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Al meterse en la Teología Natural de Tomás de Aquino,
sabiendo de la hondura y coherencia de su pensamiento tanto
filosófico como teológico, se llega con inesperado asombro a leer
los siguientes párrafos:
"Todo ser cognoscente conoce a Dios implícitamente en
cualquier cosa conocida. Del mismo modo que no hay nada
apetecible sino por semejanza con la bondad por excelencia, así
también nada es cognoscible más que por semejanza con la
verdad primera" (De Veritate, q. XXII, a. 2, ad 1m).
"Como
inteligir no es otra cosa que una cierta presencia del
inteligible al intelecto, el alma siempre intelige a sí y
a Dios, a lo que se sigue un cierto amor
indeterminado" (Esta cita se encuentra -en latín- en la obra
de Zubiri, Naturaleza, Historia y Dios).
El asombro está justificado, me
parece, cuando se sabe que Tomás en modo alguno era
ontologista. Más aún, refuta explícitamente el argumento ontológico. No pueden
interpretarse pues estas palabras como si gozáramos de la evidencia
de Dios en este mundo.
Pero sí es evidente que Tomás
afirma que en cualquier conocimiento, tenemos conocimiento -... implícito- de
Dios.
¿Y cómo es eso? Porque conocer es tener presente
de alguna manera, lo conocido; y cualquier cosa es inteligible
en la medida en que se asemeja (todo lo de
lejos que se quiera) a Dios Sumo Inteligible; y por
poco que se asemeje, la semejanza es suficiente para contener
en alguna medida el Modelo según el cual ha sido
creado.
¿Qué la desemejanza es infinita y lo finito no puede
remitir el intelecto al Infinito? También es prácticamente infinita la
desemejanza material que existe entre un retrato y la persona
retratada. Sin embargo, cuando hemos visto un retrato de una
persona desconocida y después nos encontramos con ella, decimos: ¡esta
es la persona del retrato! Porque, aunque materialmente no tienen
nada que ver, formalmente sí. Y como todo lo que
existe, es, por poco que sea, nos está mostrando algo
del Modelo según el cual ha sido creada. En el
caso del ente en cuanto tal, su Creador y Modelo
ejemplar es el Ser por esencia y por "poco ente"
que aquél sea, los que llegan a ver a Dios
en Sí mismo, dicen: ahora veo que todas las cosas
me mostraban algo (aunque fuera muy poco) de Ti.
Con otras
palabras, conocer cualquier cosa es conocer, aunque sea muy poco,
pero realmente, a Dios. Por eso, no es tan difícil
reconocerlo en cualquiera de sus obras. Y una vez más,
el ateísmo se manifiesta como una violencia obturadora del pensamiento:
una actitud contra natura.
A. Discusión
Los argumentos a favor de que
la ley natural comprende solamente un precepto, y no muchos,
son:
1. La ley pertenece al género del precepto.(q. 92, a.
2), Luego si hubiera muchos preceptos en la ley natural
se seguiría que también serían muchas las leyes naturales.
2. La
ley natural es algo consiguiente a la naturaleza humana. Mas
la naturaleza humana, aunque es una considerada como un todo,
es múltiple en sus partes. Por eso, la ley natural,
o bien consta de un solo precepto por la unidad
de la naturaleza humana como un todo, o bien consta
de muchos por la multiplicidad de la naturaleza humana en
sus partes. Pero en este caso también las inclinaciones de
la parte concupiscible deberían pertenecer a la ley natural.
3. La
ley, (q. 90, a. 1) es cosa de la razón.
Pero la razón en el hombre es una sola. Luego
la ley natural solo tiene un precepto.
Argumento en contra: consta
que los preceptos de la ley natural son en el
orden práctico lo que son los primeros principios en el
orden de la demostración. Pero estos primeros principios son muchos.
Luego también son múltiples los preceptos de la ley natural.
B. Respuesta
Como ya dijimos, los preceptos de la ley(q. 91,
a. 3), natural son, en el orden práctico, lo
que los primeros principios de la demostración en el orden
especulativo, pues unos y otros son evidentes por sí mismos.
Ahora
bien, esta evidencia puede entenderse en dos sentidos: en absoluto
y en relación a nosotros. De manera absoluta es evidente
por sí misma cualquier proposición cuyo predicado pertenece a la
esencia del sujeto; pero tal proposición puede no ser evidente
para alguno, porque ignora la definición de su sujeto.
