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Se puede considerar a la Teología bajo diferentes aspectos, como
son su fin, su materia o su método, y por
consiguiente hacer en ella diversas divisiones y reconocer diferentes partes.
Podemos
mirar a la Teología bajo el punto de vista de
su finalidad y preguntarnos cuál es la intención del trabajo
teológico, y si tendrá una finalidad teórica o práctica. Una
ciencia práctica tendrá como fin regular nuestras acciones y ordenar
el obrar de nuestra vida, mientras que la ciencia teórica
o especulativa, según la expresión de los escolásticos, estará ordenada
al conocimiento de la verdad y se dedicará a conocer
para conocer. No se trata de saber si la Teología
puede contribuir a hacernos mejores, sino de saber si persigue
primordialmente semejante finalidad, y ante esta cuestión se pueden dar
cuatro respuestas teóricas, que son al mismo tiempo cuatro respuestas
históricas:
a) Para Juan Duns Escoto, monje escocés, así como para
Alejandro de Hales, franciscano inglés, y para Alberto Magno, monje
dominico alemán declarado Doctor de la Iglesia, todos ellos teólogos
famosos del siglo XIII, la Teología era simplemente una ciencia
práctica, porque fomenta la piedad y estimula a la voluntad
para que tienda hacia el bien último. Alejandro de Hales
dijo que la Teología es una “ciencia efectiva”, mientras Alberto
Magno opinó que es “un saber que inclina a la
piedad”.
b) Para Enrique de Gante, por el contrario, la Teología
es pura y simplemente una ciencia teórica, ya que se
dirige al conocimiento y a la contemplación de Dios.
c) Para
San Buenaventura, el gran teólogo italiano del siglo XIII que
fue llamado “Doctor Seráfico”, la Teología es a la vez
teórica y práctica, pero principalmente práctica porque atiende a hacernos
mejores, ya que su finalidad no es especular, sino enseñar
a vivir cristianamente. Es característica de esta opinión la pregunta
que se formuló San Buenaventura: “¿Hacemos Teología por deseo de
ver, o para santificarnos?”.
El conocimiento teológico, según San Buenaventura, sostiene
a la fe y la fe reside en la inteligencia,
pero está allí para tocar el corazón, por eso el
saber que Cristo ha muerto por nosotros suscitará necesariamente amor,
a no ser que el hombre sea un pecador empedernido.
Como
vemos, el grupo de teólogos del siglo XIII defiende una
doctrina que subraya ante todo el aspecto de salvación y
el carácter afectivo de la Teología. Se sitúa así como
continuador de San Agustín y de San Bernabé en una
perspectiva en la que lo que interesa no es tanto
la verdad en sí misma, sino el valor de vida
que tiene la verdad. Perspectiva legítima y llena de grandeza.
d)
Santo Tomás de Aquino ofreció un punto de vista diferente
al decir: “Hacemos Teología para hacernos mejores y para conducir
a los demás a la santidad, pero la Teología es
principalmente un saber teórico”. Efectivamente, si nos preguntáramos a qué
fin está ordenado todo el trabajo teológico, habríamos de responder
que la Teología busca en primer lugar conocer y penetrar
en el misterio divino, que quiere primero comprender y luego
edificar, porque la reflexión sobre las verdades de la salvación
es la que nos hace descubrir sus valores de vida,
y porque la verdad del misterio está en encontrarse enfocado
hacia la salvación; por eso la Teología es en primer
lugar contemplación de la verdad, y después será edificación de
Cristo en nosotros.
Un conocimiento más profundo de la Palabra de
Dios y de su valor de salvación tiene que manifestarse
en una vida conformada con ese conocimiento, y así como
la fe alcanza su expansión en la caridad y en
el conocimiento que lleva al amor, tiene que existir una
especie de fecundación recíproca entre el conocimiento y la vida.
