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Autor: René Latourelle | Fuente: eductusdigital.com I. De la Revelación a la Teología
Texto condensado del libro titulado “La Teología, Ciencia de la Salvación”. La teología es la ciencia que tiene a Dios por objeto, la que Dios mismo posee y comunica a los hombres por su gracia.
I. De la Revelación a la Teología
1. Doble acepción de la palabra Teología.
Por Teología se entiende
la ciencia de Dios, pero al mismo tiempo esta palabra
puede tener dos sentidos, uno objetivo y otro subjetivo. En
sentido objetivo significa la ciencia que tiene a Dios por
objeto, y en sentido subjetivo es la ciencia que Dios
mismo posee y que comunica a los hombres por su
gracia. Precisemos un poco más estos dos sentidos.
a) En sentido
subjetivo, la Teología es la ciencia que tiene Dios de
sí mismo y del mundo creado. Dios tiene como objeto
propio de su ciencia a sí mismo; se conoce intuitivamente
y conoce a los demás objetos como participaciones suyas, y
este conocimiento lo comunica de una forma gratuita a los
hombres, de una manera perfecta en la visión beatífica de
los santos, de manera imperfecta, pero no por eso menos
maravillosa, en la revelación y en la fe.
La revelación es
a la vez manifestación y comunicación de Dios; es realidad
que lleva a cabo los designios de Dios en la
historia humana, y es mensaje que se traduce a términos
humanos en labios de los profetas, o de Cristo, para
iluminar el mundo misterioso de los acontecimientos salvíficos; porque la
Palabra de Dios no se contenta con decir e informar,
obra además lo que significa, cambia la situación de la
humanidad, procura la vida que anuncia.
La fe realiza el encuentro
entre Dios revelador y el hombre. Por medio de la
revelación, Dios se abre al hombre en una confidencia amorosa
y lo invita a un trato amistoso; y por medio
de la fe el hombre responde a la llamada de
Dios, se entrega a él y se deja dirigir por
su Palabra. Pero cuando Dios se revela al hombre lo
hace de una manera proporcionada a su condición, por consiguiente,
la revelación debe tener unos rasgos específicos:
Tiene un destino universal,
pues se dirige a todo el género humano: “Id y
haced discípulos a todas las gentes”, dice Jesús en Mt
28,19.
La revelación es pública y es social. No es un
secreto que les confía a cada uno para que lo
guarde en el fondo de su corazón, sino una buena
nueva destinada a ser transmitida y proclamada en la plaza
pública. Pedro, el día de Pentecostés, grita en alta voz
delante de la multitud la buena nueva de la salvación,
a fin de hacerla pública, notoria, oficial (He 2,14).
La revelación
es jerárquica. No se le comunica inmediatamente a cada uno,
sino por medio de testigos privilegiados escogidos por Dios, que
son los profetas y los apóstoles (He 10,41).
La revelación es
progresiva, el hombre no posee en bloque toda su perfección.
Dios se comunica con el hombre por los caminos de
la carne y de la historia, pues tras haber comenzado
en el origen del mundo, la revelación se fue desarrollando
en cualidad y en cantidad a través de los siglos,
madurando poco a poco y haciendo madurar al hombre para
prepararlo a la plenitud de los tiempos en Jesucristo: “De
una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en
el pasado a nuestros padres por medio de los profetas;
en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del
Hijo a quien instituyó heredero de todo” (Heb 1,1.2).
Finalmente, por
ir destinada a ser recibida por una inteligencia humana, la
revelación tiene que acomodarse a las condiciones del conocimiento humano.
Nuestro cerebro percibe su objeto por medio de los sentidos,
por eso la revelación se nos comunica por medio de
imágenes, de símbolos, parábolas, de alegorías, etc.
Este es
el primer sentido que tiene la palabra “Teología”: Es el
conocimiento que Dios tiene de sí mismo en su Verbo,
en quien lo conoce todo, y que comunica a los
hombres por medio de la revelación; así, mientras que por
la creación la sabiduría de Dios se ve como aprisionada
en las cosas creadas, por la revelación esa sabiduría se
humaniza en la palabra de los profetas, y después se
encarna en Cristo Jesús.
b) En sentido objetivo, Teología es la
ciencia que tiene como objeto a Dios, y esta ciencia
a su vez puede considerarse como la suma de los
conocimientos humanos sobre Dios.
La Teología es ciencia sobre Dios
en ambos sentidos, pero sobre Dios existe una triple ciencia:
la que se obtiene por reflexión sobre el mundo creado,
la que procede de la palabra de Dios a los
hombres, y finalmente la que se deriva de la visión
misma de Dios; por tanto habrá también una triple Teología:
la Teología natural o Teodicea, la Teología del homo viator
o Teología propiamente dicha, y la Teología de la patria,
o el conocimiento de los elegidos. Cada una de ellas
es ciencia de Dios, pero difiere de las otras dos
por su manera de alcanzar a Dios: La Teología natural
alcanza a Dios por medio de las obras de la
creación y por la luz natural de la razón. La
Teología propiamente dicha alcanza a Dios por la palabra y
el testimonio de Dios sobre sí mismo, y por la
luz de la razón iluminada por la fe. La Teología
de la patria conoce a Dios en su esencia y
por la luz de la gloria.
