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Autor: Cristina Cendoya de Danel El Padre llama a la Vida Eterna
Mensaje del Santo Padre por las Vocaciones.
MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA XXXVI JORNADA MUNDIAL DE
ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
"El Padre llama a la Vida Eterna" 1
de octubre de 1998
La celebración de la Jornada Mundial de Oración
por las Vocaciones, programada para el 25 de abril de
1999, cuarto domingo de Pascua, constituye un anual reclamo a
considerar con atención un aspecto fundamental de la vida de
la Iglesia: la llamada al ministerio sacerdotal y a la
vida consagrada.
En el camino de preparación al Gran Jubileo, el
año 1999 abre "los horizontes del creyente según la visión
misma de Cristo: la visión del "Padre celestial" (cfr Mt
5,45)" (Tertio millennio adveniente, 49) e invita a reflexionar sobre
la vocación que constituye el verdadero horizonte de cada corazón
humano: la vida eterna. Propiamente en esta luz se revela
toda la importancia de las vocaciones al sacerdocio y a
la vida consagrada con las cuales el Padre celestial, de
quien "viene toda dádiva perfecta y todo don perfecto" (Sant
1, 17), continúa enriqueciendo a su Iglesia.
Un himno de alabanza
brota espontáneo del corazón: "Bendito sea Dios, Padre del Señor
nuestro Jesucristo" (Ef 1,3) por el don, también en este
siglo que está llegando a su fin, de numerosas vocaciones
al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada en sus
diversas formas.
Dios continúa manifestándose Padre a través de hombres y
de mujeres que, impulsados por la fuerza del Espíritu Santo,
testimonian con la palabra y con las obras, e incluso
con el martirio, su entrega sin reservas al servicio de
los hermanos. Mediante el ministerio ordenado de Obispos, presbíteros y
diáconos, él ofrece garantía permanente de la presencia sacramental de
Cristo Redentor (cfr Christifideles laici,22), haciendo crecer la Iglesia, gracias
a su específico servicio, en la unidad de un solo
cuerpo y en la variedad de vocaciones, ministerios y carismas.
El
ha derramado abundantemente el Espíritu en sus hijos de adopción,
poniendo de manifiesto en las diversas formas de vida consagrada
su amor de Padre, que quiere abarcar la humanidad entera.
Es un amor, el suyo, que espera con paciencia y
acoge con gozo a quien se ha alejado; que educa
y corrige; que sacia el hambre de amor de cada
persona. El continúa mostrando horizontes de vida eterna que abren
el corazón a la esperanza, aun a pesar de las
dificultades, del dolor y de la muerte, especialmente por medio
de cuantos han abandonado todo por seguir a Cristo, consagrándose
enteramente a la realización del Reino.
En este 1999 dedicado al
Padre celestial, quisiera invitar a todos los fieles a reflexionar
sobre las vocaciones al ministerio ordenado y a la vida
consagrada, siguiendo los pasos de la oración que Jesús mismo
nos enseñó, el "Padre nuestro".
1 "Padre nuestro, que estás en
el cielo"
Invocar a Dios como Padre significa reconocer que su
amor es el manantial de la vida. En el Padre
celestial el hombre, llamado a ser su hijo descubre "haber
sido elegido antes de la constitución del mundo, para ser
santo e irreprensible en su presencia por la caridad" (Ef,
1,4). El Concilio Vaticano 11 recuerda que "Cristo... en la
misma revelación del misterio del Padre y de su amor,
manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre
la sublimidad de su vocación" (Gaudium et spes, 22). Para
la persona humana la fidelidad a Dios es garantía de
fidelidad a sí mismo y, de esta manera, de plena
realización del propio proyecto de vida.
Toda vocación tiene su raíz
en el Bautismo, cuando el cristiano, "renacido por el agua
y por el Espíritu" (Lc 3,5) participa del acontecimiento de
gracia que a las orillas del río Jordán manifestó a
Jesús como "hijo predilecto" en el que el Padre se
había complacido (Lc 3,22). En el Bautismo radica, para toda
vocación, el manantial de la verdadera fecundidad. Es necesario, por
tanto, que se preste especial atención para iniciar a los
catecúmenos y a los pequeños en el redescubrimiento del Bautismo,
y conseguir establecer una auténtica relación filial con Dios.
2 "Santificado
sea tu nombre"
La vocación a ser "santos, porque él es
santo" (!,,v 11,44) se lleva a cabo cuando se reconoce
a Dios el puesto que le corresponde. En nuestro tiempo,
secularizado y también fascinado Por la búsqueda de lo sagrado,
hay especial necesidad de santos que, viviendo intensamente el primado
de Dios en su vida, hagan perceptible su presencia amorosa
y providente.
La santidad, don que se debe pedir continuamente, constituye
la respuesta más preciosa y eficaz al hambre de esperanza
y de vida del mundo contemporáneo. La humanidad necesita presbíteros
santos y almas consagradas que vivan diariamente la entrega total
de sí a Dios y al prójimo; padres y madres
capaces de testimoniar dentro de los muros domésticos la gracia
del sacramento del matrimonio, despertando en cuantos se les aproximan
el deseo de realizar el proyecto del Creador sobre la
familia; jóvenes que hayan descubierto personalmente a Cristo y quedado
tan fascinados por él como para apasionar a sus coetáneos
por la causa del Evangelio.
3. "Venga a nosotros tu Reino"
La
santidad remite al "Reino de Dios", que Jesús representó simbólicamente
en el grande y gozoso banquete propuesto a todos, pero
destinado sólo a quien acepta llevar la "vestidura nupcial" de
la gracia.
