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Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Veritatis Splendor El mal intrínseco
Fragmento de la Encíclica Veritatis Splendor de SSJuan Pablo II.
Son los actos intrínsecamente malos independientemente de las intenciones de quien actúa, y de las circunstancias.
El mal intrínseco
El «mal intrínseco»: no es lícito hacer el mal para
lograr el bien (cf. Rm 3, 8)
79. Así pues, hay
que rechazar la tesis, característica de las teorías teleológicas y
proporcionalistas, según la cual sería imposible calificar como moralmente mala
según su especie —su «objeto»— la elección deliberada de algunos
comportamientos o actos determinados prescindiendo de la intención por la
que la elección es hecha o de la totalidad de
las consecuencias previsibles de aquel acto para todas las personas
interesadas.
El elemento primario y decisivo para el juicio moral es
el objeto del acto humano, el cual decide sobre su
«ordenabilidad» al bien y al fin último que es Dios.
Tal «ordenabilidad» es aprehendida por la razón en el mismo
ser del hombre, considerado en su verdad integral, y, por
tanto, en sus inclinaciones naturales, en sus dinamismos y sus
finalidades, que también tienen siempre una dimensión espiritual: éstos son
exactamente los contenidos de la ley natural y, por consiguiente,
el conjunto ordenado de los bienes para la persona que
se ponen al servicio del bien de la persona ,
del bien que es ella misma y su perfección. Estos
son los bienes tutelados por los mandamientos, los cuales, según
Santo Tomás, contienen toda la ley natural 130.
80. Ahora bien, la razón testimonia que existen objetos del
acto humano que se configuran como no-ordenables a Dios, porque
contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su
imagen. Son los actos que, en la tradición moral de
la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos («intrinsece malum»): lo
son siempre y por sí mismos, es decir, por su
objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa, y
de las circunstancias. Por esto, sin negar en absoluto el
influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre
todo, las intenciones, la Iglesia enseña que «existen actos que,
por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias,
son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto» 131. El mismo concilio Vaticano II, en
el marco del respeto debido a la persona humana, ofrece
una amplia ejemplificación de tales actos: «Todo lo que se
opone a la vida, como los homicidios de cualquier género,
los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio
voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona
humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso
los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a
la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los
encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata
de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de
trabajo en las que los obreros son tratados como meros
instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas
estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al
corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican
que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios
al honor debido al Creador» 132.
Sobre
los actos intrínsecamente malos y refiriéndose a las prácticas contraceptivas
mediante las cuales el acto conyugal es realizado intencionalmente infecundo,
Pablo VI enseña: «En verdad, si es lícito alguna vez
tolerar un mal menor a fin de evitar un mal
mayor o de promover un bien más grande, no es
lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para
conseguir el bien (cf. Rm 3, 8), es decir, hacer
objeto de un acto positivo de voluntad lo que es
intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona
humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el
bien individual, familiar o social» 133.
81.
La Iglesia, al enseñar la existencia de actos intrínsecamente malos,
acoge la doctrina de la sagrada Escritura. El apóstol Pablo
afirma de modo categórico: «¡No os engañéis! Ni los impuros,
ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni
los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los
borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el reino
de Dios» (1 Co 6, 9-10).
Si los actos son intrínsecamente
malos, una intención buena o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar
su malicia, pero no pueden suprimirla: son actos irremediablemente malos,
por sí y en sí mismos no son ordenables a
Dios y al bien de la persona: «En cuanto a
los actos que son por sí mismos pecados (cum iam
opera ipsa peccata sunt) —dice san Agustín—, como el robo,
la fornicación, la blasfemia u otros actos semejantes, ¿quién osará
afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos (bonis causis), ya no
serían pecados o —conclusión más absurda aún— que serían pecados
justificados?» 134.
Por esto, las circunstancias o
las intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente deshonesto por
su objeto en un acto subjetivamente honesto o justificable como
elección.
