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Se habla de la importancia del magisterio ordinario y universal
de la Iglesia como órgano de la tradición viviente en
continuidad con la predicación apostólica. De este magisterio los Padres
son testigos privilegiados. Obispos y doctores de los primeros siglos
predicaron la fe, la defendieron frecuentemente al precio de su
sangre contra el paganismo o la herejía y se esforzaron
por darle su expresión racional. Individualmente considerados cada uno de
ellos no tiene más valor que el de un testigo
aislado, al cual la Iglesia, por lo demás, podrá reconocer
una autoridad excepcional como en el caso de un San
Atanasio, San Basilio, San Cirilo o San Agustín. Pero su
testimonio unánime (se entiende unanimidad moral) representa lo que en
cada época constituyó la fe común de la Iglesia «lo
que fue creído en todas partes, siempre, por todos», dirá
en el siglo v San Vicente de Lerins (Conmonit. lI,
6); testimonio tanto mas significativo y autorizado cuanto es más
antiguo y representa, como en su fuente, la fe y
tradición cristiana. Trataremos de dar aquí una visión de conjunto
de la literatura patrística, desde sus orígenes hasta el siglo
VIII, al mismo tiempo que del desarrollo del dogma cristiano
en sus líneas esenciales, para que el lector de la
Iniciación Teológica esté en condiciones de situar históricamente a los
Padres cuyos nombres aparecen a lo largo de la obra
y reconocer, al mismo tiempo, la aportación de cada uno
de ellos al tesoro común de la fe.
I LOS
PADRES-APOSTOLICOS (siglos I y lI)
Desde el siglo XVII se
conoce con este nombre un grupo bastante determinado de autores,
de los cuales, al menos los más antiguos, son contemporáneos
del fin de la edad apostólica. Sus obras, escritos de
circunstancias, sin preocupación teológica o literaria, son el testimonio más
precioso de la fe y de la vida de las
primeras generaciones cristianas.
SAN CLEMENTE ROMANO, tercer sucesor de San
Pedro, escribió hacia el año 96 una carta a la
Iglesia de Corinto, agitada por el cisma. Es una exhortación
serena y vigorosa a la paz y a la concordia,
a la sumisión a la jerarquía y, al mismo tiempo,
un documento de la caridad que une a las Iglesias,
de la constitución jerárquica de la Iglesia (obispos, presbíteros, diáconos),
y un índice de la autoridad de la Iglesia de
Roma. Una larga oración de acción de gracias (cap. 59-61)
constituye un ejemplo de la oración litúrgica del siglo I,
todavía muy afín a la oración de la sinagoga. El
escrito llamado segunda epístola de Clemente a los corintios es
una homilía (romana) que data del año 150, poco más
o menos.
SAN IGNACIO DE-ANTIOQUÍA, martirizado en Roma hacia el
año 110, había escrito siete cartas a distintas Iglesias de
Asia y a la Iglesia de Roma. Estas cartas, eco
de un alma apasionada por Cristo y sedienta del martirio,
son quizá el documento más precioso de la antigua literatura
cristiana. «Contienen—dice San Policarpo—la fe y la paciencia y toda
edificación que se apoye en Nuestro Señor.» Nos suministran una
referencia completa acerca de la creencia y de la vida
de la Iglesia en los primeros años del siglo II,
ya sobre la fe en Cristo, en su doble naturaleza,
en su nacimiento virginal, ya sobre la Iglesia y su
jerarquía (episcopado monárquico), sobre el bautismo y la Eucaristía, sobre
la tradición y la autoridad de la Escritura, sobre la
reacción ante las herejías nacientes, finalmente, sobre la Iglesia romana.
Se vincula también a los Padres Apostólicos el Pastor, obra
de Hermas, fiel romano de la mitad del siglo II.
Las visiones (de la Iglesia, del ángel de la penitencia)
y las parábolas contenidas en esta obra obligan a encuadrarla
en el género literario de los Apocalipsis. Posee una cristología
todavía muy rudimentaria, pero es un eco interesante de las
preocupaciones morales de la comunidad cristiana y un documento de
los más importantes acerca del problema de la penitencia, que
se ofrece al pecador como posibilidad de perdón, según el,
una sola vez despues del bautismo.
La Doctrina de los
doce Apóstoles, DIDAJE, fue considerada durante mucho tiempo como el
texto cristiano más antiguo, después de las Escrituras canónicas. La
tendencia actual es de colocarla cuanto más hacia el año
150 (dependería de la Epístola apócrifa de BERNABÉ, que se
remonta a la época de Adriano, 115-130), e, incluso, algunos
la retrasan hasta principios del siglo III. Su autor, desconocido
(¿sirio, egipcio?) pudo, por lo demás, hacer uso de documentos
anteriores; las oraciones en ella conservadas (cuyo carácter propiamente eucarístico
no ha sido plenamente demostrado) son conmovedoras y han sido
adoptadas en las liturgias posteriores (anáfora de Serapión, Egipto, s.
IV).
II SIGLO SEGUNDO Los apologistas. La literatura antignóstica
1.
Frente a la oposición creciente a la nueva religión (persecuciones
de los emperadores, odiosas calumnias del vulgo, reacción intelectual de
los medios cultos) los cristianos se esfuerzan por refutar las
objeciones y calumnias, al mismo tiempo que por justificar racionalmente
su fe. Se trata de una abundante literatura apologética que
procede en gran parte de escritores laicos, con frecuencia filósofos
convertidos, que hacen profesión de pertenecer a la escuela del
cristianismo, como Justino, «filósofo y mártir».
En sus obras se
puede ver, más que una simple réplica a la contraofensiva
pagana, bellas exposiciones de la transformación moral operada por la
religión de Cristo, de la pureza de las nuevas costumbres,
de la caridad de los cristianos. Así, por ejemplo, ARÍSTIDES
«filósofo de Atenas» en la época de Adriano, y la
Epistola-a-Diogneto, que quizá tenga por autor a QUADRATUS. Otros, por
el contrario, como ATENÁGORAS (Súplica por los cristianos, I77) se
entregan a la empresa de demostrar la falsedad e inmoralidad
del paganismo, aunque permaneciendo siempre muy acogedores con respecto a
la cultura y filosofía griegas. La oposición sistemática al helenismo
es relativamente excepcional (TACIANO, HERMAS).
