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Autor: René Latourelle | Fuente: www.eductusdigital.com VII. Función positiva de la Teología
La Teología intenta penetrar en el misterio que ya posee por la fe, para conseguir un entendimiento cada vez más vivo de la misma...
1. Naturaleza de la función positiva.
Como hemos dicho, la
Teología es inteligencia de la fe y búsqueda del espíritu
con ansias de comprender. La Teología intenta penetrar en el
misterio que ya posee por la fe, para conseguir un
entendimiento cada vez más vivo del mismo.
Por tanto, dado
que la Teología es ciencia del objeto de fe, tiene
que tomar posesión de ese objeto a su mismo nivel,
que es el nivel de la ciencia. La Teología Positiva
es precisamente la función por la que la Teología entra
en posesión del dato revelado; es la elevación de la
fe de lo que se ha oído hasta el nivel
científico.
Predicación y catequesis aseguran un conocimiento suficiente del objeto
de fe, pero la Teología, como ciencia de Dios y
de los misterios, no puede estar satisfecha con un conocimiento
elemental, quiere conocer el objeto de fe tal como se
expresa en la Tradición y en la Escritura, pero de
una manera metódica y exhaustiva.
¿Qué quiere decir esto en concreto?
Significa que la Teología Positiva estudia la manera con que
se nos revela Dios para hacernos experimentar, por medio de
su acción en la historia, su ser divino y el
sentido de la condición humana, por eso mismo estudia las
relaciones de Dios con Israel, su manifestación en Jesucristo y
en el testimonio de los apóstoles; procura determinar lo que
Dios ha revelado y cómo lo ha revelado. De esta
forma veremos que la divinidad de Cristo, su dualidad de
naturalezas, la inmaculada concepción y la asunción de la Virgen
no se encuentran en la Tradición y en la Escritura
expresadas de la misma manera ni con la misma claridad.
Además
la Teología Positiva tiene que estudiar el progreso de la
revelación en su fase histórica y constitutiva hasta el fin
de la edad apostólica, porque Dios no ha revelado las
cosas de una vez desde el comienzo, sino gradualmente: “De
una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en
el pasado a nuestros padres por medio de los profetas;
en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del
Hijo” (Heb 1,1.2)
La misma revelación cristiana ha visto un progreso
desarrollado a través de todo el siglo primero: Cristo se
manifestó a los judíos de su tiempo como el Mesías,
como el Hijo del hombre, como el Siervo que sufre
y como el Hijo del Padre que ha venido al
mundo para librarnos de las tinieblas del pecado y de
la muerte; estas declaraciones las fue haciendo Cristo progresivamente, y
después de su muerte los apóstoles releyeron en el Espíritu
las palabras y las acciones del Maestro; entonces comprendieron lo
que no habían entendido antes de la Pasión, la Resurrección
y la efusión del Espíritu.
Por eso lo que transmitieron
a la Iglesia fueron las palabras y las acciones de
Cristo matizadas con la comprensión progresiva que de ellas tuvieron
esto es lo que tiene para nosotros valor de revelación
y lo que constituye el objeto de nuestra fe. Los
Sinópticos, San Pablo y San Juan representan diversos momentos de
esa relectura cada vez más profunda de la vida terrena
de Cristo, y pertenece a la Teología Positiva fijar la
imagen sinóptica, paulina y joánica de Cristo.
La Teología Positiva tiene
también la misión de determinar lo que ha sido propuesto
por el Magisterio de la Iglesia, considerando la autoridad que
éste le haya dado, porque una Encíclica y un Concilio
Ecuménico no tienen evidentemente la misma autoridad, y dentro de
un Concilio no todos los actos tienen el mismo alcance.
Advirtamos también que los documentos del Magisterio persiguen una finalidad
precisa y bien limitada; cada uno ha nacido en un
contexto histórico, y al ir dirigido contra un error particular
suele suceder que se cargue el acento en un punto
que es preciso delimitar, y también que a veces se
dejen en la sombra ciertos aspectos que no por eso
dejan de pertenecer al tesoro de la fe.
