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Autor: P. Carlos M. Buela, IVE | Fuente: www.iveargentina.org ¿Se puede salir del infierno?
Una de las más grandes desgracias de los progresistas cristianos es que se creen más buenos que Dios. Sostienen que el infierno va contra la naturaleza de Dios, que “es Amor”
¿Se puede salir del infierno?
La eternidad de las penas
El tercer elemento que configura
la realidad del infierno es que sus penas son eternas.
Si sus penas fuesen temporales estaríamos en presencia de un
falso purgatorio. Al respecto es curioso que muchos protestantes que
niegan la realidad del purgatorio, prácticamente lo aceptan al sostener
que las penas del infierno son temporales.
¿Por qué razón las
penas del infierno son eternas? Dice Santo Tomás: “La pena
del pecado mortal es eterna, porque por él se peca
contra Dios, que es infinito. Y como la pena no
puede ser infinita en su intensidad, puesto que la criatura
no es capaz de cualidad alguna infinita, se requiere que,
por lo menos, sea de duración infinita” (45).
Los que
niegan la eternidad del infierno lo suelen hacer por alguna
de las siguientes hipótesis:
- O porque el pecador repara sus
faltas y se rehabilita, hipótesis condenada por la Iglesia (46)
y totalmente absurda ya que, fuera del tiempo, es imposible
el cambio con relación al último fin.
- O porque Dios
lo perdona sin que se arrepienta el condenado, lo cual
contradice a la justicia de Dios, a su infinita sabiduría
y al amor mismo de Dios.
- O porque Dios lo
aniquila volviéndolo a la nada, lo cual también contradice la
sabiduría de Dios y a su justicia.
Esta última hipótesis parece
ser la que sostiene el teólogo progresista Eduardo Schillebeeckx, OP.
Sostiene literalmente que: “No se sabe si hay hombres que
hagan el mal con voluntad definitiva, rechazando la gracia y
el perdón de Dios; pero si hay hombres -es una
hipótesis- que no tienen relación teologal con Dios, éstos no
tienen ni siquiera el fundamento de la vida eterna. El
infierno es el final de quienes hacen el mal de
forma definitiva. Su muerte física es también su final absoluto.
Por tanto, desde el punto de vista escatológico, sólo existe
el cielo.
Es una cosa totalmente distinta de la apocatástasis o
recapitulación general de Orígenes y otros. Repito: no sé si
existirán hombres tan perversos que rechacen la gracia y el
perdón de Dios. Es posible que todos los hombres estén
destinados al cielo; pero, en todo caso, si eventualmente existen
hombres malvados, en el sentido de definitivamente malvados, su muerte
física sería el final de su existencia. Existe sólo el
cielo, y no junto a un infierno donde los hombres
sufren el fuego y las penas para toda la eternidad.
Va contra la naturaleza de Dios, que es Amor, el
que los hombres sean castigados eternamente. Para mí, como hombre
de fe, es impensable que, mientras que la alegría inunda
el cielo, haya personas a dos pasos (47), en medio
de sufrimientos infernales y eternos. No puede existir un infierno
que sea el reverso de la alegría eterna del Reino
de Dios. No existe más que el Reino de Dios”
(48).
Una de las más grandes desgracias de los progresistas cristianos
es que se creen más buenos que Dios. Sostienen que
va contra la naturaleza de Dios, que “es Amor” (1Jn
4, 16), ¡lo que ha revelado el mismo Amor encarnado!
Pretenden enseñarle a la Sabiduría Infinita lo que pertenece o
no a su naturaleza. Le indican al Amor Subsistente cómo
debe ser su Amor. Da la impresión que nos consideran
tan estúpidos que vamos a hacerles caso a ellos, en
contra de Jesucristo.
Continua hipotizando: “Cielo e infierno son posibilidades antropológicas
porque el hombre es finito, su libertad es finita, puede
elegir el bien o el mal de una forma definitiva.
Es un dato antropológico. Si existen estos hombres que optan
por el mal, no lo sé. Pero aun admitiendo que
existan, el infierno no existe (49). No hay una vida
infernal” (50). Por algo se la llama muerte eterna. Pero
eso no quiere decir que el infierno no exista. Mal
que le pese al dominico belga de lengua flamenca, es
dogma de fe definido que los demonios están condenados, ya,
en el infierno, y, por tanto, éste existe; y, asimismo,
es dogma de fe definido que “el hombre que muere
en pecado grave tiene que vivir eternamente en el estado
del infierno” (51), y, por tanto, éste existe.
