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Autor: S.S. Juan Pablo II ¿Por qué Dios permite el mal?
La realidad del mal y del sufrimiento presentes bajo tantas formas en la vida humana, constituye para muchos la dificultad principal para aceptar la verdad de la Providencia Divina.
¿Por qué Dios permite el mal?
Dificultades para aceptar la providencia
1. La realidad del mal
y del sufrimiento presentes bajo tantas formas en la vida
humana, constituye para muchos la dificultad principal para aceptar la
verdad de la Providencia Divina. En algunos casos, esta dificultad
asume una forma radical, cuando incluso se acusa a Dios
del mal y del sufrimiento presentes en el mundo llegando
hasta rechazar la verdad misma de Dios y de su
existencia (esto es, hasta el ateísmo). De un modo menos
radical y sin embargo inquietante, esta dificultad se expresa en
tantos interrogantes críticos que el hombre plantea a Dios. La
duda, la pregunta e incluso la protesta nacen de la
dificultad de conciliar entre sí la verdad de la Providencia
Divina, de la paterna solicitud de Dios hacia el mundo
creado, y la realidad del mal y del sufrimiento experimentado
en formas diversas por los hombres.
Pues bien, el sufrimiento entra
de lleno en el ámbito de las cosas que Dios
quiere decir a la humanidad. Ha habldo de ello «muchas
veces... por ministerio de los profetas... últimamente... nos habló por
su Hijo» (Heb, 1, 1). Podemos decir que la visión
de la realidad del mal y del sufrimiento está presente
con toda su plenitud en las páginas de la Sagrada
Escritura. Podemos afirmar que la Biblia es, ante todo, un
gran libro sobre el sufrimiento, que lo presenta en el
contexto de la autorrevelación de Dios y en el contexto
del Evangelio; o sea, de la Buena Nueva de la
salvación. Por eso el único método adecuado para encontrar una
respuesta al interrogante sobre el mal y el sufrimiento en
el mundo es buscar en el contexto de la revelación
que nos ofrece la Palabra de Dios.
Mal físico y mal
moral
2. El mal es en sí mismo multiforme. Generalmente se
distinguen el mal en sentido físico del mal en sentido
moral. El mal moral se distingue del físico sobre todo
por comportar culpabilidad, por depender de la libre voluntad del
hombre y es siempre un mal de naturaleza espiritual. Se
distingue del mal físico, porque este último no incluye necesariamente
y de modo directo la voluntad del hombre, aunque esto
no significa que no pueda estar causado también por el
hombre y ser efecto de su culpa. El mal físico
causado por el hombre, a veces sólo por ignorancia o
falta de cautela, a veces por descuido de las precauciones
oportunas o incluso por acciones inoportunas y dañosas, presenta muchas
formas. Pero existen en el mundo muchos casos de mal
físico que suceden independientemente del hombre. Baste recordar, por ejemplo,
los desastres o calamidades naturales, al igual que todas las
formas de disminución física o de enfermedades somáticas o psíquicas,
de las que el hombre no es culpable.
3. El sufrimiento
nace en el hombre de la experiencia de estas múltiples
formas del mal. En cierto modo, el sufrimiento puede darse
también en los animales, en cuanto que son seres dotados
de sentidos y de relativa sensibilidad, pero en el hombre
el sufrimiento alcanza la dimensión propia de las facultades espirituales
que posee. Puede decirse que en el hombre se interioriza
el sufrimiento, se hace consciente y se experimenta en toda
la dimensión de su ser y de sus capacidades de
acción y reacción, de receptividad y rechazo; es una experiencia
terrible, ante la cual, especialmente cuando es sin culpa, el
hombre plantea aquellos difíciles, atormentados y dramáticos interrogantes, que constituyen
a veces una denuncia, otras un desafío, o un grito
de rechazo de Dios y de su Providencia. Son preguntas
y problemas que se pueden resumir así: ¿cómo conciliar el
mal y el sufrimiento con la solicitud paterna, llena de
amor, que Jesucristo atribuye a Dios en el Evangelio? ¿Cómo
conciliarlo con la trascendente sabiduría del Creador? Y de una
manera aún más dialéctica: ¿podemos de cara a toda la
experiencia del mal que hay en el mundo, especialmente de
cara al sufrimiento de los inocentes, decir que Dios no
quiere el mal? Y si lo quiere, ¿cómo podemos creer
que «Dios es amor», siendo así, además, que este amor
no puede no ser omnipotente?
Certeza de que Dios es bueno
4.
Ante estas preguntas, nosotros también como Job, sentimos qué difícil
es dar una respuesta. La buscamos no en nosotros, sino,
con humildad y confianza, en la Palabra de Dios. En
el Antiguo Testamento encontramos ya la afirmación vibrante y significativa:
«... pero la maldad no triunfa de la sabiduría. Se
extiende poderosa del uno al otro extremo y lo gobierna
todo con suavidad» (Sab 7, 30-8, l). Frente a las
multiformes experiencias del mal y del sufrimiento en el mundo,
ya el Antiguo Testamento testimoniaba el primado de la Sabiduría
y de la bondad de Dios, de su Providencia Divina.