Advirtamos además que
en la proposición de la verdad revelada, las fórmulas actuales
son mucho más elaboradas que las fórmulas primitivas; así por
ejemplo, la formulación de la infalibilidad del Papa está más
afinada que la de los primeros documentos de la Iglesia.
Todo
este trabajo de precisión técnica y de determinación doctrinal e
histórica es el que lleva a cabo la Teología en
su función positiva. Intenta en ella trazar toda la historia
del objeto de fe en su revelación, su transmisión, su
proposición, y en todas sus formas de expresión. Es la
ciencia del contenido integral de la revelación. Desea conocer el
dato revelado en su totalidad, con el carácter metódico y
exhaustivo propio de la ciencia. No se compromete en ese
trabajo por deseos de erudición, sino para llegar a una
comprensión de la Palabra de Dios más profunda y fructuosa.
2.
División de la Teología Positiva.
La única revelación de Dios, el
único Evangelio, la única verdad de salvación, se nos ha
transmitido bajo las formas de Tradición y de Escritura; ambas
expresan el único misterio, ambas concurren a un mismo fin,
ambas son Palabra de Dios. Este único depósito de la
revelación constituido por la Tradición y la Escritura ha sido
confiado a la Iglesia entera para que viva de él,
pero el papel de interpretar la Palabra de Dios, escrita
o transmitida, ha sido confiado al Magisterio de la Iglesia,
que por mandato de Cristo y con asistencia del Espíritu
oye con respeto la Palabra de Dios, la guarda con
diligencia y la expone con fidelidad; y de este único
depósito de la fe saca el Magisterio todo lo que
propone que se ha de creer como verdad revelada por
Dios.
Por consiguiente, es posible distinguir en la Teología Positiva
tres sectores: La Positiva de los Documentos Escriturísticos, la Positiva
de los Testimonios de la Tradición, y la Positiva de
las Enseñanzas del Magisterio. Todo este conjunto constituye lo que
se llama “lugares” o “fuentes”, cuya exploración realiza la Teología
para conocer la revelación en toda su amplitud y riqueza.
a)
La Teología Positiva de los Documentos Escriturísticos se apoya en
la exégesis; tiene la finalidad de comprender el pensamiento del
autor sagrado, de lo que ha querido decir y lo
que tiene intención de enseñar. Su objeto es el sentido
literal, su método es la crítica textual, literaria e histórica
que establece el texto, para descubrir su sentido y su
género literario y situarlo en el ambiente en que ha
sido compuesto y al que se dirige, descubriendo su alcance
y los límites de la enseñanza que contiene. El exegeta,
dice la Constitución Dei Verbum, “investiga el sentido que trató
de expresar y expresó el hagiógrafo, según determinadas circunstancias de
su tiempo y de su cultura, por medio de los
géneros literarios empleados en su época”.
b) A la Teología Positiva
de la Tradición le corresponde estudiar el testimonio de los
Padres, el de los Doctores y de los Teólogos de
la Iglesia, el testimonio de la Liturgia, la Historia de
la Iglesia y la vida actual del pueblo cristiano.
Los Padres
de la Iglesia son los testigos de la Tradición, y
su valor se debe principalmente al hecho de haber sistematizado
en sus escritos la revelación recibida, creída y vivida en
la Iglesia. La noción de Padre de la Iglesia está
caracterizada por cuatro rasgos: Antigüedad, ortodoxia de su enseñanza, aprobación
expresa o implícita de la Iglesia, y santidad; si falta
alguna de esas condiciones no se habla de Padres de
la Iglesia, por eso algunos individuos brillantes, como Tertuliano y
Orígenes, son llamados solamente “escritores eclesiásticos”. Se considera la era
Patrística cerrada, en occidente con San Gregorio (604) y San
Isidoro (636), y en oriente con San Juan Damasceno (749).