Así, por
ejemplo, la enunciación “el hombre es racional” es evidente por
naturaleza, porque el que dice hombre dice racional; sin embargo,
no es evidente para quien desconoce lo que es el
hombre. De aquí que, según expone Boecio en su obra
(De hebdomadibus), hay axiomas o proposiciones que son evidentes por
sí mismas para todos; y tales son aquellas cuyos términos
son de todos conocidos, como “el todo es mayor que
la parte” o “dos cosas iguales a una tercera son
iguales entre sí”. Y hay proposiciones que son evidentes por
sí mismas sólo para los sabios, que entienden la significación
de sus términos. Por ejemplo, para el que sabe que
el ángel no es corpóreo y entiende lo que esto
significa, resulta evidente que el ángel no esta circunscrito a
un lugar; mas no así para el indocto, que desconoce
el sentido estricto de estos términos.
Ahora bien, entre las cosas
que son conocidas de todos hay un cierto orden. Porque
lo primero que alcanza nuestra aprehensión es el ente, cuya
noción va incluida en todo lo que el hombre aprehende.
Por eso, el primer principio indemostrable es que “no se
puede afirmar y negar a la vez una misma cosa”,
principio que se funda en las nociones de ente y
no-ente y sobre el cual se asientan todos los demás
principios, según se dice en el libro IV de la
Metafísica. Mas así como el ente es la noción absolutamente
primera del conocimiento, así el bien es lo primero que
se alcanza por la aprehensión de la razón práctica, ordenada
a la operación; porque todo agente obra por un fin,
y el fin tiene razón de bien. De ahí que
el primer principio de la razón práctica es el que
se funda sobre la noción de bien, y se formula
así: “el bien es lo que todos apetecen”. En consecuencia,
el primer precepto de la ley es éste: “El bien
ha de hacerse y buscarse; el mal ha de evitarse”.
Y sobre éste se fundan todos los demás preceptos de
la ley natural, de suerte que cuanto se ha de
hacer o evitar caerá bajo los preceptos de esta ley
en la medida en que la razón práctica lo capte
naturalmente como bien humano.
Por otra parte, como el bien tiene
razón de fin, y el mal, de lo contrario, síguese
que todo aquello a lo que el hombre se siente
naturalmente inclinado lo aprehende la razón como bueno y, por
ende, como algo que debe ser procurado, mientras que su
contrario lo aprehende como mal y como vitando. De aquí
que el orden de los preceptos de la ley natural
sea correlativo al orden de las inclinaciones naturales. Y así
encontramos, ante todo, en el hombre una inclinación que le
es común con todas las sustancias, consistente en que toda
sustancia tiende por naturaleza a conservar su propio ser. Y
de acuerdo con esta inclinación pertenece a la ley natural
todo aquello que ayuda a la conservación de la vida
humana e impide su destrucción. En segundo lugar, encontramos en
el hombre una inclinación hacia bienes más determinados, según la
naturaleza que tiene en común con los demás animales. Y
a tenor de esta inclinación se consideran de ley natural
las cosas que la naturaleza ha enseñado a todos los
animales, tales como la conjunción de los sexos, la educación
de los hijos y otras cosas semejantes. En tercer lugar,
hay en el hombre una inclinación al bien correspondiente a
la naturaleza racional, que es la suya propia, como es,
por ejemplo, la inclinación natural a buscar la verdad acerca
de Dios y a vivir en sociedad. Y según esto,
pertenece a la ley natural todo lo que atañe a
esta inclinación, como evitar la ignorancia, respetar a los conciudadanos
y todo lo demás relacionado con esto.
C. A los argumentos
a favor de que hay solamente un precepto se responde:
1.
Que todos estos preceptos de la ley natural constituyen una
ley natural única en cuanto se reducen a un único
primer precepto.
2. Que todas las inclinaciones de cualquiera de las
partes de la naturaleza humana, como la concupiscible y la
irascible, en la medida en que se someten al orden
de la razón, pertenecen a la ley natural y se
reducen a un único primer precepto, como acabamos de decir
(respuesta anterior). Y así, los preceptos de la ley natural,
considerados en sí mismos, son muchos, pero todos ellos coinciden
en la misma raíz.
3. Que aunque es una en sí
misma, la razón ha de poner orden en todos los
asuntos que atañen al hombre. Y en este sentido caen
bajo la ley de la razón todas las cosas que
son susceptibles de una ordenación racional.
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