía. Por una parte, esta lectura muy personal, esta conversación
personal con Dios, en la que trato de descubrir lo
que el Señor me dice; y juntamente con esta lectura
personal, es muy importante la lectura comunitaria, porque el sujeto
vivo de la sagrada Escritura es el pueblo de Dios,
es la Iglesia.
Esta Escritura no era algo meramente privado,
de grandes escritores —aunque el Señor siempre necesita a la
persona, necesita su respuesta personal—, sino que ha crecido con
personas que estaban implicadas en el camino del pueblo de
Dios y así sus palabras son expresión de este camino,
de esta reciprocidad de la llamada de Dios y de
la respuesta humana.
Por consiguiente, el sujeto vive hoy como
vivió en aquel tiempo; la Escritura no pertenece al pasado,
dado que su sujeto, el pueblo de Dios inspirado por
Dios mismo, es siempre el mismo. Así pues, se trata
siempre de una Palabra viva en el sujeto vivo. Por
eso, es importante leer la sagrada Escritura y escuchar la
sagrada Escritura en la comunión de la Iglesia, es decir,
con todos los grandes testigos de esta Palabra, desde los
primeros Padres hasta los santos de hoy, hasta el Magisterio
de hoy.
Sobre todo en la liturgia se convierte en
una Palabra vital y viva. Por consiguiente, yo diría que
la liturgia es el lugar privilegiado donde cada uno entra
en el "nosotros" de los hijos de Dios en conversación
con Dios. Es importante: el padrenuestro comienza con las palabras
"Padre nuestro". Sólo podré encontrar al Padre si estoy insertado
en el "nosotros" de este "nuestro"; sólo escuchamos bien la
palabra de Dios dentro de este "nosotros", que es el
sujeto de la oración del padrenuestro.
Así pues, esto me
parece muy importante: la liturgia es el lugar privilegiado donde
la Palabra está viva, está presente; más aún, donde la
Palabra, el Logos, el Señor, habla con nosotros y se
pone en nuestras manos. Si nos disponemos a la escucha
del Señor en esta gran comunión de la Iglesia de
todos los tiempos, lo encontraremos.
Él nos abre la puerta
poco a poco. Por tanto, yo diría que en este
punto se concentran todos los demás: el Señor nos guía
personalmente en nuestro camino y, al mismo tiempo, vivimos en
el gran "nosotros" de la Iglesia, donde la palabra de
Dios está viva.
Luego vienen los demás puntos: escuchar a
los amigos, escuchar a los sacerdotes que nos guían, escuchar
la voz viva de la Iglesia de hoy, escuchando así
también las voces de los acontecimientos de este tiempo y
de la creación, que resultan descifrables en este contexto profundo.
Por tanto, para resumir, diría que Dios nos habla de
muchas maneras. Es importante, por una parte, estar en el
"nosotros" de la Iglesia, en el "nosotros" vivido en la
liturgia. Es importante personalizar este "nosotros" en mí mismo; es
importante estar atentos a las demás voces del Señor, dejarnos
guiar también por personas que tienen experiencia con Dios, por
decirlo así, y nos ayudan en este camino, para que
este "nosotros" se transforme en mi "nosotros", y yo, en
uno que realmente pertenece a este "nosotros". Así crece el
discernimiento y crece la amistad personal con Dios, la capacidad
de percibir, en medio de las mil voces de hoy,
la voz de Dios, que siempre está presente y siempre
habla con nosotros.
2. Puntos fundamentales en la formación para
el sacerdocio. ¿Qué lugar ocupa en ella María?
Claudio Fabbri:
Doócesis de Roma del II año (2° Filosofía)
Santo Padre,
¿cómo estaba articulada su vida durante el tiempo de formación
para el sacerdocio y cuáles eran los intereses que cultivaba?
Teniendo en cuenta su experiencia, ¿cuáles son los puntos fundamentales
de la formación para el sacerdocio? En particular, ¿qué lugar
ocupa en ella María?