El
término de Doctor de la Iglesia es más restringido que
el de Padre, y cuando se otorga expresa la estimación
que la Iglesia tiene para con un Padre al elevarlo
al grado de Doctor. En oriente se consideran Doctores, entre
otros, a los santos Basilio Magno, Atanasio, Gregorio Nacianceno y
Juan Crisóstomo; en occidente, por ejemplo, a los santos Ambrosio,
Jerónimo y Gregorio Magno. La lista de los Doctores no
se limita a la antigüedad, como la de los Padres,
sino que comprende también a santos más recientes, por ejemplo
a Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, San Alberto Magno,
San Juan de la Cruz, San Pedro Canicio y Santa
Teresa de Ávila. El Doctor de la Iglesia se distingue
por el papel eminente que ha desempeñado para la vida
doctrinal de la Iglesia, y por la aprobación expresa del
Magisterio. El Doctor es un maestro auténtico de la fe
cristiana.
La Constitución “Munificentissimus Deus” de Pío XII, enumera también
a los Teólogos entre los testigos de la Tradición. Efectivamente,
se puede tener como objeto de fe el material que
los Teólogos han tenido como tal. La Liturgia constituye igualmente
un testigo privilegiado de la Tradición cuyas riquezas recoge, de
modo que difícilmente se encontraría una verdad de fe que
no estuviera de algún modo expresada en la Liturgia. La
Liturgia vivida por la comunidad eclesial entera en una confesión
continua, es una manifestación excepcional de la fe de la
Iglesia. Es la fe en su proclamación cultual, porque la
Iglesia reza según su fe.
La piedad no crea el
dogma, sino que es más bien su manifestación, pero por
la vida sacramental, por la predicación de la Palabra y
por el desarrollo de sus fiestas, la Liturgia celebra y
actualiza sin cesar el misterio cristiano que es objeto de
su fe.
c) La Historia de la Iglesia estudia cómo se
ha desarrollado a través de los siglos la institución fundada
por Cristo y dirigida por el Espíritu Santo. De ahí
su importancia para comprender el misterio de la salvación. Por
Historia de la Iglesia entendemos no solamente la historia de
los concilios y de las herejías, sino también la historia
de las instituciones particulares, por ejemplo del episcopado y del
diaconado, la historia de las fundaciones de comunidades religiosas, la
historia de la santidad; en una palabra, la historia de
todo el pueblo de Dios.
d) Con el testimonio de la
Tradición se relaciona también la fe del pueblo cristiano en
sus expresiones actuales, porque el pueblo de Dios no deja
de meditar en la Palabra de Dios y de vivir
de ella. Esta vida de fe bajo la guía del
Espíritu es una vida inventiva y capaz de descubrimientos. Las
expresiones de fe cristiana que han brotado así bajo la
acción del Espíritu, como un don que se hace a
cada época, constituyen un lugar teológico importante. La conciencia creciente
del papel de los laicos en el mundo, la fundación
de institutos seculares, la orientación de la vida religiosa hacia
nuevas tareas, el interés de la Iglesia por las comunidades
cristianas separadas y por las grandes religiones de salvación, todo
esto que se realiza bajo la acción del Espíritu, es
fruto de la fe y objeto de reflexión teológica.
La Teología
Positiva de las enseñanzas del Magisterio se aplica a conocer
la fe de la Iglesia, tal como se expresa en
las intervenciones y declaraciones múltiples del Magisterio. El Magisterio, como
intérprete autorizado de la palabra de salvación, puede ser Ordinario
o Extraordinario. El Extraordinario se ejerce por el Concilio Ecuménico
o por el Papa cuando habla ex cátedra, o sea
como Pastor y Doctor universal en el ejercicio de su
autoridad plena, y con la intención de obligar a todo
el pueblo cristiano.
El Magisterio Ordinario se ejerce por los
obispos individualmente o colegiadamente, en sínodos Interdiocesanos, conferencias episcopales, etc.,
y también por el Papa, sea directamente en encíclicas, discursos
o cartas, o bien indirectamente por medio de sus auxiliares,
como las diversas congregaciones.
Desde el siglo XIX es la
encíclica una de las formas privilegiadas del Magisterio ordinario del
Papa. Cada encíclica constituye una exposición amplia de la doctrina
católica sobre un punto en concreto, en la que se
trata menos de condenar, enderezar y alertar, que de aclarar,
enseñar y dar realce a las insondables riquezas del misterio
de Cristo para provecho del pueblo de Dios. También el
Derecho Canónico, código que rige la disciplina de la Iglesia,
en cuanto que se elabora bajo el control del Magisterio,
puede considerarse como parte de sus documentos.
