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Autor: José Antonio Loarte | Fuente: Catholic.net ¿Quiénes son los Padres de la Iglesia?
Cuando alguien recibe la enseñanza de labios de otro, es llamado hijo de aquél que le instruye, y éste, a su vez, es llamado padre suyo.
En el uso de la Biblia y de la antigüedad
cristiana, la palabra «Padre» se aplicaba en un sentido espiritual
a los maestros. San Pablo dice a los Corintios: «Aunque
tengáis diez mil preceptores en Cristo, no teneis muchos padres,
porque sólo yo os he engendrado en Jesucristo por medio
del Evangelio»1 Y San Ireneo de Lyon: «Cuando
alguien recibe la enseñanza de labios de otro, es llamado
hijo de aquél que le instruye, y éste, a su
vez, es llamado padre suyo»2. Como el oficio
de enseñar incumbía a los obispos, el título de «Padre»
fue aplicado originariamente a ellos.
Coincidiendo con las controversias doctrinales
del siglo IV, el concepto de «Padre» se amplía bastante.
Sobre todo, el nombre se usa en plural—«los Padres», «los
Padres antiguos», «los Santos Padres»—, y se reserva para designar
a un grupo más o menos circunscrito de personajes eclesiásticos
pertenecientes al pasado, cuya autoridad es decisiva en materia de
doctrina. Lo verdaderamente importante no es la afirmación hecha por
uno u otro aisladamente, sino la concordancia de varios en
algún punto de la doctrina católica. En este sentido, el
pensamiento de los obispos reunidos en el Concilio de Nicea,
primero de los Concilios ecuménicos (año 325), adquiere enseguida un
valor y una autoridad muy especiales: es preciso concordar con
ellos para mantenerse en la comunión de la Iglesia Católica.
Refiriéndose a los Padres de Nicea, San Basilio escribe: «Lo
que nosotros enseñamos no es el resultado de nuestras reflexiones
personales, sino lo que hemos aprendido de los Santos Padres»3. A partir del siglo V, el recurso a
«los Padres» se convierte en argumento que zanja las controversias.
Por qué conocer a los Padres
¿Por qué es tan
importante, en el momento actual, el conocimiento de los escritos
de los Padres? Hace pocos años, un documento de la
Santa Sede intentaba responder a esta cuestión. Se dan en
esas páginas tres razones fundamentales:
1) Los Padres son testigos
privilegiados de la Tradición de la Iglesia.
2) Los Padres
nos han transmitido un método teológico que es a la
vez luminoso y seguro.
3) Los escritos de los Padres ofrecen
una riqueza cultural y apostólica, que hace de ellos los
grandes maestros de la Iglesia de ayer, de hoy y
de siempre 4. El análisis de estas afimnaciones
puede servirnos para ilustrar cómo los escritos de estos autores
constituyen un verdadero tesoro de la Iglesia; un tesoro cuyo
conocimiento y disfrute no debería quedar reservado a unos pocos,
ya que es patrimonio de todos los cristianos.
La doctrina
predicada por Jesucristo, Palabra de Dios dirigida a los hombres,
fue consignada por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo
y entregada a la Iglesia. La Sagrada Escritura es, por
eso, un Libro de la Iglesia: sólo en la Iglesia,
a la luz de una Tradición que se remonta al
mismo Cristo, puede ser adecuadamente entendida y transmitida a las
generaciones posteriores. Las ciencias positivas de que hace uso la
moderna exégesis constituyen, sin duda, un instrumento valiosísimo para profundizar
en el contenido de la revelación, pero a condición de
que no se utilicen fuera del sentir de la Iglesia,
y menos aún, contra el sentir de la Iglesia. Cuando
se cercena esta relación esencial existente entre la Biblia y
la Iglesia, la Palabra de Dios queda desposeída de su
virtud salvífica, transformadora de los hombres y de la sociedad,
y se ve reducida a mera palabra de hombres.
Los
Padres son testigos privilegiados de la Tradición
Los Santos Padres
nos transmiten, con sus comentarios y escritos, la doctrina viva
que predicó Jesucristo, transmitida sin interrupción por los Apóstoles a
sus sucesores, los obispos. Por su cercanía a aquel tiempo,
el testimonio de los Padres goza de especial valor.
Habitualmente
se considera que su época abarca los siete primeros siglos
de la Era Cristiana. Naturalmente, cuanto más antiguo sea un
Padre, más autorizado será su testimonio, siempre que su doctrina
resulte concorde con lo que Jesucristo reveló a la Iglesia,
y su conducta haya estado en sintonía con esas enseñanzas.
Ortodoxia de doctrina y santidad de vida constituyen, pues, notas
distintivas de los Padres. Algunos—no muchos en relación al total—han
sido formalmente declarados tales por la Iglesia, al ser citados
con honor por algún Concilio o en otros documentos oficiales
del Magisterio eclesiástico. La mayoría, sin embargo, no han recibido
esa aprobación explícita; el solo hecho de su antigüedad, unida
a la santidad de su vida y a la rectitud
de sus escritos, basta para hacerles merecedores del título de
«Padres» de la Iglesia.
