SANTO TOMAS DE AQUINO,
«DOCTOR COMMUNIS ECCLESIAE» Y «DOCTOR HUMANITATIS»
A los participantes en el VIII Congreso Tomista Internacional,
celebrado en
Roma con ocasión del centenario de la Encíclica «Aeterni Patris»
Venerados y queridos hermanos:
Estoy sinceramente contento de poder
recibir hoy, en un encuentro cordíal, a los participantes en
el VIII Congreso Tomista Internacional, celebrado con ocasión del centenario
de la Encíclica Aeterni Patris, de León XIII, y, además,
de la fundación, por obra del mismo´ Sumo Pontífice, de
la «Pontificia Academia Romana de Santo Tomás de Aquino».
Saludo
con afecto a todos los presentes y, en particular, al
venerado hermano cardenal Luigi Ciappi, Presidente de la Academia y
a Mons. Antonio Piolanti, Vicepresidente.
En el centenario de la
Encíclica «Aeterni Patris» 1. Con la celebración del VIII Congreso
Tomista Internacional organizado por la «Pontificia Academia Romana de Santo
Tomás de Aquino y de Religión Católica», concluyen las manifestaciones
conmemorativas del centenario de la Encíclica Aeterni Patris, publicada el
4 de agosto de 1879, y de la fundación de
la misma Academia, que tuvo lugar el 13 de octubre
de 1879, por obra del gran Pontífice León XIII
Desde
el primer Congreso, celebrado en la Universidad de Santo Tomás
de Aquino, en noviembre del ano pasado, hasta hoy, las
celebraciones se han multiplicado en Europa y en otros continentes.
Estas reuniones académicas finales, que han vista reunirse en Roma
a ilustres y calificados maestros de todas las partes del
mundo, atraídos por el nombre del Papa León XIII y
de Santo Tomás de Aquino, han podido hacer simultáneamente el
balance de las celebraciones habidas el ano en curse v
el del centenario de la Encíclica.
Desde el comienzo de
mi pontificado no he dejado pasar ocasión propicia sin evocar
la excelsa figura de Santo Tomás, como, por ejemplo, en
mi visita a la Pontificia Universidad «Angelicum» y al Instituto
Católico de París, en la alocución a la UNESCO y,
de manera explicita o implícita, en mis encuentros con los
superiores, profesores y alumnos de las Pontificias Universidades Gregoriana y
Lateranense.
Armonía entre la razón y la fe
2. No
han pasado en vano los cien años de la Encíclica
Aeterni Patris ni ha perdido su actualidad ese célebre Documento
del Magisterio. La Encíclica se basa en un principio fundamental
que le confiere una profunda unidad orgánica interior. Es el
principio de la armonía entre las verdades de la razón
y las de la fe. Por esto tenia grandísimo interés
León XIII. Este principio, siempre candente y actual, ha hecho
notables progresos en el arco de estos cien años. Basta
tener en cuenta la coherencia del Magisterio de la Iglesia,
desde el Papa León XIII a Pablo VI, y lo
macho que ha madurado en el Concilio Vaticano II, especialmente
en los Documentos Optatam totius, Gravissimum educationis y Gaudium et
spes.
A la luz del Concilio Vaticano II, vemos, quizá
mejor que hace un siglo, la unidad y la continuidad
entre el auténtico humanismo y el auténtico cristianismo, entre la
razón y la fe, gracias a las orientaciones de la
Aeterni Patris, de León XIII, el cual, con este Documento,
que llevaba como subtitulo De philosophia christiana... ad mentem Sancti
Thamae... in scholis catholicis instauranda, manifestaba la conciencia de que
habla llegado una crisis, una ruptura, un conflicto o, al
menos, un ofuscamiento acerca de la relación entre la razón
y la fe. Dentro de la cultura del siglo XIX
se pueden, en efecto, individuar dos actitudes extremas: el racionalismo
(la razón sin la fe) y el fideismo (la fe
sin la razón). La cultura cristiana se movía entre estos
dos extremos , pendiente de una o de otra parte.
E1 Concilio Vaticano I habla dicho ya su palabra a
este respecto. Había llegado ya el tiempo de imprimir un
nuevo curse a los estudios dentro de la Iglesia. León
XIII se dispuso, con clarividencia, a esta tarea, volviendo a
presentar --éste es el sentido de instaurar-- el pensamiento perenne
de la Iglesia según la límpida y profunda metodología del
Doctor Angélico.
