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Cielo, la felicidad de amar; Infierno, el fracaso definitivo
Cielo e Infierno
(Conferencia pronunciada en la Escuela de Enfermeras
de Salus Infirmorum. Madrid)
Vamos a dedicar este rato a
hablar de dos temas, de los cuales hoy se habla
muy poco. Sin embargo, los dos son dogmas de fe.
Voy a hablar del cielo y del infierno. El título
de esta conferencia es: «EI cielo: la felicidad de amar»;
y «El infierno: el fracaso definitivo».
***
Primero. El cielo,
la felicidad de amar. Porque eso es el cielo. El
catecismo decía: ¿Qué es el cielo? El conjunto de todos
los bienes sin mezcla de mal alguno. Está bien dicho.
El conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal
alguno. Yo me acuerdo que de pequeño, cuando me aprendí
el catecismo, yo preguntaba: -¿En el cielo hay bicicletas? Porque yo,
a mi edad, ¿cómo podía ser feliz en el cielo
si no tengo bicicleta? Si para mí lo mejor del
mundo era la bicicleta. En cielo tenía que haber bicicletas.
Porque si no hay bicicletas, yo en el cielo no
podía ser feliz. Y a mí me decían: - Sí hombre,
sí; allí tendrás todo lo que quieras. Ahora comprendo que en
cielo no hay bicicletas. Ni falta que hace. Sin embargo,
seremos felices en el cielo.
***
Y, ¿en qué consiste
esta suprema, máxima, saciativa, insuperable felicidad en el cielo? En
el amor. Pero no en el amor físico, que es
el que se propagandea aquí en la tierra. Aquí en
la tierra las películas, las novelas, la televisión a todas
horas, ¿cómo expresan la felicidad? En la cama. Como si
eso fuera la suprema felicidad del hombre. ¡Qué equivocación! Esa
no es la felicidad del hombre. El amor físico, el
sexo, no es la felicidad del hombre. Si eso fuera
así, las personas más felices del mundo serían las prostitutas.
Y es evidente que la prostituta no es una mujer
feliz.
¿Cómo se llaman los libros que hablan de la prostitución?
«La esclavitud de la mujer»; «Las esclavas del siglo XX».
Decía una carta de una prostituta que apareció asesinada en
la carretera de Barajas, en Madrid: «Me asquea mi profesión.
Estoy deseando dejar esto».
Es curioso que ellas llaman de descanso
al día que no se acuestan con nadie. Éste es
su día de descanso. No acostarse con nadie. Por mucho
que nos quieran meter por los ojos que la vida
sexual es lo más maravilloso. No señor. Se puede ser
muy feliz sin vida sexual. Con tal que haya amor.
¿Qué hace feliz al hombre? El amor. En el matrimonio
se incluye el sexo; pero no hace falta el sexo
para ser feliz.
Me acuerdo que un día de San Valentín,
salieron en la tele dos vejetes. Ellos se amaban con
delirio. Los dos hechos dos tortolitos. Y a esa edad,
¡qué vida sexual, ni qué belleza! Nada. Pero felices los
dos vejetes. De vida sexual, cero. De belleza, cero. Pero
se amaban con locura. ¡Felices los dos!
A veces leemos en
la prensa que un matrimonio se muere uno detrás del
otro. Uno se muere por enfermedad, y el otro se
muere de pena. No puede sobrevivir al ser querido. Se
le ha muerto su ser querido, y se muere de
pena. Se amaban con delirio. Eran felices amándose sin vida
sexual. Amor, amor, sólo amor. Si amas, eres feliz; y
si no amas, no serás feliz. Aunque tengas de todo.