Indudablemente, el más importante de
los apologistas del siglo II es SAN JUSTINO, griego originario
de Palestina, martirizado en Roma hacia el 165. En sus
dos apologías (hacia el 155-161) se encuentran no solamente los
temas ya clásicos de la apologética, sino también una exposición
de conjunto de la fe cristiana y una demostración de
la divinidad de Cristo, según las profecías. En esta obra,
documento litúrgico de máxima importancia (descripción detallada de los ritos
del bautismo y de la Eucaristía, I, 6I y 65-67,
se siente la preocupación de tender un puente entre el
cristianismo y la filosofía, merced a la teología del Logos,
que en toda su plenitud se ha manifestado en Cristo,
pero del cual participa también toda inteligencia humana, poseyendo como
un germen de Él. Es éste el primer ejemplo de
explotación racional de un dato bíblico merced a un elemento
filosófico (en este caso el estoicismo). El Diálogo con el
judío Trifón hay que situarlo (después de la Epístola de
Bernabé) entre los escritos que intentan demostrar la caducidad del
judaísmo, al cual debe ya sustituir la Iglesia de Cristo
que llama a sí a todas las naciones.
Los tres
libros dirigidos a Autólico por SAN TEÓFILO, obispo de Antioquía,
exponen una teología del Verbo, que se desarrolla en dos
tiempos: el Logos era al principio inmanente a Dios y
se ha manitestado al exterior por medio de la creación
del mundo. Teófilo es el primero en emplear el término
Trinidad. Refutación del paganismo y demostración ardiente de la divinidad
de la nueva religión, preocupación de hacer asimilable a los
filósofos el cristianismo, primer diseño de una teología trinitaria: he
aquí el balance del esfuerzo de los apologistas. Los siglos
siguientes conocerán aún apologías doctas, brillantes y sólidas.
2. La
gnosis constituyó para la Iglesia del siglo II un notable
peligro. Tratándose de un intento de conocimiento religioso superior a
la fe, desaloja todo el contenido de la revelación para
sustituirlo, bajo un vocabulario cristiano, por un conjunto de mitos
sacados del misticismo greco-oriental. Fundado en un dualismo radical, una
oposición entre Dios y el mundo, entre el Dios bueno
y el demiurgo malo creador del mundo, establece un sistema
de emanaciones y de intermediarios (los eones, cuyo conjunto forma
el pleroma), y un mito de caída y reparación en
que se desvanece el cristianismo auténtico. La difusión de esta
doctrina fue considerable y abundante la literatura sobre ella; pero
estas obras han perecido casi enteramente, y apenas nos son
conocidas más que por las refutaciones que de ellas se
hicieron en el ambiente católico, especialmente por San Ireneo y
San Hipólito, en los cuales, se inspiraron, en general, los
heresiologos posteriores.
SAN IRENEO es el representante más destacado de
la reacción ortodoxa contra los gnósticos y uno de los
Padres más importantes de los tres primeros siglos. Originario de
Asia Menor y discípulo de San Policarpo de Esmirna, por
el cual enlaza con la tradición de San Juan, pasa
luego a Roma donde conoce a San Justino y de
allí a las Galias donde, después de la persecución del
año 177, es consagrado obispo de Lyon. De sus numerosos
escritos sólo queda, aparte de la Demostración de la predicación
apostólica, breve catequesis, la gran obra Demostración y refutación de
la falsa gnosis (Adversus Haereses) distribuida en cinco libros, publicados
en varias veces, alrededor del año 180. El texto griego
original se ha perdido en gran parte, pero poseemos una
traducción latina muy antigua y muy literal.
Con la exposición
y refutación de las diversas teologías gnósticas, se hallará en
Ireneo la afirmación muy sólida de algunos principios fundamentales del
pensamiento cristiano. Por ejemplo, que la tradición viviente de la
Iglesia, proveniente de los Apóstoles, es la regla de fe,
que la continuidad ininterrumpida de la sucesión episcopal a partir
de los Apóstoles, garantiza la fe de las iglesias, según
la expresión del credo bautismal; que entre las iglesias locales
la Iglesia romana, en razón de su origen, posee la
máxima autoridad. La salvación no consiste en una «gnosis» superior,
sino en la revelación de Cristo que, consumando la larga
pedagogía divina, nos da a conocer al Padre. No hay
más que un solo Dios, creador y redentor. La naturaleza
humana entera, carne y espíritu, debe ser salvada por el
Verbo, que, tomando verdaderamente nuestra carne, «recapitula» en sí toda
la humanidad, restaurándola y dándole su plenitud, para divinizarla y
presentarla al Padre. Al lado del nuevo Adán, María es
la nueva Eva (idea ya expuesta por San Justino).
No
cabe exagerar la importancia de Ireneo, el cual, sin ser
un teólogo muy personal, es un testigo fiel de la
tradición, que bebe en sus fuentes auténticas, y que la
expresa en fórmulas vigorosas y originales; a las especulaciones demoledoras
de los gnósticos opone la firmeza de su sentido cristiano,
de su sentido de Cristo y de la obra de
nuestra salvación. La teología cristiana le debe alguna de sus
tesis más fundamentales que, a través de Tertuliano, pasarán a
Occidente y por Atanasio al Oriente.
III EL SIGLO TERCERO
Las escuelas teológicas
En el siglo tercero se dibujan ciertas
corrientes de pensamiento que se podrían llamar «escuelas» de teología,
con la condición de entender esta expresión en un sentido
muy elástico, de corrientes doctrinales y no de instituciones escolares.
Los Padres tienen que hacer frente, no ya solamente a
una contraiglesia como el gnosticismo que ponía en tela de
juicio la esencia misma del cristianismo, sino a ensayos más
o menos felices de explicar racionalmente el dogma. Son teologías
desafortunadas, no sólo porque emplean un lenguaje todavía balbuciente sino,
sobre todo, porque parten de presupuestos falsos; por ello vendrán
a desembocar en cismas, en la constitución de pequeñas iglesias,
separadas de la gran Iglesia, a la que darán ocasión
de formular con mayor rigor su dogma.
Se trata principalmente
en este tercer siglo de la teología trinitaria, en la
que se intenta conciliar el monoteísmo heredado del Antiguo Testamento
con la fe en la divinidad de Cristo.
Un sistema
de giro más racionalista ve en Cristo un hombre adoptado
por Dios (Teodoto, Artemón), que reaparecerá en Oriente con Pablo
de Samosata, y en el siglo v con el nestorianismo.