Benedicto XVI: Creo que nuestra vida,
en el seminario de Freising, estaba articulada de un modo
muy semejante a vuestro horario, aunque no conozco exactamente vuestro
reglamento diario. Me parece que se comenzaba a las 6.30,
a las 7.00, con una meditación de media hora, en
la que cada uno en silencio hablaba con el Señor,
trataba de disponer su alma para la sagrada liturgia. Luego
seguía la santa misa, el desayuno y, durante la mañana,
las clases.
Por la tarde, seminarios, tiempos de estudio, y
luego de nuevo oración en común. En la noche, los
"puntos": el director espiritual o el rector del seminario, alternándose,
nos hablaban para ayudarnos a encontrar el camino de la
meditación; no nos daban una meditación ya hecha, sino elementos
que podían ayudar a cada uno a interiorizar las palabras
del Señor que serían objeto de nuestra meditación.
Así era
el itinerario de cada día. Luego, naturalmente, estaban las grandes
fiestas, con una hermosa liturgia, con música... Pero, me parece
—tal vez volveré a hablar de esto al final— que
es muy importante tener una disciplina que nos precede y
no deber inventar cada día de nuevo lo que hay
que hacer, lo que hay que vivir. Existe una regla,
una disciplina que ya me espera y me ayuda a
vivir ordenadamente este día.
Ahora bien, por lo que respecta
a mis preferencias, naturalmente seguía con atención, como podía, las
clases. En los dos primeros años, desde el inicio me
fascinó la filosofía, sobre todo la figura de san Agustín;
luego también la corriente agustiniana en la Edad Media: san
Buenaventura, los grandes franciscanos, la figura de san Francisco de
Asís.
Me impresionaba sobre todo la gran humanidad de san
Agustín, que no tuvo la posibilidad de identificarse con la
Iglesia como catecúmeno desde el inicio, sino que, por el
contrario, tuvo que luchar espiritualmente para encontrar poco a poco
el acceso a la palabra de Dios, a la vida
con Dios, hasta que pronunció el gran "sí" a su
Iglesia.
Fue un camino muy humano, donde también nosotros podemos
ver hoy cómo se comienza a entrar en contacto con
Dios, cómo hay que tomar en serio todas las resistencias
de nuestra naturaleza, canalizándolas para llegar al gran "sí" al
Señor. Así me conquistó su teología tan personal, desarrollada sobre
todo en la predicación. Esto es importante, porque al inicio
san Agustín quería vivir una vida puramente contemplativa, escribir otros
libros de filosofía..., pero el Señor no quería eso; lo
llamó a ser sacerdote y obispo; de este modo, todo
el resto de su vida, de su obra, se desarrolló
fundamentalmente en el diálogo con un pueblo muy sencillo. Por
una parte, siempre tuvo que encontrar personalmente el significado de
la Escritura; y, por otra, debía tener en cuenta la
capacidad de esa gente, su contexto vital, para llegar a
un cristianismo realista y, al mismo tiempo, muy profundo.
Naturalmente,
para mí además era muy importante la exégesis: tuvimos dos
exegetas un poco liberales, pero a pesar de ello grandes
exegetas, también realmente creyentes, que nos fascinaban. Puedo decir que,
en realidad, la sagrada Escritura era el alma de nuestro
estudio teológico: vivíamos con la sagrada Escritura y aprendíamos a
amarla, a hablar con ella. Ya he hablado de la
patrología, del encuentro con los santos Padres. También nuestro profesor
de dogmática era un persona entonces muy famosa; había alimentado
su dogmática con los Padres y con la liturgia.
Para
nosotros un punto muy central era la formación litúrgica. En
aquel tiempo no había aún cátedras de liturgia, pero nuestro
profesor de pastoral nos dirigió grandes cursos sobre liturgia y
él, en ese momento, era también rector del seminario. Así,
la liturgia vivida y celebrada iba muy unida a la
liturgia enseñada y pensada.
Juntamente con la sagrada Escritura, estos
eran los puntos más importantes de nuestra formación teológica. De
esto doy siempre gracias al Señor, porque en su conjunto
son realmente el centro de una vida sacerdotal.