Los
sacerdotes conocemos mejor que nadie la vida, porque la gente
nos abre su corazón y sabemos la verdad. No lo
que dicen en la calle. No. La verdad. Nadie viene
al sacerdote a engañarle. Sería de idiota. Porque si al
sacerdote vienes a buscar consejo, a buscar ayuda, le dices
la verdad. Como al médico. Si vas al médico, le
dices la verdad. Si te duele el riñón, no le
dices que te duele una muela. Porque te quitan la
muela y sigues con el dolor. Al médico le dices
la verdad para que te cure. Porque si le engañas,
sales perdiendo. Lo mismo el que viene al sacerdote. Porque
busca consejo, busca ayuda.
Hemos visto matrimonios que lo tienen todo:
dinero, belleza, prestigio social, comodidad. Lo tienen todo, pero les
falta amor. Y su vida es un infierno. Ni las
joyas, ni el lujo, ni el placer, ni las distracciones,
nada les va a dar la felicidad, si no hay
amor. Como no haya amor, ese matrimonio es un infierno.
También
conocemos muchos matrimonios que viven a lo justo y son
felices. Si viven debajo de un puente, no. Pobrecitos, Pero
si viven a lo justo, y se aman, son felices.
Te dicen: -No queremos más. No necesitamos nada. Con lo que
tenemos nos basta. Son totalmente felices. Y no viven en la
abundancia. Viven a lo justo. Pero tienen amor. Amor en
el matrimonio. Unos hijos que se sienten amados, y aman
a sus padres. Armonía en el hogar. ¡Felices! Como nadie
en el mundo. ¿Por qué? Porque hay amor. Lo
que da la felicidad es el amor. Y sólo el
amor. Y cuando no hay amor, en este mundo no
se puede ser feliz.
***
Pero repito: amor espiritual. Porque
el amor tiene dos vertientes. La vertiente física, que es
la que propagandean a todas horas; y después está la
vertiente espiritual que es de la que no se habla.
Y lo importante del amor es la vertiente espiritual. Porque
la vertiente espiritual nos hace mucho más felices que la
física. No somos animales. Los animales no tienen alma espiritual.
No tienen la facultad espiritual de la felicidad. Tienen sentidos,
pero no tienen nada más. Los hombres, además de sentidos,
tenemos alma espiritual. Y la vida de los sentidos no
nos puede bastar. Es la mitad de nuestra persona. Yo
para ser feliz, tengo que saciar mi felicidad espiritual. La
vertiente espiritual es superior a la vertiente física. A mí
me llena mucho más la vertiente espiritual del amor que
la vertiente física.
Voy a poner un ejemplo que para
mí es evidente. Un bofetón en la cara te duele
muy poco. Pero la humillación del bofetón en público, entre
la gente que te conoce, entre tus amigos, en tu
círculo, es tremendo. La humillación te duele más que el
bofetón en la cara. Esto es evidente. Las personas sufrimos
más y gozamos más con lo espiritual que con lo
físico. Evidente.
Con el bofetón sufro más, por la vertiente espiritual
que por la vertiente física. Lo mismo: gozo más con
la vertiente espiritual del amor que con la vertiente física.
Esto es evidente. Y el que no lo entienda es
que no lo conoce. Porque vive a lo bestia, a
lo animal. No tiene más que vida sensitiva. Pobrecito. Desconoce
lo más grande de la persona humana, que es la
vertiente espiritual. Como no lo conoce, para él no hay
más felicidad que la física. La sensitiva. La epitelial. La
que tienen los animales. No conoce otra vertiente de la
felicidad, que es la del alma.
***
Por lo tanto,
digo, lo más grande de la vida, lo que hace
más feliz a los hombres es el amor espiritual. Es
la suprema felicidad de la tierra. Y esto es así
de tejas abajo. Además está la felicidad de los santos:
Santa Teresa, San Francisco Javier. Una felicidad mística que es
de otro orden. Pero incluso en la felicidad humana, natural,
de tejas abajo, la felicidad suprema en este mundo, es
el amor entre dos personas. Y dos personas llenas de
defectos, llenas de limitaciones, porque todos tenemos defectos. Aunque tú
te enamores de la persona más maravillosa del mundo, si
tienes sentido común, reconocerás que algún defecto tendrá. Porque no
hay persona sin defecto.