E1 dualismo que ponia en oposición razón y
fe, muy al contrario de ser modorno, constituía una reanudación
de la doctrina medieval de la «doble verdad», que amenazaba
desde el interior a «la unidad intima del hombre cristiano»
(cf. PABLO VI, Lumen Ecclesiae 12). Habían sido los grandes
Doctores escolásticos del siglo XIII quienes habían vuelto a poner
en buen camino la cultura cristiana. Como afirmaba Pablo VI,
«al realizar la obra que marca el culmen del pensamiento
cristiano medieval, Santo Tomás no estuvo solo. Antes y después
de él, otros muchos ilustres doctores trabajaron con la misma
finalidad: entre ellos hay que recordar a San Buenaventura y
a San Alberto Magno, a Alejandro de Hales y a
Duns Escoto. Pero, sin duda. Santo Tomás por disposición de
la divina Providencia, alcanzó el ápice de toda la teología
y filosofía «escolástica», como suele llamársela, y fijó en la
Iglesia el quicio central en torno al cual, entonces y
después, se ha podido desarrollar el pensamiento cristiano con progreso
seguro» (Lumen Ecelesiae 13).
En esto radica la motivación de
la preferencia que da la Iglesia al método y a
la doctrina del Doctor Angélico. No es una preferencia exclusive;
al contrario, se trata de una preferencia ejemplar, que permitió
a León XIII declararlo: inter Schelasticos Doctores, omnium princeps et
magister (Aeterni Patris 13). Y esto es verdaderamente Santo Tomás
de Aquino, no sólo por la competencia, el equilibrio, la
profundidad, la limpidez del estilo, sino aún más por el
vivísimo sentido de fidelidad a la verdad, que también puede
llamarse realismo. Fidelidad a la voz de las cosas creadas
para construir el edificio de la filosofía; fidelidad a la
voz de la Iglesia para construir el edificio de la
teología.
La voz de las cosas
3. En el saber
filosófico, antes de escuchar cuanto dicen los sabios de la
humanidad, a juicio del Aquinate, es preciso escuchar y preguntar
a las cosas. Tunc homo creaturas interrogat, quando eas diligenter
considerat; sed tunc interrogata respondent (Super Job, XII lect.I). La
verdadera filosofía debe reflejar fielmente el orden de las cosas
mismas; de otro modo acaba reduciéndose a una arbitraria opinión
subjetiva. Ordo principalius invenitur in ipsis rebus et ex eis
derivatur ad cognitionem nostram (S. Th. 2-2 q.26 a. I
ad 2). La filosofía no consiste en un sistema construido
subjetivamente a placer del filósofo, sino que debe ser el
reflejo fiel del orden de las cosas en la mente
humana.
En este sentido, Santo Tomás puede ser considerado un
auténtico pionero del modorno realismo científico, que hace hablar a
las cosas medíante el experimento empírico, aun cuando su interés
se limita a hacerlas hablar desde el punto de vista
filosófico. Más bien hay que preguntarse si no ha sido
precisamente el realismo filosófico quien, históricamente, ha estimulado al realismo
de las ciencias empíricas en todos sus sectores.
Este realismo,
muy lejos de excluir el sentido histórico, crea las bases
para la historicidad del saber, sin hacerlo decaer en la
frágil contingencia del historicismo, hoy ampliamente difundido. Por esto, después
de haber concedido la precedencia a la voz de las
cosas, Santo Tomás se sitúa en respetuosa escucha de cuanto
han dicho y dicen los filósofos, para dar una valoración
de ello, poniéndolos en confrontación con la realidad concreta. Ut
videatur quid veritatis sit in singulis opinionibus et in quo
deficiant. Omnes enim opiniones secundum quid aliquid verum dicunt (I
Dist. 23 q.I a.3). Es imposible que el conocer humano
y las opiniones de los hombres estén totalmente privadas de
toda verdad. Es un principio que Santo Tomás toma de
San Agustín y lo hace propio: Nulla est faisa doctrina
quae vera falsis intermisceat (S. Th. I-2 q 102 a.5
ad 4). Impossibile est aliquam cognitionem esse totaliter falsam, sino
aliqua veritate (S. Th. 2-2 q.172 a.6; cf. también S.
Th. q.II a.2 ad I).
Esta presencia de verdad, aunque
sea parcial e imperfecta y a veces torcida, es un
puente que une a coda uno de los hombres a
los otros hombres y hace posible el entendimiento cuando hay
buena voluntad.