Esta actitud se perfila y desarrolla en el Libro de
Job, que se dedica enteramente al tema del mal y
del dolor vistos como una prueba a veces tremenda para
el gusto, pero superada con la certeza, laboriosamente alcanzada, de
que Dios es bueno.
En este texto captamos la conciencia del
límite y de la caducidad de las cosas creadas, por
la cual algunas formas de «mal» físico (debidas a falta
o limitación del bien) pertenecen a la propia estructura de
los seres creados, que, por su misma naturaleza, son contingentes
y pasajeros, y por tanto corruptibles. Sabemos además que los
seres materiales están en estrecha relación de interdependencia, según lo
expresa el antiguo axioma: «La muerte de uno es la
vida del otro» («corruptio unius est generatio alterius»). Así pues,
en cierta medida, también la muerte sirve a la vida.
Esta ley concierne también al hombre como ser animal al
mismo tiempo que espiritual, mortal e inmortal. A este propósito,
las palabras de San Pablo descubren, sin embargo, horizontes muy
amplios: «... mientras nuestro hombre exterior se corrompe, nuestro hombre
interior se renueva de día en día» (2 Cor 4,
16). Y también: «Pues por la momentánea y ligera tribulación
nos prepara un peso eterno de gloria incalculable» (2 Cor
4, 17).
5. La afirmación de la Sagrada Escritura: «la maldad
no triunfa de la Sabiduría» (Sab 7, 30) refuerza nuestra
convicción de que, en el plano providencial del Creador respecto
al mundo, el mal en definitiva está subordinado al bien.
Además, en el contexto de la verdad integral sobre la
Providencia Divina, nos ayuda a comprender mejor las dos afirmaciones:
«Dios no quiere el mal como tal» y «Dios permite
el mal». A propósito de la primera es oportuno recordar
las palabras del Libro de la Sabiduría: «... Dios no
hizo la muerte ni se goza en la pérdida de
los vivientes. Pues El creó todas las cosas para la
existencia» (Sab 1, 13-14). En cuanto a la permisión del
mal en el orden físico, por ejemplo, de cara al
hecho de que los seres materiales (entre ellos también el
cuerpo humano) sean corruptibles y sufran la muerte, es necesario
decir que ello pertenece a la estructura misma de estas
criaturas. Por otra parte, sería difícilmente pensable, en el estado
actual del mundo material, el ilimitado subsistir de todo ser
corporal individual. Podemos, pues, comprender que, si «Dios no ha
creado la muerte», según afirma el Libro de la Sabiduría,
sin embargo la permite con miras al bien global del
cosmos material.
El gran valor de la libertad
7. Pero si se
trata del mal moral, esto es, del pecado y de
la culpa en sus diversas formas y consecuencias, incluso en
el orden físico, este mal decidida y absolutamente Dios no
lo quiere. El mal moral es radicalmente contrario a la
voluntad de Dios. Si este mal está presente en la
historia del hombre y del mundo, y a veces de
forma totalmente opresiva, si en cierto sentido tiene su propia
historia, esto sólo está permitido por la Divina Providencia, porque
Dios quiere que en el mundo creado haya libertad. La
existencia de la libertad creada (y por consiguiente del hombre,
e incluso la existencia de los espíritus puros como los
ángeles, de los que hablaremos en otra ocasión) es indispensable
para aquella plenitud de la creación, que responde al plan
eterno de Dios (como hemos dicho ya en una de
las anteriores catequesis).
La Providencia es una presencia eterna en la
historia del hombre: de cada uno y de las comunidades.
La historia de las naciones y de todo el género
humano se desarrolla bajo el «ojo» de Dios y bajo
su omnipotente acción. Si todo lo creado es «custodiado» y
gobernado por la Providencia, la autoridad de Dios, llena de
paternal solicitud, comporta, en relación a los seres racionales y
libres, el pleno respeto a la libertad, que es expresión
en el mundo creado de la imagen y semejanza con
el mismo Ser divino, con la misma Libertad divina.
El respeto
de la libertad creada es tan esencial que Dios permite
en su Providencia incluso el pecado del hombre (y del
ángel). La criatura racional, excelsa entre todas, pero siempre limitada
e imperfecta, puede hacer mal uso de la libertad, la
puede emplear contra Dios, su Creador. Es un tema que
turba la mente humana, sobre el cual el libro del
Sirácida reflexionó ya con palabras muy profundas» (Audiencia general, 21-V-1986,
7 y 8)].
Hacia la luz definitiva
A causa de aquella plenitud
del bien que Dios quiere realizar en la creación, la
existencia de los seres libres es para él un valor
más importante y fundamental que el hecho de que aquellos
seres abusen de la propia libertad contra el Creador y
que, por eso, la libertad pueda llevar al mal moral.
Indudablemente es grande la luz que recibimos de la razón
y de la revelación en relación con el misterio de
la Divina Providencia que, aun no queriendo el mal, lo
tolera en vista de un bien mayor. La luz definitiva,
sin embargo, sólo nos puede venir de la cruz victoriosa
de Cristo. A ella dedicaremos nuestra atención en la siguiente
catequesis.
Audiencia general (4-VI-1986)
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