Otra tendencia que parecía responder mejor a las aspiraciones del
alma cristiana, salvaguardaba a la vez la divinidad de Jesucristo
y la unidad, la «monarquía» divina, admitiendo prácticamente «dos nombres
y una sola persona»: Cristo no es más que una
modalidad de Dios. «Cristo -dirá Noeto- es el Padre mismo
que nació y que sufrió» (Patripasianismo: Noeto, Práxeas, y más
tarde Sabelio).
Contra estos diferentes errores toman posiciones los obispos
de Roma (Víctor, Ceferino, Calixto), que afirman de este modo
su autoridad doctrinal; los doctores, por su parte, elaboran contra
ellos una teología de la Encarnación.
En Roma, SAN HIPÓLITO,
personalidad bastante singular: doctor primero cismático y luego mártir, se
alza contra el papa Calixto, se separa de la gran
Iglesia (217) y muere en el destierro reconciliado con el
papa Ponciano (235). Publicó una refutación de todas las herejías
(Philosophoumena), otra obra del mismo asunto de que nos queda
sólo un fragmento, Contra Noeto, comentarios exegéticos (sobre Daniel, sobre
el Cantar), una Crónica, y una preciosa colección canónica y
litúrgica, la Tradición Apostólica (en ella se ha conservado el
más antiguo texto conocido de la anáfora eucarística). Su teología
del Verbo está afectada de las mismas insuficiencias que la
de los apologistas; el Verbo no se habría plenamente manifestado
como tal más que en el momento de la Encarnación;
por otra parte, su reacción contra el «monarquianismo» acusa tendencias
adopcionistas que han permitido tildarle de «diteísmo». Frente a las
medidas indulgentes de Calixto, profesa una moral de tendencias rigoristas,
su actitud representa un momento importante del desarrollo de la
disciplina penitencial de la Iglesia.
Hacia el año 250 NOVACIANO,
también sacerdote romano y disidente de la Iglesia por su
oposición a San Cornelio, escribe en latín el De Trinitate.
La Iglesia de Africa (Cartago) conoce en esta época una
brillante floración teológica y literaria.
TERTULIANO (que murió de avanzada
edad después del 220) es el primer escritor latino cristiano
y, por cierto, magnífico, fundador de la teología latina a
la que suministra de primer intento un vocabulario seguro (persona,
sustancia). Como apologista, renueva los temas tradicionales (el Apologeticum enfoca
sobre todo el aspecto jurídico y político de las persecuciones);
como polemista, establece vigorosamente, contra las nuevas doctrinas, la primacía
y el origen apostólico de la tradición católica (el De
praescriptione es una de las obras antiguas más importantes sobre
la tradición); moralista severo defiende sin concesiones la pureza de
las costumbres cristianas, pero su rigorismo y montanismo1 le pusieron
fuera de la Iglesia. El De pudicicia contra las medidas,
que supone innovadoras, de un obispo —¿Calixto de Roma?, ¿Agripino
de Cartago?—se opone violentamente a toda reconciliación eclesiástica otorgada al
pecador, contradiciendo de este modo las afirmaciones anteriores del De
Poenitentia. Tertuliano llegará también, partiendo de aquí, a proscribir en
absoluto las segundas nupcias. Como teólogo defiende contra los gnósticos
la unidad de la creación, la realidad del cuerpo de
Cristo y la resurrección de la carne, la unidad de
los dos Testamentos contra Marción2 y la teología de la
Trinidad contra Práxeas. Aunque su teología del Verbo se resiente
aún de las imperfecciones de la teología del Logos del
siglo II, distingue claramente en Dios la unidad de sustancia
y la trinidad de persona, iguales entre sí y, en
cuanto a Cristo, la unidad de persona y la dualidad
de naturaleza, conservando cada una de ellas sus propiedades. Su
tratado De baptismo es un testimonio precioso de la liturgia
bautismal de principios del siglo IÍI, y Tertuliano es el
primero en esbozar una teología de los sacramentos (De resurr.
carn. 6). Escritor brillante y difícil, frecuentemente extremoso, la teología
latina le debe el diseño de sus tesis fundamentales (trinidad,
encarnación, sacramentos), al mismo tiempo que los primeros elementos de
su vocabulario.
SAN CIPRIANO, el gran obispo mártir (muerto en
258), no poseyó el vigor intelectual de su maestro Tertuliano.
Era principalmente un pastor y un moralista, cuya correspondencia refleja
la vida de una iglesia, las preocupaciones de un obispo
de mediados del siglo III: problemas que plantea la reconciliación
de los lapsos durante la persecución de Decio (De lapsis),
el progreso de la institución penitencial, unidad de la Iglesia
afirmada contra los cismas (el De catholicae Ecclesiae unitate es,
más que un tratado ex profeso de la unidad de
la Iglesia universal, una llamada a la paz y a
la unidad de la Iglesia y a la comunión con
el obispo que en cada Iglesia es el verdadero fundamento
de la unidad); algo más tarde, una teología todavía imperfecta
acerca del papel del ministro en la administración de los
sacramentos, le llevó a la negación de la validez del
bautismo conferido por los herejes y le enfrentó con el
papa Esteban.
3. La teología de Alejandría figura como una
escuela absolutamente original, escuela propiamente dicha, a partir de Orígenes.
Representa uno de los momentos más importantes de la historia
del pensamiento cristiano en la elaboración de la fe.
Sabemos
muy poco de PANTENO. CLEMENTE (+ antes de 215) pone
al servicio de su fe sus extensos conocimientos de la
literatura y filosofía griega. Como apologista, demuestra a los griegos
que el cristianismo es la verdadera filosofía y que sólo
el Logos responde a sus aspiraciones hacia la luz y
la verdad (Protréptico), como moralista, expone los principios de la
vida nueva en Cristo y su aplicación a los detalles
de la vida cotidiana (Pedagogo); como teólogo, intenta elaborar una
gnosis cristiana, sabiduría superior, conocimiento de los «misterios» ocultos en
la Escritura bajo el velo de la alegoría, esfuerzo de
perfección moral que desemboca en la contemplación y en el
martirio (Stromata, miscelánea de cosas variadas que reemplaza su anunciada
Didascalia). La teología de este pensador, generoso y optimista, escritor
entusiasta, si bien frecuentemente impreciso y obscuro, es con frecuencia
deficiente (por ejemplo acerca del Verbo); pero no se puede
ignorar la importancia de su esfuerzo ni subestimar la influencia
que ejerció a través de Orígenes sobre la teología mística
de Oriente.
