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Autor: Juan Pablo II | Fuente: Zenit.org La gloria de la Trinidad en la Resurrección
El itinerario de la vida de Cristo no culmina en la oscuridad de la tumba, sino en el cielo luminoso de la resurrección
La gloria de la Trinidad en la Resurrección
Alocución de S. S. Juan Pablo II
1. El itinerario
de la vida de Cristo no culmina en la oscuridad
de la tumba, sino en el cielo luminoso de la
resurrección. En este misterio se funda la fe cristiana (cf.
1 Co 15, 1-20), como nos recuerda el Catecismo de
la Iglesia católica: "La resurrección de Jesús es la verdad
culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por
la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental
por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento,
predicada como parte esencial del misterio pascual al mismo tiempo
que la cruz" (n. 638).
Afirmaba un escritor místico español
del siglo XVI: "En Dios se descubren nuevos mares cuanto
más se navega" (fray Luis de León). Queremos navegar ahora
en la inmensidad del misterio hacia la luz de la
presencia trinitaria en los acontecimientos pascuales. Es una presencia que
se dilata durante los cincuenta días de Pascua.
2. A
diferencia de los escritos apócrifos, los evangelios canónicos no presentan
el acontecimiento de la resurrección en sí, sino más bien
la presencia nueva y diferente de Cristo resucitado en medio
de sus discípulos. Precisamente esta novedad es la que subraya
la primera escena en la que queremos detenernos. Se trata
de la aparición que tiene lugar en una Jerusalén aún
sumergida en la luz tenue del alba: una mujer, María
Magdalena, y un hombre se encuentran en una zona de
sepulcros. En un primer momento, la mujer no reconoce al
hombre que se le ha acercado; sin embargo, es el
mismo Jesús de Nazaret a quien había escuchado y que
había transformado su vida. Para reconocerlo es necesaria otra vía
de conocimiento diversa de la razón y los sentidos. Es
el camino de la fe, que se abre cuando ella
oye que le llaman por su nombre (cf. Jn 20,
11-18).
Fijemos nuestra atención, dentro de esta escena, en las
palabras del Resucitado. Él declara: "Subo a mi Padre y
vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios" (Jn 20,
17). Aparece, pues, el Padre celestial, con respecto al cual
Cristo, con la expresión "mi Padre", subraya un vínculo especial
y único, distinto del que existe entre el Padre y
los discípulos: "vuestro Padre". Tan sólo en el evangelio de
san Mateo, Jesús llama diecisiete veces a Dios "mi Padre".
El cuarto evangelista usará dos vocablos griegos diversos: uno, hyiós,
para indicar la plena y perfecta filiación divina de Cristo;
el otro, tékna, referido a nuestro ser hijos de Dios
de modo real, pero derivado.
3. La segunda escena nos
lleva de Jerusalén a la región septentrional de Galilea, a
un monte. Allí tiene lugar una epifanía de Cristo, en
la que el Resucitado se revela a los Apóstoles (cf.
Mt 28, 16-20). Se trata de un solemne acontecimiento de
revelación, reconocimiento y misión. En la plenitud de sus poderes
salvíficos, él confiere a la Iglesia el mandato de anunciar
el Evangelio, bautizar y enseñar a vivir según sus mandamientos.
La Trinidad emerge en esas palabras esenciales que resuenan también
en la fórmula del bautismo cristiano, tal como lo administrará
la Iglesia: "Bautizad (a todas las gentes) en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt
28, 19).
Un antiguo escritor cristiano, Teodoro de Mopsuestia (siglo
IV-V), comenta: "La expresión en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo indica quién da los
bienes del bautismo: el nuevo nacimiento, la renovación, la inmortalidad,
la incorruptibilidad, la impasibilidad, la inmutabilidad, la liberación de la
muerte, de la esclavitud y de todos los males, el
gozo de la libertad y la participación en los bienes
futuros y sublimes. ¡Por eso somos bautizados! Se invoca, por
tanto, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo para
que conozcas la fuente de los bienes del bautismo" (Homilía
II sobre el bautismo, 17).
4. Llegamos, así, a la
tercera escena que queremos evocar. Nos remonta al tiempo en
que Jesús caminaba todavía por las calles de Tierra Santa,
hablando y actuando. Durante la solemnidad judía otoñal de las
Tiendas, proclama: "Si alguno tiene sed, venga a mí, y
beba el que crea en mí, como dice la Escritura:
"De su seno manarán ríos de agua viva"" (Jn 7,
38). El evangelista san Juan interpreta estas palabras precisamente a
la luz de la Pascua de gloria y del don
del Espíritu Santo: "Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que
iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún
no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado"
(Jn 7, 39).
Vendrá la glorificación de la Pascua, y
con ella también el don del Espíritu en Pentecostés, que
Jesús anticipará a sus Apóstoles al atardecer del mismo día
de su resurrección. Apareciéndose en el Cenáculo, soplará sobre ellos
y les dirá: "Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20, 22).
5. Así pues, el Padre y el Espíritu están unidos
al Hijo en la hora suprema de la redención. Esto
es lo que afirma san Pablo en una página muy
luminosa de la carta a los Romanos, en la que
evoca a la Trinidad precisamente en relación con la resurrección
de Cristo y de todos nosotros: "Y si el Espíritu
de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos
habita en vosotros, aquel que resucitó a Cristo de entre
los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales
por su Espíritu que habita en vosotros" (Rm 8, 11).
El Apóstol indica en esta misma carta la condición para
que se cumpla dicha promesa: "Porque, si confiesas con tu
boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón
que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo"
(Rm 10, 9). A la naturaleza trinitaria del acontecimiento pascual,
corresponde el aspecto trinitario de la profesión de fe. En
efecto, "nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!", si no es
bajo la acción del Espíritu Santo" (1 Co 12, 3),
y quien lo dice, lo dice "para gloria de Dios
Padre" (Flp 2, 11).
Acojamos, pues, la fe pascual y
la alegría que deriva de ella recordando un canto de
la Iglesia de Oriente para la Vigilia pascual: "Todas las
cosas son iluminadas por tu resurrección, oh Señor, y el
paraíso ha vuelto a abrirse. Toda la creación te bendice
y diariamente te ofrece un himno. Glorifico el poder del
Padre y del Hijo, alabo la autoridad del Espíritu Santo,
Divinidad indivisa, increada, Trinidad consustancial que reina por los siglos
de los siglos" (Canon pascual de san Juan Damasceno, Sábado
santo, tercer tono).
Tomado de Zenit.org
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