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| Teología Natural: De Aristóteles al personalismo |
Sin embargo, muchos elementos aristotélicos han podido ser asumidos por
latradición filosófica de inspiración cristiana, por una razón muy sencilla:
porque son verdad. Cosa que no se puede hacer con
otras filosofías antiguas y modernas, cuyos métodos y desarrollos no
resultan "bautizables", sencillamente porque en sus principios se ha deslizado
el error o sus métodos han sido inadecuados al objeto
de estudio.
Como es sabido, Aristóteles fue el discípulo “aventajado”
de Platón, al extremo de corregir y superar la filosofía
de su maestro. Una de las críticas fundamentales que Aristóteles
hace a Platón, consiste en reprocharle que las ideas, según
las concebía Platón, no tenían efectividad, actuación, no actuaban, eran
inoperantes, sin fuerza genética y generadora.
Para Aristóteles las «ideas»
o «esencias» de las cosas no se encuentran en un
mundo «ideal» separado de este, sino en las cosas. En
el análisis de las cosas distingue la substancia o esencia
y el accidente (los accidentes), y también estos dos elementos:
la forma y la materia.
Distinción entre materia y forma
¿A qué llama Aristóteles materia? Aristóteles llama materia a algo
que no tiene nada que ver con lo que en
física llamamos hoy materia. Materia, para él, es simplemente aquello
con lo que está hecho algo. "Aquello con que está
hecho algo" puede ser eso que nuestros físicos hoy llaman
materia; pero puede ser también otra cosa que no sea
eso que los físicos hoy llaman materia. Así, una tragedia
es una cosa que ha hecho Esquilo o que ha
hecho Eurípides, y esa cosa está hecha con palabras, con
"logoi", con razones, con dichos de los hombres, con sentimientos
humanos; y no está hecha con materia en el sentido
que dan a la palabra materia los físicos de hoy.
Materia, es, para Aristóteles aquello —sea lo que fuere— con
que algo está hecho.
¿Y forma? ¿Qué significa forma para
Aristóteles? Esta es una de las palabras que más ha
dado que hacer a los filósofos e historiadores de la
filosofía. No hay una sola de las interpretaciones que se
han dada de la "forma" en Aristóteles que no esté
expuesta a toda suerte de críticas. Lo cierto es que
la palabra "forma" la toma Aristóteles de la geometría. Sócrates
y sobre Platón fueron grandes admiradores de la geometría; al
extremo de que Platón inscribió en la puerta de su
escuela, que se llamaba la "Academia", un letrero que decía
"Nadie entre aquí si no es geómetra". Consideraba que el
estudio de la geometría era la propedéutica fundamental y necesaria
del estudio de la filosofía.
Pues bien, Aristóteles entendió por
«forma», primero y principalmente, la figura de los cuerpos, es
decir, lo que significa «forma» en el sentido más vulgar
de la palabra: la forma que tiene un cuerpo, la
forma como terminación o límite de la realidad corpórea vista
desde todas las perspectivas.
Pero sobre esa acepción y sentido de
la palabra forma, Aristóteles entendió también —y sin contradicción alguna—
aquello que hace que la cosa sea lo que es,
aquello que reúne los elementos materiales, en el sentido amplio
que se ha dicho, que no excluye lo inmaterial. Aquello
que hace entrar a los elementos materiales en un conjunto,
lo que les confiere unidad y sentido, eso es lo
que llama Aristóteles forma. El principio o causa que hace
que la cosa sea lo que es. La forma, pues,
se identifica con la esencia.