Sobre esto observaba San Buenaventura: “Que nadie crea que le
basta la ciencia sin la unción, la especulación sin la
devoción, la investigación sin la admiración, el trabajo sin la
piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la
humildad, el celo sin la gracia divina, el reflejo sin
la ciencia divinamente inspirada”.
Hablemos ahora de una posible clasificación de
la Teología. Si se considera según la materia estudiada, la
podremos ordenar según sus disciplinas en Teología Apologética, Teología Dogmática,
Teología Moral, Teología Espiritual, Teología Litúrgica, Teología Patrística, etc., y
según los tratados que comprende, en Teología de la Revelación,
de la Iglesia, de Dios Uno y Trino, de la
Creación, de la Encarnación, de la Redención, de la Gracia,
de las Virtudes, de los Sacramentos, de los Fines Últimos,
etc.
Por último, si se considerara a la Teología bajo el
punto de vista del método de su estudio, se podría
hablar de una Teología Positiva y de una Teología Especulativa.
La terminología en este punto es variable; unos autores hablan
de Teología Histórica en vez de Positiva, y de Teología
Sistemática en lugar de Especulativa; otros hablan de una Teología
Dogmática que comprendería el estudio de la Escritura, los Padres
de la Iglesia y el Magisterio, y de una Teología
Sistemática, que es totalmente Teología Especulativa.
El método de una
ciencia se determina a partir de su objeto y de
su fin. Pues bien, el objeto de la Teología es
Dios en su vida íntima y en su plan de
salvación, y el fin de la Teología es comprender mejor
el plan de Dios salvador, que consiste en introducir a
la criatura humana en la intimidad de la vida divina.
Tal es, en efecto, el misterio oculto en Dios desde
toda la eternidad: la redención del hombre y su retorno
al Padre por medio de Cristo. De ahí se sigue
que el método de la Teología supone dos momentos esenciales:
Primero, el de la determinación del objeto de fe, o
Teología en su función positiva, y segundo, el de la
inteligencia de ese objeto de fe o Teología en su
función propiamente reflexiva, o especulativa, o sistemática.
Ante todo, la Teología
tiene que conocer la Palabra de Dios de una manera
completa y precisa, y luego tiene que comprender esa Palabra.
Lo mismo que en las ciencias experimentales se empieza recogiendo
hechos para interpretarlos a continuación, así también la Teología recoge
y sistematiza el dato revelado (es la Teología Positiva) para
buscar luego su inteligibilidad (haciendo Teología Especulativa).
El Concilio Vaticano
II ha consagrado de algún modo este proceder de la
Teología. En su decreto “Optatam Totis” sobre la formación sacerdotal,
al hablar del lugar de los estudios teológicos en la
vida de los que se preparan al sacerdocio, observa: “Las
disciplinas teológicas han de enseñarse a la luz de la
fe bajo el magisterio orientador de la Iglesia, de manera
que los alumnos deduzcan con toda exactitud de la divina
revelación la doctrina católica y penetren en ella profundamente, convirtiéndola
en alimento de la propia vida espiritual para poder anunciarla,
exponerla y definirla en su ministerio sacerdotal.”
Unas líneas más abajo,
describe de este modo el proceder teológico: “Ordénese la Teología dogmática
de manera que ante todo se propongan los temas bíblicos,
expónganse luego las aportaciones de los Padres de la Iglesia
de oriente y occidente, en la fiel transmisión e interpretación
de las verdades de la revelación, igualmente la historia general
del dogma, considerada incluso en relación con la historia general
de la Iglesia”.
Continua, el texto: “Aprendan además los alumnos a aclarar,
en cuanto sea posible, los misterios de la salvación; a
comprenderlos más profundamente y captar sus mutuas relaciones por medio
de la especulación, bajo la dirección de Santo Tomás”. Evidentemente
trata este párrafo de la función especulativa de la Teología,
de la inteligencia de la fe.
Nota:
* Texto condensado del libro
titulado “La Teología, Ciencia de la Salvación”, escrito por René
Latourelle.
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