3. Los objetivos de
la Teología Positiva.
Su primer objetivo es el de tomar posesión
de todo el dato revelado, tal como se expresa en
la Tradición y en la Escritura, y de estudiarlo a
nivel científico. Esta toma de conciencia del contenido integral del
objeto de fe ofrece ya una primera comprensión del dato
revelado, porque entendemos mejor una realidad cuyo origen conocemos y
cuya evolución podemos seguir.
De esta manera el mero hecho
de recoger las variadas imágenes que describen a la Iglesia
en su naturaleza íntima (por ejemplo pueblo, viña, templo, ciudad,
cuerpo, esposa), como lo ha hecho la Lumen Gentium, enriquece
ya nuestra comprensión del misterio. De igual forma, la consideración
de los Sinópticos, de Pablo y de Juan sobre el
misterio de Cristo, permite componer una imagen más justa de
Él y de su vida como Hijo en el seno
de la Trinidad.
De la misma manera, el conocimiento que
obtengamos de la santidad de Cristo por los Evangelios recibirá
una luz nueva, cuando estudiemos las expresiones diversas de esa
santidad en la vida de los santos y en las
grandes corrientes espirituales.
Ocasionalmente la Teología Positiva podrá desempeñar un papel
apologético; esto es, mostrar que la doctrina cristiana es original,
y no un producto que se haya pedido prestado a
las religiones vecinas a Israel. Puede demostrar también la Teología
Positiva que hay continuidad entre la predicación actual de la
Iglesia y el mensaje de la Iglesia primitiva; conviene, sin
embargo, advertir que la Teología no puede demostrar la identidad
material perfecta entre la fe de los primeros siglos y
la fe actual de la Iglesia para todos los dogmas,
y esto por dos motivos: en primer lugar porque con
frecuencia los documentos históricos que podrían permitirnos recomponer la imagen
fiel de la fe primitiva faltan por completo; en segundo
lugar porque existe en la Iglesia un proceso de explicación
incesante del objeto de fe, y por consiguiente a veces
no podremos percibir sino una continuidad dentro de la misma
doctrina.
4. Marcha regresiva y marcha genética.
La Teología Positiva no se
contenta con estudiar la materialidad de los hechos que jalonan
la historia de Israel, ni tampoco con estudiar la corriente
religiosa que representa Israel en razón solamente del lugar que
ocupa en la Historia de las Religiones.
La Teología Positiva
se vale de la materialidad de los hechos dentro de
una perspectiva de fe, por eso lo que busca en
los textos y en los hechos es llegar hasta el
misterio del Dios revelado y su designio de salvación. Considera
los libros del Antiguo y del Nuevo Testamentos como libros
sagrados e inspirados, y considera a sus autores como testigos
de la realidad divina.
El principio de esta Teología Positiva
es el reconocimiento del carácter divino de la fundación de
la Iglesia; por tanto, se elabora no ya bajo la
guía exclusiva de la razón, sino en la fe y
bajo el Magisterio de la Iglesia. Como fundamentos de esta
disciplina hay una Teología de la Revelación, una Teología de
la Inspiración y una Teología de la Iglesia.
a) Una Teología
de la Revelación
La revelación de Dios a la humanidad forma
un todo único y coherente cuyo punto superior es Cristo.
Por tanto, si la Teología Positiva quiere apreciar correctamente el
sentido y el alcance de un texto particular, tendrá que
colocarse en un vasto conjunto. Cada palabra del discurso de
Dios deberá situarse en el seno de cada párrafo y
en el seno del discurso entero; la Teología de la
fe tendrá aquí la misión de orientar a la investigación
y de cerrar los caminos sin salida.
b) Una Teología de
la Inspiración.
La Teología Positiva supone que los libros del
Antiguo y del Nuevo Testamento, por estar escritos bajo la
inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como su autor.
