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«Mis días se van río abajo, salidos de mí hacia
el mar, como las ondas iguales y distintas de la
corriente de mi vida: sangres y sueños. Pero yo, río
en conciencia, sé que siempre me estoy volviendo a mi
fuente» Cómo será el Cielo
«Ni ojo vio, ni oído oyó,
ni pasó por pensamiento de hombre cuáles cosas tiene Dios
preparadas para los que le aman». Sabemos que supera toda
posible imaginación, porque la generosidad de Dios y su poder
son infinitos. «Sabemos que si esta nuestra casa terrestre se
desmorona, tenemos habitación de Dios en los Cielos»; porque «esta
es la promesa que Él mismo nos ha hecho: la
vida eterna».
Dios mismo, que nos ha creado con un
ansia hondísima de vivir siempre, nos asegura que, en efecto,
más allá del tiempo -breve en todo caso- nos espera
la eterna plenitud del gozo: «Sé fiel hasta la muerte
y te daré la corona de la vida».
Es claro
que todo hombre tendrá vida eterna. Pero cuando en la
Escritura Santa se habla de «vida eterna», se refiere sólo
a la de los bienaventurados, porque la otra, la de
los que se autocondenen a la lejanía de Dios, más
que vida, será lo suyo una agonía interminable.
«Queridísimos -escribe
San Juan-, nosotros somos ahora hijos de Dios, mas lo
que seremos algún día no aparece aún. Sabemos que cuando
se manifieste Jesucristo, seremos semejantes a Él, porque le veremos
como Él es». No como al través de velos o
sombras, sino en Sí mismo. Seremos semejantes al Jesús del
Tabor. Endiosados, extasiados, contemplaremos y viviremos en el torrente inefable
de Amor que es Dios. Escucharemos el diálogo eterno de
las tres divinas personas. Asistiremos a la eterna generación del
Hijo y a la espiración del Espíritu Santo.
La juntura
de todos los bienes
A gentes poco ilustradas se les
puede antojar algo monótono pasar la eternidad contemplando -simplemente contemplando-
a Dios. Pero sucede que en ello se encuentra «la
juntura de todos los bienes», según el decir de San
Juan de la Cruz, porque Dios es toda la Verdad,
toda la Bondad, toda la Belleza, toda la Sabiduría, todo
el Amor. Por lo demás, amar no es pasividad sin
más: es una contemplación que suscita una actividad intensísima, la
entrega de toda la persona en un éxtasis de sumo
gozo.
«Si el amor, aun el amor humano, da tantos
consuelos aquí, ¿qué será el amor en el Cielo?», donde
el Amor se posee y se vive en toda su
maravilla. «Vamos a pensar lo que será el Cielo (...)
¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios,
y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en
nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas
veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda
la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque
en este pobre vaso de barro que soy yo, que
somos todos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del
Apóstol: "ni ojo vio, ni oído oyó..." Vale la pena,
hijos míos, vale la pena».
Cuenta Francisca Javiera del Valle,
cómo «allá... en inmensas y dilatadas alturas, fue arrebatada mi
alma por una fuerza misteriosa y con tanta sutileza, que
así como nuestro pensamiento, en menos tiempo de abrir y
cerrar los ojos, recorre de un confín a otro confín,
allí con esa mayor ligereza me veía allá, en aquellas
inmensas y dilatadas alturas, donde siempre están todos como en
el centro de Dios metidos, vayan donde vayan, recorran lo
que quieran. Siempre se hallan en el centro de Dios
y siempre arrebatados con su divina hermosura y belleza. Porque
Dios es océano inmenso de maravillas y también como esencia
que se derrama, y siempre está derramándose. Y como lo
que se derrama son las grandezas y hermosuras, dichas y
felicidades y cuanto en Dios se encierra, siempre el alma
está como nadando en aquellas dichas, felicidades y glorias que
Dios brota de sí. Es Dios cielo dilatado y por
eso siempre se está viendo y gozando nuevos cielos, con
inconcebibles bellezas y hermosuras, y todas estas bellezas y hermosuras
siempre las ve y las goza el alma como en
el centro de Dios. Y recorriendo aquellos anchurosos cielos nuevos
siempre el alma se halla eternamente feliz».
No hay riesgo
de cansancio o hastío. «Aquí -dice Malon de Chaide- dura
siempre una alegre primavera, porque está desterrado el erizado invierno;
ni la furia de los vientos combaten los empinados árboles,
ni la blanca nieve desgaja con su peso las tiernas
ramas; aquí el enfermizo otoño jamás desnuda las verdes arboledas
de sus hojas (...)»
«Cuando demos el gran salto, Dios
nos esperará para darnos un abrazo bien fuerte, para que
contemplemos su Rostro para siempre, para siempre, para siempre. Y
como nuestro Dios es infinitamente grande, estaremos descubriendo maravillas nuevas
por toda la eternidad. Nos saciará sin saciarnos, no nos
empalagará jamás su dulzura infinita».
Lo único necesario
«Allá no
se sabe qué cosa es dolor, no hay enfermedad, no
llega a ti muerte porque todo es vida, no hay
dolor porque todo es contento, no hay enfermedad porque Dios
es la verdadera salud. Ciudad bienaventurada, donde tus leyes son
de amor, tus vecinos son enamorados; en ti todos aman,
su oficio es amar y no saben más que amar;
tienen un querer, una voluntad, un parecer; aman una cosa,
desean una cosa, contemplan una cosa y únense con una
cosa: Unum est necessarium». Una sola cosa es necesaria.