En esta visual, Santo Tomás ha prestado siempre
respetuosa escucha a todos los autores, aún cuando no podía
compartir del todo sus opiniones; aun cuando se trataba de
autores precristianos o no cristianos, como, por ejemplo, los árabes
comentadores de los filósofos griegos. De aquí su invitación a
acercarse con optimismo humano incluso a los primeros filósofos griegos,
cuyo lenguaje no resulta siempre claro ni precise, tratando de
llegar más allá de la expresión lingüística, todavía rudimentaria, para
escrutar sus intenciones profundas y su espíritu, no cuidando de
ad ea quae exterius ex eorum verbis apparet, sino de
la «intentio» (De Coelo et mundo III lect.2 n.552), que
los guía y anima. Luego, cuando se trata de grandes
Padres y Doctores de la Iglesia, entonces busca siempre de
encontrar el acuerdo, más en la plenitud de la verdad
que poseen como cristianos que en el modo, aparentemente diverso
del suyo, con que se expresan. Es sabido, por ejemplo,
cómo trata de atenuar y casi de hacer desaparecer toda
divergencia con San Agustín, bien que usando el método justo:
profundius intentionem Agustini scrutari (De spirit. creaturis a.10 ad 8).
Por lo demás, la base de su actitud, comprensiva para
con todos, sin dejar de ser genuinamente critica, coda vez
que sentía el deber de hacerlo, y lo hizo valientemente
en muchos cases, está en la concepción misma de la
verdad. Liret sint multae veritates participatae, est una sapientia absoluta
supra omnia elevata, scilicet sapientia divina, per cuius participationem omnes
sapientes sunt sapientes (Super Job I lect.1 n.33). Esta sabiduría
suprema, que brilla en la creación, no encuentra siempre a
la mente humana dispuesta a recibirla por múltiples razones. Liret
enim aliquae mantes sint tenebrosae, id est sapida et lucida
sapientia privatae, nulla tamen adeo tenebrosa est quin aliquid diviinae
lucis participet... quia omne rerum, a quocumque dicatur, a Spiritu
Sancto est (ibid., lect.3 n.103). De aquí la esperanza de
conversión para coda hombre, en cuanto extraviado intelectual y moralmente.
Este método realista e histórico, fundamentalmente optimista y abierto, hace
de Santo Tomás no sólo el «Doctor communis Ecclesiae», como
lo llama Pablo VI en su hermosa Carta Lumen Ecclesiae,
sino el «Doctor humanitatis», porque está siempre dispuesto y disponible
a recibir los valores humanos de todas las culturas. Con
toda razón puede afirmar el Angélico: Veritas in seipsa fortis
est et nulla impugnatione convellitar (Contra gentiles III C. 10
n.3460/b). La verdad, como Jesucristo, puede ser renegada, perseguida, combatida,
herida, martirizada, crucificada; pero siempre revive y resucita y no
puede jamás ser arrancada del corazón humana. Santo Tomás puso
toda la fuerza de su genio al servicio exclusive de
la verdad, detrás de la cual parece querer desaparecer como
por tem´´r a estorbar su fulgor, para que allá, y
no él, brille en toda su luminosidad.
La voz de
Dios
4. A la fidelidad a la voz de las
cosas, en filosofía. corresponde en teología, según Santo Tomás, la
fidelidad a la voz de la palabra de Dios, transmitida
por la Iglesia. Su norma es el principio que nunca
viene a menos: Magis standum est auctoritati Ecclesiae... quam cuiscumque
Doctoris (S. Th. 2-2 q.10 a. 12). La verdad que
propone la autoridad de la Iglesia, asistida por el Espíritu
Santo, es, pares, la medida de la verdad, que expresan
todos los teólogos y doctores pasados, presentes y futuros. Aquí
la autoridad de la doctrina del Aquinate se resuelve y
se refunde en la autoridad de la doctrina de la
Iglesia. He aquí por qué la Iglesia lo ha propuesto
como módulo ejemplar de la investigación teológica.
También en teología
el Aquinate prefiere, pares, a la voz de los Doctores
y a la propia voz, la de la Iglesia universal,
como anticipándose a lo que dice el Vaticano II: «La
totalidad de los fieles que han recibido la unción del
Espíritu Santo no puede equivocarse cuando cree» (Lumen gentium 12);
«Cuando el Romano Pontífice o el Cuerpo de los obispos
juntamente con él definen un punto de doctrina, lo hacen
siempre de acuerdo con la misma Revelación, a la cual
deben atenerse y conformarse todos» (Lumen gentium n.25).
