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Sin ser ella misma la fe ni el Magisterio, la
Teología mantiene múltiples y vitales relaciones con la una y
con el otro. No hay Teología sin Magisterio y fe,
y por otra parte la fe y el Magisterio no
pueden prescindir de la Teología. Vamos a aclarar a continuación
estas mútuas relaciones.
1. Teología y Fe.
Lo que hasta ahora se
ha dicho es suficiente para demostrar cómo la fe y
la Teología, aun estando íntimamente unidas, son dos realidades distintas.
La
Teología presupone la fe por la que el hombre se
confía libre y totalmente a Dios. La fe tiene por
objeto aquello que ha sido atestiguado formalmente por Dios, pero
el objeto de la Teología se extiende no solamente a
las verdades reveladas, sino también a las conclusiones y deducciones
que de ellas se obtiene. Motivo de nuestro asentimiento en
la fe es la autoridad de Dios que se revela,
pero en Teología cuenta también la calidad de la demostración;
por consiguiente, la certeza variará según el valor de los
argumentos y estará incluso sujeta a error, en la fe,
por el contrario, la certeza es siempre firme, absoluta e
irrevocable, porque está apoyada en la Palabra de Dios.
La fe
y la Teología son dos actitudes distintas, porque mientras que
la fe resulta de un compromiso existencial de todo el
hombre ante una opción que brota de su propio ser,
la Teología, como ciencia, es ante todo el entendimiento de
esa fe. Creer y reflexionar sobre la fe se distinguen
tanto como vivir y reflexionar sobre la vida; se trata
en ambos casos de actitudes necesarias, pero distintas. Lo mismo
que la vida humana es inteligencia que piensa para descubrir
su propio sentido, la fe supone una reflexión sobre sí
misma, por tanto la Teología no pretenderá eliminar la fe
para quedarse sólo con su elemento inteligible, sino que querrá
servirla intentando profundizar en el conocimiento inicial que de ella
tenemos.
La fe alcanza a Dios por medio de la unión
y comunión, pero la Teología también es conocimiento de Dios
por el camino de la inteligencia y de la reflexión,
y esta reflexión, aun gozando de la iluminación superior de
la fe, sigue siendo un caminar de la ciencia y
de la razón; por eso, según el testimonio de la
Iglesia, la inteligencia teológica, aunque imperfecta, oscura y lenta en
sus adquisiciones, no por ello es menos fructuosa y fecunda.
2.
Teología y Magisterio.
La Teología y el Magisterio se parecen entre
sí; ambos, en efecto, tienen una raíz común que es
la revelación confiada a la Iglesia, y ambos persiguen la
misma finalidad, que es conservar, penetrar cada vez más, proponer
y defender el depósito de la fe, orientando de este
modo a la humanidad hacia su salvación. Por otra parte,
la Teología y el Magisterio tienen funciones y dones diferentes.
El Magisterio, en virtud del mandato que ha recibido de
Cristo y por un don peculiar del Espíritu —don de
asistencia— tiene la misión de conservar el depósito de la
fe en toda su integridad protegiéndolo de error y contaminación,
juzgando con autoridad las diversas interpretaciones de la revelación que
propone la Teología, y presentando además por sí mismo nuevas
consideraciones de la fe. La Teología también recibe un carisma
del Espíritu de acuerdo con su función en la Iglesia;
esta función consiste en profundizar en la revelación bajo la
guía del Espíritu Santo, y en llevar al conocimiento de
la comunidad cristiana, en particular del Magisterio, los frutos de
su investigación, a fin de que por la doctrina que
enseña la Jerarquía eclesiástica sean luz de todo el pueblo.
La Teología tiene además la tarea de colaborar con el
Magisterio en la enseñanza y defensa de la fe.
En
la determinación de las relaciones entre el carisma del Magisterio
y el carisma de la Teología es preciso subrayar dos
puntos: Por un lado, el don del Espíritu otorgado al
teólogo no le dispensa de su sumisión al Magisterio; pero
por el otro, la fidelidad al Magisterio no significa pasividad
y falta de iniciativa del teólogo, como si todo el
impulso tuviera que venir del Magisterio.
La Teología ejerce una función
de mediación entre el Magisterio y la comunidad cristiana, sobre
todo en el sentido de que procura discernir los signos
de los tiempos; por eso se mantiene a la escucha
de la comunidad para conocer sus postulaciones y sus problemas,
y también para captar las orientaciones que genera el Espíritu
Santo en el pueblo de Dios.