A cada una de
estas formas de Teología le corresponde un conocimiento de Dios
cada vez más profundo: Por la Teología natural conocemos a
Dios como principio y fin del universo; por la Teología
propiamente dicha conocemos los misterios de su vida íntima a
través de su Palabra; y por la Teología de la
patria veremos finalmente el Misterio al descubierto, en una visión
cara a cara.
Santo Tomás describió así este proceso: “Existe un
triple conocimiento de las cosas divinas. En el primero, el
hombre, gracias a la luz natural de la razón, se
eleva al conocimiento de Dios por las criaturas; en el
segundo, la verdad divina, que desborda los límites de nuestra
inteligencia, baja hasta nosotros por medio de la revelación, no
ya como una demostración que tengamos que comprender, sino como
una Palabra que hemos de creer; en el tercero, el
espíritu será elevado a ver perfectamente lo que Dios le
reveló” (Suma contra los gentiles, 1.4, c).
2. Teología en sentido
estricto.
La Teología propiamente dicha es la ciencia de Dios, pero
de Dios tal como se nos ha dado conocer por
la revelación, y en la medida en que esta revelación
puede introducirnos en un conocimiento más profundo de su misterio
íntimo. El punto de partida de la Teología es, por
consiguiente, el Dios en su libre testimonio sobre sí mismo.
Por otra parte, se puede decir también que la Teología
es la ciencia del objeto de fe, o sea la
ciencia de lo que es revelado por Dios y creído
por el hombre; y en esto difiere por completo de
las demás ciencias, pues mientras que las ciencias naturales se
apoyan en los datos de la experiencia, la Teología se
basa en los datos de la revelación que han sido
acogidos por la fe.
El teólogo se esfuerza, por medio de
la reflexión, en llegar a una inteligencia más profunda de
los misterios que ya ha aceptado por su fe; pero
lo que para un simple fiel es objeto de asentimiento,
para el teólogo se convierte en objeto de reflexión, y
lo que el simple fiel afirma como verdadero, el teólogo
lo considera como objeto de inteligibilidad.
En todo cristiano existe una
reflexión inherente a la fe, una reflexión espontánea nacida bajo
la impresión de los acontecimientos o la presión del ambiente;
esta reflexión es una Teología elemental accesible a todos, en
la que la fe se esfuerza en comprender el por
qué y el cómo de lo que cree. La Teología
científica es la prolongación de esa reflexión espontánea: se hace
reflexión consciente de sus principios, de su método, de su
categoría de ciencia, de sus conclusiones, e intenta penetrar en
el objeto de la fe de una manera metódica.
La
Teología como ciencia es obra del creyente, que se sirve
de su razón para comprender mejor lo que ya posee
por la fe. La Teología es la fe vivida por
un espíritu que piensa, y que ha sido científicamente elaborada
por él. La Teología es la fe “en estado de
ciencia”; con San Anselmo podríamos definirla como “fides quaerens intellectum”,
lo que significa: la fe aplicada a la inteligencia de
su propio objeto; por ello la Teología demuestra fidelidad a
su misión cuando no solamente se pone a recoger los
datos de la fe, sino cuando procura comprenderlos y penetrar
en ellos cada vez más. Decía sobre esto San Anselmo:
“Señor, yo no pretendo penetrar en tu profundidad, ¿cómo iba
a comparar mi inteligencia con tu misterio? Pero deseo comprender
de algún modo esa verdad que creo y que mi
corazón ama. No busco comprender para creer, esto es, no
busco comprender de antemano, por la razón, lo que haya
de creer después, sino que creo primero, para esforzarme luego
en comprender. Porque creo una cosa: si no empiezo por
creer, no comprenderé jamás” (Proslogion 1: PL 158,227).
Al final de
este capítulo conviene advertir que la fórmula fides quaerens intellectum
no tiene que aplicase al teólogo de una manera demasiado
exclusiva, porque ya hemos observado que todo creyente es virtualmente
un teólogo que reflexiona sobre su propia situación de creyente
de un modo espontáneo. Hoy sobre todo, cuando la mayoría
de los cristianos, gracias a los medios de comunicación, poseen
una cultura humana y religiosa relativamente amplia, brotan espontáneamente las
reflexiones sobre la fe provocadas por situaciones concretas de la
vida. Conviene, por tanto, que el clérigo y el laico
teólogos no dejen de escudriñar las insondables riquezas de Cristo,
a fin de entablar con mayor eficacia el diálogo en
el mundo moderno.
Nota: * Texto condensado del libro titulado “La Teología,
Ciencia de la Salvación”, escrito por René Latourelle
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