Pues si en este mundo vivimos rodeados
de personas llenas de defectos, y a pesar de eso
somos tan felices amando, ¿podéis imaginaros lo que será el
amor a Dios, el omniperfecto, el infinitamente perfecto? Dios es
la persona más digna de amor que podemos concebir; y
la persona que más me ama que yo pueda imaginar.
Nos
hemos acostumbrado a ver el crucifijo y nos quedamos fríos.
Somos insensibles, porque no somos capaces de calibrar lo que
significa que Cristo haya dado su vida por amor a
mí. El día que comprendamos, en profundidad, lo que Dios
nos ama, esto nos hará inmensamente felices. ¡Cuantas personas no
son felices porque no se sienten amadas! Esto es frecuente
en la vida.
Se sienten faltas de amor. No encuentran el
amor que esperan. Y ese vacío de amor las hace
desgraciadas. Cuando tú descubras el amor de Dios, lo que
Dios te ama, y lo digno de amor que es,
te sentirás feliz. Esta es la felicidad de las religiosas.
¿Por qué las religiosas son tan felices a pesar de
que se han dedicado a una vida de sacrificios, de
servicio al prójimo, de austeridad, de renuncia de placeres de
la vida, de obediencia, de humillaciones?
Alguno diría: pobrecitas.
¡Pues son las más felices del mundo! ¡Las más felices
de la tierra! La que es buena religiosa, se entiende.
Porque la que es religiosa con un pie fuera, no.
La que siendo religiosa está apeteciendo el mundo, no. Pero
la que ha hecho renuncia de todo corazón, y se
entrega a Dios, es la más feliz de la tierra,
porque ha dedicado su amor a lo más digno de
amor que hay en el mundo, que es Dios. Cuando
han puesto su amor en Dios, les saben a poco
todos los amores de la tierra. Una religiosa que ha
escogido a Dios, ¿va ahora a contentarse con un amor
humano? Ella es feliz poniendo el amor en lo más
grande que se puede poner; y sintiéndose correspondida como nadie
la puede amar en el mundo.
Ésta es la felicidad de
las religiosas. Y son tan felices aunque se hayan entregado
a una vida de sacrificio y de servicio al prójimo.
No importa. Todos los sacrificios que tenga la vida religiosa,
se llevan de mil amores. Porque viven el supremo amor,
que es el amor de Dios. Y eso aquí en
la tierra, aunque lo que conocemos de Dios sea una
caricatura. Lo dice San Pablo. A Dios lo conocemos en
caricatura. La caricatura se parece algo al original. Pero hay
un abismo de la caricatura al original.
***
Pues si
aquí en la tierra, que lo que conocemos de Dios
es una pura caricatura, y sin embargo comprendemos que merece
la pena vivir para Él y amarle a Él sobre
todas las cosas, ¿qué será en el cielo cuando veamos
a Dios cara a cara? No ya la caricatura, sino
tal como es. Veremos lo digno de amor que es.
Sentiremos el amor que nos tiene. Eso nos dará una
felicidad, como dice San Pablo que: «ni ojo vio, ni
oído oyó, ni cabe en mente humana lo que tiene
Dios preparado para los que le aman».
Es que no nos
cabe en la cabeza, lo que va a ser la
felicidad de amar en el cielo. Allí no hay bicicletas,
ni falta que hace. Allí se está amando. Eres feliz
amando. Y ese amor tuyo a Dios y de Dios
a ti, te sacia. No necesitas más. Tienes una felicidad
inconmensurable.
Y eso es para toda la eternidad. Que es
condición indispensable para ser feliz. Dicha que se acaba, no
puede hacerte feliz. Sólo el temor de que se acabe
te entristece. Para que una cosa te haga feliz tiene
que ser eterna. El amor del cielo es eterno. No
se acaba nunca. Por eso te hace feliz. Porque si
se fuera a acabar, el pensamiento de que se termina
ya te entristece.
