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Autor: Juan Pablo II La gloria de la Trinidad en la Transfiguración
En esta octava de Pascua, considerada como un único gran día, la liturgia repite sin cesar el anuncio de la resurrección: "¡Verdaderamente Jesús ha resucitado!".
La gloria de la Trinidad en la Transfiguración
Catequesis del Papa Juan Pablo II durante la Audiencia
General del Miércoles 24 de abril de 2000
1. En
esta octava de Pascua, considerada como un único gran día,
la liturgia repite sin cesar el anuncio de la resurrección:
"¡Verdaderamente Jesús ha resucitado!". Este anuncio abre un horizonte nuevo
a la humanidad entera. En la Resurrección se hace realidad
lo que en la Transfiguración del monte Tabor se vislumbraba
misteriosamente. Entonces el Salvador reveló a Pedro, Santiago y Juan
el prodigio de gloria y de luz confirmado por la
voz del Padre: "Este es mi Hijo predilecto" (Mc 9,
7).
En la fiesta de Pascua estas palabras se nos
presentan en su plenitud de verdad. El Hijo predilecto del
Padre, Cristo crucificado y muerto, ha resucitado por nosotros. A
su luz, los creyentes vemos la luz y, "exaltados por
el Espíritu -como afirma la liturgia de la Iglesia de
Oriente-, cantamos a la Trinidad consustancial a lo largo de
todos los siglos" (Grandes Vísperas de la Transfiguración de Cristo).
Con el corazón rebosante de alegría pascual subamos hoy espiritualmente
al monte santo, que domina la llanura de Galilea, para
contemplar el acontecimiento que allí se realiza, anticipando los sucesos
pascuales.
2. Cristo es el centro de la Transfiguración. Hacia
él convergen dos testigos de la primera Alianza: Moisés, mediador
de la Ley, y Elías, profeta del Dios vivo. La
divinidad de Cristo, proclamada por la voz del Padre, también
se manifiesta mediante los símbolos que san Marcos traza con
sus rasgos pintorescos. La luz y la blancura son símbolos
que representan la eternidad y la trascendencia: "Sus vestidos se
volvieron resplandecientes, muy blancos, como no los puede blanquear lavandera
sobre la tierra" (Mc 9, 3). Asimismo, la nube es
signo de la presencia de Dios en el camino del
Éxodo de Israel y en la tienda de la Alianza
(cf. Ex 13, 21-22; 14, 19. 24; 40, 34. 38).
Canta también la liturgia oriental, en el Matutino de la
Transfiguración: "Luz inmutable de la luz del Padre, oh Verbo,
con tu brillante luz hoy hemos visto en el Tabor
la luz que es el Padre y la luz que
es el Espíritu, luz que ilumina a toda criatura".
3.
Este texto litúrgico subraya la dimensión trinitaria de la transfiguración
de Cristo en el monte, pues es explícita la presencia
del Padre con su voz reveladora. La tradición cristiana vislumbra
implícitamente también la presencia del Espíritu Santo, teniendo en cuenta
el evento paralelo del bautismo en el Jordán, donde el
Espíritu descendió sobre Cristo en forma de paloma (cf. Mc
1, 10). De hecho, el mandato del Padre: "Escuchadlo" (Mc
9, 7) presupone que Jesús está lleno de Espíritu Santo,
de forma que sus palabras son "espíritu y vida" (Jn
6, 63; cf. 3, 34-35).
Por consiguiente, podemos subir al
monte para detenernos a contemplar y sumergirnos en el misterio
de luz de Dios. El Tabor representa a todos los
montes que nos llevan a Dios, según una imagen muy
frecuente en los místicos. Otro texto de la Iglesia de
Oriente nos invita a esta ascensión hacia las alturas y
hacia la luz: "Venid, pueblos, seguidme. Subamos a la montaña
santa y celestial; detengámonos espiritualmente en la ciudad del Dios
vivo y contemplemos en espíritu la divinidad del Padre y
del Espíritu que resplandece en el Hijo unigénito" (tropario, conclusión
del Canon de san Juan Damasceno).
4. En la Transfiguración
no sólo contemplamos el misterio de Dios, pasando de luz
a luz (cf. Sal 36, 10), sino que también se
nos invita a escuchar la palabra divina que se nos
dirige. Por encima de la palabra de la Ley en
Moisés y de la profecía en Elías, resuena la palabra
del Padre que remite a la del Hijo, como acabo
de recordar. Al presentar al "Hijo predilecto", el Padre añade
la invitación a escucharlo (cf. Mc 9, 7).
La segunda
carta de san Pedro, cuando comenta la escena de la
Transfiguración, pone fuertemente de relieve la voz divina. Jesucristo "recibió
de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime gloria
le dirigió esta voz: "Este es mi Hijo predilecto, en
quien me complazco". Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del
cielo, estando con él en el monte santo. Y así
se nos hace más firme la palabra de los profetas,
a la cual hacéis bien en prestar atención, como a
lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el
día y se levante en vuestros corazones el lucero de
la mañana" (2 P 1, 17-19).
5. Visión y escucha,
contemplación y obediencia son, por consiguiente, los caminos que nos
llevan al monte santo en el que la Trinidad se
revela en la gloria del Hijo. "La Transfiguración nos concede
una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo "el
cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso
como el suyo" (Flp 3, 21). Pero nos recuerda también
que "es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar
en el reino de Dios" (Hch 14, 22)" (Catecismo de
la Iglesia católica, n. 556).
La liturgia de la Transfiguración,
como sugiere la espiritualidad de la Iglesia de Oriente, presenta
en los apóstoles Pedro, Santiago y Juan una "tríada" humana
que contempla la Trinidad divina. Como los tres jóvenes del
horno de fuego ardiente del libro de Daniel (cf. Dn
3, 51-90), la liturgia "bendice a Dios Padre creador, canta
al Verbo que bajó en su ayuda y cambia el
fuego en rocío, y exalta al Espíritu que da a
todos la vida por los siglos" (Matutino de la fiesta
de la Transfiguración).
También nosotros oremos ahora al Cristo transfigurado
con las palabras del Canon de san Juan Damasceno: "Me
has seducido con el deseo de ti, oh Cristo, y
me has transformado con tu divino amor. Quema mis pecados
con el fuego inmaterial y dígnate colmarme de tu dulzura,
para que, lleno de alegría, exalte tus manifestaciones".
Tomado de Zenit.org
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