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Autor: René Latourelle | Fuente: www.eductusdigital.com VIII. La función especulativa de la Teología
La función positiva de la Teología recoge y sistematiza los datos de la revelación contenidos en la Tradición y en la Sagrada Escritura e interpretados según el Magisterio de la Iglesia.
1. La comprensión del misterio.
La función positiva de la
Teología recoge y sistematiza los datos de la revelación contenidos
en la Tradición y en la Sagrada Escritura e interpretados
según el Magisterio de la Iglesia. Esta apropiación del dato
de fe constituye en sí mismo un estudio, sin embargo
la Teología en su función especulativa desea proseguir y profundizar
esta primera captación. Al ser una obra de creyentes, la
Teología sabe que el misterio en su esencia seguirá siendo
impenetrable mientras dure nuestro peregrinar por la tierra, pero sabe
también que su estudio arrojará sobre el misterio del hombre
más luz que la que el hombre podría producir por
sí mismo, porque el misterio más que tinieblas es superabundancia
de luz.
En este estudio, a un primer movimiento de
escuchar a la fe, que realiza la función positiva de
la Teología cuando determina lo que Dios ha revelado y
lo que la Iglesia propone, le sigue la acción de
entender la fe, que es propiamente el discurso metódico del
espíritu humano para iluminar el misterio.
Este entendimiento de la fe
existía ya en la Iglesia primitiva, y durante la época
Patrística estuvo presente en Ireneo, Clemente, Orígenes, Agustín y otros
teólogos, pero no se ejercía más que de una manera
ocasional y según lo iban requiriendo sus enfrentamientos contra las
herejías. Posteriormente, en la Edad Media, los teólogos de la
época emprendieron de manera sistemática ese trabajo de comprensión y
lo ubicaron como una tarea permanente de la Iglesia.
2. Noción
medieval de la teología.
Heredera de la noción aristotélica de la
ciencia como conocimiento cierto y deductivo, la Edad Media definía
a la Teología por su función especulativa, siendo su misión
la de deducir conclusiones ciertas a partir de las verdades
reveladas. De esta definición se concluía que, dado que la
función Positiva no es deductiva, no era posible asignarle más
que un papel subsidiario en el terreno de la Teología.
Hablar de Teología como ciencia en la Edad Media significaba
hablar de Teología Especulativa, y a consecuencia de ello todavía
hoy muchos autores y manuales hablan de la Teología Especulativa
como de Teología Escolástica, ya que la Escolástica fue la
máxima aportación filosófica de la alta Edad Media.
No es extraño
que los teólogos de aquella época basaran la definición de
Teología en sus funciones especulativa y deductiva, ya que su
guía e inspirador era Aristóteles; además en ellos la actividad
especulativa estaba muy desarrollada y se le consideraba como una
verdadera aportación científica, mientras que al método histórico, por el
contrario, solamente se le daba el mérito de una lectura
fiel; por ello el recurso a la historia, cuando existía,
iba acompañada de una falta tan grande de sentido crítico
que difícilmente se le podría aplicar el término de ciencia.
Sea lo que sea, era de temer que al definir
a la Teología por su función especulativa se llegase a
subestimar el trabajo de la Teología Positiva y se perdiesen
así los preciosos frutos de su investigación. Hoy en día
una ampliación de la noción de ciencia nos permite comprender
mejor que las funciones positiva y especulativa son igualmente necesarias,
y que pertenecen ambas a la esencia de la Teología.
Afortunadamente
hay bastante más materia en la práctica de la Teología
medieval que en su definición, por eso podemos concebir de
tres maneras el trabajo de deducción que los doctores de
la Edad Media asignaban a la Teología como tarea primordial
a partir de los primeros principios:
a) Se puede decir que
la Teología es deductiva en el sentido de que saca
una nueva conclusión partiendo de premisas reveladas, o partiendo de
una premisa de fe y una premisa de razón. Es
verdad que nadie podría discutir que el trabajo deductivo sea
legítimo en la Teología, pero convertirla por ello en la
ciencia de las conclusiones sería quedarse en la periferia de
la actividad teológica propiamente dicha. Esta concepción de Teología como
pura deducción es la que tenían durante los primeros años
de la Escolástica algunos de sus miembros, pero no se
puede decir que haya sido la que tuvieron también los
grandes doctores del siglo XIII, como San Buenaventura y Santo
Tomás.
b) Se puede decir que la Teología es deductiva en
el sentido más amplio de la palabra, porque ilumina una
verdad de fe por medio de otra. La verdad de
fe que ilumina a otra se llama principio, y la
verdad que es iluminada se llama conclusión; un ejemplo de
estas dos verdades es el misterio de la resurrección de
Cristo, que sirve para iluminar el misterio de nuestra propia
resurrección. Desde esta perspectiva, el trabajo deductivo de la Teología
consiste en buscar los vínculos de dependencia que existen entre
un misterio y otro, o en explicar las verdades de
la salvación mostrando su coherencia interna.
c) Finalmente, se puede decir
que la Teología es deductiva porque intenta sacar del dato
revelado todas sus riquezas de inteligibilidad, yendo de una comprensión
general del misterio a una comprensión cada vez más profunda,
utilizando para ello todos los recursos del pensamiento reflexivo.