Si a un preso le dan una hora
de libertad, eso no le hace feliz, porque sabe que
le va a durar muy poco. Si a un ciego
le dan una hora de visión, eso no le hace
feliz, porque sabe que dentro de una hora va a
estar ciego de nuevo. Gozará un poquito, gozará una hora,
pero el ciego lo que quiere es que la visión
le dura toda la vida.
Lo mismo el preso. Lo que
quiere es libertad para siempre. Porque si le dan un
poquitín de libertad, eso no le hace feliz. Eso no
le llena. Para que yo pueda disfrutar de un bien,
para que un bien me lIene y me haga feliz,
tiene que ser eterno. Como es el cielo. Cielo eterno.
Esa es la maravillosa felicidad de la gloria. Amar a
Dios, lo más digno de amor que podemos concebir, y
sentir el amor de la persona que más me ama.
Y esto para siempre. Esta felicidad de amar eternamente, eso
es el cielo.
***
¿Qué es el infierno? Decía el
catecismo: El infierno es el conjunto de todos los males
sin mezcla de bien alguno. Eso es el infierno. Vamos
ahora a explicar en qué consiste esto. Ya dije antes
que el infierno es dogma de fe. Está definido en
el Concilio Lateranense IV. Digo esto porque lo que es
dogma de fe no depende de las opiniones de los
hombres. Me indigna que la tele haga sobre esto una
encuesta en la calle. - ¿Usted cree en el infierno ? -
Yo no. -¿Usted cree en el infierno? -Yo no. -Pues ya ven
ustedes. Esto del infierno debe ser mentira, porque en la
calle se opina que no hay infierno.
No se trata de
eso. La existencia del infierno no depende de lo que
diga la calle, ni de lo que crea la calle.
La gente en la calle que opine lo que quiera.
Pero lo que opine la gente de la calle no
cambia la realidad de las cosas. El infierno existe porque
es dogma de fe. Porque lo ha revelado Cristo-Dios, que
es el que lo sabe. Y las cosas son verdad
por lo que opina el que entiende, no según lo
que opine la calle. Si a ti te duele el
abdomen, ¿vas a preguntar en la calle?
-¿Usted qué cree que
es esto? ¿Será un cólico nefrítico o será un ataque
de apéndice? Tú no preguntas en la calle. Tú te vas
al médico. Preguntas al entendido. Preguntar en la calle quién
cree en el infierno, no tiene valor alguno. Puede ser
que todos los de la calle opinen que no hay
infierno; pero si Cristo-Dios dice que lo hay, pues lo
hay. Aunque la calle opine lo contrario. Por que la
verdad es lo que dice el que sabe, no lo
que dice el que no sabe, aunque sea multitud. Puede
ser que sean más los que no saben y sean
menos los que saben. Pero la verdad no cambia por
el número de opiniones. Si Cristo-Dios, en el Evangelio, quince
veces te dice que hay infierno, hay infierno eterno. Es
inútil que los hombres lo ignoren. Eso no sirve de
nada.
***
Sin embargo a nadie le gusta que le
hablen del infierno. A mí me parece esto una barbaridad.
Yo por eso hablo del infierno siempre que tengo ocasión.
Hay que hablar del infierno. Si es verdad, ¿cómo nos
vamos a callar una cosa que es verdad? ¿Para que
la gente vaya engañada a la muerte, y se encuentre
después con la sorpresa? Vamos a hablar de lo que
es una realidad.
Si hay un puente hundido en una curva
después de una recta, se pone un cartel: «Carretera cortada.
Puente hundido». Para que los coches frenen. No: para no
asustar a la gente, no poner el cartel. Y viene
el coche a toda velocidad, toma la curva y al
precipicio. Hay que avisarlo. Que la gente se entere.