Otro interés
era la literatura: era obligatorio leer a Dostoievski; era la
moda del momento. Luego estaban los grandes franceses: Claudel, Mauriac,
Bernanos; pero también la literatura alemana; teníamos una edición alemana
de Manzoni: en aquel tiempo yo no hablaba italiano. Así,
en cierto sentido, también formábamos nuestro horizonte humano. Asimismo, sentíamos
gran amor por la música, al igual que por la
belleza de la naturaleza de nuestra tierra. Con estas preferencias,
estas realidades, en un camino no siempre fácil, seguí adelante.
El Señor me ayudó a llegar hasta el "sí" del
sacerdocio, un "sí" que me ha acompañado todos los días
de mi vida.
3. Cómo responder a la vocación tan
exigente del sacerdocio, sintiendo constantemente la debilidad e incoherencia
Gianpiero Savino:
Diócesis de Taranto del III año (1° Teología)
Santidad, a
los ojos de mucha gente, podemos parecer jóvenes que dicen
con firmeza y valentía su "sí" y que lo dejan
todo para seguir al Señor; pero sabemos que estamos muy
lejos de una verdadera coherencia con ese "sí". Con confianza
de hijos, le confesamos la parcialidad de nuestra respuesta a
la llamada de Jesús y el esfuerzo diario por vivir
una vocación que nos pide dar un "sí" definitivo y
total. ¿Cómo responder a la vocación tan exigente de pastores
del pueblo de Dios, si sentimos constantemente nuestra debilidad e
incoherencia?
Benedicto XVI: Es muy saludable reconocer nuestra debilidad, porque
sabemos que necesitamos la gracia del Señor. El Señor nos
consuela. En el colegio de los Apóstoles no sólo estaba
Judas, sino también los Apóstoles buenos. A pesar de eso,
Pedro cayó. El Señor reprocha muchas veces la lentitud, la
cerrazón del corazón de los Apóstoles, la poca fe que
tenían. Por tanto, eso nos demuestra que ninguno de nosotros
está plenamente a la altura de este gran "sí", a
la altura de celebrar "in persona Christi", de vivir coherentemente
en este contexto, de estar unido a Cristo en su
misión de sacerdote.
Para nuestro consuelo, el Señor nos dio
también las parábolas de la red con peces buenos y
malos, del campo donde crece el trigo pero también la
cizaña. Nos explica que vino precisamente para ayudarnos en nuestra
debilidad; que no vino, como dice, para llamar a los
justos, a los que se creen ya plenamente justos, a
los que creen que no necesitan la gracia, a los
que oran alabándose a sí mismos, sino que vino a
llamar a los que se saben débiles, a los que
son conscientes de que cada día necesitan el perdón del
Señor, su gracia, para seguir adelante.
Me parece muy importante
reconocer que necesitamos una conversión permanente, que no hemos llegado
a la meta. San Agustín, en el momento de su
conversión, pensaba que ya había llegado a la cumbre de
la vida con Dios, de la belleza del sol, que
es su Palabra. Luego comprendió que también el camino posterior
a la conversión sigue siendo un camino de conversión, que
sigue siendo un camino donde no faltan las grandes perspectivas,
las alegrías, las luces del Señor, pero donde tampoco faltan
valles oscuros, donde debemos seguir adelante con confianza apoyándonos en
la bondad del Señor.
Por eso, es importante también el
sacramento de la Reconciliación. No es correcto pensar que en
nuestra vida no tenemos necesidad de perdón. Debemos aceptar nuestra
fragilidad, permaneciendo en el camino, siguiendo adelante sin rendirnos, y
mediante el sacramento de la Reconciliación convirtiéndonos constantemente para volver
a comenzar, creciendo, madurando para el Señor, en nuestra comunión
con él.