ORÍGENES (185-252) es, después de San Agustín, el
máximo representante de la antigua literatura cristiana y, sin duda,
el más sabio también de esta época. Transformó la escuela
de la catequesis alejandrina estableciendo una enseñanza escrituraria y teológica
de altura; pero su doctrina le valió oposiciones que ocasionaron
los sínodos de 230-231, en que fue depuesto de su
cargo y desterrado. Se refugió en Cesarea de Palestina donde
concluyó su larga y fecunda carrera; sometido a la tortura
en tiempo de la persecución de Decio murió a causa
de las heridas recibidas. Sabio exegeta, asceta severo, místico de
gran talla, es, sin discusión posible, una de las figuras
más interesantes de los primeros siglos cristianos.
Emprende la obra
de establecer un texto crítico del Antiguo Testamento mediante la
comparación de la versión de los LXX con el original
hebreo y otras versiones (Hexaplas). Comentó casi todos los libros
de la Escritura en forma de notas textuales (Escolios) sabios
comentarios (Tomos), y sermones populares (Homilías), de sabroso contenido. Fue
el primero en formular la teoría del triple sentido de
la Escritura, fundado por analogía con la psicología humana: el
cuerpo (la letra), el alma y el espíritu. Refutó la
obra anticristiana del platónico Celso en una apología (Contra Celso)
que constituye una de las más notables obras de este
género. Intentó ofrecer la primera exposición sistemática de los Principios
de la teología (Peri Arkhon).
Sin ignorar la importancia del
sentido literal, su exégesis tiende a abusar de la alegoría;
su pensamiento teológico, sobre todo, no se desprende siempre lo
suficiente de las concepciones cosmológicas de su tiempo, como son
la creación ab aeterno, la preexistencia de las almas (y
del alma de Cristo, unida al Verbo por el amor),
la subordinación del Hijo al Padre, del Espíritu al Hijo,
la restauración final del mundo mediante nuevas existencias (Apocatástasis). Pero
esta teología había de tener un eco considerable en el
desarrollo ulterior del pensamiento cristiano: Trinidad, Encarnación, sacramentos. Por medio
de los Padres capadocios, lo mejor del origenismo pasará al
pensamiento y a la mística cristiana; las condenaciones de Justiniano
(543-553), que recaerán sobre algunos puntos y tesis peligrosas, no
alcanzarán a lo esencial del pensamiento del maestro alejandrino.
4.
A comienzos del siglo IV se crea en Antioquia y
en torno a SAN LUCIANO, mártir (+ 312), una escuela
exegética, cuyas tendencias estrictamente literales se oponen a los alegorismos
místicos de los alejandrinos. Proporcionará a la exégesis antigua algunos
de sus más grandes nombres (Teodoro-de-Mopsuesta, Juan-Crisóstomo, Teodoreto), pero, en
cambio, a ella podrán referirse algunos teólogos de tendencia racionalista
(arrianismo, nestorianismo), así como de Alejandría nacerá una teología de
tendencia mística (apolinarismo, monofisismo).
De este modo, al despuntar el
siglo IV, la Iglesia había ya ampliamente explotado el depósito
entregado a su custodia: están fijadas ya las grandes líneas
de su teología en lo referente a la tradición y
a la autoridad, a la Trinidad y a la Encarnación,
al bautismo y a la penitencia. A los siglos IV
y V tocará acentuarlas y desarrollarlas.
IV EL SIGLO CUARTO
Después de la persecución de Diocleciano, la «gran persecución» los
edictos de Constantino y de Licinio (Milán y Nicomedia, 313)
dan la paz a la Iglesia, que goza desde entonces
de una situación oficial reconocida y protegida. A últimos de
siglo, los edictos de Teodosio obligan a todos los pueblos
del Imperio a vivir en la fe cristiana (380) y
proscriben el culto pagano (391). La Iglesia ya con libertad
de expansión, podrá utilizar ampliamente las riquezas de la cultura
antigua, con lo que se verá surgir una cultura y
una sociedad cristiana, acompañada de una magnífica floración literaria a
lo largo del siglo IV. Los doctores serán excelentes escritores,
muy superiores a los autores paganos de su tiempo, merced
a la profundidad de su inspiración y a la sinceridad
de su fe.
En el plano doctrinal, el siglo lV
está dominado por el arrianismo, formidable tentativa del pensamiento helénico
de racionalizar el cristianismo. Arrio, sacerdote de Alejandría, discípulo de
San Luciano de Antioquía, enseña que el Verbo, ajeno a
la sustancia del Padre ha sido por Él sacado de
la nada en el tiempo. EI Concilio de Nicea (primer
concilio ecuménico), convocado por Constantino, condena a Arrio y define
que el Verbo es consubstancial (homoousios) al Padre (325).
SAN
ATANASIO EL GRANDE, patriarca de Alejandría en 328, será el
defensor infatigable de la fe de Nicea; a compás de
las fluctuaciones de la política imperial será desterrado cinco veces,
gastando en el exilio 17 años de su vida, sin
cejar jamás en su resistencia a los obispos arrianos y
a sus protectores Constante y Valente (373). Su primera obra,
una apología Contra los paganos y acerca de la Encarnación
del Verbo, esboza las grandes líneas de su cristología: «El
Verbo de Dios se hizo hombre para que nosotros nos
hagamos Dios». Aparte de escritos de circunstancias (Apología a Constancio,
Apología contra los Arrianos, Apología de su huida, Historia de
los Arrianos para los monjes, Los decretos del Concilio de
Nicea, Los sínodos...), su obra principal es un tratado en
tres libros Contra los Arrianos. En ella discute ampliamente los
textos bíblicos en que Arrio pretendía fundamentar su doctrina, volviendo
insistentemente a la idea central que domina toda la teología
de los Padres: si el Verbo de Dios no es
Dios, igual en todo a su Padre, ¿cómo podrá divinizarnos?
Al sistema cosmológico (teoría de los intermediarios) opone el misterio
de nuestra salvación. Hacia el fin de su vida, diseña
una teología del Espíritu Santo en sus cuatro Cartas a
Serapión, obispo de Thmuis. Una Vida de San Antonio y
un tratado De la virginidad hacen de San Atanasio el
doctor del ascetismo y un maestro de la perfección cristiana.
