La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: S. S. Juan Pablo II | Fuente: Zenit.org La gloria de la Trinidad en el hombre vivo
La primera dimensión fundamental de la vida que se nos concede es la física e histórica, el "alma" y el "espíritu"...
La gloria de la Trinidad en el hombre vivo
Catequesis del Papa Juan Pablo II durante la Audiencia
General del miércoles 7 de junio de 2000
1. En
este Año jubilar nuestra catequesis trata de buen grado sobre
el tema de la glorificación de la Trinidad. Después de
haber contemplado la gloria de las tres divinas personas en
la creación, en la historia, en el misterio de Cristo,
nuestra mirada se dirige ahora al hombre, para descubrir en
él los rayos luminosos de la acción de Dios.
"Él
tiene en su mano el alma de todo ser viviente
y el soplo de toda carne de hombre" (Jb 12,
10). Esta sugestiva declaración de Job revela el vínculo radical
que une a los seres humanos con "el Señor que
ama la vida" (Sb 11, 26). La criatura racional lleva
inscrita en su ser una íntima relación con el Creador,
un vínculo profundo, constituido ante todo por el don de
la vida. Don que es concedido por la Trinidad misma
e implica dos dimensiones principales, como trataremos ahora de ilustrar
a la luz de la palabra de Dios.
2. La
primera dimensión fundamental de la vida que se nos concede
es la física e histórica, el "alma" (nefesh) y el
"espíritu" (ruah), a los que se refería Job. El Padre
entra en escena como fuente de este don en los
mismos inicios de la creación, cuando proclama solemnemente: "Hagamos al
ser humano a nuestra imagen y semejanza (...). Creó Dios
al ser humano a imagen suya; a imagen de Dios
lo creó; varón y mujer los creó" (Gn 1, 26-27).
Con el Catecismo de la Iglesia católica podemos sacar esta
consecuencia: "La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece
en la comunión de las personas, a semejanza de la
unión de las personas divinas entre sí" (n. 1702). En
la misma comunión de amor y en la capacidad generadora
de las parejas humanas brilla un reflejo del Creador. El
hombre y la mujer en el matrimonio prosiguen la obra
creadora de Dios, participan en su paternidad suprema, en el
misterio que san Pablo nos invita a contemplar cuando exclama:
"Un solo Dios y Padre de todos, que está sobre
todos, actúa por todos y está presente en todos" (Ef
4, 6).
La presencia eficaz de Dios, al que el
cristiano invoca como Padre, se manifiesta ya en los inicios
de la vida de todo hombre, y se extiende luego
sobre todos sus días. Lo atestigua una estrofa muy hermosa
del Salmo 139: "Tú has creado mis entrañas; me has
tejido en el seno materno. (...) Conocías hasta el fondo
de mi alma, no desconocías mis huesos. Cuando, en lo
oculto, me iba formando y entretejiendo en lo profundo de
la tierra. Mi embrión (golmi) tus ojos lo veían; en
tu libro estaban inscritos todos mis días, antes que llegase
el primero" (Sal 139, 13. 15-16).
3. En el momento
en que llegamos a la existencia, además del Padre, también
está presente el Hijo, que asumió nuestra misma carne (cf.
Jn 1, 14) hasta el punto de que pudo ser
tocado por nuestras manos, ser escuchado con nuestros oídos, ser
visto y contemplado por nuestros ojos (cf. 1 Jn 1,
1). En efecto, san Pablo nos recuerda que "no hay
más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden
todas las cosas y para el cual somos nosotros; y
un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas
y por el cual existimos nosotros" (1 Co 8, 6).
Asimismo, toda criatura viva está encomendada también al soplo del
Espíritu de Dios, como canta el Salmista: "Envías tu Espíritu
y los creas" (Sal 104, 30). A la luz del
Nuevo Testamento es posible leer en estas palabras un anuncio
de la tercera Persona de la santísima Trinidad. Así pues,
en el origen de nuestra vida se halla una intervención
trinitaria de amor y bendición.
4. Como he insinuado, existe
otra dimensión en la vida que Dios da a la
criatura humana. La podemos expresar mediante tres categorías teológicas neotestamentarias.
Ante todo, tenemos la zoÖ aænioV, es decir, la "vida
eterna", celebrada por san Juan (cf. Jn 3, 15-16; 17,
2-3) y que se debe entender como participación en la
"vida divina". Luego, está la paulina kainÕ kt|siV, la "nueva
criatura" (cf. 2 Co 5, 17; Ga 6, 15), producida
por el Espíritu, que irrumpe en la criatura humana transfigurándola
y comunicándole una "vida nueva" (cf. Rm 6, 4; Col
3, 9-10; Ef 4, 22-24). Es la vida pascual: "Del
mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos
revivirán en Cristo" (1 Co 15, 22). Y tenemos, por
último, la vida de los hijos de Dios, la uªoqes|a
(cf. Rm 8, 15; Ga 4, 5), que expresa nuestra
comunión de amor con el Padre, siguiendo a Cristo, con
la fuerza del Espíritu Santo: "La prueba de que sois
hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el
Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo
que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo,
también heredero" (Ga 4, 6-7).
5. Esta vida trascendente, infundida
en nosotros por gracia, nos abre al futuro, más allá
del límite de nuestra caducidad propia de criaturas. Es lo
que san Pablo afirma en la carta a los Romanos,
recordando una vez más que la Trinidad es fuente de
esta vida pascual: "Si el Espíritu de Aquel que resucitó
a Jesús de entre los muertos (es decir, el Padre)
habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre
los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales
por su Espíritu que habita en vosotros" (Rm 8, 11).
"Por tanto, la vida eterna es la vida misma de
Dios y a la vez la vida de los hijos
de Dios. Un nuevo estupor y una gratitud sin límites
se apoderan necesariamente del creyente ante esta inesperada e inefable
verdad que nos viene de Dios en Cristo (...) (cf.
1 Jn 3, 1-2). Así alcanza su culmen la verdad
cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo está ligada
a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también a
su fin, a su destino de comunión con Dios en
su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad,
san Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: "el
hombre que vive" es "gloria de Dios", pero "la vida
del hombre consiste en la visión de Dios" (cf. san
Ireneo, Adversus haereses IV, 20, 7)" (Evangelium vitae, 38).
Concluyamos
nuestra reflexión con la oración que eleva un sabio del
Antiguo Testamento al Dios vivo y amante de la vida:
"Amas a todos los seres y nada de lo que
hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho.
Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo
se habría conservado lo que no hubieses llamado? Mas tú
con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor
que amas la vida, pues tu espíritu incorruptible está en
todas ellas" (Sb 11, 24 12, 1).
Tomado de Zenit.org
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la sección Consulta cualquier duda acerca de las principales verdades de la fe católica, su congruencia con la razón y las normas para vivirlas. Cuestiones apologéticas para saber defender tu fe ante el ataque de las sectas y de doctrinas y corrientes contrarias a la misma
Ver todos los consultores
Curso que presenta las bases teóricas para ser un buen evangelizador, enriquecidas con un muy amplio repertorio de sugerencias prácticas.
Ver todos los eventos