Como a
la gente no le gustan los avisos pesimistas, no ponemos
nada, no ponemos el aviso. ¿Y con esto ayudas a
la gente? Estás perjudicando a la gente por no avisar
de peligro que hay. Lo mismo el infierno. ¡Si es
verdad! ¡Si el infierno no desaparece porque nosotros dejemos de
hablar de él! ¡Si sigue igual! Porque Cristo-Dios lo ha
dicho. Pues lo lógico, lo prudente es pensar en el
infierno. Porque es una realidad. Como el estudiante que dice:
-Yo
no quiero pensar en el examen, yo no me amargo
la vida.
Pues te suspenden. ¿Qué arreglas tú no pensando en
el examen? Tú tienes que pensar en el examen: qué
programa tienes, qué dificultades tiene este programa, cuáles son las
preguntas difíciles. Preparas el examen. -Yo no quiero amargarme la vida.
A mí no me des preocupaciones. Yo no pienso en
esto. Arreglado vas. Hay que pensar en las cosas que son verdad.
No pienses en tonterías que no sirven para nada. Pero
lo que es verdad, piénsalo. Que eso va contigo. Para
prevenir y para no equivocarte.
Alguno me dice que como
él no cree en el infierno, está tranquilo. De manera
que tú con decir que no crees en el infierno,
¿ya tranquilo? ¿Pero tranquilo de qué? ¿Es que el infierno
desaparece porque tú digas que no crees? No seas idiota.
El infierno sigue igual, digas tú lo que digas. Tú
negarás el infierno de pico, pero no destruyes el infierno.
Tu negación no destruye el infierno. El infierno no depende
de lo que tú digas. El infierno existe porque lo
ha dicho Cristo-Dios. Y si tú no crees, te vas
a enterar, muchacho, en cuanto te mueras.
Fíjate. Tú te vas
a morir. Si no piensas morirte, te llevamos al manicomio.
Morirte, te mueres seguro. El año que viene, dentro de
cinco años, dentro de cien años. Pero seguro que te
vas a morir. Y cien años pasan pronto en la
historia. Cuando te mueras, te enteras seguro de que hay
infierno. Porque no depende de lo que digas tú, sino
de lo que diga Dios. Y Dios te lo dice
quince veces en el Evangelio. Quince veces te repite que
hay infierno eterno, para los que mueren en pecado mortal.
Por tanto, negar el infierno es ridículo.
Como uno que
tiene úlcera de estómago. Va al médico, se toma la
papilla y le miran por la pantalla. -Usted tiene úlcera. Usted
no fume. Usted no tome chorizo. Y sale el otro del
médico diciendo: -Será idiota el médico: que yo no fume. ¿Cómo
voy yo a dejar el tabaco? Que yo no coma
chorizo, ¡con lo que me gusta a mí el chorizo!
Tonterías del médico. Yo no hago caso.
Muy bien. Sigue comiendo
de todo, revienta y a la tumba. ¡Claro! La úlcera
no depende de lo que él diga, depende de lo
que dice el médico. Si el médico le ha dado
la papilla y lo ha mirado por la pantalla y
dice que tiene úlcera, pues tiene úlcera. Y si él
lo niega, lo siento por él. Pero la úlcera no
desaparece porque él diga que no cree. Él dirá que
no cree, pero tiene úlcera. Y si come de todo,
revienta y a la tumba. Esto es de sentido común.
Pues
hay gente por la calle que se cree que con
negar el infierno, ya puede vivir tranquila. Son idiotas. Menudo
chasco se van a llevar en la muerte.
***
-
Bueno padre, es que a mí no me cabe en
la cabeza que haya un infierno eterno. Porque si Dios
es bueno, ¿cómo me va a condenar a un infierno
eterno? No, eso yo no me lo puedo creer.
Pues aunque
no quepa en tu cabeza, esto es así. Por que
las cosas son verdad no porque caben en tu cabecita,
sino porque lo dice Cristo-Dios. Y cuando Cristo-Dios dice una
cosa, es verdad, quepa o no quepa en tu cabecita.