San Atanasio había defendido la fe de Nicea. Corresponde a
los grandes doctores de Capadocia, herederos de la tradición de
Orígenes, la elaboración de una teología de la Trinidad, sobre
todo mediante la determinación del sentido de ciertas fórmulas (persona
o hipóstasis, sustancia; una sustancia y tres hipóstasis), empleadas a
veces con titubeos por Atanasio, y mediante el establecimiento de
una equivalencia entre los vocabularios griego y latino (hipóstasis= persona;
ousia= substancia).
SAN BASILIO DE CESAREA (329-379), retórico, monje y
obispo, fue predicador y exegeta (Homilías sobre el Hexamerón), maestro
de Ascética y legislador del monacato oriental (Reglas) 3; pero,
sobre todo es el teólogo que recuerda a Eunomio el
respeto al misterio de Dios, que hace triunfar la fórmula
de una sustancia en tres hipóstasis (haciendo progresar la terminología
del símbolo de Nicea), que sin osar aún a llamar
Dios al Espíritu Santo, establece sin embargo su divinidad y
consubstancialidad (De Epiritu Sancto). Es también el moralista que predica
enérgicamente sus deberes a los ricos y la función social
de las riquezas, y que determina las ventajas y los
peligros de la cultura en la formación cristiana (A los
jóvenes).
SAN GREGORIO NACIANCENO (329-390), alma contemplativa, llevada a pesar
suyo al campo de la acción, fue obispo de Constantinopla
(379-381), donde tomó parte en el segundo Concilio ecuménico. Poeta,
epistológrafo, interesa aquí especialmente como orador. Particularmente en los cinco
Discursos teológicos pronunciados en Constantinopla, predica la fe en la
Trinidad (distingue las Personas por sus relaciones de origen) y
proclama abiertamente la divinidad del Espíritu Santo. Defiende contra Apolinar,
que negaba a Cristo una alma racional, la integridad de
la naturaleza humana del Verbo, el cual, «no salva sino
aquello que asume». Traza los primeros rasgos de la cristología
que se desarrollará en el siglo v.
SAN GREGORIO NISENO
(335-394), hermano menor de San Basilio y como él retórico
y luego monje, fue por él ordenado obispo de Nisa
en Capadocia. Además de orador, filósofo y teólogo es también
un gran místico (Contemplación sobre la vida de Moisés, Comentarios
sobre el Cantar, sobre las Bienaventuranzas, Tratado de la Virginidad).
Ejercerá una influencia profunda que llegará en Occidente hasta Guillermo
de Saint Thierry y San Bernardo (mística bautismal, renunciamento, éxtasis
de amor, etc.) Su teología trinitaria concebida en oposición a
Eunomio y Apolinar, no está exenta de un falso realismo
platónico. El Discurso Catequético, que no es una catequesis sino
un esquema de toda su teología, constituye el primer ensayo
de una teología de la transubstanciación.
Es preciso añadir aquí
alguna referencia, a pesar de su distancia de los capadocios,
de SAN CIRILO DE JERUSALÉN (+ 386), teólogo antiarriano que,
no obstante, evita sistemáticamente el homoousios. Sus Catequesis bautismales son
un testimonio precioso de la fe de la Iglesia de
Jerusalén. Las cinco últimas, Catequesis mistagógicas (de atribución dudosa), son
una iniciación a los misterios dirigida a los neófitos durante
la semana de Pascua y constituyen un documento litúrgico de
primer orden. Al mismo tiempo que los capadocios elaboran la
fe de Nicea y asimilan lo mejor de la tradición
de Orígenes en favor de la teología y de la
mística cristianas, otros autores, adictos a la tradición de San
Luciano, representan en Siria una tendencia distinta: más literal y
científica en exégesis y más moralista y racionalista en teología.
DIODORO DE TARSO (+ a fines del s. IV) y
TEODORO DE MOPSUESTA (+ 428), fueron englobados en la condenación
del nestorianismo con cuyo hecho sus obras quedaron entregadas a
la destrucción. Partidarios, como exegetas, de la interpretación histórica y
literal de la Escritura, en reacción contra la exégesis alegórica
de Alejandría, la teología por ellos elaborada prepara el terreno
a Nestorio.
Un discípulo de Diodoro de Tarso, juntamente con
Teodoro, es Juan de Antioquía (SAN JUAN CRISÓSTOMO, 354-407), asceta,
diácono y luego sacerdote, que fue encargado de la predicación
por el obispo Flaviano. Su fama hizo que fuese elegido
obispo de Constantinopla (398), pero los celos de los obispos
cortesanos, el rencor de la emperatriz Eudoxia, las intrigas de
Teófilo de Alejandría motivaron su deposición y destierro (403-404). Muere
en el Ponto, desterrado, el año 407. El Crisóstomo es
sin duda, al mismo tiempo que el mayor predicador, el
mayor exegeta de la antigüedad. Comentó en sus Homilías a
San Mateo, San Lucas, San Juan y los Hechos de
los Apóstoles y su comentario a San Pablo no tiene
rival. De acuerdo con la escuela de Antioquía, su exégesis
es al mismo tiempo histórica y doctrinal y rica en
aplicaciones morales. Escritor ascético, apologista del monacato y de la
virginidad, sabe, no obstante, dirigirse también a los casados para
enseñarles a santificar su estado. Como teólogo, recuerda a los
amoneos la incomprensibilidad de la esencia divina y la consubstancialidad
del Verbo; predica la dualidad de naturalezas en Cristo sin
detrimento de su unidad.
TEODORETO DE CIRO (+ 480), adversario
de San Cirilo en su lucha contra Nestorio y condenado
con Teodoro de Mopsuesta en el segundo Concilio de Constantinopla
(553), es autor de un importante tratado contra el monofisismo
(Eranistes), de obras apologéticas e históricas; pero, sobre todo, es
un exegeta preciso y penetrante que junta a la exégesis
literal la interpretación espiritual (Salmos, Cantar, Profetas, San Pablo).
Los
Padres latinos de esta misma época ofrecen características bastante diversas.
Menos especulativos que los griegos son por ello menos originales.
No desconocen a los griegos, cuyas principales obras son traducidas
al latín gracias a la ingente labor de Rufino y
Jerónimo; con frecuencia, se contentan con adaptar a su auditorio
latino la enseñanza de los griegos (v. gr. San Ambrosio).