Ahora bien: esas formas de
las cosas no son para Aristóteles casuales o azarosas; no
aparecen como resultado de una serie de causas puramente físicas,
eficientes, mecánicas, que sucediéndose unas a otras han venido a
producir lo que una cosa en este momento es. Nada
hay más lejos del pensamiento aristotélico que eso; para Aristóteles
cada cosa tiene la forma que debe tener, es decir
la forma define la cosa. La forma de algo es
lo que confiere un sentido a ese algo; y ese
sentido es la finalidad, es el «telos», palabra griega que
significa fin: de ahí viene una palabra que se usa
mucho en filosofía: teleología; teoría de los fines, el punto
de vista desde el cual apreciamos y definimos las cosas,
no en cuanto que son causadas mecánicamente, sino en cuanto
que están dispuestas para la realización de un fin. Pues
bien: para Aristóteles la definición de una cosa contiene su
finalidad, y la forma o conjunto de las notas esenciales
imprime en esa cosa un sentido que es aquello para
lo que sirve.
De esta manera está ya armado Aristóteles
para contestar a la pregunta acerca de la génesis o
producción de las cosas. Si la materia y la forma
son los ingredientes necesarios para el advenimiento de la cosa,
entonces ese advenimiento, ¿en qué consiste? Consiste en que a
la materia informe sin forma, se añade, se agrega, se
sintentiza con ella, la forma. Y la forma, ¿qué es?
la forma es el principio causal esencial, que hace ser
a la cosa lo que es y le da sentido,
"telos", finalidad. La forma logra el advenimiento de la cosa.
La cosa llega a ser lo que es porque su
materia es informada, plasmada, recibe forma.
Pues bien, si la
forma confiere sentido y fin a la cosa, es igualmente
cierto que es aquello por lo cual la cosa es
inteligible. Y si es inteligible es porque ha sido hecha
inteligentemente. Cada cosa ha sido hecha del mismo modo como
el escultor hace la estatua, como el carpintero hace la
mesa, como el herrero hace la herradura. Todas las cosas
en el universo, todo lo que existe, ha tenido que
ser hecho por una causa inteligente que ha pensado el
"telos", la forma, y la ha impreso en la materia.
Está claro, pues, que la metafísica de Aristóteles desemboca inevitablemente
en una teología, en una teoría sobre Dios.
Argumento aristotélico
para afirmar la existencia de Dios
Aristóteles, en realidad —aunque
en diversos pasajes de sus escritos (en la Metafísica, en
la Física, en la Psicología) formula algo que pudiera parecerse
a lo que llamaríamos hoy «pruebas de la existencia de
Dios»— no cree que sea necesario demostrar la existencia de
Dios. La existencia de algo (cualquier cosa) implica necesariamente la
existencia de Dios.
En efecto: una existencia de las que
nosotros encontramos constantemente ejemplares, es siempre "contingente". ¿Qué significa contingente?
Significa que el ser de esa existencia, la existencia de
esa existencia, no es necesaria. Contingente significa que lo mismo
podría existir que no existir; que no hay razón para
que exista más que para que no exista. Las cosas
con que tropezamos en nuestra experiencia personal son todas ellas
contingentes.
Existen las cosas; este vaso, esta lámpara, esta mesa,
el mundo, el sol, las estrellas, los animales, yo, nosotros,
existimos, pero podríamos no existir; es decir, nuestra existencia no
es necesaria. Pero si hay una existencia que no es
necesaria, esa existencia supone que ha sido producida por otra
cosa existente, puesto que no tiene fundamento en sí misma;
por lo tanto, tiene su fundamento en otra. Si esa
segunda cosa existente tampoco es necesaria, si ella es contingente,
supondrá evidentemente una tercera cosa existente que la ha producido.
Esta tercera cosa existente, si no es necesaria sino contingente,
supondrá una cuarta cosa que la haya producido.
Vamos a
suponer que la serie de estas cosas contingentes, no necesarias,
que van produciéndose unas a otras, sea infinita. Entonces, toda
la serie, por muy infinita que sea, tomada en su
totalidad, será también contingente y necesitará por fuerza una existencia
no contingente que la explique, que le dé esa existencia.
De suerte que tanto en la consideración de las existencias
individuales como en la consideración de una serie infinita de
existencias individuales, tanto en uno como en otro caso, tropezamos
con la absoluta necesidad de admitir una existencia que no
encuentre su fundamento en otra sino que sea ella, por
sí misma, necesaria, absolutamente necesaria. Esta existencia no contingente sino
necesaria que tiene en sí misma la razón de su
existir, el fundamento de su existir, es Dios.