No es
posible reseñar todos los motives que han inducido al Magisterio
a elegir como guía segura en las disciplines teológicas y
filosóficas a Santo Tomás de Aquino; pero uno es, sin
duda, éste: el haber puesto los principios de valor universal
que rigen la relación entre razón y fe. La fe
contiene, en modo superior, diversa y eminente, los valores de
la sabiduría humana; por eso es imposible que la razón
pueda discordar de la fe, y si está en desacuerdo,
es necesario revisar y volver a considerar las conclusiones de
la filosofía. En este sentido, la misma fe se convierte
en una ayuda preciosa para la filosofía.
Siempre es válida
la recomendación de León XIII: Quapropter qui philosophiae studium cum
obsequio fidei cristianae coniungunt, ii optime philosophantur: quandoquidem divinarum veritatum
splendor, animo exceptus, ipsam iuvat intelligentiam; cui non modo nihil
de dignitate detrahit, sed nobilitatis, acuminis, firmitatis plurimum addit (Aeterni
Patris 13).
La verdad filosófica y la teológica convergen en
la única verdad. La verdad de la razón se remonta
desde las criaturas a Dios: la verdad de la fe
desciende directamente de Dios al hombre. Pero esta diversidad de
método y de origen no quite su unicidad fundamental, porque
idéntico es el Autor tanto de la verdad que se
manifiesta a través de la creación como de la verdad
que se comunica personalmente al hombre a través de su
Palabra. Investigación filosófica e investigación teológica son dos direcciones diversas
de marcha de la única verdad, destinadas a encontrarse, no
a enfrentarse, por el mismo camino, para ayudarse. Así, la
razón iluminada, robustecida, garantizada por la fe, se convierte en
una compañera fiel de la fe misma y la fe
amplia inmensamente el horizonte limitado de la razón humana.. Santo
Tomás es realmente un maestro iluminador sobre este punto: Quia
vero naturalis ratio per creaturas in Dei cognitionem ascendit; fidei
vero in nos, e converso, divina revelatione descendit, est autem
eadem via ascensus et descensus, oportet eadem via procedere ein
his quae supra rationem creduntur, qua in superioribus processum est
circa ea quae ratione investigantur de Deo (Contra gentiles IV
I n. 3349)
La diferencia del método y de los
instrumentos de investigación diversifica bastante el saber filosófico del teológico.
Incluso la mejor filosofía, la de estilo tomista, a la
que Pablo VI definió muy bien como «filosofía natural de
la mente humana», dócil para escuchar y fiel para expresar
la verdad de las cosas, está siempre condicionada por los
límites de la inteligencia y del lenguaje humana. Por eso
el Angélico no duda en afirmar: Locus ab auctoritate quae
fundatur super rationes humana est infirmissimus (S. Th. I q.I
a.8 ad 2). Cualquier filosofía, en cuanto es un producto
del hombre, tiene los límites del hombre. Al contrario, locus
ab auctoritate quae fundatur super revelatione divina est efficacissimus (ibid.).
La autoridad divina es absoluta, por esto la fe goza
de la firmeza y de la seguridad de Dios mismo;
la ciencia humana tiene siempre la debilidad del hombre, en
la medida en que se funda sobre el hombre. Sin
embargo, también en la filosofía hay alga absolutamente verdadero, indefectible
y necesario, como son los primeros principios, fundamento de todo
conocimiento.
La recta filosofía eleva el hombre a Dios, como
la Revelación acerca Di os al hombre . Para San
Agustin: verus philosophus est amator Dei (SAN AGUSTIN, De Civ.
Dei VIII I: PL 41,225). Santo Tomás, haciéndose eco, dice,
en otras palabras, lo mismo: Fere totius philosophiae consideratio ad
Dei cognitionem ordinatur (Contra gentiles I C.4 n.23). Sapientia est
veritatem praecipue de primo principio meditari (Contra gentiles I C.I
n.6). Amor a la verdad y amor al bien, cuando
son auténticos, van siempre juntas. Para desautorizar la idea, sostenida
por algunos, de que Santo Tomás es un intelectual frio,
está eI hecho de que el Angélico resuelve el conocer
mismo en amor de la verdad, cuando pone como principio
de todo conocimiento: verum est bonum intellectus (Ethic. I lect.12
n.I39; cf. también Ethic. 6 n.II43; S. Th. q.5 a.I
ad 4; 1-2 q.8 a.I). Por tanto, el entendimiento está
hecho para la verdad y la ama como su bien
connatural. Y puesto que el entendimiento no se sacia con
verdad alguna parcial conquistada, sino que tiende siempre más allá,
el entendimiento tiende más allá de toda verdad particular y
se dirige naturalmente a la verdad total y absoluta que,
en concrete, no puede ser mas que Dios.