Como exegetas, consiguen aclimatar en Occidente la interpretación espiritual y
alegórica de Orígenes; el mismo San Jerónimo no permanece extraño
a este influjo que alcanzará también a toda la Edad
Media latina. Como moralistas y pastores, se preocupan más de
las cuestiones prácticas que los griegos y contribuyen a la
elaboración de una teología del estado cristiano y de una
sociedad cristiana (Ambrosio Agustín). Dominándolos a todos desde muy alto,
sólo San Agustín es absolutamente original.
SAN HILARIO DE POITIERS
(+ 367) es el Atanasio de Occidente. Cuando el arrianismo
llegó a las Galias, fue desterrado al Asia Menor, donde
se puso al corriente de la doctrina de los Padres
griegos y compuso el De Trinitate, que defiende con el
testimonio de la Escritura la divinidad y la generación eterna
del Verbo. La obra ejercerá mucha influencia sobre el De
Trinitate de San Agustín A esta misma época pertenecen algunos
escritos históricos y polémicos sobre el arrianismo. A su regreso
a las Galias, Hilario restauró allí la ortodoxia. En su
obra exegética comenta a San Mateo y los Salmos y
explica los Misterios del Antiguo Testamento.
SAN AMBROSIO (339-397) fue
un alto funcionario imperial elevado a la sede de Milán
(el año 373) en condiciones muy conocidas. Es una de
las figuras más encumbradas del episcopado de la Iglesia en
todos los tiempos. En oposición a un imperio, cristiano de
nombre que pretende asumir el régimen de la Iglesia, es
el primer teólogo que trata de precisar las relaciones entre
la Iglesia y el Estado. Al mismo tiempo, pone al
alcance de sus fieles las enseñanzas de los doctores griegos
(De fide, De Spiritu Sancto), comenta la Escritura según los
principios de la exégesis espiritual y alegórica (Homilias sobre el
Hexamerón, según San Basilio, diversos libros sobre el Antiguo Testamento;
Comentario sobre San Lucas, según Orígenes). Adoctrina a sus clérigos
acerca de sus obligaciones, inspirándose en Cicerón (De officiis), predica
elocuentemente la virginidad y, junto con San Jerónimo, será uno
de los primeros defensores en Occidente del culto de María.
Inicia a los neófitos en los misterios que acaban de
recibir mediante dos series de catequesis, que son para la
liturgia occidental tan importantes como en Oriente las catequesis de
San Cirilo de Jerusalén (De mysteriis, De sacramentis, la autenticidad
de esta segunda colección, de la cual la primera es
una simple edición retocada por el mismo Ambrosio, fué durante
mucho tiempo discutida, pero hoy es reconocida).
SAN JERÓNIMO (hacia
350-419) fué un asceta y un sabio de vida polifacética.
Eremita en el desierto de Siria y secretario del papa
Dámaso, discípulo de San Gregorio Nacianceno en Constantinopla y maestro
de ascetismo de las damas de la alta sociedad romana
vivió retirado al fin de sus días en su monasterio
de Belén. Polemista temible y trabajador infatigable, amigo apasionado y
susceptible, de una sensibilidad vibrante, es sin duda una de
las figuras mas pintorescas y, también, de las más atractivas
de la antigüedad cristiana. Traduce del griego cierto número de
obras de Orígenes, de Eusebio, de Dídimo; combate ásperamente a
los adversarios del ascetismo y de la virginidad. Mantiene contra
su antiguo amigo Rufino una larga y penosa polémica a
propósito de Orígenes, difunde a través de toda la cristiandad
cartas de direción y de controversia, tratados de exégesis o
de teología; a petición de Dámaso, emprende una refundición de
la traducción latina de toda la Biblia y su traducción
se impone a todo el Occidente (Vulgata); comenta los Salmos
para sus monjes de Belén, así como una parte del
Nuevo Testamento. Su erudición no es quizá muy profunda y
su exégesis resulta a veces un tanto pobre y superficial;
sus traducciones valen más que sus comentarios. Siempre será, no
obstante, el modelo admirable de una vida totalmente consagrada al
servicio de la Iglesia y al asiduo estudio de la
palabra de Dios.
SAN AGUSTÍN (354-430). El mayor de los
Padres latinos es, sin duda alguna, el mayor de todos
los Padres de la Iglesia; su pensamiento domina toda la
historia de la teología latina. Son conocidas las grandes etapas
de su vida. La juventud en Tagaste, en Roma, en
Milán, la crisis con el desenlace de su conversión y
bautismo (387), el sacerdocio y el episcopado en Hipona (395),
la muerte en esta ciudad bajo el asedio de los
vándalos (28 de agosto de 430). Heredero de toda la
cultura y filosofía antigua, es el principal artífice de la
elaboración en Occidente de una cultura y civilización cristianas. Su
teología domina toda la teología latina. Fue preponderante hasta el
siglo XIII; inspira todavía secciones amplias del pensamiento de Santo
Tomás y, aun después de este doctor, su influencia permanece
viva en muchos pensadores cristianos que guardan fidelidad a la
inspiración agustiniana. Sería preciso estudiar en él al filósofo que
asume y cristianiza determinados temas platónicos (conocimiento por participación de
la luz divina, sabiduría y contemplación, tiempo y eternidad). Se
habría de estudiar también al exegeta que pone al servicio
de una mejor inteligencia de la Escritura todos los recursos
culturales (De doctrina christiana), que estudia con precisión los problemas
que plantea el Génesis (De Genesi al litteram), o la
divergencia de los relatos evangélicos (De consenso evangelistarum) y, sobre
todo, que comenta incansablemente para sus fieles los Salmos y
el Evangelio de San Juan. Sin evitar siempre el abuso
de la alegoría, San Agustín ofrece en estos comentarios uno
de los mejores ejemplos de interpretación espiritual de la Escritura,
al mismo tiempo que un modelo de predicación, a la
vez muy sencillo y popular y espiritualmente elevado. En su
Enchiridion puede hallarse una exposición general de su teología; en
el De vera religione o en el De moribus Ecclesiae
catholicae, el eco de sus discusiones con los maniqueos. La
controversia contra el cisma donatista absorbió a Agustín hasta el
411II e inspiró una gran parte de las Enarrationes in
Psalmos y del Tractatus in Johannem en los que trata
especialmente del valor del bautismo conferido por los herejes y
del misterio de la Iglesia y de su unidad. A
las Enarrationes se debe acudir para encontrar las mejores páginas
de Agustín sobre el cuerpo místico y al Tractatus para
conocer su enseñanza sobre los sacramentos, particularmente sobre la Eucaristía.