En
definitiva, el fin de la Teología en su función especulativa
consiste en penetrar cada vez más en el corazón del
misterio.
3. Las tareas de la función especulativa.
Podemos decir que son
tres las tareas esenciales de la función especulativa:
a) Comprender,
apelando a todas las formas de entendimiento que ha puesto
en obra el espíritu humano.
b) Sistematizar, u ordenar en
una síntesis coherente, los frutos de esta reflexión.
c) Juzgar o
apreciar el valor de la reflexión realizada y de la
síntesis obtenida.
a) Comprender.
Existen diferentes formas de reflexión teológica; he
aquí algunas de ellas:
La definición. La Teología se esfuerza en
precisar técnicamente unas nociones que la Tradición y la Escritura
suelen expresar en categorías pre-científicas por medio de imágenes, de
metáforas o de símbolos, permitiendo así que se capte mejor
el sentido y el alcance exacto de la verdad revelada.
Este trabajo de análisis sirve para preparar las definiciones dogmáticas
y previene en contra de las falsas interpretaciones; por ejemplo,
¿qué significan las expresiones “Reino de los cielos”, “Hijo del
hombre”, “Cuerpo místico”. Otro ejemplo: para comprender el misterio de
la Trinidad resulta importante definir los términos de “naturaleza”, “procesión”,
“misión”, “relación”, etc; así, en el siglo IV la introducción
de la palabra omoousios (consustancial) provocó bastante inconformidad (Cristo consustancial
con el Padre), sin embargo gracias a esta terminología más
precisa se realizó un importante progreso en la Cristología.
La deducción
por medio del silogismo. Este recurso deductivo puede revestir a
su vez varias formas, y por consiguiente llevar a distintos
tipos de conclusiones. La conclusión puede apoyarse en dos premisas
reveladas, o en una revelada y otra no revelada.
La conveniencia,
o el argumento de conveniencia. Cuando se trata de los
misterios de la vida íntima de Dios y de sus
designios de salvación, la inteligencia humana es incapaz de aportar
razones necesarias y demostrables; sin embargo puede, conocido ya el
misterio por la fe, mostrar la soberana conveniencia de la
acción divina y manifestar así su profunda inteligibilidad. Por ejemplo,
si no es posible demostrar la necesidad de la Encarnación
para la revelación de Dios, comprenderemos al menos que era
conveniente que Dios captase al hombre en su mismo nivel,
y que se dirigiese a él por medio de signos
humanos.
La explicación genética consiste en seguir la evolución de un
tema a través de toda la historia de la revelación.
Esta forma de reflexión no consiste solamente en recoger el
dato revelado disperso en el curso de los siglos, sino
en explicarlo por la consideración de las circunstancias del ambiente
en que nos ha sido comunicado. Por ejemplo, la explicación
genética de los títulos mesiánicos de Cristo como Profeta, Rey,
Hijo del hombre, Siervo doliente, etc., enriquece indudablemente nuestra comprensión
de la misión y de la persona de Cristo.
La analogía
de los misterios con las realidades humanas. La revelación de
los misterios divinos es posible precisamente porque Dios ha hecho
todas las cosas, y particularmente al hombre, como un reflejo
de su propia perfección, y también porque todas las cosas
tienen su fuente en Dios. Si estas realidades no tuviesen
ninguna relación con el misterio del ser divino, el diálogo
entre Dios y el hombre sería sencillamente imposible; si, por
otra parte, Cristo puede utilizar todos los recursos del universo
creado para darnos a conocer a Dios y su designio
de salvación, es porque la palabra creada ha precedido a
la palabra reveladora, y porque la una y la otra
tienen como principio a la misma Palabra interior de Dios.
Paternidad y filiación son analogías reveladas escogidas por Cristo, que
tienen por consiguiente el carácter normativo de una analogía propuesta
por el mismo Dios; estas analogías reveladas suscitan la reflexión
humana que se aplica a purificarlas y a transfigurarlas para
entrever algo de las profundidades de la vida divina.
El
teólogo puede también descubrir y proponer él mismo nuevas analogías,
como por ejemplo alguna relacionada con las operaciones del entendimiento
y la voluntad del alma humana, pero estas reflexiones por
los caminos de la analogía tienen que realizarse evidentemente con
discreción y bajo la dirección de la Iglesia, sobre todo
cuando se trata de analogías no reveladas.