Naturalmente, también es importante no aislarse, no pensar
que podemos ir adelante nosotros solos. Necesitamos la compañía de
sacerdotes amigos, también de laicos amigos, que nos acompañen, que
nos ayuden. Es muy importante para un sacerdote en la
parroquia ver cómo la gente tiene confianza en él y
experimentar, además de su confianza, su generosidad al perdonar sus
debilidades. Los verdaderos amigos nos desafían y nos ayudan a
ser fieles en este camino. Me parece que esta actitud
de paciencia, de humildad, nos puede ayudar a ser buenos
con los demás, a tener comprensión ante las debilidades de
los demás, a ayudarles también a ellos a perdonar como
nosotros perdonamos.
Creo que no soy indiscreto si digo que
hoy he recibido una hermosa carta del cardenal Martini, agradeciendo
la felicitación que le envié con ocasión de su 80°
cumpleaños; somos coetáneos. Expresando su agradecimiento, dice: sobre todo doy
gracias al Señor por el don de la perseverancia. Hoy
—escribe— incluso el bien se hace por lo general ad
tempus, ad experimentum. El bien, según su esencia, sólo se
puede hacer de modo definitivo, pero para hacerlo de modo
definitivo necesitamos la gracia de la perseverancia. Pido cada día
al Señor —concluye— que me dé esta gracia.
Vuelvo a
san Agustín: al inicio estaba contento de la gracia de
la conversión. Luego descubrió que necesitaba otra gracia, la gracia
de la perseverancia, que debemos pedir cada día al Señor.
Pero, volviendo a las palabras del cardenal Martini, "hasta ahora
el Señor me ha dado esta gracia de la perseverancia;
espero que me la dé también para esta última etapa
de mi camino en esta tierra". Me parece que debemos
confiar en este don de la perseverancia, pero que también
debemos orar al Señor con tenacidad, con humildad y con
paciencia, para que nos ayude y nos sostenga con el
don de la perseverancia final, para que nos acompañe cada
día hasta el final, aunque el camino pase por un
valle oscuro. El don de la perseverancia nos da alegría,
nos da la certeza de que somos amados por el
Señor y que este amor nos sostiene, nos ayuda y
no nos abandona en nuestras debilidades. Nuestro verdadero tesoro es
el amor del Señor.
4. Cómo afrontar el peligro de buscar
conseguir una buena posición mediante la Iglesia
Dimov Koicio: Diócesis de
Nicópolis ad Istrum (Bulgaria) IV año (2° Teología)
Santo Padre,
usted, comentando el vía crucis del año 2005, habló de
la suciedad que hay en la Iglesia; y en la
homilía de la misa de ordenación de sacerdotes romanos del
año pasado nos puso en guardia contra el peligro "de
buscar hacer carrera, de tratar de subir más alto, de
esforzarse por conseguir una buena posición mediante la Iglesia". ¿Cómo
afrontar estos problemas del modo más sereno y responsable posible?
Benedicto XVI: No es fácil responder a esta pregunta, pero
ya he dicho —y es un punto importante— que el
Señor sabe, sabía desde el inicio, que en la Iglesia
también hay pecado. Para nuestra humildad es importante reconocer esto
y no sólo ver el pecado en los demás, en
las estructuras, en los altos cargos jerárquicos, sino también en
nosotros mismos, para ser así más humildes y aprender que
ante el Señor no cuenta la posición eclesial, sino estar
en su amor y hacer resplandecer su amor.
Personalmente considero
que, en este punto, es muy importante la oración de
san Ignacio, que dice: "Suscipe, Domine, universam meam libertatem. Accipe
memoriam, intellectum atque voluntatem omnem. Quidquid habeo vel possideo mihi
largitus es; id tibi totum restituo, ac tuae prorsus voluntati
trado gubernandum. Amorem tui solum cum gratia tua mihi dones,
et dives sum satis, nec aliud quidquam ultra posco". (Toma
mi Señor, y recibe mi libertad, mi memoria, mi entendimiento
y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer.
Tú me lo diste, a Ti, Señor, lo torno; todo
es tuyo; dispón de ello conforme a tu voluntad. Dame
tu amor y gracia, que esto me basta)
Precisamente esta última
parte me parece muy importante: comprender que el verdadero tesoro
de nuestra vida es estar en el amor del Señor
y no perder nunca este amor. Luego somos realmente ricos.