El ser
necesario ha de ser inmóvil
Para Aristóteles es tan claro
todo esto que ni siquiera le parece “prueba”; no le
hace falta prueba de la existencia de Dios porque para
su mente metafísica es tan cierta como que algo existe.
Si estamos ciertos de que algo existe, estamos ciertos de
que Dios existe. Y este algo necesario, no contingente; es
fundamento, base primaria de todas las demás existencias; este algo
es inmóvil, no puede estar en movimiento. Y no puede
estar en movimiento porque, para Aristóteles, el movimiento es el
prototipo de lo contingente (que equivale a cambiante).
¿Por qué
el movimiento es contingente? Porque el movimiento es ser y
no ser sucesivamente. Una piedra lanzada al aire está en
movimiento, no lo niega Aristóteles, como hizo Parménides; pero estar
en movimiento significa estar, ahora, en este punto A, e
inmediatamente en otro punto B; luego en el segundo momento,
en aquel punto A ya no hay movimiento. Cuando el
punto en donde está una cosa ha sido abandonado por
la cosa en movimiento, el movimiento no está ahí sino
aquí. Ese cambiar constante es para Aristóteles el símbolo propio
de la contingencia, de lo no necesario, de lo que
requiere explicación. Por tanto, si Dios estuviese en movimiento, Dios
requeriría explicación. Pero Dios es precisamente la existencia necesaria, absoluta,
que explica el movimiento sin requerir explicación. Tiene que ser
inmóvil.
Inmovilidad a inmaterialidad
De la inmovilidad, Aristóteles deduce inmediatamente
la inmaterialidad.
Si es inmóvil es inmaterial, porque si fuera
material, entonces, sería móvil.
Todo lo material es móvil; no
hay más que darle un empujón.
Es cierto que Aristóteles
toma la palabra material en un sentido no mecánico; pero
en todo caso sería cambiante, que equivale a móvil. Todo
lo material es cambiante. Esto es suficientemente claro.
La explicación
metafísica del cambio: el acto y la potencia
Como es
sabido, Aristóteles explica el movimiento (cualquier cambio) por la combinación
de dos coprincipios: el acto y la potencia. El acto
es una noción primaria; es lo real por antonomasia y
por eso actúa, tiene eficiencia real. Una piedra pensada no
es actual, porque no puede actuar, no puede romper nada.
Una piedra real lanzada contra un cristal, lo rompe. El
acto es lo que existe ahí de un modo efectivo.
Tenemos ahora la piedra en reposo. La podemos coger y
lanzar, está en acto, pero con el acto coexiste la
potencia para muchas cosas: puede ser lanzada o machacada, puede
entrar en combinación con otros elementos químicos. Es cambiante porque
no sólo es acto, sino también potencia (pasiva). No es
acto puro. El acto puro sería inmutable, porque tendría toda
la actualidad posible.
Todo lo cambiante está compuesto de acto
y potencia. Todo lo compuesto de acto y potencia es
cambiante, porque la potencia se puede actualizar.
El acto puro
Si hay un ente actual inmóvil no es susceptible de
cambio. No cabe en él potencia alguna. Esto significa que
es todo acto, puro acto; sin posibilidad de cambiar nada.
Es lo que sucede realmente en Dios. En Dios no
hay nada «posible». Todo es real, nada es futuro, todo
es presente. Es acto puro, pura actualidad, pura realidad en
acto. En Dios no está nada por llegar a ser
ni está en devenir, todo es en este instante plenamente
, con plenitud de realidad.
No podemos, pues, suponer que
en Dios haya materia, porque la materia es lo que
está en devenir; la materia, a lo sumo, «está siendo»
(distendida en el tiempo), pero Dios no está por ser
ni está siendo, sino que es. Y este ser pleno
de la divinidad, es para Aristóteles lo arjé, que él
llama "acto puro" y opone a la potencia pasiva, a
la posibilidad, al mero posible . Y Dios es la
causa primera de todo.