Sensible a los problemas
del pueblo, la Teología se esfuerza en responder a ellos
profundizando en la revelación, y a la vez presenta sus
soluciones al Magisterio para ayudarle en la tarea de conducir
a la Iglesia. Sin la Teología, el Magisterio podría sin
duda enseñar y conservar la fe cristiana, pero difícilmente llegaría
a la penetración de la fe requerida para responder a
las necesidades del pueblo de Dios, porque el carisma del
Magisterio no es una infusión de conocimientos nuevos, una revelación,
sino una asistencia en la utilización de los medios naturales
y sobrenaturales puestos a su disposición.
Otra función de la Teología
en relación con el Magisterio consiste en trabajar por la
formación de la fe y de la vida moral del
pueblo cristiano. El Magisterio podrá impedir que la comunidad cristiana
se deje arrastrar por cualquier viento de doctrina, pero sin
la Teología no le sería posible impedir que se marchitara
su fe, o que se adormeciera en cierta inmovilidad de
pensamiento. Por eso la Teología tiene la misión de vivificar
constantemente la fe cristiana, de iluminarla y darle profundidad; y
al hacerlo, la Teología se convierte en un servicio dado
a la Iglesia, a la comunidad, al Magisterio y a
la fe.
3. Fidelidad y libertad del teólogo.
Al ser un servicio,
la Teología tiene que ejercer su tarea en comunión con
el Magisterio, con el pueblo cristiano y con todos los
teólogos comprometidos en ese mismo esfuerzo de enseñanza y de
investigación. El teólogo, por tanto, es algo muy distinto de
un hombre que trabaja en la edificación de su gloria
personal, sin preocuparse de la turbación que su palabra pueda
sembrar en las conciencias cristianas. El teólogo es ante todo
un servidor responsable de la Palabra de Dios, que está
obligado por una doble fidelidad, a Cristo y la Iglesia.
Si el teólogo es el profeta del porvenir, el que
prepara para el Magisterio las soluciones del mañana, le es
indispensable disponer de libertad. En las materias nuevas y difíciles
entre las que se mueve es compatible que haya cierta
diversidad de opiniones, no graves, con la unidad de la
fe y la fidelidad al Magisterio, ya que la historia
demuestra que siempre ha habido lugar en la Iglesia para
una gran diversidad de teólogos y de teologías. La fe
es una, sí, pero ¡qué diferencia existe entre las teologías
de Justino, Cipriano, Orígenes, San Agustín o Santo Tomás de
Aquino! Y esta diversidad también trae ventajas para la Iglesia
y ha sido fuente de progreso teológico.
Más todavía, en
ese trabajo de investigación al servicio del Magisterio y de
la comunidad cristiana, en ese continuo enfrentamiento con los problemas
del mundo actual, es evidente que el teólogo también estará
expuesto al error. En su trabajo de interpretación y actualización
de los datos de la fe, ¿cómo concebir que no
se engañe a veces? Ante nuevos acontecimientos puede verse en
la necesidad de corregirse, de cambiar de postura. Puede ser
también que algunas de sus opiniones, largo tiempo combatidas por
la Iglesia, sean luego reconocidas como verdad, como ya ha
sucedido, y esas oscilaciones del pensamiento, esos riesgos de error,
son la consecuencia necesaria de una teología que desea estar
en diálogo con el mundo; forman parte de una Teología
sometida a las condiciones de la historia.
En un decreto del
21 de abril de 1954, la Comisión Bíblica ha pedido
para el exégeta comprensión e indulgencia, ya que éste tiene
que enfrentarse con cuestiones difíciles que incluso algunos expertos de
gran renombre no han sabido resolver. ¿No tiene razón el
teólogo para pedir un trato semejante, ya que los riesgos
que corre no son menos considerables?
Es verdad que el
teólogo, como hijo de la Iglesia, tiene que aceptar el
juicio de esa suprema instancia que es el Magisterio instituido
por Cristo como intérprete infalible de su palabra. Pero entre
el teólogo y esta suprema instancia existe otra intermedia, constituida
por el conjunto de teólogos comprometidos en los mismos caminos
de la investigación, por eso es normal que el caso
se resuelva en ese nivel, mediante el intercambio fraternal de
opiniones.
Si el teólogo se sintiera siempre bajo la amenaza de
un juicio sin apelación, ¿cómo podría trabajar con toda su
alma, con todo su corazón, con todas sus fuerzas, al
servicio de la Iglesia que es todo en su vida?
En Teología, como en todas partes, la alegría y el
amor son el clima normal de un trabajo verdaderamente fecundo;
de no ser así, sucedería lo que demuestra la historia
de un pasado reciente: que la Teología católica, para librarse
del riesgo de la condenación, se refugiaría en el estudio
de temas fútiles, dejándose superar en los puntos de importancia
capital por la investigación de la Iglesia Protestante.
Nota:
*Texto condensado del
libro titulado “La Teología, Ciencia de la Salvación”, escrito por
René Latourelle.
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