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Hasta ahora hemos considerado a la Teología bajo el punto
de vista de su objeto; consideremos ahora al sujeto que
se dedica al estudio de la Teología, al teólogo.
Surge
en seguida una cuestión: el trabajo teológico, ¿es obra puramente
de la razón? ¿es una reflexión de tipo filosófico sobre
una materia calificada como revelada, de modo que incluso un
hereje o un historiador de las religiones puedan dedicarse a
ella lo mismo que un creyente? O por el contrario,
no hay Teología sin fe, y ¿con qué título interviene
en ella la fe? Para comprender mejor el papel respectivo
de la fe y de la razón, atenderemos al trabajo
teológico en sus diferentes etapas.
1. La fe en busca de
inteligencia.
a. En su principio, la Teología es sobrenatural. En efecto,
en el origen de todo conocimiento teológico nos encontramos con
un doble don de Dios: el don de la Palabra
de Dios y el don de la fe para adherirse
a esa Palabra con certeza absoluta; porque la fe no
es el resultado de una demostración apologética, sino un don
de la Gracia: “Nadie puede venir a mí, si el
Padre que me ha enviado no le atrae” (Jn 6,44).
Toda Teología descansa en una doble iniciativa: iniciativa de Dios
que sale de su misterio para entrar en comunicación con
el hombre en un diálogo de amistad, e iniciativa de
Dios que invita a creer en la palabra escuchada, como
dirigida personalmente a cada uno.
b. La fe suscita la Teología,
tanto en el plano de la adhesión de fe como
en el plano del objeto de fe. La fe no
es todavía una visión de Dios: “Caminamos en la fe
y no en la visión” (2 Cor 5,7). Vivimos en
una relación de palabra y de audición, de testimonio y
de fe. Creemos en el misterio por la Palabra, sin
verlo, y no tenemos acceso a Dios más que a
través de unos signos: signos de la carne de Cristo
y signos de su palabra humana. La fe es una
primera posesión, imperfecta y oscura todavía, del objeto que aspira
a conocer. Tiende a la experiencia luminosa del Dios vivo
cuyo testimonio acoge, y aspira a contemplar al descubierto lo
que sabe que constituye el objeto de su felicidad. Por
esta razón hay en el seno mismo de la fe
un apetito de visión, un deseo de conocer y de
ver. La adhesión al mensaje y la tendencia a la
visión son dos aspectos esenciales del acto de fe, porque
al no ver, la fe busca comprender.
La Teología no
es mejor que la fe, pero es un intento por
responder a ese deseo de visión que sólo se saciará
en la otra vida. Por tanto, hay en la fe
un dinamismo de búsqueda del espíritu, y en la fe
está siempre presente un comienzo de búsqueda intelectual.
El mensaje de
fe provoca, por lo tanto, el apetito del espíritu; no
por una simple curiosidad intelectual, sino porque la verdad que
él revela se presenta como el valor supremo para la
vida humana, como lo que le da su sentido último
y hace que la vida valga la pena de ser
vivida. Es porque la Palabra de Dios tiene una riqueza
inagotable que estimula indefinidamente al espíritu y al corazón.
2. La
inteligencia teológica bajo la luz de la fe.
La fe, aun
sin la caridad, no deja de ejercer su influencia durante
todo el trabajo teológico; en primer lugar en el sentido
en que la certeza de fe preside al trabajo teológico,
asegurando su validez. En efecto, por su fe el teólogo
tiene como absolutamente ciertas unas verdades que no podría conocer
ni por su experiencia ni por su reflexión; en razón
de esta certeza, se dedica a comprender el sentido de
la Palabra de Dios, y no solamente las fórmulas y
las proposiciones que enuncian el misterio, sino el misterio mismo;
así, cuando el teólogo afirma que hay en Cristo dos
naturalezas y una persona, tiene como absolutamente cierto que estas
palabras corresponden a la realidad, y por eso intenta comprender
esa realidad.
Si el teólogo no estuviera apoyado por su fe,
se encontraría en la condición de aquel que lleva a
cabo una investigación sobre una religión diferente de la suya,
pero sin compartir su credo. En ese caso su estudio
no sería ya la ciencia de Dios y de las
realidades divinas reveladas y creídas, sino una ciencia sin principios.
Por eso un ateo o un hereje formal no podría
ser considerado como teólogo en sentido propio.