Un hombre que ha encontrado un gran amor se siente
realmente rico y sabe que esta es la verdadera perla,
que este es el tesoro de su vida y no
todas las demás cosas que posee.
Nosotros hemos encontrado, más
aún, hemos sido encontrados por el amor del Señor, y
cuanto más nos dejemos tocar por su amor en la
vida sacramental, en la vida de oración, en la vida
de trabajo, en el tiempo libre, tanto más podemos comprender
que, si hemos encontrado la verdadera perla, todo lo demás
no cuenta, todo lo demás sólo es importante en la
medida en que el amor del Señor me atribuye esas
cosas. Con este amor yo soy rico, soy realmente rico,
y estoy en una posición elevada. Encontremos aquí el centro
de la vida, la riqueza. Luego dejémonos guiar, dejemos que
la Providencia decida qué hace con nosotros.
Al respecto, me
viene a la mente una anécdota de santa Bakhita, la
gran santa africana, que era esclava en Sudán y luego
en Italia encontró la fe y se hizo religiosa. Cuando
ya era anciana, el obispo visitaba su monasterio, su casa
religiosa, y no la conocía. Al ver a esta pequeña
religiosa africana, ya encorvada, le dijo: "Pero, ¿qué hace usted,
hermana?". Bakhita le respondió: "Yo hago lo mismo que usted
excelencia". El obispo admirado preguntó: "¿Qué cosa?". Y Bakhita le
contestó: "Excelencia, los dos hacemos lo mismo, hacemos la voluntad
de Dios".
Me parece una respuesta hermosísima. El obispo y
la pequeña religiosa, que ya casi no podía trabajar, hacían
lo mismo, en posiciones diversas: trataban de hacer la voluntad
de Dios, y así estaban cada uno en el lugar
debido.
También me vienen a la mente unas palabras de
san Agustín, que dice: Todos somos siempre sólo discípulos de
Cristo y su cátedra está en un lugar más alto,
porque esta cátedra es la cruz, y esta altura es
la verdadera altura, la comunión con el Señor, también en
su pasión. Me parece que, si comenzamos a entender esto,
en una vida de oración diaria, en una vida de
entrega al servicio del Señor, podemos librarnos de esas tentaciones
tan humanas.
5. Sacerdote, testigo del sentido cristiano del sufrimiento
Francesco Annesi: Diócesis de Roma del V año (3° Teología)
Santidad, la carta apostólica "Salvifici doloris" del Papa Juan Pablo
II pone de relieve que el sufrimiento es fuente de
riqueza espiritual para todos los que lo aceptan en unión
con los sufrimientos de Cristo. En un mundo que busca
todos los medios, lícitos e ilícitos, para eliminar cualquier forma
de dolor, ¿cómo puede el sacerdote ser testigo del sentido
cristiano del sufrimiento y cómo debe comportarse ante quienes sufren,
sin resultar retórico o patético?
Benedicto XVI: ¿Qué hacer? Debemos
reconocer que conviene tratar de hacer todo lo posible para
mitigar los sufrimientos de la humanidad y para ayudar a
las personas que sufren —son numerosas en el mundo— a
llevar una vida buena y a librarse de los males
que a menudo causamos nosotros mismos: el hambre, las epidemias,
etc.
Pero, reconociendo este deber de trabajar contra los sufrimientos
causados por nosotros mismos, al mismo tiempo debemos reconocer también
y comprender que el sufrimiento es un elemento esencial para
nuestra maduración humana. Pienso en la parábola del Señor sobre
el grano de trigo que cae en tierra y que
sólo así, muriendo, puede dar fruto. Este caer en tierra
y morir no sucede en un momento, es un proceso
de toda la vida.
Cayendo en tierra como el grano
de trigo y muriendo, transformándonos, somos instrumentos de Dios y
así damos fruto. No por casualidad el Señor dice a
sus discípulos: el Hijo del hombre debe ir a Jerusalén
para sufrir; por eso, quien quiera ser mi discípulo, debe
tomar su cruz sobre sus hombros y así seguirme. En
realidad, nosotros somos siempre, un poco, como san Pedro, el
cual dijo al Señor: No, Señor, este no puede ser
tu caso, tú no debes sufrir. Nosotros no queremos llevar
la cruz. Queremos crear un reino más humano, más hermoso
en la tierra.