No puede ser sólo verdad lo que tú entiendas. Esto
es una soberbia inconcebible. Hay muchas cosas que son verdad
y no caben en tu cabeza. Lo que pasa es
que tienes una cabecita muy pequeña, y en tu cabecita
de pulga caben muy pocas cosas. Pero las cosas no
dejan de ser verdad porque no quepan en tu cabeza. Como
si una hormiga dijera: ¿Quién ha dicho que hay juego
de ajedrez? Cómo va a haber juego de ajedrez, si
a mí no me cabe en la cabeza. Pues aunque
a la hormiga no le quepa en su cabeza el
juego de ajedrez, el juego de ajedrez está ahí ¡Claro
que hay juego de ajedrez!
Yo puedo tener dificultades sobre el
infierno. Yo acepto que una persona me diga que no
comprende el infierno. Esto es perfectamente lógico dada la pequeñez
de nuestro entendimiento. Hay cosas que no acertamos a comprender.
Lógico. Pero que uno diga:
-Eso no es verdad porque yo
no lo entiendo. Eso es ridículo.
¿Cuántas cosas hay en el mundo
que no se entienden?. No todo el mundo puede entender
de logaritmos y de integrales y de diferenciales y de
derivadas. Porque una persona que sabe de una cosa, no
sabe de otra. Esto es perfectamente lógico. Pero decir «esto
no es verdad por que yo no lo entiendo», es
ridículo. Por tanto, repito, el infierno es verdad porque lo
dice Cristo-Dios. Que yo crea o no crea, lo entienda
o no lo entienda, lo acepte o no lo acepte,
está de más. Las cosas son así porque lo ha
dicho Cristo-Dios. Punto.
***
Entonces, ¿qué es el infierno? Como
dije antes, el catecismo lo define así: «El conjunto de
todos los males sin mezcla de bien alguno».
Esto se puede
explicar de muchas maneras. Yo le oí una vez un
ejemplo al padre José Antonio Laburu. Ya murió. Era un
gran conferenciante. Su ejemplo no sé si es histórico o
no. No creo que sea histórico. Pero aunque no lo
sea, ilumina. Pasa como con las parábolas de los Evangelios.
Las parábolas no son hechos históricos. Cristo cuenta unas parábolas
para transmitir una enseñanza. La parábola del Hijo Pródigo, por
ejemplo. Son parábolas o cuentos que Cristo narra para encarnar
una enseñanza.
Para mí el supremo tormento del infierno es
la desesperación. El condenado es un hombre desesperado. Como dice
el Evangelio es un rechinar de dientes de rabia. ¿Cuál
es la rabia del condenado? «Por mi culpa estoy aquí.
Pude salvarme y no quise. Tuve en mis manos la
salvación y no quise. Y por mi culpa estoy aquí
para siempre». Esto le debe dar una rabia, una desesperación...
-Maldito
yo que por mi culpa estoy aquí para siempre, sin
remedio. Tuve en mis manos la salvación y no quise.
Preferí condenarme. Porque nadie se condena si no quiere. Porque nadie
se condena si no peca. Y nadie peca sin querer.
El que peca es porque quiere, y por tanto si
se condena ha elegido él el infierno pecando voluntariamente.
Pues
le oí un ejemplo al P. Laburu que es muy
gráfico. Un barco en alta mar, camino de América. Él
iba mucho a América porque daba clases en Roma y
en Argentina; y cruzaba el Atlántico con frecuencia. Un día
en cubierta un grupo de muchachos se ponen una apuesta. -¿Qué
te apuestas que me tiro al agua? -Anda no digas idioteces. -¿Cuánto
me das si me tiro? -Anda no seas tonto. -Que me tiro
al agua, hombre. Me tiro al agua con tal que
vosotros deis la voz de «hombre al agua».
Porque ya sabéis
que cuando un hombre se ha caído al agua se
da la voz de «hombre al agua» y entonces el
barco tiene que dar unos círculos, no sé cuántos, supongamos
que diez, alrededor del sitio donde supuestamente ha caído el
náufrago. Él confiando en que los otros dan la voz
de alarma y el barco lo va a recoger, se
tiró. Por cinco mil pesetas se tiró al agua. En
mitad del Atlántico. Y de noche.