Si
somos fieles, seremos como los ángeles, que «vueltos a mirar
aquella fuente de amor dulcísima, arden con un sabroso fuego,
adonde ¿quién podrá decir lo menos de lo que gozan?
Están rendidos a aquella divina, pura, antiquísima hermosura de Dios;
llévalos el amor enlazados y presos de un dulce y
libre lazo de amor, para que tornen a la fuente
y principio de donde salieron; y como ven aquel Sol
de infinita belleza, amante eterno de sí mismo, vanse aquellas
mentes angélicas, atónitas, enajenadas de sí, libres, sin libertad, presas,
sin prisión, como las mariposas a la llama. Allí se
encienden y no se queman; arden y no se consumen;
apúranse y no se gastan. Oh sol resplandeciente, hermosura infinita,
espejo purísimo de la gloria ¿Quién podrá decir lo que
sienten los que te gozan?».
Nadie puede decir lo indecible.
He aquí el testimonio de Teresa de Jesús: «Ibame el
Señor mostrando grandes secretos... Quisiera yo dar a entender algo
de lo menos que entendía, y pensando cómo puede ser,
hallo que es imposible; porque en sola la diferencia que
hay de esta luz que vemos a la que allí
se representa, siendo todo luz, no hay comparación, porque la
claridad del sol parece muy desgastada. En fin, no alcanza
la imaginación, por muy sutil que sea, a pintar ni
trazar cómo será esta luz, ni ninguna cosa de luz
que el Señor me daba entender como un deleite tan
soberano que no se puede decir; porque todos los sentidos
gozan en tan alto grado y suavidad, que ello no
se puede encarecer, y así es mejor no decir más».
Y así, según San Agustín, «este Bien que satisface siempre,
producirá en nosotros un gozo siempre nuevo. Cuanto más insaciablemente
seáis saciados de la Verdad, tanto más diréis a esta
insaciable: amén, es verdad. Tranquilizaos y mirad: será una continua
fiesta».
Asistiremos pasmados a la eterna generación del Verbo y
a la espiración del Espíritu Santo. Veremos y paladearemos el
cariño infinito que nos tienen el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo, Dios Uno y Trino, y con la
Trinidad del Cielo la Trinidad de la tierra, Jesús -Verbo
que enlaza una y otra Trinidad-, María y José. Los
grandes amores, las Personas infinitamente buenas serán nuestra compañía, nuestra
conversación, nuestro gozo eternos. Todas las maravillas del amor divino
y del amor humano las gozaremos en plenitud. Ciertamente «será
una continua fiesta».
Un futuro que ya es
No son
éstos sueños vanos, no sólo consuelo para los afligidos de
este valle de lágrimas. Son objeto de una esperanza certísima,
fundada en la palabra de Dios. Al extremo de que
San Pablo, por su esperanza teologal, se consideraba en la
tierra ya en el Cielo: «Nosotros somos ciudadanos del Cielo,
de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo». Por eso,
el cristiano de fe ardiente, se adelanta a todos, vive
desde el futuro, un futuro que ya es: Cristo Jesús.
Viene de lo Eterno, camino hacia la Eternidad, sin perder
un instante.
¿Cómo será mi Cielo?
Depende, claro es. Depende
de mi caridad en el instante de cruzar la frontera
del tiempo. Mi belén eterno depende de la medida del
amor a Dios que haya conquistado en este tiempo fugaz.
Qué bien se entiende la urgencia del Fundador del Opus
Dei: «Tened prisa en amar»; «todo el espacio de una
existencia es poco, para ensanchar las fronteras de tu caridad».
La eternidad, lejos de lo que algunos piensan, nos revela
e ilumina todo el valor del tiempo. Nos enseña que
aun eso, que aparece sin importancia, tiene un valor de
eternidad. Porque cada momento, cada ocupación, puede -y requiere- llenarse
con todo el amor divino que se lleve en el
corazón. «Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!».
Este
es el camino para arribar al Cielo: La santidad "grande"
está en cumplir los "deberes pequeños" de cada instante. No
es poco, porque no es fácil. Pero la gracia de
Dios nos lo hace asequible, nos eleva hasta esa medida
divina.
Fe, esperanza, amor -vida teologal- en los mil detalles
de la vida ordinaria. Incrementando así, cada día un poco,
las virtudes humanas y las sobrenaturales. Pequeños detalles de prudencia,
de justicia, de fortaleza, de templanza. El cuidado en las
pequeñas cosas -no sólo de las grandes- que pertenecen al
culto divino, a la santa pureza, a la vocación recibida.
Así, día a día, paso a paso llegará el momento
de oír la voz de Jesús: «Muy bien, siervo bueno
y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco,
yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de
tu Señor». «Yo mismo -dice Dios- seré tu recompensa inmensamente
grande».
El cielo y la tierra, el tiempo y la
eternidad, coexisten en lo más íntimo de mi ser. El
tiempo pasa, pero no todo pasa con el tiempo. Yo
no paso, mi yo no envejece, al contrario, se aproxima
a la juventud eterna de Dios. A cada paso, se
enriquece con las obras que hace a impulsos del Amor.
Madre Nuestra, que has visto crecer a Jesús, que le
has visto aprovechar su paso entre los hombres: enséñame a
utilizar mis días en servicio de la Iglesia y de
las almas; enséñame a oír en lo más íntimo de
mi razón, como un reproche cariñoso, Madre buena, siempre que
sea menester, que mi tiempo no me pertenece, porque es
del Padre Nuestro que está en los cielos.
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