La cumbre de la teología de
Aristóteles: «noesis noéseo»
Ahora bien, ¿cuál es la actividad de
Dios? Para Aristóteles, no puede consistir en otra cosa que
en pensar, porque si Dios hiciera algo que no fuese
pensar, ese algo implicaría el movimiento (pensar es pararse: “parase
a pensar”). Además de pensar, ¿qué podría hacer Dios? ¿sentir?.
Sentir es una imperfección y Dios no tiene imperfecciones. ¿Desear?
Tampoco, porque desear implica carencia de lo deseado. Aristóteles piensa
que Dios no puede apetecer ni querer, porque apetecer y
querer suponen el pensamiento de algo que no somos ni
tenemos y que queremos ser o tener. pero Dios no
puede notar que le falta algo en su ser o
en su haber; lo tiene todo y lo es todo.
Por consiguiente, no puede querer, ni desear, ni emocionarse; no
puede más que pensar. Dios es pensamiento puro.
Y ¿qué
es lo que Dios piensa? Pues ¿qué puede pensar Dios?
Dios no puede pensar más que en sí mismo. El
pensamiento de Dios no puede tener por objeto más que
a sí mismo. ¿Por qué –siempre según Aristóteles- es esto
así? Simplemente porque el pensamiento de Dios no puede dirigirse
a las cosas más que en tanto en cuanto son
productos de él mismo; en tanto en cuanto son sus
propios pensamientos realizados por su propia actividad pensante. Así es
que no hay otro objeto posible para Dios sino pensarse
a sí mismo.
No es poco para Aristóteles, porque la
intelección subsistente y siempre actual es el más perfecto de
los grados metafísicos de ser, pues es la forma superior
de vida. Muchos teólogos, entre ellos los tomistas Juan de
Santo Tomás, Gonnet y Billuart coinciden en considerar la intelección
subsistente como constitutivo formal de la esencia divina.
La teología
de Aristóteles, pues, culmina con esas notas de puro intelectualismo,
en que Dios es llamado «pensamiento del pensamiento», «nóesis noéseos
nóesis». Es quizá la cumbre más alta que se ha
podido alcanzar racionalmente sin contar con las sugerencias que la
filosofía ha recibido de la teología cristiana. Como veremos más
adelante, la revelación cristiana descubrirá que en Dios no sólo
hay entendimiento, sino también voluntad, porque «Dios es amor». Por
lo tanto habrá que entender la voluntad no necesariamente como
órexis (deseo), que ciertamente no cabe en Dios, sino como
amor.
Por lo demás, no parece que Aristóteles llegase a
captar la noción de creación, es decir, la producción del
ente ex nihilo sui et subiecto. Para esto habrá que
esperar unos cuantos siglos. No obstante, hay que reconocer que
la arquitectura del universo que Aristóteles nos dibuja es formidable
y magnífica y concuerda perfectamente con el impulso del hombre
natural, pensador espontáneo. Aristóteles logró dar al realismo del sentido
originario, común a todo ser humano, una forma filosófica magnífica.
El realismo filosófico mantiene la actitud de todo ser humano
ante la pregunta que hacemos: ¿quién existe? A esa pregunta
la respuesta espontánea del hombre es decir que existe este
vaso, esta lámpara, este señor, esta mesa, el sol; todo
eso existe. Pues a esa respuesta espontánea que a la
pregunta metafísica da el ser humano, confiere Aristóteles al cabo
de cuatro siglos de meditación filosófica, la forma mejor engarzada
y más satisfactoria de la historia del pensamiento hasta él.
Un quiebro asombroso: la causalidad peculiar del Motor inmóvil
Pero
quizá lo más genial del discurso aristotélico sobre Dios, es
el giro que introduce al describir el sentido de la
causalidad del Motor inmóvil. Tendemos a pensar que el motor
no tiene otro modo de mover que «empujando» o produciendo
las cosas al modo de la causa eficiente. Hay que
tener en cuenta, además, que Aristóteles no sabe de creación
(producción ex nihilo). Pues bien, la gran intuición del Estagirita
es que el Primer Motor es, ante todo, causa final.