Los otros empiezan a
gritar: «hombre al agua, hombre al agua». Y el capitán
ordena parar y dar las vueltas correspondientes alrededor del sitio
donde se supone que había caído. Pero mientras dieron la
voz y llegó la orden del capitán, estaban dando las
vueltas donde el náufrago no había caído. El muchacho estaba
fuera del círculo viendo que le están buscando con focos
donde él no está. Y después de dar unas vueltas,
el barco enfiló su rumbo sin él.
Y cuando el hombre
se da cuenta que lo abandonan y el barco enfila
el rumbo, y lo dejan en el Atlántico, menuda desesperación,
menudo desgarro del alma.
-Maldito yo, imbécil de mí, que por
cinco mil pesetas me quedo aquí en mitad del Atlántico,
y se va mi esperanza que es el barco. Yo
me quedo aquí y sin salvación por mi culpa. Esta es
la desesperación del condenado. Esto elevado a la enésima potencia.
-Maldito
yo que por una idiotez me he condenado, y he
perdido mi esperanza y mi salvación. He perdido mi vida,
mi felicidad. Porque quise. Porque nadie me obligó. Fui yo
quien elegí estar aquí. Maldito yo.
***
Fracaso definitivo. Esto
es el infierno. Esto es lo peor del infierno. Es
lo que se llama «la pena de daño». La pena
espiritual que es la desesperación. Esto es peor que lo
físico. Pero aunque sea brevemente tengo que decir que el
Evangelio habla de una pena física, habla del fuego.
Ya sabemos
que es una metáfora, porque el fuego del infierno no
puede ser como el fuego de la Tierra, porque atormenta
los espíritus. Es otra cosa. Pero es importante saber que
Jesucristo para ilustrar, para iluminar lo que es el infierno,
repite la metáfora quince veces. Esto es muy interesante. Cristo
no encuentra otra palabra más acomodada. Aunque sea metafórica, es
muy iluminativa, porque nos da a entender algo de lo
que debe ser eso.
Lo mismo que a veces decimos que
el hielo quema. Yo he oído decir: «tenía un trozo
de hielo en la mano, pero lo he soltado porque
me quemaba». Hombre, el hielo no quema, será lo contrario.
Pero el dolor que sientes en tus manos por el
frío se parece al dolor que sientes por el calor.
Pues lo mismo Cristo. Usa una palabra que es metáfora.
No es como el fuego de la Tierra. Pero si
Cristo la repite, por algo será. Se parece tanto a
la realidad que Él no encuentra mejor palabra que «fuego».
Entonces voy a poner un ejemplo. Estaba yo en Bilbao.
Yo me he dedicado muchos años a dar conferencias en
factorías. Y estaba yo en Altos Hornos de Vizcaya. Y
me contaron un accidente de trabajo de un obrero que
estaba en lo que se llama «pinchar el horno». Pinchar
el horno es perforarlo para que salga un chorro de
hierro líquido que va por unos canalitos que se hacen
con arena. En un plano inferior, hay una vía de
tren. De tren pequeñito, de vía estrecha, que lleva unas
grandes calderas. Ahí cae el hierro líquido.
Este hombre estaba
trabajando en eso. Trabajo peligrosísimo. Van con unos monos de
amianto y unos guantes. Muy bien preparados y equipados. Pero
lo que haces todos los días, por muy peligroso que
sea, te acostumbras y le pierdes el miedo y el
respeto. Este hombre resbaló en el borde y se cayó
en una caldera de hierro líquido. Un humito y desapareció.
Tuvieron que enterrar la colada entera. No quedó ni rastro
de ese hombre. Se volatilizó al caer en hierro líquido.
Este ejemplo me sirve a mí para pensar, para meditar.