A continuación, este
teólogo “católico”, muy suelto de cuerpo, afirma la vieja doctrina
gnóstica de la aniquilación: “Si hay alguno que en su
vida es capaz de separarse totalmente y de forma definitiva
de la comunión con el Dios de la vida, éste
está destinado a la aniquilación de su propio ser” (52).
Schillebeeckx es peor que los nazis que mataban el cuerpo,
pero no podían matar el alma; él no solo desintegra
los cuerpos, sino que quiere que Dios desintegre las almas.
¡Qué poco respeto por la persona humana! ¿Dónde queda la
inmortalidad del hombre? En su cerrazón quiere obligar a Dios
que haga lo que Dios nunca hará. Ignora Schillebeeckx que
Santo Tomás, quien debería ser su maestro, enseña: “Aunque por
el hecho de que uno peca contra Dios, que es
Autor del ser, merece perder el mismo ser; considerado, sin
embargo, el desorden de su mismo acto, no debe perderlo:
porque el ser se presupone para el mérito o el
demérito, ni tampoco por el desorden del pecado se quita
o se corrompe el ser. Y, por lo tanto, no
puede ser adecuada pena de alguna culpa la privación del
ser mismo” (53).
El Angélico Doctor sostiene que nada se aniquila
y lo demuestra aún del punto de vista natural: “Las
naturalezas de las criaturas demuestran que ninguna de ellas es
aniquilada: porque o son inmateriales, donde no hay potencia para
no existir; o son materiales, y estas subsisten siempre, por
lo menos en cuanto a la materia, que es incorruptible
como sujeto existente de la generación y corrupción. Tampoco pertenece
a la manifestación de la gracia reducir algo a la
nada, porque más se muestra la omnipotencia y bondad de
Dios en la conservación de las cosas en su ser.
Luego, debemos decir simplemente [simpliciter] que ninguna cosa se aniquila”
(54).
Continua el “teólogo feliz” con expresiones semejantes a las que
utilizáramos antes y a las que ya hice referencia: “Algunos
teólogos me dicen: «Entonces no hay castigo para el mal
que se comete». Respondo: no se entiende lo que se
quiere decir estar con Dios durante toda la eternidad. Para
los hombres no habría una vida de comunión con Dios...
Es terrible. Dios no tiene sentimientos de venganza. Para mí
es imposible esta coexistencia del cielo eterno para los buenos
y el infierno para los malos, que reciben un castigo
eterno. El «éschaton» o cumplimiento último es exclusivamente positivo: no
existe un «éschaton» negativo. Es el bien, no el mal,
el que tiene la última palabra. Este es el mensaje
y esta la praxis de la vida de Jesús de
Nazaret” (55). El dominico de Nimega ignora que Dios triunfa
por su misericordia con los que se salvan y triunfa
por su justicia con los que se condenan, y que
aún con éstos tiene misericordia “en cuanto son castigados menos
de lo que lo merecen” (56). O como decía Santa
Catalina de Siena en una oración dirigida al Padre celestial:
“En el infierno resplandece tu gloria por la justicia que
se verifica en los condenados; más también obra con ellos
la misericordia, puesto que no tienen el castigo tan grande
como habían merecido” (57).
Schillebeeckx ignora que el mensaje y la
vida de Jesús de Nazareth incluye la clarísima enseñanza de
que existe el infierno con su pena de daño: “Apartaos
de mí, malditos...”, con su pena de sentido: “...id al
fuego...”, con su eternidad: “...eterno...”, y con sus habitantes: “E
irán éstos a un castigo eterno”. No deben creer que
“Jesucristo ha venido en carne” (1Jn 4, 2) quienes niegan
verdad, autoridad y utilidad a todas sus palabras. Quienes creemos
que Él es “el Verbo [que] se hizo carne” (Cf.
Jn 1, 14) confesamos, y por ello estamos dispuestos a
dar la vida si fuese necesario, a Cristo: “Tú tienes
palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Y también son
palabras de vida eterna sus palabras sobre el infierno.
Schillebeeckx
sostiene que no hay simetría entre la noción de cielo
y la de infierno, y por tanto, la noción de
infierno no puede hacer de contrapunto a la del cielo,
pero no se da cuenta que el más perfecto contrapunto
del cielo es el “infierno” que él propone, ya que
contrapone al mismo Ser Subsistente -que es el objeto de
la visión y fruición del cielo-, el nihil -la nada-
en que terminan los condenados, en su teoría. Para Santo
Tomás no hay ningún contrapunto entre la predestinación y la
reprobación. La primera es toda obra de Dios correspondida por
el hombre; la segunda, comienza por la desviación de la
criatura que prefiere la carencia a la plenitud del ser.