Como se ve, esas dos notas
resultan esenciales. Por esta razón, si falta alguna, a esos
escritores no se les cuenta propiamente en el número de
los Padres, aunque sean muy antiguos. Muchos de ellos, sin
embargo, son tenidas en gran consideración por la Iglesia, que
les reconoce incluso una especial autoridad en algún campo. Resulta
obvio aclarar que nunca se trata de autores que voluntariamente
se apartaron de la unidad de la fe, como es
el caso de los que fueron declarados herejes por algún
Concilio. Se trata más bien de personajes que, de buena
fe, erraron en algún punto de doctrina no suficientemente aclarado
en esos momentos; muchas veces ese error es achacable más
bien a sus seguidores. En estos casos, aun sin darles
el título de «Padres», la Iglesia los honra como escritores
eclesiásticos cuyas enseñanzas gozan de especial valor en algunos aspectos.
Los Padres nos transmiten un método teológico luminoso y seguro
Aunque a veces, desde el punto de vista técnico, los
instrumentos de que disponían los Padres para el estudio científico
de la Palabra de Dios eran menos precisos que los
que ofrece la moderna exégesis bíblica, no hay que olvidar
lo que poníamos de relieve al principio: que los Libros
Sagrados no son unos libros cualquiera, sino Palabra de Dios
entregada a la Iglesia, y sólo en la Iglesia y
desde la Iglesia puede desentrañarse su más hondo contenido. En
este nivel profundo, los Padres se constituyen en intérpretes privilegiados
de la Sagrada Escritura: a la luz de la Tradición,
de la que son exponentes de primer plano, y apoyados
en una vida santa, captan con especial facilidad el sentido
espiritual de la Escritura, es decir, lo que el Espíritu
Santo—más allá de los hechos históricos relatados y de lo
que se deduzca científicamente de unos concretos géneros literarios—ha querido
comunicar a los hombres por medio de la Iglesia.
Por
otra parte, a los Santos Padres debemos en gran parte
la profundización científica en la doctrina revelada, que es la
tarea propia de la teología. No sólo porque ellos mismos
constituyen una «fuente» de la ciencia teológica, sino también porque
muchos Padres fueron grandes teólogos, personas que utilizaron egregiamente las
fuerzas de la razón para la comprensión científica de la
fe, con plena docilidad al Espíritu Santo. En algunos campos,
sus aportaciones a la ciencia teológica han sido definitivas. Y
todo esto, sin perder nunca de vista el sentido del
misterio, del que tan hambriento se muestra el hombre de
hoy, gracias precisamente a su sintonía con el espíritu de
la Sagrada Escritura y a su experiencia personal de lo
divino.
Los Padres son portadores de una gran riqueza cultural,
espiritual y apostólica
En los escritos de los Padres se
encuentra una gran riqueza cultural, espiritual y apostólica. Predicaban o
escribían con la mirada puesta en las necesidades de los
fieles, que en gran medida son las mismas ayer que
hoy; por eso se nos muestran como maestros de vida
espiritual y apostólica. Constituyen además, especialmente en estos momentos, un
ejemplo luminoso de la fuerza del mensaje cristiano, que ha
de «inculturarse» en todo tiempo y lugar, sin perder por
ello su mordiente y su originalidad. Resulta impresionante comprobar, en
efecto, cómo los Santos Padres supieron fecundar con el mensaje
evangélico la cultura clásica (griega y latina), cómo en algunos
casos fueron creadores de culturas (en Armenia, en Etiopía, en
Siria, por ejemplo), cómo sentaron las bases para la gran
floración de la época medieval, pues prepararon la plena inserción
de los pueblos germánicos, pertenecientes a una tradición cultural completamente
diversa, en la raíz del Evangelio.
«Si quisiéramos resumir las
razones que inducen a estudiar las obras de los Padres,
podríamos decir que ellos fueron, después de los Apóstoles, como
dijo justamente San Agustín, los sembradores, los regadores, los constructores,
los pastores y los alimentadores de la Iglesia, que pudo
crecer gracias a su acción vigilante e incansable. Para que
la Iglesia continúe creciendo es indispensable conocer a fondo su
doctrina y su obra, que se distingue por ser al
mismo tiempo pastoral y teológica, catequética y cultural, espiritual y
social en un modo excelente y, se puede decir, única
con respecto a cuanto ha sucedido en otras épocas de
la historia. Es justamente esta unidad orgánica de los varios
aspectos de la vida y misión de la Iglesia lo
que hace a los Padres tan actuales y fecundos incluso
para nosotros»5.
________________________
1 Co
4, 15.regresar Contra los herejes 4,
41, 2.regresar Epístola 140, 2. regresar Cfr. CONGREGACIÓN PARA LA ENSEÑANZA
CATÓLICA, Instrucción sobre los Padres de la Igle- sia en
la formación sacerdotal, 30-XI-1989. regresar
CONGREGACIÓN PARA LA ENSEÑANZA CATÓLICA, Instrucción sobre los Padres de
la Iglesia en la formación sacerdotal, 30-XI-1989, n. 47. regresar
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