Eso es un gran error. El Señor
lo enseña. Pero Pedro necesitó mucho tiempo, tal vez toda
su vida, para entenderlo. Porque la leyenda del Quo vadis?
encierra una gran verdad: aprender que precisamente llevar la cruz
del Señor es el modo de dar fruto. Así pues,
yo diría que antes de hablar a los demás, nosotros
mismos debemos comprender el misterio de la cruz.
Ciertamente, el
cristianismo nos da la alegría, porque el amor da alegría.
Pero el amor es siempre un proceso en el que
hay que perderse, en el que hay que salir de
sí mismo. En este sentido, también es un proceso doloroso.
Sólo así es hermoso y nos hace madurar y llegar
a la verdadera alegría. Quien quiere afirmar o quien promete
sólo una vida alegre y cómoda, miente, porque esta no
es la verdad del hombre. La consecuencia es que luego
se debe huir a paraísos falsos. Precisamente así no se
llega a la alegría, sino a la autodestrucción.
Sí, el
cristianismo nos anuncia la alegría; pero esta alegría sólo crece
en el camino del amor y este camino del amor
guarda relación con la cruz, con la comunión con Cristo
crucificado. Y está representada por el grano de trigo que
cae en tierra. Cuando comencemos a comprender y a aceptar
esto, cada día, porque cada día nos trae alguna insatisfacción,
alguna dificultad que también produce dolor, cuando aceptemos esta escuela
del seguimiento de Cristo, como los Apóstoles tuvieron que aprender
en esta escuela, entonces también seremos capaces de ayudar a
los que sufren.
Es verdad, siempre resulta problemático que uno
que tiene buena salud o está en buena condición trate
de consolar a otro que está afectado por un gran
mal, sea enfermedad, sea pérdida de amor. Ante estos males,
que conocemos todos, casi inevitablemente todo parece sólo retórico y
patético. Pero yo diría que, si estas personas pueden percibir
que nosotros tenemos com-pasión, que somos com-pacientes, que queremos llevar
juntamente con ellos la cruz en comunión con Cristo, sobre
todo orando con ellos, asistiéndolos con un silencio lleno de
simpatía, de amor, ayudándoles en la medida de nuestras posibilidades,
podemos resultar creíbles.
Debemos aceptar que, tal vez en un
primer momento, nuestras palabras parezcan sólo palabras. Pero si vivimos
realmente con este espíritu del seguimiento de Jesús, también encontraremos
la manera de estar cerca de ellos con nuestra simpatía.
Simpatía etimológicamente quiere decir com-pasión por el hombre, ayudándolo, orando,
creando así la confianza en que la bondad del Señor
existe incluso en el valle más oscuro. Así podemos abrirles
el corazón para el Evangelio de Cristo mismo, que es
el verdadero Consolador; abrirles el corazón para el Espíritu Santo,
llamado el otro Consolador, el otro Paráclito, que asiste, que
está presente.
Podemos abrirles el corazón no para nuestras palabras,
sino para la gran enseñanza de Cristo, para su estar
con nosotros, ayudándoles para que el sufrimiento y el dolor
se transformen de verdad en gracia de maduración, de comunión
con Cristo crucificado y resucitado.
6. Consejos para vivir lo
mejor posible el inicio del ministerio presbiteral
Marco Ceccarelli: Diócesis de
Roma, diácono (será ordenado sacerdote el próximo 29 de abril)
Santidad, en los próximos meses mis compañeros y yo seremos
ordenados sacerdotes. Pasaremos de una vida bien estructurada por las
reglas del seminario a la situación mucho más compleja de
nuestras parroquias. ¿Qué consejos nos da para vivir lo mejor
posible el inicio de nuestro ministerio presbiteral?