En la aniquilación de Schillebeeckx no hay lugar para Dios;
en el infierno revelado hay lugar para Dios que, naturalmente,
está por esencia, presencia y potencia, y en la conciencia
de los condenados que allí sí saben lo que perdieron
por culpa propia. Tal vez en ningún otro punto de
doctrina se vé tanto la asimetría entre la fe católica
y la fe progresista, como en éste del infierno.
Por
el contrario, la Iglesia Católica enseña, sin ir más lejos
en mayo de 1979, con toda claridad que “Ella cree
en el castigo eterno que espera al pecador, que será
privado de la visión de Dios, y en la repercusión
de esta pena en todo su ser... Esto es lo
que entiende la Iglesia cuando habla del infierno...” (58). Nosotros
debemos hacer caso a quien Jesucristo prometió la indefectibilidad y
no a los teólogos del disenso.
Me parece que la principal
dificultad contra la doctrina católica del infierno brota, justamente, de
no conocer lo que es el amor: “¿quién puede garantizar,
sin destruir el mismo amor, que el amor realmente ofrecido
no puede convertirse en un amor libremente rehusado?” (59). Genialmente
el Dante colocó en la entrada del infierno: “Los que
entráis aquí, abandonad toda esperanza”; y agregó:
“La Justicia movió a
mi sublime Hacedor; Soy la obra del Divino Poder, de la Suprema
Sabiduría y del Primer Amor”.
Comenta el P. Lacordaire: “Si fuese
únicamente la justicia la que hubiese abierto el abismo, aún
tendría remedio; pero es también el amor, el Primer Amor,
quien lo ha hecho: he ahí lo que suprime toda
esperanza. Cuando uno es condenado por la justicia, puede recurrir
al amor; pero cuando es condenado por el amor, ¿a
quién recurrirá? ... El amor no es un juego. No
se es amado impunemente por un Dios, no se es
amado impunemente hasta la muerte de cruz. No es la
justicia la que carece de misericordia; es el amor mismo
el que condena al pecador. El amor -lo hemos experimentado
demasiado- es la vida o la muerte; y si se
trata del amor de Dios, es la vida eterna o
la eterna muerte” (60).
Por eso, sabiamente afirma Cornelio Fabro: “sin
la eternidad de las penas del infierno y sin infierno
la existencia se convierte en una gira campestre” (61), en
un pic-nic. Cita a Kierkegaard: “Una vez eliminado el horror
a la eternidad (o eterna felicidad o eterna condenación), el
querer imitar a Jesús se convierte en el fondo en
una fantasía. Porque únicamente la seriedad de la eternidad puede
obligar, pero también mover, a un hombre a cumplir y
a justificar sus pasos”. Los progresistas han eliminado el horror
a la eternidad y sus predicaciones, sus acciones pastorales, su
evangelización ...¡son una fantasía! Sin eternidad el seguimiento de Cristo
...¡es una fantasía! No quieren la seriedad de la eternidad
y por eso son incapaces de obligarse, moverse, cumplir y
justificar sus acciones. Sin la posibilidad concreta de la eterna
condenación, la eternidad del cielo es fútil, pueril, insignificante. La
pérdida de la seriedad de la eternidad, y no la
supuesta falta de vocación, está en la base de la
claudicación de tantos sacerdotes y religiosas (62).
Quien no está convencido
de la seriedad de la eternidad, no convence a nadie,
sus palabras son aire que se lleva el viento y
sus obras pesan lo que tela de araña. ¿A quién
puede convencer la frivolidad del infierno gnóstico, producto de la
cultura de la trivialización?
Todavía hay que decir más. Los que
quieren extender en demasía la misericordia, en el fondo, la
acortan. Así es. Algunos se creen muy misericordiosos, pero en
el fondo son crueles, porque si se terminase el castigo
para los ángeles malos y los condenados, no se ve
porqué motivo no se terminaría la bienaventuranza para los ángeles
y los santos. Enseña Santo Tomás: “Así como los ángeles
buenos son bienaventurados por su conversión a Dios, del mismo
modo los ángeles malos son reprobados por su aversión a
Dios. Por tanto, si la miseria de los ángeles malos
alguna vez hubiere de terminar, también la bienaventuranza de los
buenos tendría fin, lo cual es inadmisible” (63). Y en
otra parte explica porque este error de Orígenes fue reprobado
por la Iglesia: “porque, por una parte, extendía demasiado la
misericordia de Dios, y por otra la coartaba demasiado. Pues
la misma razón parece que hay para que los ángeles
buenos permanezcan en la bienaventuranza eterna y que los ángeles
malos sean castigados para siempre. De ahí que, así como
afirmaba que los demonios y las almas de los condenados
en un tiempo serían librados de las penas, así decía
que los ángeles buenos y las almas de los bienaventurados
volverían de la bienaventuranza a las miserias de la vida”
(64). Y aún: “Es totalmente irracional [pensar que terminará en
algún tiempo el castigo de los condenados]. Del mismo modo
que los demonios están obstinados en su malicia, y por
eso estarán eternamente castigados, así están también las almas de
los hombres que mueren sin caridad, dado que ‘la muerte
es para los hombres lo que la caída para los
ángeles’ (65) como dice San Juan Damasceno” (66).