La invocación "venga tu Reino" llama a la conversión
y recuerda que la jornada terrena del hombre debe estar
marcada por la búsqueda del reino de Dios antes y
por encima de cualquier otra cosa. Es una invocación que
invita a dejar el mundo de las palabras que se
esfuman para asumir generosamente, a pesar de cualquier dificultad y
oposición, los compromisos a los que el Señor llama.
Pedir al
Señor "venga tu Reino" conlleva, además, considerar la casa del
Padre como propia morada, viviendo y actuando según el estilo
del Evangelio y amando en el Espíritu de Jesús; significa,
al mismo tiempo, descubrir que el Reino es una "semilla
pequeña" dotada de una insospechable plenitud de vida, pero expuesta
continuamente al riesgo de ser rechazada y pisoteada.
Que cuantos son
llamados al sacerdocio o a la vida consagrada acojan con
generosa disponibilidad la semilla de la vocación que Dios ha
depositado en su corazón. Atrayéndoles a seguir a Cristo con
corazón indiviso, el Padre les invita a ser apóstoles alegres
y libres del Reino. En la respuesta generosa a la
invitación, ellos encontrarán aquella felicidad verdadera a la que aspira
su corazón.
4. "Hágase tu voluntad´
Jesús dijo: "Mi alimento es hacer
la voluntad del que me envió y acabar su obra"
(Jn, 4,34). Con estas palabras, él revela que el proyecto
personal de la vida está escrito por un benévolo designio
del Padre. Para descubrirlo es necesario renunciar a una interpretación
demasiado terrena de la vida, y poner en Dios el
fundamento y el sentido de la propia existencia. La vocación
es ante todo don de Dios: no es escoger, sino
ser escogido; es respuesta a un amor que precede y
acompaña. Para quien se hace dócil a la voluntad del
Señor la vida llega a ser un bien recibido, que
tiende por su naturaleza a transformarse en ofrenda y don.
5.
"Danos hoy nuestro pan de cada día"
Jesús hizo de la
voluntad del Padre su alimento diario (cfr Jn, 4,34), e
invitó a los suyos a gustar aquel pan que sacia
el hambre del espíritu: el pan de la Palabra y
de la Eucaristía.
A ejemplo de María, es preciso aprender a
educar el corazón a la esperanza, abriéndolo a aquel "imposible"
de Dios, que hace exultar de gozo y de agradecimiento.
Para aquellos que responden generosamente a la invitación del Señor,
los acontecimientos agradables y dolorosos de la vida llegan a
ser, de esta manera, motivo de coloquio confiado con el
Padre, y ocasión de continuo descubrimiento de la propia identidad
de hijos predilectos llamados a participar con un papel propio
y específico en la gran obra de salvación del mundo,
comenzada por Cristo y confiada ahora a su Iglesia.
6. "Perdona
nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos
ofenden"
El perdón y la reconciliación son el gran don que
ha hecho irrupción en el mundo desde el momento en que
Jesús, enviado por el Padre, declaró abierto "el año de
gracia del Señor" (Lc 4,19).El se hizo "amigo de los
pecadores" (Mt 11, 19), dio su vida "para la remisión
de los pecados" (Mt 26,28) y, por fin, envió a
sus discípulos al último confín de la tierra para anunciar
la penitencia y el perdón.
Conociendo la fragilidad humana, Dios preparó
para el hombre el camino de la misericordia y del
perdón como experiencia que compartir -se es perdonado si se
perdona para que aparezcan en la vida renovada por la
gracia los rasgos auténticos de los verdaderos hijos del único
Padre celestial.
7. "No nos dejes en la tentación, y líbranos
del mal"
La vida cristiana es un proceso constante de liberación
del mal y del pecado. Por el sacramento de la
Reconciliación el poder de Dios y su santidad se comunican
como fuerza nueva que conduce a la libertad de amar,
haciendo triunfar el bien.
La lucha contra el mal, que Cristo
libró decididamente, está hoy confiada a la Iglesia y a
cada cristiano, según la vocación, el carisma y el ministerio
de cada uno. Un rol fundamental está reservado a cuantos
han sido elegidos al ministerio ordenado: obispos, presbíteros y diáconos.
Pero un insustituible y específico aporte es ofrecido también por
los Institutos de vida consagrada, cuyos miembros "hacen visible, en
su consagración y total entrega, la presencia amorosa y salvadora
de Cristo, el consagrado del Padre, enviado en misión" Vita
consecrata, 76). ¿Cómo no subrayar que la promoción de las
vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada debe
llegar a ser compromiso armónico de toda la Iglesia y
de cada uno de los creyentes? A éstos manda el
Señor: "Rogad al Dueño de la mies para que envíe
obreros a su mies" (Lc, 10,2). Conscientes de esto, nos
dirigimos unidos en la oración al Padre celestial, dador de
todo bien:
8. Padre bueno, en Cristo tu Hijo nos revelas
tu amor, nos abrazas como a tus hijos y nos
ofreces la posibilidad de descubrir en tu voluntad los rasgos
de nuestro verdadero rostro.
Padre santo, Tú nos llamas a ser
santos como tú eres santo. Te pedimos que nunca falten
a tu Iglesia ministros y apóstoles santos que, con la
palabra y los sacramentos, preparen el camino para el encuentro
contigo.
Padre misericordioso da a la humanidad descarriada hombres y mujeres
que, con el testimonio de una vida transfigurada a imagen
de tu Hijo, caminen alegremente con todos los demás hermanos
y hermanas hacia la patria celestial.
Padre nuestro, con la voz
de tu Espíritu Santo, y confiando en la materna intercesión
de María, te pedimos ardientemente: manda a tu Iglesia sacerdotes,
que sean valientes testimonios de tu infinita bondad. ¡Amén!
En el
Vaticano, 1 de octubre de 1998, memoria de Santa Teresa
del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia.
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