La fe ejerce su
influencia en el curso del trabajo teológico, no solamente porque
su certeza presida todas las investigaciones asegurando su validez, sino
también en razón del dinamismo continuo de su luz. En
efecto, la gracia de la fe identifica al hombre con
el mundo superior del Evangelio. Por medio de la fe,
Dios imprime en la inteligencia humana una inclinación hacia él,
y atrae al hombre para que conforme su conocimiento con
el conocimiento mismo de Dios. Por medio de la fe
recibe estímulo y dirección la reflexión teológica; por medio de
ella, el teólogo intenta comprender y al mismo tiempo procura
conformar su reflexión con la verdad de Dios. Todo este
trabajo se lleva a cabo a la luz de Dios
que inclina y atrae por la fe, y bajo la
dirección del Magisterio de la Iglesia, intérprete autorizado de la
Palabra revelada.
La razón humana, por su parte, se sirve de
todas las leyes del razonamiento y de la técnica humanas,
con todas las exigencias de la ciencia; concretamente en materia
de método, de sistematización y de unidad. Su actividad se
ejerce de diversas maneras:
a) Establece el hecho de la revelación
o de la Palabra de Dios en la historia, y
el hecho de la Iglesia como depositaria y mediadora de
esta Palabra a través de los siglos.
b) Define la
verdad revelada, demostrando que no es ni imposible ni desprovista
de sentido, sino soberanamente inteligible.
c) Prosigue esa inteligencia fructífera
de los misterios que define el Concilio Vaticano I en
estos términos: “Cuando la raíz, iluminada por la fe, busca
con diligencia, piedad y prudencia, llega, con la gracia de
Dios, a cierta inteligencia de los misterios que es sumamente
fructuosa, y esto bien por los caminos de la analogía
con los conocimientos naturales, bien por la revelación de los
misterios entre sí y con el último fin del hombre”
(D. 1,796).
3. Teología y dones del Espíritu.
Lo que hasta aquí
hemos dicho del trabajo teológico vale también para el teólogo
que no tuviera más que la fe, sin caridad. Pero
vamos a considerar ahora la actividad teológica que se llevaría
a cabo con una fe abierta a la caridad y
a los dones del Espíritu, como sería la condición para
una Teología capaz de producir sus mejores frutos.
Con la gracia
santificante, con la fe viva, recibimos en diversos grados los
dones del Espíritu Santo. Mientras que las virtudes teologales de
la fe, la esperanza y la caridad nos hacen obrar
sobrenaturalmente, los dones del Espíritu tienen como finalidad hacernos dóciles
a su acción. El don de inteligencia, en concreto, hace
al espíritu más agudo para penetrar las verdades de la
fe, y el don de la sabiduría infunde en el
alma del teólogo, en relación con el objeto de fe,
una identidad afectiva que le permite juzgarlo correctamente según el
pensamiento divino. Una vez sentado esto, afirmamos que la investigación
teológica (que mueve todos los resortes del razonamiento humano) dispone
todavía de un poder de penetración superior, fundado en la
adaptación de la voluntad humana a la voluntad divina, el
cual es fruto de la fe viva y de los
dones del Espíritu Santo.
“El que se une al Señor, se
hace un solo espíritu con él” (1 Cor 6,17). “El
hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios”
(1 Cor 2,14).
Pero el que ha nacido del Espíritu y
vive del Espíritu, juzga según el Espíritu del Señor. La
unión con Cristo incita al teólogo en la dirección del
objeto de fe, concediéndole que pueda conformarse con el pensamiento
de Cristo y captar correctamente sus implicaciones y consecuencias. Lo
mismo que un amigo puede penetrar mejor que nadie en
el pensamiento de su amigo, también el teólogo participa de
algún modo de la conciencia de Cristo; de esa manera
tiene en sí mismo los pensamientos, los sentimientos y los
juicios de Cristo sobre Dios y sobre los hombres, y
Cristo, por su Espíritu, informa y dirige su marcha y
le da una viva inteligencia de su misterio.
Guardando las debidas
proporciones, hay que decir otro tanto de nuestra condición personal.
¿Cuál es el objeto de la investigación teológica sino la
Palabra de Dios en Jesucristo? y ¿quién puede darnos la
inteligencia de esa palabra sino el Espíritu de Cristo? La
Teología no producirá sus mejores frutos en nosotros sino cuando
permanecemos en el amor de Dios bajo la guía del
Espíritu. El único maestro que puede abrirnos los ojos a
la presencia de Cristo en su Palabra es el Espíritu.
Sólo él, escuchado con docilidad en la oración y seguido
dócilmente en la vida, nos dará esa identificación afectiva por
la que podremos penetrar en la profundidad del misterio divino
y gustar de su suavidad, porque la Teología es la
ciencia de nuestra vida en Cristo.
Nota: Texto condensado del libro titulado
“La Teología, Ciencia de la Salvación”, escrito por René Latourelle.
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