Así dice en su Metafísica, libro XII, cap. VII: «Ya
que lo que es movido y mueve al mismo tiempo
está en situación intermedia, debe haber algo que mueve sin
ser movido, que es eterno, substancia y actividad. De este
modo [precisamente] mueve aquello que es objeto de apetito y
de intelección, es decir, lo que mueve sin ser movido».
Es decir, el Primer Motor mueve no «empujando», no «haciendo»,
produciendo, poniendo, construyendo o formando, sino «atrayendo».
¿Se puede mover
a algo sin hacer nada, sin moverse? Tenemos infinidad de
experiencias sobre este asunto? Infinidad de cosas mueven sin ser
movidas. Por ejemplo, Las Meninas, de Velázquez mueven cada año
cientos de millares de personas de los cinco continentes sin
moverse del Museo del Prado. En fin, es evidente que
la perfección, el Bien mueve sin necesidad de moverse.
La
doctrina clásica de la causa final como causa de las
causas, como lo último en la ejecución pero primero en
la intención ha tendido a situar la fuerza creadora en
la eficiencia, en el antes, pero no en el después.
Pero el Primer Motor aristotélico mueve no tanto como principio
sino como fin, no tanto empujando como llamando. Es principio
siendo fin. Lo que pocos han podido imaginar fuera de
la cosmovisión judeocristiana es que el Primer Motor sea creador
como Fin y que la omnipotencia que pone al ente
en la existencia, sea más que un «hacer», poner o
construir, un «llamar», tan poderoso que la misma llamada otorga
el ser. De este modo el ser creado es llamada
y, especialmente, el ser personal, es respuesta.
«Ciertamente –dice Ruiz-Retegui-,
podemos considerar la creación bajo el aspecto de la concesión
del ser, o la puesta en la existencia. Podemos entender
y estudiar la creación desde el punto de vista de
las esencias entendidas por la Sabiduría divina, que reciben el
acto de ser, o como el Ser infinito de Dios
que se da a participar a seres fuera de sí.
Esta manera de concebir la creación está marcada por la
perspectiva de la constitución ontológica de los seres creados y,
en esa medida, tiene especial aptitud para expresar el aspecto
que las criaturas tienen de ser en sí mismas. Pero
es una forma de considerar la creación que no favorece
la consideración de la apertura esencial que las criaturas tienen
hacia Dios, y la definición del hombre como su imagen
y semejanza. En este sentido, favorecen la perspectiva en que
aparecen los problemas antropológicos propios de la modernidad, a los
que hemos aludido anteriormente.
»La consideración cabal de la creación
y de la condición de las criaturas es aquella en
la que la omnipotencia creadora es vista en su carácter
de unión esencial con la bondad infinita, es decir, aquella
en la que la creación nos aparece como fruto de
una llamada tan poderosa que crea el ser mismo llamado.
El que la creación acontezca por una llamada, es decir,
el que la omnipotencia creadora sea propia de la causa
final infinita, hace que el principio la creación- y
el fin al que es llamada de la
criatura estén intrínsecamente unidos» (A. Ruíz-Retegui). El principio es pura
identidad con el fin. Dios es, en efecto, Alfa y
Omega; Alfa coincide con Omega.
Esta es la línea en
la que discurre, con mayor o menor fortuna, con metodologías
y perspectivas muy diversas, la filosofía personalista actual, como Guardini,
Leonardo Polo, Alfonso López Quintás, Levinás, etc.
Aristóteles nos permite
suponer que hubiera comprendido muy bien esta actual interpretación filosófica
de la creación como «llamada». Pero para lograrlo de modo
filosóficamente convincente han debido transcurrir dos mil quinientos años.
En
un curso de Historia de la Filosofía o de Teología
natural es preciso seguir la pista aristotélica que la traspasa,
para comprenderlo acabadamente |
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