La lucha contra el pelagianismo preocupa a Agustín desde el
año 412 hasta el fin de sus días (De gratia
Christi et de peccato originali, etc.). A una concepción enteramente
humana y racionalista de la gracia opone Agustín su experiencia
del pecado (pecado original), de la gratuidad y de la
omnipotencia de la gracia; recuerda a los monjes provenzales (a
quienes más tarde se llamará semipelagianos), que la iniciativa de
nuestras, buenas acciones y de la misma fe viene de
Dios (De gratia et libero arbitrio, De praedestinatione sanctorum). La
controversia se prolonga durante el siglo v; Próspero de Aquitania,
Fulgencio de Raspe en Africa, defenderán las tesis agustinianas contra
Casiano, Vicente de Lerins 4, Fausto de Riez y otros
galos, hasta que el concilio de Orange, reunido en 529
por San Cesáreo (+ 542), sanciona la teología agustiniana de
la gracia, rehusando aceptar, sin embargo, algunas rigideces de su
pensamiento (predestinación, reprobación) que darán más tarde origen a burdos
errores.
Todavía debemos señalar la importancia concedida por Agustín a
las cuestiones morales y ascéticas (virginidad y matrimonio); de él
proviene la teología clásica acerca de los «bienes del matrimonio».
Finalmente digamos también una palabra de las dos obras mayores
de San Agustín. El De Trinitate (400-416) es al mismo
tiempo una exposición completa de la teología latina sobre la
Trinidad y un ensayo para encontrar en la psicología humana
una imagen de la Trinidad: conocimiento y amor, memoria y
presencia, sabiduría, he aquí los grandes temas agustinianos que en
esta obra se desarrollan. La ciudad de Dios (413-426) es
toda una teología del Estado y de la historia, de
la inserción del reino de Dios en el mundo y
de su necesaria distinción. Sienta las bases de la noción
cristiana y medieval del Estado.
La obra de San Agustín
representa el esfuerzo más extracrdinario de la fe en busca
de la inteligencia (la fórmula de San Anselmo fides quaerens
intellectum, se inspira en él), «inteligencia espiritual» que florece en
sabiduría.
V EL SIGLO QUINTO
Fin de la edad patrística
La literatura patrística del siglo v es mucho menos rica,
ya que no menos abundante, que en las edades precedentes.
La decadencia de la cultura se acentúa rápidamente, el imperio
se disgrega ante las invasiones bárbaras; se abre una sima
entre Oriente y Occidente, el Oriente está dividido por controversias
teológicas mezcladas de rivalidades políticas y nacionales que preparan la
escisión de la cristiandad y su decaimiento ante el Islam.
Sin embargo, no se puede desconocer la importancia dogmática y
espiritual de los problemas que se plantean y de las
soluciones aportadas.
Al mismo tiempo que se enfrentan dos grandes
patriarcados Alejandría y Constantinopla, se oponen también dos teologías y
dos espiritualidades. Más atentos a las realidades históricas del Evangelio,
los teólogos de Antioquía se inclinan a una distinción más
radical en Cristo entre lo que es del hombre y
lo quo es de Dios y a no reconocer entre
uno y otro más que una unión puramente moral. Nestorio,
patriarca de Constantinopla, rehuirá siempre hablar de unión «física» o
hipostática en el sentido establecido por San Cirilo y negará,
en consecuencia, que María, madre de Cristo, fuese «madre de
Dios» (Theotokos). Fue depuesto por el concilio de Efeso (431).
La reacción monofisita subsecuente llevó al emperador Marciano a convocar
en Calcedonia un nuevo concilio (451), que, reunido en sesión
bajo la presidencia de los legados del papa San León,
canonizó la carta de éste a Flaviano de Constantinopla (Tomo
a Flaviano) y definió la existencia en Cristo de dos
naturalezas distintas y perfectas, unidas sin confusión ni mezcla en
una sola persona o hispóstasis, el Dios Verbo, Hijo único
de Dios. La teología antioqueno-romana salió vencedora de la teología
alejandrina. En Calcedonia, la resistencia del monofisismo sirio y egipcio
engendraría interminables disputas, la desmembración de la unidad del Oriente
cristiano y la constitución de Iglesias separadas (nestoriana, jacobita) que
todavía hoy siguen irreconciliables.
Dos grandes figuras dominan todas estas
disputas: San Cirilo de Alejandría y San León Magno.
SAN
CIRILO DE ALEJANDRÍA (+ 444), el «sello de los Padres»
cierra gloriosamente la edad de oro de la literatura patrística
en Oriente. Adversario acérrimo de Nestorio, a quien hizo condenar
en Efeso, es el gran teólogo de la unión hipostática.
La imprecisión de su vocabulario, en el que se deslizan
inconscientemente fórmulas apolinaristas, impidió durante largo tiempo a los teólogos
orientales (Teodoreto) incorporarse a su doctrina. Habrá que esperar a
Calcedonia para que se logre la uniformidad de vocabulario. Además
de ser el defensor del Verbo Encarnado y de la
maternidad divina de María, es también un gran teólogo de
la Trinidad, un exegeta de valor considerable (su Comentario sobre
San Juan es uno de los mejores que existen) y
un maestro de la vida espiritual, que concibe al cristiano
divinizado por el Verbo Encarnado y por el Espíritu Santo.
Los doce Anatematismos contra Nestorio resumen lo esencial de su
teología. Provocaron largas controversias y, a pesar de que no
obtuvieron la canonización oficial del concilio de Efeso, fueron sancionados
en documentos posteriores del Magisterio.
El misterioso desconocido que hace
pasar sus extraños escritos bajo el nombre de DIONISIO EL
AREOPAGITA está vinculado, sin duda a los medios monofisitas siríacos
de fines del siglo v. Fuertemente influida por el neoplatonismo
(Proclo), su doctrina es una teología de la participación y
de la jerarquía (Jerarquía celeste, Jerarquía eclesiástica), es también una
teología del conocimiento negativo de Dios y de la pasividad
y el éxtasis (Teología sofistica). Esta obra, aceptada universalmente desde
el siglo VI como de origen apostólico y traducida al
latín por Scoto Eriúgena (850), ejerció una influencia considerable, tanto
en Occidente como en Oriente (teología del conocimiento de Dios,
de los ángeles, de los sacramentos, del episcopado, de la
vida contemplativa).