Por otra parte, si es verdad que Dios ha utilizado
a los escritores sagrados como instrumentos inteligentes y libres y
que respeta su personalidad y sus dones de escritor, resulta
indispensable estudiar en los libros sagrados todo lo que refleja
esta personalidad, y conocer el contexto histórico y literario de
cada parte de la Escritura.
c) Una Teología de la Iglesia.
Dios no ha depositado su revelación en la Escritura para
que cada uno la interprete a su manera. Dios ha
confiado su Palabra a la Iglesia para que toda la
Iglesia viva de esa Palabra, pero pertenece únicamente al Magisterio,
servidor de la Palabra, interpretarla auténticamente en el nombre de
Cristo. Sólo la Iglesia en su tradición viva puede decirnos
cuáles son los libros verdaderamente inspirados, y por consiguiente los
verdaderos testigos de Dios. Si se trata de los Doctores
de la Iglesia, sólo la Iglesia está autorizada para decirnos
cuáles son entre ellos los testigos auténticos de la Palabra
de Dios.
Dicho esto, se puede concebir el trabajo teológico
positivo de dos maneras, sea como regresivo o como genético.
Históricamente estos dos caminos han existido y han tenido sus
representantes; ambos pueden también apoyar su autoridad en documentos del
Magisterio y cada uno de ellos, como veremos, tiene sus
ventajas y sus inconvenientes.
El método regresivo, practicado durante todo el
siglo pasado en los diccionarios, en los manuales y en
la enseñanza, toma su punto de partida en la doctrina
actual de la Iglesia y se remonta a los orígenes
a veces oscuros de esa doctrina. Inicia desde lo comprendido
actualmente, tal como se expresa en la enseñanza ordinaria o
extraordinaria de la Iglesia, para encontrar en las fuentes el
fundamento de esa enseñanza.
Apoyándose de esta forma en la
fe actual de la Iglesia, más explicada y mejor formulada,
puede ser que la Teología Positiva descubra en los textos
un sentido que quizás no hubieran logrado encontrar de otra
manera; por ejemplo, a la luz de los dogmas actuales
de la Inmaculada Concepción y de la Asunción de la
Virgen, podrá el teólogo encontrar en ciertos indicios de la
Escritura y de la Tradición la expresión de la fe
continuada de la Iglesia en ese aspecto.
Sin embargo este procedimiento
tiene también sus peligros; el primero es el de un
falso sobre-naturalismo que para salvaguardar la fe cristiana elimine los
textos que presenten alguna dificultad, o que fuerce el alcance
de otros que no le parecieran muy favorables al teólogo.
Otro peligro es el del anacronismo, que consiste en aplicar
a una expresión que se encuentre entre los documentos del
pasado el sentido que hoy tendría para nosotros.
Junto con
estos errores de método está el de los que pretenden
encontrar en las fuentes de la revelación la doctrina de
la Iglesia expresada con toda claridad, por ejemplo la que
se refiere a la Asunción de la Virgen, o a
los tres sacramentos que imprimen en el alma un carácter
indeleble, ya que en la Tradición y en la Escritura
solamente se encuentran indicios de ellos.
El último peligro que
se corre con el procedimiento regresivo de estudio consiste en
no atender en la revelación más que aquellos aspectos ya
tratados por el Magisterio, pues si bien es cierto que
las cosas están más claras y explícitas en los documentos
del Magisterio, también lo es que habrá siempre mayor riqueza
en el mismo dato revelado que en sus comentarios.
Para evitar
todos estos peligros, muchos teólogos han preferido seguir un procedimiento
genético. Este procedimiento toma como punto de partida la revelación
y se sirve de los datos y de los métodos
de la crítica literaria e histórica para determinar el alcance
original de los textos, situados en su propio contexto social,
cultural y religioso; procura trazar la historia de la revelación
tal como se ha ido desarrollando en el pasado, etapa
tras etapa, sin prejuzgar con las explicaciones actuales del Magisterio;
intenta detectar los temas de la Escritura para seguir su
desarrollo a través de los siglos, desarrollo coherente, pero compatible
con períodos de espera e incluso con regresiones parciales.
