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Autor: Jorge Balvey | Fuente: Catholic.net Segunda vía al acceso del conocimiento
Existencia de la causalidad existente.
SEGUNDA VÍA DE ACCESO AL CONOCIMIENTO DE LA EXISTENCIA DE
DIOS
Aclaración sobre LA NEGACIÓN KANTIANA DEL PRINCIPIO DE CAUSALIDAD
Como
es sabido Kant ha negado la validez transubjetiva de este
principio. Para Kant el concepto de causa sólo sirve a
la mente para enlazar subjetivamente un conjunto de fenómenos. La
causalidad es una mera forma a priori del entendimiento, no
una realidad que afecte al ser real de las cosas.
Con la idea de causalidad la mente relaciona unos fenómenos
con otros, los ordena en su aspecto temporal, es decir,
en la línea de la sucesión.
Por eso, según Kant,
el principio de causalidad tiene valor sólo en el nivel
interfenoménico y presupone el tiempo como condición indispensable. Es lo
mismo que sucede con las demás "categorías" (a priori) kantianas:
no sirven para captar lo que la realidad es en
sí, sino sólo para ordenar los datos que recibimos de
la experiencia inmediata. Del conocimiento inmediato sólo obtenemos un conjunto
de datos fenoménicos no ordenados. Lo que Kant llama experiencia
ya es la ordenación de esos datos realizada por las
categorías a priori de la sensibilidad y del entendimiento.
Kant ni
siquiera reconoce validez al conocimiento inmediato que tenemos de nuestra
propia e íntima causalidad, por ejemplo en los actos realizados
voluntaria y libremente. Para él, también esta experiencia es fenoménica,
no existencial.
Kant desconoce la operación de la mente llamada en
la filosofía clásica abstracción, que es la operación mediante la
cual conocemos en lo sensible lo inteligible que hay en
lo sensible. El entendimiento "intus legit", intelige, entiende siempre en
conexión con lo sensible. Los sentidos no impiden la inteligibilidad
de lo sensible, sino que lo ofrecen al entendimiento que,
cabe decir, lo "ilumina" y capta lo inteligible: la existencia,
el acto de ser y la esencia (aunque sea de
un modo imperfecto y aspectual: no íntegramente, de un golpe
de vista, pero sí, completando el conocimiento con sucesivas contemplaciones
de las cosas).
En contradicción con su negación de la validez
extrasubjetiva del principio de causalidad, Kant lo utilizó para demostrar
la existencia, bajo los fenómenos, de la cosa en sí
(noumeno). Pero en sus últimos escritos llegó a afirmar, más
consecuentemente, que el noumeno no existía.
Ahora bien, si negamos la
validez extrasubjetiva del principio de causalidad, incurrimos -como le pasa
a Kant- en una profunda contradicción: las cosas que no
eran y llegan a ser no se explican, no tienen
razón de ser. Porque si no son causadas, ¿de dónde
provienen? Ni pueden ser auto-causadas, ni pueden ser causadas por
otras: son sencillamente ininteligibles, no ya misteriosas sino absurdas. La
negación del principio de causalidad equivale a la negación del
principio de no contradicción y convierte en mera vanidad cualquier
discurso filosófico.
EXISTENCIA DE LA CAUSALIDAD EFICIENTE
Por lo demás, la íntima
vivencia que tenemos de los actos voluntarios «constituye un caso
de evidencia inmediata, cuya recusación nos llevaría al más absoluto
escepticismo. Ningún razonamiento filosófico puede contrarrestar el valor inmediato de
nuestra experiencia interna» (Millán Puelles, Léxico Filosófico, voz Causa)
Tenemos percepciones
inmediatas (vivencias) de que influimos sobre las cosas exteriores. Y
de que cosas exteriores nos influyen. También en nosotros mismos
somos causa de situaciones de diversa índole. Queremos pensar en
algo que nos divierte o que nos entristece y sucede,
etc.
No cabe negar el valor ontológico (real, no meramente apariencial
o fenoménica) de estos datos sin incurrir en escepticismo absoluto.
Por lo cual es preciso afirmar que somos causa eficiente
de algo externo a nosotros y que las cosas externas
actúan de modo eficiente en nuestra propia realidad. Piénsese, por
ejemplo, en una helado bien hecho y en unas setas
venenosas; en una brisa fresca en una tarde calurosa de
verano y en un perro rabioso que nos ataca. Negar
esas causalidades eficientes es de insensatos o de una filosofía
que conduce fácilmente a la insensatez.
Por lo demás, el ser
real más pasivo goza de alguna forma de eficiencia. Ser
es ser capaz de actividad. Sólo la mera materia prima
(pura potencia pasiva) carece de ello. La acción (predicamental) se
distingue realmente de la sustancia; es un accidente, mientras no
se incluya en la esencia de la sustancia. Por eso
una sustancia limitada puede no estar de suyo en acción.
Ahora bien, esto quiere decir que no la posee por
sí sola, en razón de su propio ser. Para actuar
necesita pasar de la potencia al acto, paso que requiere
otra sustancia, la cual a su vez puede depender de
otra. Es necesaria pues una sustancia que ya no dependa
de ninguna otra en el ejercicio de su eficacia o
eficiencia (cfr Millán, Léxico, Causa eficiente).