El monofisismo tuvo en el siglo VI algunos
importantes teólogos SEVERO DE ANTIOQUÍA y JULIÁN DE HALICARNASO, su
principal adversario fué LEONCIO DE BIZANCIO, que dio un impulso
considerable a la teología de la Encarnación, mostrando que la
naturaleza humana de Cristo subsiste en la hipóstasis del Verbo.
En el siglo VII, SAN MAXIMO EL CONFESOR (+ 662)
es adversario de los monotelitas (rama derivada del monofisismo que
defiende darse una sola voluntad en Cristo), y sobre todo,
un gran escritor místico (Centurias sobre la caridad).
Finalmente, SAN
JUAN DAMASCENO (+ 749) clausura el período patrístico. Su obra
principal La fuente del conocimiento, resume en su tercera parte
(De fide orthodoxa) toda la teología griega; fue el manual
de teología dogmática de la Iglesia bizantina y eslava; traducida
al latín en el siglo XII, fue el medio de
transmisión al Occidente de todo lo esencial de la herencia
de los Padres.
En Occidente, SAN LEÓN EL MAGNO, papa
de 440 a 461) es, despues de Damaso e Inocencio
I y antes de Gelasio, el primero entre los pontífices
grandes escritores, teólogo sólido y al mismo tiempo un defensor
civitatis (sale al encuentro de Atila el año 425). Sus
Sermones son modelo admirable de predicación litúrgica y dogmática, al
mismo tiempo que de sobriedad y concisión romanas. Sus cartas
constituyen importantes documentos históricos teológicos y disciplinares. Ya hemos hablado
de la importancia de su epístola dogmática a Flaviano de
Constantinopla (Tomo a Flaviano 449) que expresa en fórmulas decisivas
la teología occidental de la Encarnación y servirá de base
a la definición de Calcedonia (dos naturalezas perfectas en una
sola persona). SAN CESÁREO-DE-ARLES (+ 542) adapta a las costumbres
de una población todavía pagana los sermones y la doctrina
de San Agustín. Es uno de los mejores predicadores populares
de la antigüedad latina.
Coétaneo de San Gregorio es el
gran Padre español SAN ISIDORO DE SEVILLA (560-636), una de
las figuras que mayor influencia ejercieron en todo el medioevo
latino. Arzobispo de Sevilla, luchó denodadamente por la unidad del
reino godo y por la extirpación total del arrianismo en
España, promoviendo para ello concilios nacionales. En los veinte libros
de que se compone su obra conocida con el nombre
de Etimologias, el santo doctor reunió todo el saber de
su tiempo, contribuyendo así poderosamente a transmitir a la posteridad
el gran acervo de cultura clásica y patrística en trance
de perecer. Esta obra y otras de su incansable pluma,
como el escrito histórico De viris illustribus y el teológico-litúrgico
De ecclesiasticis officiis, fueron muy leídas durante la Edad Media.
San Isidoro de Sevilla merece indiscutiblemente un puesto destacado entre
los doctores que cierran la época patrística. Al término de
la antigüedad y en la aurora de la Edad Media
un gran papa, SAN GREGORIO EL MAGNO (590-604), recoge toda
la herencia de la antigüedad cristiana y de una cultura
ya en vías de decadencia y sienta las bases de
la cristiandad medieval. Sus cartas son el reflejo de su
actividad pastoral, mientras que el Líber regulae pastoralis explica su
ideal del sacerdote y obispo, sus comentarios sobre Job (Moralia),
sus homilías sobre el Evangelio, sobre Ezequiel, donde el alegorismo
medieval se cebó sin medida, ofrecen una rica enseñanza moral
y espiritual y constituyen una de las fuentes de la
espiritualidad medieval (vida contemplativa).
VI LOS DOCTORES DE LA IGLESIA
Entre los Padres, algunos adquieren un destacado relieve por haber
iluminado ampliamente todo el campo de la revelación y abierto
nuevos caminos a la teología de los siglos posteriores; el
ejemplo más eminente es San Agustín, cuya autoridad excepcional fue
reconocida inmediatamente después de su muerte por el papa Celestino
I. La Iglesia reconoce en ellos los intérpretes autorizados de
su doctrina.
Su lista se constituyó lentamente. Desde el siglo
VIII, la Iglesia latina reconoce como tal a San Ambrosio,
San Agustín, San Jerónimo y San Gregorio, mientras que la
Iglesia griega reconocía tres grandes «doctores ecuménicos» en San Basilio,
San Gregorio Nacianceno y San Juan Crisóstomo; la tradición latina
posterior añadirá a éstos el nombre de San Atanasio, con
lo que se tendrán cuatro doctores griegos como se tenían
ya cuatro doctores latinos.
El título de doctor de la
Iglesia recibió de Bonifacio VIII (1298) una primera consagración oficial
y litúrgica; al igual que los apóstoles y evangelistas, los
cuatro doctores latinos tienen oficio de rito doble con Credo
en la misa.
Esta lista se ha engrosado considerablemente en
los tiempos modernos. En 1567, el dominico San Pío V
otorga el título de doctor a Santo Tomás de Aquino,
y, en 1588, el franciscano Sixto V hace lo propio
con San Buenaventura. En nuestros días han recibido el título
y oficio de doctor, entre los Padres de la Iglesia,
los siguientes: San Atanasio, San Hilario, San Basilio, San Cirilo
de Jerusalén, San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo, San Cirilo
de Alejandría, San Pedro Crisólogo, San León, San Isidoro de
Sevilla, San Juan Damasceno; entre los teólogos de la Edad
Media y de los tiempos modernos, después de Santo Tomás
y San Buenaventura lo han recibido San Beda (+ 735),
San Pedro Damián (1072), San Anselmo (1109), San Bernardo (1153),
San Antonio de Padua (1231), San Alberto Magno (1280), San
Juan de la Cruz (1591) San Pedro Canisio (1597), San
Roberto Belarmino (1621), San Francisco de Sales (1622) y San
Alfonso María de Ligorio (1787). Santa Catalina de Siena, Santa
Teresa de Jesús y Santa Teresa del Niño Jesús.
El
título de doctor representa, además del oficio litúrgico, la recomendación
de su doctrina, sobre todo en orden a la enseñanza.
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