82. Por otra parte, la intención es buena cuando apunta
al verdadero bien de la persona con relación a su
fin último. Pero los actos, cuyo objeto es no-ordenable a
Dios e indigno de la persona humana, se oponen siempre
y en todos los casos a este bien. En este
sentido, el respeto a las normas que prohíben tales actos
y que obligan «semper et pro semper», o sea sin
excepción alguna, no sólo no limita la buena intención, sino
que hasta constituye su expresión fundamental.
La doctrina del objeto, como
fuente de la moralidad, representa una explicitación auténtica de la
moral bíblica de la Alianza y de los mandamientos, de
la caridad y de las virtudes. La calidad moral del
obrar humano depende de esta fidelidad a los mandamientos, expresión
de obediencia y de amor. Por esto, —volvemos a decirlo—,
hay que rechazar como errónea la opinión que considera imposible
calificar moralmente como mala según su especie la elección deliberada
de algunos comportamientos o actos determinados, prescindiendo de la intención
por la cual se hace la elección o por la
totalidad de las consecuencias previsibles de aquel acto para todas
las personas interesadas. Sin esta determinación racional de la moralidad
del obrar humano, sería imposible afirmar un orden moral objetivo
135 y establecer cualquier norma determinada,
desde el punto de vista del contenido, que obligue sin
excepciones; y esto sería a costa de la fraternidad humana
y de la verdad sobre el bien, así como en
detrimento de la comunión eclesial.
83. Como se ve, en la
cuestión de la moralidad de los actos humanos y particularmente
en la de la existencia de los actos intrínsecamente malos,
se concentra en cierto sentido la cuestión misma del hombre,
de su verdad y de las consecuencias morales que se
derivan de ello. Reconociendo y enseñando la existencia del mal
intrínseco en determinados actos humanos, la Iglesia permanece fiel a
la verdad integral sobre el hombre y, por ello, lo
respeta y promueve en su dignidad y vocación. En consecuencia,
debe rechazar las teorías expuestas más arriba, que contrastan con
esta verdad.
Sin embargo, es necesario que nosotros, hermanos en el
episcopado, no nos limitemos sólo a exhortar a los fieles
sobre los errores y peligros de algunas teorías éticas. Ante
todo, debemos mostrar el fascinante esplendor de aquella verdad que
es Jesucristo mismo. En él, que es la Verdad (cf.
Jn 14, 6), el hombre puede, mediante los actos buenos,
comprender plenamente y vivir perfectamente su vocación a la libertad
en la obediencia a la ley divina, que se compendia
en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.
Es cuanto acontece con el don del Espíritu Santo, Espíritu
de verdad, de libertad y amor: en él nos es
dado interiorizar la ley y percibirla y vivirla como el
dinamismo de la verdadera libertad personal: «la ley perfecta de
la libertad» (St 1, 25).
130. Cf. Summa Theologiae, I-II, q.
100, a.1. regresar
131. Exhort. ap. post-sinodal Reconciliatio
et paenitentia (2 diciembre 1984), 17: AAS 77 (1985), 221;
cf. pablo VI, Alocución a los miembros de la Congregación
del Santísimo Redentor (septiembre 1967): AAS 59 (1967), 962: «Se
debe evitar el inducir a los fieles a que piensen
diferentemente, como si después del Concilio ya estuvieran permitidos algunos
comportamientos, que precedentemente la Iglesia había declarado intrínsecamente malos. ¿Quién
no ve que de ello se derivaría un deplorable relativismo
moral, que llevaría fácilmente a discutir todo el pátrimonio de
la doctrina de la Iglesia?». regresar
132. Const.
past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et
spes, 27. regresar
133. Carta enc. Humanae vitae
(25 julio 1968), 14: AAS 60 (1968), 490-491. regresar
134. Contra mendacium, VII, 18: PL 40, 528; cf.
S. Tomás de Aquino, Quaestiones quodlibetales, IX, q. 7, a.
2; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1753-1755. regresar
135. Conc. Ecum. Vat. II, Declaración sobre la libertad
religiosa Dignitatis humanae, 7. regresar
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