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Hay momentos en
nuestra vida en que pasamos por situaciones que, de alguna
manera, destruyen convicciones o seguridades que teníamos y a la
vez nos llevan a descubrir algo radicalmente nuevo, algo que
estaba ahí pero que no veíamos. En estos casos decimos
que se da una revelación.
Cuando razonamos sentimos que la verdad
es la consecuencia de nuestro esfuerzo y de nuestro método;
en una genuina revelación, en cambio, no sentimos que hemos
encontrado una verdad sino que, por decirlo así, esa verdad
nos ha encontrado.
A veces pasa que una serie de revelaciones
profundas nos sugieren que hay una lógica y una voluntad
que están detrás de los descubrimientos que vamos haciendo. Sentimos
que hay una iniciativa exterior a nosotros, un "alguien", que
está tratando de decirnos "algo". En este caso hablamos de
una revelación religiosa.
En la
historia de la Humanidad hay un pueblo que tuvo experiencias
religiosas muy intensas y muy coherentes: el pueblo de Israel.
Esta serie de experiencias de revelación conforman una verdadera "historia",
a la que nosotros llamamos "historia de salvación".
Israel es distinto
de los demás pueblos que conocemos porque la literatura de
Israel no engrandece a Israel ni a los héroes de
Israel sino a Dios. Esto indica que la revelación religiosa
que este pueblo tuvo fue distinta de las revelaciones que
hayan podido tener otras personas u otros pueblos.
Si examinamos bien,
descubrimos que la característica más notable de esta revelación es
que Dios hace alianza con su pueblo. Esta alianza tiene
su culminación en el Mesías, Jesucristo.
Aunque asociamos el término "revelación" con palabras escritas, hay que
decir que, en el caso de la historia de la
salvación en Israel, no podemos reducir la revelación a palabras,
porque Dios, fuente de esta revelación unió estrechamente hechos y
palabras.
Dios se revela "en hechos" cuando libera. En el Antiguo
Testamento se cuentan dos grandes liberaciones: la salida de Egipto
en el Éxodo, y el retorno del destierro a Babilonia.
En el Nuevo Testamento también se cuentan dos hechos magníficos
de liberación: la resurrección de Cristo y la victoria sobre
el pecado.
Dios se deja conocer en cada una de nuestras
vidas también a través de hechos: cuando una persona creyente
repasa su historia se da cuenta que hay muchas situaciones
en que Dios ha manifestado su amor, su poder y
su sabiduría.
Los hechos son un
lenguaje muy fuerte, pero con dos defectos: primero, que los
hechos se van quedando irremediablemente en el pasado; segundo, que
un mismo hecho puede interpretarse de muchas maneras.
Dios se revela
en palabras por dos razones principales: para esclarecer el sentido
de los hechos de salvación y para que esos mismos
hechos de alguna manera permanezcan presentes.
Las palabras de la revelación
son primero tradiciones orales, es decir, testimonios que dan fe
del poder de Dios. Y Dios, que liberó, es el
mismo que da las palabras para expresar el sentido de
su obra de liberación y sobre todo para irse dando
a conocer a sí mismo.
Las
tradiciones orales, por un proceso natural, maduran en tradiciones escritas.
Usualmente este proceso conlleva varias etapas de redacción, que a
menudo pueden detectarse en los documentos que han llegado hasta
nosotros.
Los escritos no tienen todos el mismo estilo ni el
mismo género literario. Para leer correctamente un escrito es necesario
tener en cuenta qué quiso decir el autor y qué
nos quiso decir Dios con las palabras del autor.
Dios dio
una gracia especial a los autores sagrados. Esta gracia no
garantizaba una perfección moral ni un conocimiento universal sino que
quedaran por escrito las palabras que Dios quería y como
Dios quería.
Dios ha hecho un
camino con su pueblo. A través de los patriarcas y
los sabios, pero especialmente por boca de los profetas Dios
guió, reprendió, consoló y alimentó a su pueblo.
En el conjunto
de la revelación bíblica hay un movimiento que va del
cumplimiento a la promesa, de la figura a la realidad,
de las sombras hacia la luz.
La revelación ha sido coherente
y progresiva, hasta alcanzar su plenitud en Jesucristo. En él
se cumplen las promesas y sólo de él podemos decir
que es la imagen visible de Dios invisible.
La revelación es una experiencia, es decir,
produce conocimiento pero no es simplemente un conocimiento. Una verdadera
revelación no sólo nos enseña sino que nos hace distintos.
Otra
manera de decir lo anterior es esta: el simple conocimiento
pone algo nuevo ante nuestros ojos; una revelación nos da
unos ojos nuevos.
Recibir unos ojos nuevos, recibir una mirada nueva,
es en verdad un regalo, o como se dice en
la Biblia, una gracia. Por eso decimos que toda genuina
revelación es obra y gracia del Espíritu Santo.
Lección 24: La
Iglesia, Sacramento de Salvación Escuchar
No debemos mirar la revelación bíblica
como un acontecimiento individual o aislado. Dios se manifiesta no
para incomunicar a alguien sino, al contrario, para construir comunión.
El
destinatario de la revelación bíblica es el Pueblo de Dios.
Esto lo manifestaron especialmente los profetas.
La revelación, entonces, se entiende
rectamente sólo dentro del pueblo, así como las fotos del
album de una familia sólo adquieren sentido en diálogo y
cercanía con esa familia.
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