LA DEPENDENCIA DEL EFECTO RESPECTO
A LA CAUSA.
La causa, de algún modo, pone lo
causado (el efecto) en dependencia de ella. La dependencia puede
ser intrínseca o extrínseca.
intrínseca: la del ente respecto a
aquello que lo constituye en su propia entidad.
extrínseca: la tiene
respecto a algo que es externo al mismo ente.
Son extrínsecas
la causa eficiente y la final
Son intrínsecas la material y
la formal.
La causa ejemplar es extrínseca («causa formal extrínseca»)
Son
también extrínsecas los diferentes objetos que especifican las operaciones, los
hábitos y las potencias (el color, el sonido... son causas
formales extrínsecas).
LA SEGUNDA VÍA tiene como punto de partida la
causalidad que conocemos por experiencia en el mundo: hay un
plexo o entramado evidente de causalidades. Hay efectos (por tanto,
entes causados) que a su vez son causa de otros
entes. Cabe que un efecto sea a su vez causa.
Lo que no cabe -y es lo que subraya en
la segunda vía- es que todas las causas sean causadas.
Con otras palabras, que todas las causas sean «intermedias», que
no haya una primera y una última.
Aristóteles advierte que:
lo intermedio no es posible sin lo primero y lo
último.
si se piensa que todas las causas son causadas, no
se puede pensar que haya una que sea primera.
Pero es
imprescindible que para que exista una serie intermedia de causas
-causas causadas- (sean muchas o pocas) exista una primera.
Consecuencia:
como existen series de causas intermedias, es necesario que exista
una primera causa que, por ser primera, ha de ser
incausada.
(Adviértase que los eslabones de una cadena colgante necesita de
un gancho, tanto si es una cadena en la que
penden unos de otros en vertical, como si forman un
círculo cerrado. El círculo así formado necesita igualmente de un
gancho o de cualquier otra cosa que lo mantenga. No
puede sostenerse sin algo externo que lo mantenga).
Adviértase también que
la causa primera es, ha de ser distinta de todas
las demás; ha de hallarse en distinta situación. Dicho de
otra forma: ha de ser «fuera de la serie». De
lo contrario no sería primera. Ella no de depende de
las demás, pero las demás dependen de ella, precisamente en
el ejercicio de su causalidad.
Otra advertencia:
En el mundo conocemos muchas
series de causas intermedias, cada una de las cuales ha
de tener una primera causa. ¿Hay muchas primeras causas?
En
sentido absoluto no, porque todas las primeras causas que conocemos,
en rigor, se comportan como intermedias en otras series. Es
decir, todas las primeras causas relativas, se comportan como causas
intermedias: tienen algo en común con las demás y algo
que les es propio.
La unidad entre todas no puede deberse
a lo que les es propio, sino a lo que
les es común -su índole de intermedia-: su dependencia de
otro factor, causa de cada una de esas "causas primeras",
remite a la Causa absolutamente primera, causa de toda causa,
es decir, Dios.
TÉRMINO DE LA 2ª VIA
Una causa eficiente es
incausada si su actividad y su ser no presuponen la
actividad y el ser de ninguna otra causa.
Para que un
ser no presuponga ningún otro en su modo de comportarse,
se requiere que sea incausado en toda su realidad y
no sólo en el ejercicio de la causalidad que le
compete, porque el modo de obrar responde a la manera
de ser (operari sequitur esse).
Si un ser puede ejercer una
actividad totalmente incondicionada:
ha de ser totalmente incondicionado en
su propia entidad.
no ha de depender de ninguna causa activa
no
ha de depender de ninguna causa de otro género.
Así
las cosas, la Primera causa incausada obviamente se identifica con
Dios, pues siempre se lo concibe como no subordinado a
ningún otro y al que, en cambio, se subordinan todos
los demás entes.
Cabe ahora preguntarse por la posibilidad de este
tipo de causa incausada. Desde luego no cae en nuestra
experiencia, como suponíamos desde el principio. Como toda idea negativa,
la noción de no-causado se constituye mediante la negación de
un cierto modo de ser. Es la negación de la
índole de efecto. Lo no causado es lo que no
es efecto. La idea de causa, así como la de
efecto no es sensorial, pero tiene base empírica, como hemos
visto antes. La idea de "no causado" tiene pues también,
aunque indirectamente, una cierta base empírica, así como la idea
animal invidente la obtenemos indirectamente, por negación, de la idea
de animal vidente. No se trata pues de un ser
impensable o enteramente inconcebible. Aunque no se nos muestre en
la experiencia no constituye ninguna contradicción.
Para que la idea
de causa eficiente no causada fuese un concepto imposible, o
una pura contradicción, sería necesario que «el ser causa eficiente»
consistiera en estar siendo causado. Las ideas de causa y
efecto son correlativas, pero no son una y la misma
idea. Lo absurdo sería funcionar como causa sin producir ninguna
clase de efecto o ser efecto de una causa que
no pudiera causar. Pero ser causa incausada no encierra ninguna
contradicción.
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