45 S.Th., Suppl. 99, 1. 46 Dz. 211. 47 “...a
dos pasos...”, esto no es más que la imaginación del
A. Si hiciese más caso al Evangelio de Jesucristo se
daría cuenta que “entre nosotros y vosotros se interpone un
gran abismo” (Lc 16, 26). El infierno no está a
dos pasos del cielo como pretende Schillebeeckx. 48 Soy un teólogo
feliz, Entrevista con Francesco Strazzari, Soc. Educación Atenas, Madrid, 1994,
pp. 100-101. 49 Es claro que Schillebeeckx niega el infierno. Para
él la lógica del bien, tal como se expresa en
la praxis del reino, lleva, sobre la base de la
promesa y de la gracia, al cumplimiento final de la
felicidad eterna; la lógica del mal no lleva, en cambio,
a ninguna parte; y si hay alguno que es capaz,
en su vida, de separarse total y definitivamente de la
comunión con el Dios de la vida, este está destinado
a la aniquilación de su propio ser: “pero no hay
ningún reino de sombras infernal junto al reino de Dios
de la felicidad eterna.[...] El éschaton, o sea, lo que
es último, es exclusivamente positivo. No hay ningún éschaton negativo.
El bien, no el mal, tiene la última palabra. Este
es el mensaje y la característica de la praxis humana
de Jesús de Nazaret, a quien, por esto, los cristianos
confiesan como el Cristo” (E. Schillebeeckx, El hombre, imagen de
Dios). 50 Ibid., nota 48. 51 Michael Schmaus, Teología Dogmática, Ed.
RIALP, Madrid, 1965, t. VII, p. 429. 52 Ibid., nota 48. 53
S. Th., Suppl., 99, 1, ad 6. 54 S. Th., I,
q. 104, a. 4, c. 55 Ibid., nota 48. 56 S.Th., Suppl.,99,
2, ad 1. 57 Taurisano, Preghiere ed elevazioni de S. Caterina,
Roma, 1932, p. 105. 58 Sagrada Congregación para la Doctrina de
la Fe, Carta sobre algunas cuestiones referentes a la escatología,
del 17 de mayo de 1979, publicada en Mundo Mejor
del 4 de agosto de 1979. 59 Cf. Martelet, G., L’audelà
retrouvé, París, 1975, p. 182; citado por Juan L. Ruiz
de la Peña, La otra dimensión. Escatología cristiana, Ed. Sal
Terrae, Santander, 1986, p. 265. 60 Conferencias de Nuestra Señora de
París, conf. 72 (año 1851). Cf. Obras completas, traducción del
P. Castaño, Madrid, 1926, t. 7, pp. 186-187. (Citado por
Antonio Royo Marín, O.P., Teología de la Salvación, B.A.C., Madrid,
1965, p. 328). 61 La aventura de la teología progresista, Eunsa,
Pamplona, 1976, p. 230. 62 Afirma Hans Küng: “...No es extraño
que actualmente ni a los mismos obispos les resulte fácil
responder convincentemente a la pregunta de por qué permanecer en
la Iglesia o simplemente en el ministerio, cuando ya no
se puede amenazar con el infierno...” (Mantener la esperanza. Escritos
para la reforma de la Iglesia, Ed. Trotta, 1993, p.
18). En la actualidad más de 900 sacerdotes abandonan el
ministerio (cf. L’Osservatore Romano, del 27 de mayo 1994, p.
7); y según el CELAM en América Latina cada 30
minutos 200 católicos dejan la Iglesia Católica para pasar a
las sectas (AICA, nº 2066, 24 de julio de 1996,
p. 157). 63 IV Sent. d. 46, q. 2, a. 3
sc. praet. 64 IV Sent. d. 46, q. 2, a. 3,
sol.1; cf. Suppl. 99, 2, c. 65 De fide orth. lib.
2, cap. 4. 66 IV Sent. d. 46, q. 4, sol.
2; cf. Suppl. 99, 3.
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