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Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net El purgatorio: purificación necesaria
Catequesis de SS Juan Pablo II sobre el Cielo, el Infierno y el Purgatorio.
El purgatorio: purificación necesaria
El purgatorio: purificación necesaria para el encuentro con Dios
1.
Como hemos visto en las dos catequesis anteriores, (El Cielo y el El Infierno) a partir
de la opción definitiva por Dios o contra Dios, el
hombre se encuentra ante una alternativa: o vive con el
Señor en la bienaventuranza eterna, o permanece alejado de su
presencia.
Para cuantos se encuentran en la condición de apertura
a Dios, pero de un modo imperfecto, el camino hacia
la bienaventuranza plena requiere una purificación, que la fe de
la Iglesia ilustra mediante la doctrina del «purgatorio» (cf. Catecismo
de la Iglesia católica, nn. 1030-1032).
2. En la sagrada
Escritura se pueden captar algunos elementos que ayudan a comprender
el sentido de esta doctrina, aunque no esté enunciada de
modo explícito. Expresan la convicción de que no se puede
acceder a Dios sin pasar a través de algún tipo
de purificación.
Según la legislación religiosa del Antiguo Testamento, lo
que está destinado a Dios debe ser perfecto. En consecuencia,
también la integridad física es particularmente exigida para las realidades
que entran en contacto con Dios en el plano sacrificial,
como, por ejemplo, los animales para inmolar (cf. Lv 22,
22), o en el institucional, como en el caso de
los sacerdotes, ministros del culto (cf. Lv 21, 17-23). A
esta integridad física debe corresponder una entrega total, tanto de
las personas como de la colectividad (cf. 1 R 8,
61), al Dios de la alianza de acuerdo con las
grandes enseñanzas del Deuteronomio (cf. Dt 6, 5). Se trata
de amar a Dios con todo el ser, con pureza
de corazón y con el testimonio de las obras (cf.
Dt 10, 12 s).
La exigencia de integridad se impone
evidentemente después de la muerte, para entrar en la comunión
perfecta y definitiva con Dios. Quien no tiene esta integridad
debe pasar por la purificación. Un texto de san Pablo
lo sugiere. El Apóstol habla del valor de la obra
de cada uno, que se revelará el día del juicio,
y dice: «Aquel, cuya obra, construida sobre el cimiento (Cristo),
resista, recibirá la recompensa. Mas aquel, cuya obra quede abrasada,
sufrirá el daño. Él, no obstante, quedará a salvo, pero
como quien pasa a través del fuego» (1 Co 3,
14-15).
3. Para alcanzar un estado de integridad perfecta es
necesaria, a veces, la intercesión o la mediación de una
persona. Por ejemplo, Moisés obtiene el perdón del pueblo con
una súplica, en la que evoca la obra salvífica realizada
por Dios en el pasado e invoca su fidelidad al
juramento hecho a los padres (cf. Ex 32, 30 y
vv. 11-13). La figura del Siervo del Señor, delineada por
el libro de Isaías, se caracteriza también por su función
de interceder y expiar en favor de muchos; al término
de sus sufrimientos, él «verá la luz» y «justificará a
muchos», cargando con sus culpas (cf. Is 52, 13-53, 12,
especialmente 53, 11).
El Salmo 51 puede considerarse, desde la
visión del Antiguo Testamento, una síntesis del proceso de reintegración:
el pecador confiesa y reconoce la propia culpa (v. 6),
y pide insistentemente ser purificado o «lavado» (vv. 4. 9.
12 y 16), para poder proclamar la alabanza divina (v.
17).
4. El Nuevo Testamento presenta a Cristo como el
intercesor, que desempeña las funciones del sumo sacerdote el día
de la expiación (cf. Hb 5, 7; 7, 25). Pero
en él el sacerdocio presenta una configuración nueva y definitiva.
Él entra una sola vez en el santuario celestial para
interceder ante Dios en favor nuestro (cf. Hb 9, 23-26,
especialmente el v.€ 4). Es Sacerdote y, al mismo tiempo,
«víctima de propiciación» por los pecados de todo el mundo
(cf. 1 Jn 2, 2). Jesús, como el gran intercesor
que expía por nosotros, se revelará plenamente al final de
nuestra vida, cuando se manifieste con el ofrecimiento de misericordia,
pero también con el juicio inevitable para quien rechaza el
amor y el perdón del Padre.
El ofrecimiento de misericordia
no excluye el deber de presentarnos puros e íntegros ante
Dios, ricos de esa caridad que Pablo llama «vínculo de
la perfección» (Col 3, 14).
5. Durante nuestra vida terrena,
siguiendo la exhortación evangélica a ser perfectos como el Padre
celestial (cf. Mt 5, 48), estamos llamados a crecer en
el amor, para hallarnos firmes e irreprensibles en presencia de
Dios Padre, en el momento de «la venida de nuestro
Señor Jesucristo, con todos sus santos» (1 Ts 3, 12
s). Por otra parte, estamos invitados a «purificarnos de toda
mancha de la carne y del espíritu» (2 Co 7,
1; cf. 1 Jn 3, 3), porque el encuentro con
Dios requiere una pureza absoluta.
Hay que eliminar todo vestigio
de apego al mal y corregir toda imperfección del alma.
La purificación debe ser completa, y precisamente esto es lo
que enseña la doctrina de la Iglesia sobre el purgatorio.
Este término no indica un lugar, sino una condición de
vida. Quienes después de la muerte viven en un estado
de purificación ya están en el amor de Cristo, que
los libera de los residuos de la imperfección (cf. concilio
ecuménico de Florencia, Decretum pro Graecis: Denzinger-Schönmetzer, 1304; concilio ecuménico
de Trento, Decretum de iustificatione y Decretum de purgatorio: ib.,
1580 y 1820).
Hay que precisar que el estado de
purificación no es una prolongación de la situación terrena, como
si después de la muerte se diera una ulterior posibilidad
de cambiar el propio destino. La enseñanza de la Iglesia
a este propósito es inequívoca, y ha sido reafirmada por
el concilio Vaticano II, que enseña: «Como no sabemos ni
el día ni la hora, es necesario, según el consejo
del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única
carrera que es nuestra vida en la tierra (cf. Hb
9, 27), mereceremos entrar con él en la boda y
ser contados entre los santos y no nos mandarán ir,
como siervos malos y perezosos al fuego eterno, a las
tinieblas exteriores, donde ixhabrá llanto y rechinar de dientesle (Mt
22, 13 y 25, 30)» (Lumen gentium, 48).
6. Hay
que proponer hoy de nuevo un último aspecto importante, que
la tradición de la Iglesia siempre ha puesto de relieve:
la dimensión comunitaria. En efecto, quienes se encuentran en la
condición de purificación están unidos tanto a los bienaventurados, que
ya gozan plenamente de la vida eterna, como a nosotros,
que caminamos en este mundo hacia la casa del Padre
(cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1032).
Así como
en la vida terrena los creyentes están unidos entre sí
en el único Cuerpo místico, así también después de la
muerte los que viven en estado de purificación experimentan la
misma solidaridad eclesial que actúa en la oración, en los
sufragios y en la caridad de los demás hermanos en
la fe. La purificación se realiza en el vínculo esencial
que se crea entre quienes viven la vida del tiempo
presente y quienes ya gozan de la bienaventuranza eterna.
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