El análisis fenomenológico. Como
método, la fenomenología es un esfuerzo de lectura y descripción
fiel de la realidad. Es un esfuerzo por asegurar, a
partir de situaciones existenciales particulares analizadas de una manera concreta
y rigurosa, a las realidades superiores manifestadas en esas situaciones.
El análisis fenomenológico es útil para profundizar en nuestro conocimiento
de las analogías de la fe, o para comprender mejor
esas experiencias que son el fruto conjugado de la acción
divina y de la libertad humana.
La vinculación de los misterios
entre sí. Este tipo de reflexión teológica, esbozada por el
Vaticano I, consiste en descubrir y poner de realce los
múltiples vínculos que existen entre los datos de la fe,
a fin de encontrar la armonía del misterio total como
existe en la sabiduría divina; porque Dios nos ha revelado
sus misterios no como elementos sueltos, sino como piezas de
una maravillosa planeación ordenada a la salvación de los hombres.
Los misterios se llaman entre sí, se responden, se subordinan
unos a otros, se organizan en una síntesis que es
el reflejo de la unidad del misterio de Dios.
La
Iglesia ha considerado siempre a la investigación de los múltiples
vínculos que unen a los misterios entre sí como una
de las tareas más importantes y fecundas de la Teología:
“Aprendan además los alumnos a aclarar en cuanto sea posible
los misterios de la salvación y captar sus mutuas relaciones”
(Optatam totius 16).
Por ejemplo, para iluminar el misterio de
la Trinidad, podemos subrayar que en la economía de la
salvación el Padre es el primero en manifestarse en la
obra de la creación y de la elevación del hombre;
luego el Hijo en la obra de la restauración por
medio de la Encarnación, la redención y la fundación de
la Iglesia; y finalmente el Espíritu, en la obra de
santificación de las almas y en la formación del cuerpo
místico.
b) Sintetizar
No se puede hablar de ciencia teológica sin
hablar inmediatamente de sistematización, esto es, de la estructuración orgánica
de los resultados de la reflexión teológica y de su
reducción a la unidad. La sistematización variará según el principio
de unidad que se ha escogido; variará también con las
opciones fundamentales, filosóficas o de otra clase, que presidían el
trabajo teológico. Así por ejemplo, la Teología Tomista es teocéntrica,
mientras que la Teología Kerigmática es netamente cristocéntrica; de ahí
también el pluralismo de sistemas teológicos. Este pluralismo obedece a
diversos factores: por ejemplo a la utilización de filosofías diversas
(aristotélica, platónica, existencial), o a preocupaciones iniciales diferentes, o bien
a mentalidades y ambientes culturales distintos.
Cada sistema representa un
acercamiento al misterio, un esfuerzo de interpretación de la realidad;
ninguno de ellos puede reducirse a otro, a no ser
en el plano de la realidad que todos intentan comprender
y en el plano de la Iglesia que los reconoce
como válidos, pero igual como las diversas fotografías de una
misma catedral, tomadas individualmente, serían incapaces de reflejar la totalidad
de lo real, así tampoco los sistemas son capaces de
agotar la realidad del misterio. Cada uno por su misma
naturaleza es imperfecto y susceptible de progreso, pero no todos
los sistemas tienen el mismo valor. Un sistema será considerado
superior a los demás, si además de no descuidar ninguno
de los aspecto esenciales de la realidad, se muestra capaz
de asimilar nuevos aspectos dentro de una síntesis orgánica y
armoniosa.
c) Juzgar
En el curso de su investigación, el teólogo
tiene que emitir continuamente juicios personales porque la Teología no
es una obra de mera repetición del pasado, sino que
va creciendo al ritmo en que va siendo comprendido el
dato revelado. Por eso el teólogo tiene que ser un
iniciador, un creador, y cada nueva comprensión del dato revelado
lo pondrá frente a la responsabilidad de un juicio crítico
que le será preciso emitir sobre el valor de sus
propias proposiciones.
La situación de teólogo como hombre de ciencia,
sin embargo, es particular. En las ciencias humanas la verdad
es un ideal que es menester descubrir; en Teología por
el contrario, la verdad en cierto sentido ha sido ya
dada desde el punto de partida, además, la interpretación auténtica
de esa verdad ha sido confiada al Magisterio de la
Iglesia.
De esta forma, por un lado, el teólogo tiene
que asumir la responsabilidad de juzgar sus propias intuiciones, y
por el otro tiene que trabajar en la fe y
bajo la dirección constante del Magisterio eclesiástico. Acepta el teólogo
que su juicio personal se vea sometido en último análisis
al juicio superior del Magisterio, de ahí la necesidad de
una actitud de humildad profunda.
Nota: * Texto condensado del libro titulado
“La Teología, Ciencia de la Salvación”, escrito por René Latourelle.
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