El deseo
de la verdad se transfigura en deseo natural de Dios
y encuentra su clarificación solamente en la luz de Cristo,
la verdad hecha persona.
Así, toda la filosofía y la
teología de Santo Tomás no se sitúan fuera, sino dentro
del célebre aforismo agustiniano: fecisti nos ad te; et inquietum
est cor nostrum, donec requiescat in te (SAN AGUSTIN, Confesiones
I 1). Y cuando Santo Tomás pasa desde la tendencia
connatural del hombre hacia la verdad y el bien al
orden de la gracia y de la redención, se transforma,
no menos que San Agustín, San Buenaventura y San Bernardo,
en un cantor del primado de la caridad: Charitas est
mater et radix omnium virtutum in quantum est omnium virtutum
forma (S. Th. 1-2 q.62 a.4; cf. también 1-2 q.62
a.2; I-2 q.65 a.3; I-2 q.68 a.5)
Sentido del hombre
5. Hay aún otros motives que hacen actual a Santo
Tomás: su altísimo sentido del hombre, tam nobilis creatura (Contra
gentiles IV I n.3337). Es fácil advertir la idea que
tiene de esta «nobilis creature», imagen de Dios, cada vez
que se dispone a hablar de la Encarnación y de
la Redención. Desde s primera gran obra juvenil, el Comentario
a las Sentencias de Pedro Lombardo, en el prólogo al
libro tercero, en el que se dispone a tratar de
la Encarnación del Verbo, no duda en parangonar al hombre
con él «mar», en cuanto que recoge, unifica y eleva
en si a todo el mundo infrahumano, como el mar
recoge todas las aguas de los ríos que desembocan en
él.
En el mismo prólogo define al hombre como el
horizonte de 1 creación, en el que se juntan el
cielo y la tierra; como vinculo del tiempo de la
eternidad; como síntesis de la creación. Su vivísimo sentido de
hombre jamás decae en todas sus obras. En los últimos
tiempos de su vida: al comenzar el tratado de la
Encarnación, en la tercera parte de la Summma Theologica, inspirándose
también en San Agustín, afirma que sólo asumiendo´, la naturaleza
humana el Verbo podía mostrar quanta sit dignitas humanae naturae
ne eam inquinemus pecctando (S. Th. 3 q.I a.2). E
inmedíatamente después añade: encarnándose y asumiendo la naturaleza humana, Dios
pudo demostrar quam. excelsum locum inter creaturas habeat humana natura
(ibid.).
La voz de los tiempos
6. En las sesiones
de vuestro Congreso se ha observado, entre otras cosas, que
los principios de la filosofía y de la teología de
Santo Tomás no han tenido quizá en el sector moral
una valorización como la que exigen los tiempos y como
es posible recabar de los grandes principios puestos por el
Aquinate, de modo que empalmen sólidamente con las bases metafísicas
para una mayor organización y vigor. En el sector social
se ha hecho más, pero todavía hay macho espacio que
llenar, para salir al encuentro de los problemas más vivos
y urgentes del hombre de hoy.
Puede ser éste un
programa que comprometa a la Pontificia Academia Romana de Santo
Tomás de Aquino para un futuro inmedíato, teniendo la mirada
atienta a los signos de los tiempos, a las exigencias
de mayor organización y penetración, según las orientaciones del Vaticano
II (cf. Optatam totius 16; Gravissimum educationis 10), y a
las corrientes de pensamiento del mundo contemporáneo, en no pocos
aspectos diversos de los del tiempo de Santo Tomás e
incluso del período en que emanó de León XIII la
Encíclica Aeterni Patris.
