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Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net La humanidad en camino hacia el Padre
Catequesis de S.S. Juan Pablo II. Acerca de la perspectiva escatológica, o sea, en la meta final de la historia humana.
La humanidad en camino hacia el Padre
1. El tema sobre el que estamos reflexionando es en
el camino de la humanidad hacia el Padre, nos sugiere
meditar en la perspectiva escatológica, o sea, en la meta
final de la historia humana. Especialmente en nuestro tiempo todo
procede con increíble velocidad, tanto por los progresos de la
ciencia y de la técnica como por el influjo de
los medios de comunicación social. Por eso, surge espontáneamente la
pregunta: ¿cuál es el destino y la meta final de
la humanidad? A este interrogante da una respuesta específica la
palabra de Dios, que nos presenta el designio de salvación
que el Padre lleva a cabo en la historia por
medio de Cristo y con la obra del Espíritu.
En el
Antiguo Testamento es fundamental la referencia al Exodo, con su
orientación hacia la entrada en la Tierra prometida. El Éxodo
no es solamente un acontecimiento histórico, sino también la revelación
de una actividad salvífica de Dios, que se realizará progresivamente,
como los profetas se encargan de mostrar, iluminando el presente
y el futuro de Israel.
2. En el tiempo del exilio,
los profetas anuncian un nuevo Exodo, un regreso a la
Tierra prometida. Con este renovado don de la tierra Dios
no sólo reunirá a su pueblo disperso entre las naciones;
también transformará a cada uno en su corazón, o sea,
en su capacidad de conocer, amar y obrar: «Yo les
daré un nuevo corazón y pondré en ellos un espíritu
nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y
les daré un corazón de carne, para que caminen según
mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica
y así sean mi pueblo y yo sea su Dios»
(Ez 11, 19-20; cf. 36, 26-28).
El pueblo, esforzándose por cumplir
las normas establecidas en la alianza, podrá habitar en un
ambiente parecido al que salió de las manos de Dios
en el momento de la creación: «Esta tierra, hasta ahora
devastada, se ha hecho como jardín de Edén, y las
ciudades en ruinas, devastadas y demolidas, están de nuevo fortificadas
y habitadas» (Ez 36, 35). Se tratará de una alianza
nueva, concretada en la observancia de una ley escrita en
el corazón (cf. Jr 31, 31-34).
Luego la perspectiva se ensancha
y se anuncia la promesa de una nueva tierra. La
meta final es una nueva Jerusalén, en la que ya
no habrá aflicción, como leemos en el libro de Isaías:
«He aquí que yo creo cielos nuevos y tierra nueva
(...). He aquí que yo voy a crear para Jerusalén
alegría, y para su pueblo gozo. Y será Jerusalén mi
alegría, y mi pueblo mi gozo, y no se oirán
más en ella llantos ni lamentaciones» (Is 65, 17-19).
3. El
Apocalipsis recoge esta visión. San Juan escribe: «Luego vi un
cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo
y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe
ya. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que
bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una
novia ataviada para su esposo» (Ap 21, 1-2).
El paso a
este estado de nueva creación exige un compromiso de santidad,
que el Nuevo Testamento revestirá de un radicalismo absoluto, como
se lee en la segunda carta de san Pedro: «Puesto
que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene
que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad,
esperando y acelerando la venida del día de Dios, en
el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los
elementos, abrasados se fundirán? Pero esperamos, según nos lo tiene
prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite
la justicia» (2 Pe, 11-13).
4. La resurrección de Cristo, su
ascensión y el anuncio de su regreso abrieron nuevas perspectivas
escatológicas. En el discurso pronunciado al final de la cena,
Jesús dijo: «Voy a prepararos un lugar. Y cuando haya
ido y os haya preparado un lugar, volveré y os
tomare conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros»
(Jn 14, 2-3). Y san Pablo escribió a los Tesalonicenses:
«El Señor mismo, a la orden dada por la voz
de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará
del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en
primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos,
seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del
Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el
Señor» (1 Ts 4, 16-17).
No se nos ha informado de
la fecha de este acontecimiento final. Es preciso tener paciencia,
a la espera de Jesús resucitado, que, cuando los Apóstoles
le preguntaron si estaba a punto de restablecer el reino
de Israel, respondió invitándolos a la predicación y al testimonio:
«A vosotros no os toca conocer el tiempo y el
momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino
que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre
vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea
y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch
1, 7-8).
5. La tensión hacia el acontecimiento hay que vivirla
con serena esperanza, comprometiéndose en el tiempo presente en la
construcción del reino que al final Cristo entregará al Padre:
«Luego, vendrá el fin, cuando entregue a Dios Padre el
reino, después de haber destruido todo principado, dominación y potestad»
(1 Co 15, 24). Con Cristo, vencedor sobre las potestades
adversarias, también nosotros participaremos en la nueva creación, la cual
consistirá en una vuelta definitiva de todo a Aquel del
que todo procede. «Cuando hayan sido sometidas a él todas
las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel
que ha sometido a él todas las cosas, para que
Dios sea todo en todos» (1 Co 15, 28).
Por tanto,
debemos estar convencidos de que «somos ciudadanos del cielo, de
donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo» (Flp 3, 20).
Aquí abajo no tenemos una ciudad permanente (cf. Hb 13,
14). Al ser peregrinos, en busca de una morada definitiva,
debemos aspirar, como nuestros padres en la fe, a una
patria mejor, «es decir. a la celestial» (Hb 11, 16).
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