Su
objeto inmediato es el mismo que tendría un historiador no
creyente, aun cuando creyentes y no creyentes emitan un juicio
de valor diferente sobre los hechos que hayan encontrado a
través de los textos. El creyente reconocerá la revelación divina
en el mismo proceso donde el no creyente no verá
más que la historia de un ideal religioso forjado por
un grupo humano particular, pero la Teología no tiene nada
que temer de ese trabajo leal, aun cuando ocasionalmente tenga
que corregir ciertas consideraciones heredadas de los siglos pasados, al
comprobar la fragilidad de sus fundamentos.
En el proceder genético
ligado al ritmo de la revelación, tanto en su totalidad
como en sus partes, la Tradición y el Magisterio actúan
como una luz en la que vive el teólogo, y
si una conclusión de su trabajo le pareciese estar en
contradicción con una enseñanza explícita del Magisterio, el teólogo debería
buscar, mediante un nuevo y más profundo examen de los
textos, la solución de esa aparente incompatibilidad.
Lo mismo que
el método regresivo, también el genético tiene sus ventajas y
sus peligros. Entre las ventajas podemos señalar dos: a).- Que
asegura la lectura exacta de los textos originales, y b).-
Que prepara de este modo una lectura teológica y espiritual
fundada en el sentido literario.
El análisis genético permite seguir paso
a paso el progreso de la revelación a través de
la historia, y captar a lo vivo la admirable pedagogía
de Dios que hace madurar a Israel y lo va
preparando para conocer la plenitud de Cristo. También permite no
perder ni una sola de las riquezas del dato revelado;
y al no prejuzgar con las explicaciones del Magisterio, el
teólogo se mantendrá a la escucha de la Palabra de
Dios cuyos temas y matices quiere captar por completo, de
esta forma quizá hasta pueda descubrir algunos aspectos de la
revelación que todavía no han sido descritos
Sin embargo, lo mismo
que en un estudio regresivo, también el genético tiene sus
peligros. El primero consiste en apegarse al principio de la
revelación histórica, hasta el punto de desinteresarse por completo de
sus desarrollos ulteriores y del inmenso trabajo realizado por la
Iglesia para interpretar y actualizar sin cesar la Palabra. Otro
peligro consiste en canonizar de algún modo las formas de
expresión de la Escritura, hasta el punto de cerrarse a
todo tipo de expresión que no sea totalmente bíblico; en
el extremo, esta actitud podría convertirse en desprecio a toda
la Teología Patrística, Medieval o Moderna.
La descripción de los dos
procedimientos de estudio teológico, el regresivo y el genético, puede
dar la impresión de que son sistemas rígidos y opuestos,
pero sabemos bien que no existen en estado puro, y
creemos que al nivel de la conciencia de los investigadores
la diferencia entre ambos es mínima, porque hay elementos que
acercan más que separan ambos caminos.
Efectivamente, en ambos métodos
hay un elemento común que es la fe del creyente,
tal como se expresa en la Tradición viva de la
Iglesia y en su predicación actual, y esta fe es
como una luz en la que vive y se baña
el investigador. La presencia de esta fe viva en él
no solamente le preserva de los errores que podrían arrastrarlo
fuera de su religión, sino que además sitúa su investigación
en la corriente de la Tradición viva de la Iglesia,
la orienta y la favorece. De esta forma, la diferencia
metodológica entre ambos caminos se reducirá en la práctica a
una cuestión de acento: unos estarán más atentos a la
revelación histórica mientras que los otros lo estarán a la
actualización en la Iglesia de hoy.
Resulta casi inevitable que el
teólogo, entregado a las investigaciones de la ciencia positiva y
obligado a una doble fidelidad a la Iglesia y a
las exigencias de la crítica histórica, experimente a veces dolorosas
tensiones, sobre todo cuando no acaba de ver cómo pueden
estar de acuerdo los datos de su fe con los
datos que aporta la ciencia. En esos períodos, el teólogo
positivista tendrá que reconocer que su situación de investigador se
relaciona solamente en forma parcial con el juicio de los
sabios, y que su marcha no debe buscar otra justificación
que la de la iglesia de la cual es un
humilde servidor.
Nota: * Texto condensado del libro titulado “La Teología, Ciencia
de la Salvación.
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