Supongamos que este hombre no muere instantáneamente. Y se queda
flotando en hierro líquido. ¿Cuál sería el dolor que este
hombre tendría que aguantar flotando en hierro líquido? Él ni
se enteró. Se volatilizó instantáneamente. Pero si por hipótesis, se
queda flotando en hierro líquido, ¿cuál sería su tormento?
Un minuto,
tres minutos, cinco minutos, una hora, veinticuatro horas, un año,
una eternidad, flotando en hierro líquido. Vamos a pensarlo, porque
no es ninguna tontería. Porque Cristo te dice que en
el infierno hay fuego. Aunque sea metáfora. Pero es para
que comprendamos si hay algo en la vida que compense
un baño en hierro líquido que dura eternamente.
***
La
palabra eternidad no la entendemos. Eternidad no es muchos años.
Mil años, un millón de años. Miles y miles de
millones de años. No. Eternidad es no tener fin, que
no se acaba nunca.
Yo pongo un ejemplo. Un reloj pintado
tiene las doce menos cinco. No tiene máquina. Está pintado.
Espérate a ver cuándo dan las doce. No es que
yo espere una hora. No es que yo espere veinticuatro
horas. No es que yo espere un año. No es
que yo espere mil años. Nunca dará las doce. ¡Si
no tiene máquina! Está pintado en la pared. Siempre estará
en las doce menos cinco. No es cuestión de esperar
que den las doce. Nunca dará las doce. Esto es
la eternidad: que no tiene fin. Nunca llega al fin.
Nunca termina.
Ahora di tú, ¿merece la pena escoger el infierno?
¿Qué hay en la vida que compense esto? ¡Un baño
eterno en hierro líquido! Y además el desgarro del alma.
Me diré
-Por mi culpa. Maldito yo. Lo escogí yo.
Estoy aquí porque quise. Yo pude salvarme. Tuve en mis
manos la salvación y no quise. Dime tú si hay
algo en la vida que compense esto. A ver si
no merece la pena que pensemos:
-¿Qué vida llevo yo? ¿Voy
camino del cielo o del infierno?
Hay que pensar. El no
pensar es de idiota. Tú no pienses que está la
carretera cortada. Tú no frenes. Toma la curva a ciento
veinte, y cuando te encuentres el puente hundido, al precipicio.
¿En qué cabeza cabe que no queramos pensar en el
infierno; o que cuando se nos habla del infierno no
queramos rectificar? ¿Que seguimos como vamos? esto es de locos.
Por tanto, vamos a pensar que esto es dogma de
fe. Esto no es opinable. Es dogma de fe. Lo
ha dicho Cristo-Dios.
***
Por lo tanto, lo sensato, lo
razonable, es que yo me examine. ¿Qué vida llevo yo
en la Tierra? ¿Voy camino del cielo o voy camino
del infierno? Y si voy camino del infierno, a rectificar.
Todavía puedo rectificar. Cuando no podré rectificar es al otro
lado de la muerte. Después de la muerte se acabó.
Ya no se puede rectificar. Pero antes de la muerte
puedo rectificar. Y si voy por el buen camino, adelante.
Dando gracias a Dios que me ayuda. Pero si voy
por el camino del infierno, rectificar. Es absurdo coger el
camino que me lleva a donde no quiero ir. Pero
el que no quiere pensar, o no quiere rectificar, cuando
sabe que va por mal camino, eso es de loco.
Y las consecuencias son irreparables.
Después de la muerte no hay
solución. Así pues, pidámosle a Dios que nos ayude a
vivir fieles a Él, amándole sobre todas las cosas, para
ir por el camino de la gloria, que nos dará
esa felicidad eterna del amor. Y no tener la desgracia
de que por nuestra dureza de corazón y no querer
rectificar, caer en el infierno eterno: dogma de fe que
Dios ha profetizado a aquellos que mueren en pecado mortal.
Pues quiera Dios que estas palabras hayan sido útiles para
vuestra salvación eterna.
N.B.: Esta conferencia está disponible en
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