Santo Tomás ha marcado, un camino, que
puede y debe ser llevado delante y actualizado, sin traicionar
su espíritu y los principios de fondo, pero teniendo también
en cuenta las conquistas científicas modernas. El verdadero progreso de
la ciencia no puede contradecir nunca a la filosofía, como
la filosofía nunca puede contradecir a la fe. Las nuevas
aportaciones científicas pueden tener una función catártica y liberadora ante
los límites impuestos a la investigación filosófica por el atraso
medieval, por no decir por la no existencia, de una
ciencia que nosotros poseemos hoy. La luz no puede ser
oscurecida, sino sólo potenciada por la luz. La ciencia y
la filosofía pueden y deben colaborar mutuamente, con tal que
la una y la otra permanezcan fieles al método propio.
La filosofía puede iluminar a la ciencia y liberarla de
sus límites, coimo, a su vez, la ciencia puede proyectar
nueva luz sobre la filosofía misma abrirle nuevos caminos. Esta
es la enseñanza del Maestro de Aquino, pero, antes aún
es la Palabra de la verdad misma, Jesucristo, que nos
asegura: «Veritas liberabit vos» (Jn 8,32).
El camino señalado por
el Doctor Angélico
7. Como es sabido, I . ,n
XIII, rice en sabiduría y en experiencia pastoral, no se
contentó con dictar orientaciones teóricas. Exhortó a los obispos a
crear academias y ce ntros de estudios tomistas, y antes
que nadie él mismo dio ejemplo de eso, al instituir
aquí en Roma la «Pontificia (academia de Santo Tomás de
Aquino», a la que se unió después, en 1934, la
más antigua «Academia de Religión Católica». El Congreso que se
ha desarrollado estos días tenia también la finalidad de celebrar
el centenario de nuestra misma Academia. Y con toda razón,
ya que han pertenecido a ella, como presidentes o como
socios, personajes ilustres, cardenales insignes, muchos de los mejores genios
y maestros de las ciencias sagradas de Roma y del
mundo. Una Academia que fue siempre particularmente querida por todos
mis predecesores hasta, Pablo VI, que recibió en audiencia a
sus miembros nada menos que´ dos veces, con ocasión de
los Congresos precedentes, dirigiéndoles discursos y dándoles orientaciones memorables.
No
se pueden pasar por alto las características principales que han
permitido a vuestra Academia mantener la fe en los compromisos
que, de vez en vez, le han asignado los Santo
Pontífices: su Universidad Católica, por la que siempre ha contado
entre sus socios a personalidades residentes en Roma fuera de
Roma --¿cómo no recorder a Jacques Maritain y a Etienne
Gilson?--; a miembros del clero diocesano y a religiosos de
todas las órdenes y congregaciones; y el estar al día
en el estudio de los problemas contemporáneos, hechos objeto de
análisis, a la luz la doctrina de la Iglesia: Ecclesiae
Doctorum, praesertim Sancti Thomae vestigia premendo (Gravissimum educationis 10), como
preludiando al Concilio Vaticano II.
El testimonio más convincente son
las obras de la Academia: los numerosos ciclos de conferencias,
las publicaciones, los congresos periódicos que quiso el Papa Pío
XI y celebrados con ejemar puntualidad y con provecho de
los estudios católicos.
Ni puedo menos de recordar, entre los
alumnos que obtuvieron el doctorado en la Pontificia Academia Romana
de Santo Tomás de Aquino, a mis dos ilustres predecesores
Pío XI y Pablo VI.
Venerados y queridos hermanos: El
Concilio Vaticano II, que ha dado nuevo impulso a los
estudios católicos con sus decretos sobre la formación sacerdotal y
sobre la educación católica, bajo la guía del Maestro Santo
Tomás (S. Thoma magistro: cf. Optatam totius 16), sirva de
estimulo y auspicio para una vida renovada y para más
abundantes frutos en el próximo futuro, para bien de la
Iglesia.
Mientras os manifiesto mi más viva complacencia por el
Congreso Tomista Internacional, que, en estos dias, ha dado verdaderamente
una notable aportación científica, tanto por la calidad de los
participantes y relatores como por la cuidadosa actualización de los
varios problemas históricos y filosóficos, os exhorto a continuar realizando,
con gran interés y seriedad, las finalidades de vuestra Academia;
que sea un centro vivo, vibrante, moderno, en el cual
el método y la doctrina del Aquinate se pongan en
contacto continuo y en diálogo sereno con los complejos fermentos
de la cultura contemporánea, en la que vivimos y estamos
inmersos.
Con estos deseos os renuevo mi sincera benevolencia y
os imparto de corazón mi bendición apostólica.
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