Benedicto XVI: Aquí
en el seminario tenéis una vida bien articulada. Yo diría,
como primer punto, que también en la vida de los
pastores de la Iglesia, en la vida diaria del sacerdote,
es importante conservar, en la medida de lo posible, un
cierto orden: que nunca falte la misa; sin la Eucaristía
un día es incompleto; por eso, crecemos ya en el
seminario con esta liturgia diaria. Me parece muy importante que
sintamos la necesidad de estar con el Señor en la
Eucaristía, que no sea un deber profesional, sino que sea
realmente un deber sentido interiormente, que nunca falte la Eucaristía.
El otro punto importante es tomar tiempo para la liturgia
de la Horas, y así para esta libertad interior: con
todas las cargas que llevamos, esta liturgia nos libera y
nos ayuda también a estar más abiertos, a estar en
contacto más profundo con el Señor. Naturalmente, debemos hacer todo
lo que exige la vida pastoral, la vida de un
vicario parroquial, de un párroco o de los demás oficios
sacerdotales. Pero no conviene olvidar nunca estos puntos fijos, que
son la Eucaristía y la liturgia de las Horas, para
tener durante el día cierto orden, pues, como dije al
inicio, no debemos estar inventando cada día. Hemos aprendido: "Serva
ordinem et ordo servabit te". Esas palabras encierran una gran
verdad.
Asimismo, es importante no descuidar la comunión con los
demás sacerdotes, con los compañeros de camino; y no descuidar
el contacto personal con la palabra de Dios, la meditación.
¿Qué hacer? Yo tengo una receta bastante sencilla: combinar la
preparación de la homilía dominical con la meditación personal, para
lograr que estas palabras no sólo estén dirigidas a los
demás, sino que realmente sean palabras dichas por el Señor
a mí mismo, y maduradas en una conversación personal con
el Señor. Para que esto sea posible, mi consejo consiste
en comenzar ya el lunes, porque si se comienza el
sábado es demasiado tarde: así la preparación resulta apresurada, y
tal vez falte la inspiración, porque hay otras cosas en
la cabeza. Por eso, ya el lunes conviene leer sencillamente
las lecturas del domingo siguiente, que tal vez parecen inaccesibles,
como las piedras de Massá y Meribá, ante las cuales
Moisés dice: "Pero, ¿cómo puede brotar agua de estas piedras?".
Dejemos que el corazón digiera estas lecturas. En el subconsciente
las palabras trabajan y cada día vuelven un poco. Obviamente,
también hay que consultar libros, si es posible. Con este
trabajo interior, día tras día, se ve cómo poco a
poco va madurando una respuesta, poco a poco se abre
esta palabra, se convierte en palabra para mí. Y dado
que soy un contemporáneo, también se convierte en palabra para
los demás. Luego puedo comenzar a traducir lo que veo
en mi lenguaje teológico al lenguaje de los demás; sin
embargo, el pensamiento fundamental es el mismo para los demás
y para mí.
Así se puede tener un encuentro permanente,
silencioso, con la Palabra, que no requiere mucho tiempo, tiempo
que tal vez no tenemos. Pero reservadle un poco de
tiempo: así no sólo madura una homilía para el domingo,
para los demás, sino que también nuestro propio corazón es
tocado por la palabra del Señor. Permanezcamos en contacto también
en una situación donde tal vez disponemos de poco tiempo.
Ahora no me atrevo a dar demasiados consejos, porque la
vida en la gran ciudad de Roma es un poco
diversa de la que yo viví hace cincuenta y cinco
años en Baviera. Pero creo que lo esencial es precisamente
esto: Eucaristía, liturgia de las Horas, oración y conversación con
el Señor cada día, aunque sea breve, sobre sus Palabras
que debo anunciar.
No hay que descuidar nunca la amistad
con los sacerdotes, la escucha de la voz de la
Iglesia viva y, naturalmente, la disponibilidad con respecto a las
personas que nos han sido encomendadas, porque precisamente de estas
personas, con sus sufrimientos, con sus experiencias de fe, con
sus dudas y dificultades, podemos aprender a buscar y encontrar
a Dios, encontrar a nuestro Señor Jesucristo.
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