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Autor: Antonio Orozco | Fuente: Arvo.net Un quiebro asombroso
La causalidad peculiar del Motor inmóvil.
Un quiebro asombroso
Un quiebro asombroso: la causalidad peculiar del Motor inmóvil
Pero quizá lo más genial del discurso aristotélico sobre Dios,
es el giro que introduce al describir el sentido de
la causalidad del Motor inmóvil. Tendemos a pensar que el
motor no tiene otro modo de mover que «empujando» o
produciendo las cosas al modo de la causa eficiente. Hay
que tener en cuenta, además, que Aristóteles no sabe de
creación (producción ex nihilo). Pues bien, la gran intuición del
Estagirita es que el Primer Motor es, ante todo, causa
final. Así dice en su Metafísica, libro XII, cap. VII:
«Ya que lo que es movido y mueve al mismo
tiempo está en situación intermedia, debe haber algo que mueve
sin ser movido, que es eterno, substancia y actividad. De
este modo [precisamente] mueve aquello que es objeto de apetito
y de intelección, es decir, lo que mueve sin ser
movido». Es decir, el Primer Motor mueve no «empujando», no
«haciendo», produciendo, poniendo, construyendo o formando, sino «atrayendo».
¿Se puede
mover a algo sin hacer nada, sin moverse? Tenemos infinidad
de experiencias sobre este asunto? Infinidad de cosas mueven sin
ser movidas. Por ejemplo, Las Meninas, de Velázquez mueven cada
año cientos de millares de personas de los cinco continentes
sin moverse del Museo del Prado. En fin, es evidente
que la perfección, el Bien mueve sin necesidad de moverse.
La doctrina clásica de la causa final como causa de
las causas, como lo último en la ejecución pero primero
en la intención ha tendido a situar la fuerza creadora
en la eficiencia, en el antes, pero no en el
después.
Pero el Primer Motor aristotélico mueve no tanto como
principio sino como fin, no tanto empujando como llamando. Es
principio siendo fin. Lo que pocos han podido imaginar fuera
de la cosmovisión judeocristiana es que el Primer Motor sea
creador como Fin y que la omnipotencia que pone al
ente en la existencia, sea más que un «hacer»,
poner o construir, un «llamar», tan poderoso que la misma
llamada otorga el ser. De este modo el ser creado
es llamada y, especialmente, el ser personal, es respuesta.
«Ciertamente
–dice Ruiz-Retegui-, podemos considerar la creación bajo el aspecto de
la concesión del ser, o la puesta en la existencia.
Podemos entender y estudiar la creación desde el punto de
vista de las esencias entendidas por la Sabiduría divina, que
reciben el acto de ser, o como el Ser infinito
de Dios que se da a participar a seres fuera
de sí. Esta manera de concebir la creación está marcada
por la perspectiva de la constitución ontológica de los seres
creados y, en esa medida, tiene especial aptitud para expresar
el aspecto que las criaturas tienen de ser en sí
mismas. Pero es una forma de considerar la creación que
no favorece la consideración de la apertura esencial que las
criaturas tienen hacia Dios, y la definición del hombre como
su imagen y semejanza. En este sentido, favorecen la perspectiva
en que aparecen los problemas antropológicos propios de la modernidad,
a los que hemos aludido anteriormente.
»La consideración cabal de
la creación y de la condición de las criaturas es
aquella en la que la omnipotencia creadora es vista en
su carácter de unión esencial con la bondad infinita, es
decir, aquella en la que la creación nos aparece como
fruto de una llamada tan poderosa que crea el ser
mismo llamado. El que la creación acontezca por una llamada,
es decir, el que la omnipotencia creadora sea propia de
la causa final infinita, hace que el principio -la creación-
y el fin - al que es llamada- de la
criatura estén intrínsecamente unidos» (A. Ruíz-Retegui). El principio es pura
identidad con el fin. Dios es, en efecto, Alfa y
Omega; Alfa coincide con Omega.
Esta es la línea en
la que discurre, con mayor o menor fortuna, con metodologías
y perspectivas muy diversas, la filosofía personalista actual, como Guardini,
Leonardo Polo, Alfonso López Quintás, Levinás, etc.
Aristóteles nos permite
suponer que hubiera comprendido muy bien esta actual interpretación filosófica
de la creación como «llamada». Pero para lograrlo de modo
filosóficamente convincente han debido transcurrir dos mil quinientos años.
En
un curso de Historia de la Filosofía o de Teología
natural es preciso seguir la pista aristotélica que la traspasa,
para comprenderlo acabadamente.
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